El Guardián del Bosque Protegido

El Guardián del Bosque Protegido

Cuando una persona vive en lo profundo de la selva virgen, aprende rápidamente dos reglas fundamentales: no hacer preguntas innecesarias y no temer a la soledad. Pero en la vida de todo guardián del bosque llega un momento en el que debe romper ambas reglas. Precisamente esa fue la historia que le ocurrió a Andrés Morales, quien dedicó su vida a proteger la Reserva Natural del Lago Titicaca, en los Andes peruanos.

Andrés trabajaba como inspector estatal senior —así se llama oficialmente a los guardaparques en el Perú actual— desde enero de 2015. Cinco años y siete meses no es un plazo muy largo para quienes han entregado décadas a estos lugares remotos, pero a veces le parecía que siempre había estado allí, como si la selva misma hubiera estado esperándolo para darle la bienvenida a casa.

Muchos se preguntan qué lleva a un hombre a abandonar la civilización y adentrarse en la selva. La mayoría cree que se trata de una huida: de deudas, problemas o errores del pasado. Para Andrés fue exactamente eso, aunque ahora prefería llamarlo salvación. Hasta los treinta y dos años había trabajado en la extracción de gas en la selva norteña de Loreto. Dos semanas en el campamento, dos semanas en casa. Un departamento en Iquitos. Esposa llamada Natalia y una hija, Sofía. Hipoteca a quince años. Una vida común con sus pequeñas alegrías y sus pequeños problemas.

El siete de octubre de 2014 lo cambió todo. Natalia y Sofía regresaban de visitar a los abuelos en Pucallpa por la carretera Federico Basadre. Hielo temprano en la carretera, una curva peligrosa y un camión cisterna que invadió el carril contrario. En un instante, Andrés lo perdió todo.

Después del funeral llegó el vacío. No regresó a la empresa gasífera, se encerró en su departamento y durante tres meses se dedicó metódicamente a destruirse con alcohol. Lo salvó Gregorio, un viejo amigo de la policía. Simplemente llegó, lo sacó casi a la fuerza de su casa y lo llevó a conocer a un conocido suyo en la dirección de la Reserva Natural del Lago Titicaca.

—Necesitas un lugar donde puedas pensar y un trabajo que te obligue a vivir, no solo a existir —le dijo Gregorio entonces—. Prueba. Peor ya no puede ir.

Andrés aceptó el puesto de inspector estatal senior. Pensaba que sería por un mes o dos, solo para tranquilizar a su amigo. Pero pasaron casi seis años y seguía allí.

La reserva abarca más de trescientas mil hectáreas de selva virgen y páramo andino. Tres sectores: Norte, Central y Sur. A Andrés le asignaron el sector más remoto: la vertiente oriental de la cordillera y la orilla norte del lago Titicaca. El pueblo más cercano, llamado Puerto Tigre, se encuentra a treinta kilómetros.

Los primeros meses fueron un infierno. Sin experiencia, un invierno durísimo y la constante sensación de estar haciendo todo mal. Un guardaparque debe conocer cada arroyo, cada sendero, reconocer las huellas de cualquier animal. ¿Qué sabía Andrés? ¿Cómo distinguir diésel de gasolina? ¿Cómo cerrar un pozo de gas en emergencia? Pero la selva no tiene prisa. O mata a los que no están preparados, o acepta a quienes están dispuestos a aprender. A Andrés decidió enseñarle.

Su trabajo diario consistía en patrullar el territorio en busca de infracciones a las normas de la reserva. Las rondas las realizaba a diferentes horas y por rutas distintas. A veces recorría más de veinte kilómetros al día, durmiendo en refugios o a la intemperie. En verano patrullaba en bote por la orilla del lago; en invierno, con esquíes o en motonieve. Siempre llevaba consigo un rifle, radio, provisiones, brújula, cuchillo, cerillas impermeables, botiquín y una tablet donde registraba huellas, encuentros con animales y cambios en el paisaje.

En casi seis años vivió en la reserva suficientes experiencias como para entender lo esencial: la selva no perdona la ligereza ni la arrogancia. Pone a prueba cada decisión, y a veces esas pruebas son muy duras. De algunas de las pruebas más difíciles Andrés quería hablar. Ellas lo cambiaron más que todos los años anteriores de su vida juntos y le mostraron que incluso en el rincón más remoto de la naturaleza salvaje se puede encontrar más humanidad —tanto buena como mala— que en cualquier ciudad.

La primera de esas pruebas ocurrió en el verano de 2016. Julio fue excepcionalmente caluroso para la reserva. El termómetro en el puesto de Andrés marcaba treinta y tres grados a la sombra durante tres días seguidos. El lago Titicaca estaba más cálido de lo habitual. Los animales se refugiaban en lo profundo de la selva, buscando frescura junto a los arroyos y en las laderas orientadas al sur.

Andrés regresó de una larga patrulla ya de noche. El recorrido había sido duro: veintiocho kilómetros por selva montañosa con ese calor agotaban incluso a un hombre preparado. Al dirigirse hacia su casa, bajo la luz tenue de la linterna notó algo extraño en la puerta. Al principio pensó que era un trozo de corteza o una hoja arrastrada por el viento. Pero al acercarse vio que era una nota enrollada en el picaporte y sujeta con una goma. Estaba escrita con prisa, en una hoja arrancada de un cuaderno:

«Revise la frontera norte, cerca del Cabo Cedro. Hay un campamento turístico que no aparece en sus mapas. Me matarán si se enteran».

Su primera reacción fue informar a sus superiores y pedir apoyo. A las dos de la madrugada contactó con el director de la reserva. Tras escucharlo, el director le recomendó inesperadamente no levantar revuelo y verificar primero la información. En su voz se notaba una extraña cautela.

—Puede ser solo una broma de mal gusto, Andrés. En cualquier caso, hagámoslo sin protocolos oficiales. Verifique y luego infórmeme personalmente.

Algo en esa conversación le generó desconfianza. En año y medio de trabajo nunca había visto ese enfoque ante una posible infracción. Normalmente cualquier información sobre turistas sin permiso generaba una reacción inmediata.

Por la mañana preparó una mochila para dos días de salida. El trayecto hasta el Cabo Cedro suponía unos quince kilómetros por terreno accidentado: cuestas pronunciadas, bosque denso de cedros y zonas rocosas junto al lago. GPS, binoculares, cámara con teleobjetivo, comida, agua, saco de dormir, rifle y cuchillo: el equipo estándar para ese tipo de salida. A las cinco y media de la mañana Andrés ya estaba en el sendero. Avanzaba con precaución, procurando no dejar huellas visibles ni hacer ruido. Si los turistas realmente estaban haciendo algo ilegal, el factor sorpresa podía ser decisivo.

Al mediodía llegó a una elevación a dos kilómetros del Cabo Cedro. A partir de ahí debía actuar con extrema cautela. Ajustó los binoculares y comenzó a examinar metódicamente la zona. Al principio no vio nada sospechoso: la franja costera, rocas, bosque. Pero cuando el sol se desplazó un poco y las sombras se acortaron, distinguió un sendero apenas visible que bajaba desde la orilla hacia el interior del bosque. No era un camino de animales: era demasiado recto y estaba pisoteado por pies humanos.

Andrés decidió avanzar por la cresta, manteniendo la altura. Así podía controlar el sendero sin ser visto. Medio kilómetro más adelante encontró la primera señal de presencia humana: un envoltorio de barra de chocolate atrapado entre las piedras. Estaba nuevo, sin decolorarse por el sol. Un kilómetro después el sendero se ensanchaba. En el suelo aparecieron huellas de neumáticos: allí había pasado un cuatrimoto. Los vehículos motorizados están prohibidos en la reserva, salvo para el personal autorizado y solo por rutas específicas. ¿De qué turistas se trataba?

A las catorce y veinte minutos Andrés vio lo que buscaba. En un pequeño valle oculto por el bosque denso y las rocas se extendía un campamento. Cinco grandes tiendas de campaña de estilo militar, un toldo abierto con equipo, dos cuatrimotos y un generador. El área estaba rodeada por una ligera cerca. Andrés tomó varias fotografías, intentando captar el mayor número de detalles. Bajo el toldo se distinguían aparatos que parecían equipo de laboratorio. Junto a una de las tiendas había un hombre armado con un rifle, nada parecido a un turista. Todo indicaba que no se trataba de una expedición científica.

Andrés vio a otros tres hombres moviéndose entre las tiendas. Todos de complexión fuerte y con actitud alerta. Pero lo que realmente le inquietó fue el olor. Incluso a distancia, cuando el viento soplaba en su dirección, se percibía un fuerte olor químico a disolventes y algo más acre, completamente ajeno a la selva.

De pronto, uno de los hombres miró directamente hacia donde estaba Andrés. Instintivamente se quedó inmóvil, pegado a las rocas. No creía que lo hubieran visto, pero algo había alertado al guardia. Este llamó a los demás y señaló con la mano hacia la cresta. Inmediatamente comenzaron a recoger y guardar cosas. Sin esperar a ser descubierto, Andrés retrocedió con cuidado y, tomando un camino alternativo, regresó al puesto. Lo importante era conservar la información y entregarla a quien pudiera confiar.

Al llegar a su casa, Andrés copió primero las fotografías en una memoria USB. Algo le decía que no debía contar con una reacción oficial. El director de la reserva, o bien sabía de ese campamento, o simplemente no quería problemas con posibles infractores peligrosos.

Por la noche llamó a Gregorio, su amigo de la policía que años atrás lo había llevado a la reserva. Gregorio había ascendido a jefe de la división antidrogas de la policía regional. Si alguien podía investigar sin llamar demasiado la atención, era él. Andrés le describió brevemente la situación, omitiendo la extraña reacción del director. Gregorio escuchó en silencio, haciendo solo alguna pregunta puntual.

—¿Entiendes con qué te has topado? —preguntó finalmente—. Por la descripción, parece un laboratorio clandestino. Probablemente estén fabricando metanfetamina o algo similar. La reserva es el lugar ideal: nadie entra sin permiso, hay pocos guardias y el territorio es enorme.

Tras pensar un momento, Gregorio añadió:

—No te expongas. Voy a movilizar a mis hombres, pero sin solicitud oficial. Necesitamos saber quién está detrás antes de lanzar una operación formal. Será una salida de reconocimiento. Observamos, documentamos y determinamos quiénes participan. Por ahora actúa como si no hubieras visto nada.

Los siguientes tres días Andrés los pasó en una espera angustiosa. Realizaba sus rondas habituales, pero se mantenía lejos del Cabo Cedro. Quien había dejado la nota estaba arriesgando su vida. ¿Qué tan peligrosos eran los hombres de aquel “campamento turístico”?

La tarde del tercer día Gregorio se puso en contacto. Su voz sonaba tensa.

—Andrés, verificamos la información. Tenías razón. Es un laboratorio clandestino bastante grande que produce droga sintética para toda la región. Pero hay un problema. Entre los organizadores hay gente con protección poderosa. Tu director de la reserva, el ingeniero Vargas, también está involucrado. Recibe una parte a cambio de darles cobertura y evitar inspecciones en esa zona.

Andrés sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Vargas —un respetado biólogo con veinte años de experiencia y autor de varios estudios sobre el ecosistema del Titicaca— estaba protegiendo a narcotraficantes.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Andrés, aunque ya intuía la respuesta.

—Estamos preparando una operación grande, con intervención del grupo especial. Pero hay que actuar con mucho cuidado. Tienen informantes dentro. No le digas ni una palabra a nadie, ni siquiera a tus compañeros guardaparques.

A la mañana siguiente Andrés salió a su ronda habitual por la ruta sur, lejos del Cabo Cedro. Pero en su mochila llevaba una radio especial de frecuencia segura que le había entregado Gregorio para emergencias. Regresó al anochecer. Al acercarse al puesto vio luces encendidas en las ventanas, aunque estaba seguro de haberlas apagado. Rodeó la casa con precaución y miró por la ventana. Sentado a su mesa estaba Vargas, revisando el diario de trabajo. A su lado había un hombre desconocido vestido de camuflaje.

Retrocediendo en silencio hacia el bosque, Andrés encendió la radio.

—Gregorio, tengo un problema. Vargas está en mi casa con un tipo armado. Parece que están buscando algo.

—Sal de ahí inmediatamente —la voz de su amigo sonaba alarmada—. Dirígete hacia el este, al río. A dos kilómetros hay un refugio abandonado. Escóndete allí. Estamos acelerando la operación. El equipo sale en una hora.

Andrés dejó la mochila grande, tomó solo lo imprescindible y lo guardó en una pequeña bolsa. El resto lo escondió en el hueco de un viejo cedro. Comenzaba a llover, lo cual era favorable: borraría sus huellas más rápido. Avanzó sin linterna, guiándose por los claros entre las copas de los árboles y el sonido del río. Con los años en la selva, sus ojos se habían acostumbrado a ver en la oscuridad lo suficiente para no tropezar con las raíces.

El refugio estaba medio derruido, pero el techo se mantenía entero, y eso era lo importante. Andrés se instaló en un rincón, envuelto en una lona impermeable. Allí no había señal, así que solo le quedaba esperar y confiar en que la operación fuera un éxito.

Lo despertó el ruido de un helicóptero. Por la posición del sol debían ser alrededor de las seis de la mañana. El helicóptero pasó sobre el bosque en dirección al Cabo Cedro. Minutos después se escucharon sonidos lejanos: disparos o granadas de aturdimiento. Al mediodía todo quedó en silencio. Andrés se acercó al río, donde la señal era mejor, y encendió la radio.

—Gregorio, ¿cómo va todo?

La radio chisporroteó unos segundos y luego se escuchó la voz cansada pero satisfecha de su amigo:

—Todo controlado. Capturamos a todo el grupo. Seis en el campamento y tres más que venían de camino. Equipo, producto terminado, precursores… todo documentado. También detuvimos a Vargas cuando intentaba destruir documentos en su oficina.

Andrés sintió cómo se liberaba la tensión de los últimos días.

—¿Y quién dejó la nota en mi puerta?

—Un muchacho de la zona. Lo obligaron a trabajar para el laboratorio, transportando suministros bajo amenaza contra su familia. No aguantó más y se arriesgó a avisar a la reserva, con la esperanza de recibir ayuda.

Después de aquello, la vida en la reserva volvió poco a poco a la normalidad. Nombraron un director interino entre los empleados más antiguos. Andrés sintió por primera vez que la selva se había convertido realmente en su hogar. Un hogar que estaba dispuesto a defender.

Pero él no sabía que las pruebas más difíciles aún le aguardaban y que los verdaderos secretos de la Reserva Natural del Lago Titicaca eran mucho más profundos que los crímenes humanos.

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Elena Gante
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