El Gatito de Cristal
Tres hermanas, sentadas junto a la ventana
Mamá, ¿eso no es como vosotras de pequeñas?
Mercedes suspira.
Casi, cariño. ¿Piensas dormirte hoy o no? Yo todavía tengo cosas que hacer. Mañana, en tu fiesta, vas a estar medio dormida de lo cansada que estarás.
¡Ay! ¡Ya, ya está, me duermo! Paulina se esconde bajo la manta, pero de inmediato vuelve a asomar su naricilla. Mamá, ¿habrá globos? ¿Vendrá Inés? ¿Y…?
Mercedes la atrapa entre las mantas y la besa sonoramente, sin hacer caso de los gemidos y protestas.
¡A dormir! Mañana lo verás todo.
Coge el osito de peluche favorito de Paulina, se lo pone entre las manos y sale de la habitación, manteniendo la luz de la lamparita encendida. Paulina aún le tiene miedo a la oscuridad, así que Mercedes cuida cada noche de que haya luz en toda la casa.
Mercedes baja, cierra despacio la puerta de la cocina, enciende el portátil y dedica unos minutos a respirar en silencio. Mañana será un día complicado, no solo porque es el cumpleaños de Paulina y hay que organizarlo todo, lo cual la alegra, le encantan las celebraciones y más aún las que tienen que ver con su hija. Lo difícil es que vendrán los familiares. No es tan agradable. Mercedes mueve la cabeza con firmeza y pone agua en el hervidor. ¡Basta! Los problemas, uno a uno. El informe anual no va a esperarla. Coloca la taza junto al ordenador, saca los papeles de la cartera y, por un momento, se alegra de haber escuchado a su abuela y haber optado por la contabilidad. Si hubiera elegido oceanografía, como había soñado de jovencita, su vida habría sido otra. Más romántica, tal vez; menos segura, sin duda. Por un momento cierra los ojos, imaginando el mar, y sonríe. Pronto, muy pronto, se irán de vacaciones, si nada más se tuerce. Suspira, abre los ojos y se pone manos a la obra.
Mercedes llegó al mundo en el hogar de Lucía y Vicente Serrano. Una niña muy esperada, recibida con alegría por todos. Las abuelas, locas de felicidad, los padres no se cansaban de mirarla.
¡Hay que tener otra enseguida! decían las abuelas, así serán amigas.
Y Lucía les hizo caso; la diferencia con la segunda, Nerea, es mínima. Fueron inseparables de niñas: se querían con locura y competían en todo sin disputas. Todo lo que una conseguía, la otra quería hacerlo mejor, y celebraban juntas cada éxito. Lucía cuidaba de que no discutieran, recordándoles siempre que nadie sería nunca más importante que ellas la una para la otra. Logró que las niñas fueran a la misma clase. Aquel primer día de colegio, al sentarse juntas, se rozaban los pies nuevos zapatos bajo el pupitre. Estoy aquí, no tengas miedo. Mercedes era la que más nerviosa estaba, siempre tan responsable. Nerea, en cambio, podía dejar medio ejercicio de lengua sin terminar, asomarse por la ventana y ponerse a contar palomas. Mercedes no se levantaba hasta haber acabado todos los deberes.
¿Tienes ya el cuaderno de mates? ¿Puedo copiar? Así vamos al parque.
Hazlas tú, si no, en el examen nos separarán y a ver qué haces. ¿Quieres que te explique la teoría?
Nerea protestaba, pero nunca le duraba mucho. Al rato ya tiraba de su hermana para ir al estanque a dar de comer a los patos o se empeñaba en patinar.
Cuando ya estaban en sexto llegó la pequeña, Alba. Lucía no había planificado tener otro bebé. Con dos tenía suficiente y la noticia, lejos de alegrarla, la dejó desconcertada.
Otra vez de cero, Vicente, que yo ya no soy una chavala…
Pero tenemos ayuda, con Mercedes y Nerea, y yo me encargo también. ¿Te imaginas que es niño esta vez?
Pero no. Nació Alba, gritona y temperamental, muy distinta de sus hermanas mayores, tanto, que Lucía se vio superada, pero no pasó mucho tiempo antes de que Mercedes y Nerea comprendieran que Alba sería la reina de la casa.
Lucía notó la diferencia entre ser madre joven y serlo ya de más edad. Con las mayores todo era esfuerzo, deseaba un minuto de paz; con Alba se volcó y, sin querer, apartó de sí a Mercedes y Nerea, mandándolas de un lado a otro y mostrando poco interés por sus vidas. Fue entonces cuando entre Mercedes y Nerea apareció un muro invisible.
El muro tenía nombre propio: Sergio. Vivía en el barrio de al lado, nunca había llamado la atención de las chicas hasta que Mercedes cumplió 16. Volviendo de entrenamiento la abordó en el portal.
Mercedes, dime, ¿tienes un momento? Sergio titubeaba.
Ella le sostuvo la mirada y sonrió suave.
No puedo, mi madre espera. A las seis en la plaza.
Sergio iluminó y asintió.
¡Me gustas!
Vaya, ya me había dado cuenta… su risa sonó como una campanilla entre los tilos, y echó a correr a casa.
¿A quién podía contarle aquello? El primer temblor, la cita, el primer beso dulce aunque lleno de miedo. Se lo contó a Nerea, pero no de inmediato; ella notó el cambio y, tras insistir mucho, Mercedes le habló de Sergio.
Luego, ni Nerea entendió qué le entró: de pronto, deseó llamar la atención de Sergio, aunque ni le gustaba. Pero se fijó en él por encima de todo.
Mercedes no lo comprendió al principio; luego, fue tarde. Al ver a Sergio y Nerea besándose en el parque, Mercedes pasó de largo, subió a casa y se encerró, obviando los golpes y gritos de Alba.
¿¡Pero qué haces, Mercedes!? Suelta a Alba y déjala entrar protestó Lucía.
Mercedes, siempre obediente, abrió, pero cuando Lucía la miró, sintió por primera vez lo que era asomarse al abismo. Apartó a Alba con mimo y cerró.
¿Mercedes, qué ocurre? Hija, ¿qué pasa? Lucía casi llora.
Me duele, mamá Mercedes se abraza a sí misma ¿Por qué? ¿Por qué me hace esto Nerea?
Viéndolo claro, Lucía la rodeó cariñosa.
Mi vida ¿Qué puedo hacer?
Mercedes mira la ventana, los ojos secos. ¿Cómo contarlo, cómo vestir ese dolor de palabras? Imposible.
Ayúdame a hacer la maleta, mamá. No quiero quedarme aquí.
Entró Nerea, colorada del frío, topándose con Mercedes y su maleta.
¡¿A dónde vas?!
Mercedes, sin responder, la apartó y se marchó para no volver. Lucía, entre lágrimas, abofeteó a Nerea.
¿Cómo has podido?
Nerea, sujetándose la cara, vio marcharse a su madre, que se llevó a Alba. Al cerrar la puerta, las campanillas de la lámpara de cristal de la sala tintinearon como lamento.
Pero en la familia Serrano nadie sabe estar enfadado mucho tiempo. Semanas después, Lucía volvió a hablar con Nerea. Mercedes tardó más de dos años en perdonar a su hermana. Quizá no lo hubiera hecho nunca, si Lucía no hubiera enfermado y la necesidad de unirse por su madre no las hubiera obligado.
Perdóname Nerea ni se atrevía a mirar a Mercedes.
Sentadas en el parque del hospital, esperaban el desenlace de la operación.
Si seguimos recordando el pasado Mercedes miró a su hermana.
Nerea entendió que Mercedes podía perdonarla, pero no olvidar jamás.
Estiró la mano y apretó la muñeca frágil de Mercedes, sorprendida al no temblarle los dedos. Mercedes no la apartó. Esperaron juntas, hasta que el padre les dijo que todo había salido bien.
Se repartieron el tiempo y Mercedes iba varios días para ayudar a cuidar de Alba, dándose cuenta de lo consentida y tirana que se estaba volviendo su hermana pequeña, a quien nadie conseguía poner límites.
Pasado un tiempo, Lucía se recuperó y la vida volvió a separar a las hermanas. Mercedes se mudó a otra ciudad para cuidar de la abuela paterna y terminó quedándose allí. Cuando la abuela falleció, Mercedes heredó el piso grande.
Vive, hija Haz tu vida, y no dejes que otros decidan por ti. Hasta la propia familia puede volverse extraña cuando se trata de intereses propios.
Mercedes asintió. Si alguien lo sabía, era ella. Pero no quiso contarle sus dolores.
Poco después se casó con Alejandro, sin ceremonia, solo ellos dos. Alejandro no tenía familia, y Mercedes no quiso invitar a la suya.
La vida juntos fue tranquila y feliz, salvo por la ausencia de hijos, algo que ambos deseaban sin resultado. Médicos, pruebas, nada parecía mal.
Pues esperaremos, y ya vendrá, cielo Mercedes decía.
Pasaron los años, hasta sopesaron adoptar. Pero la vida tenía otros planes.
El contacto con los padres y las hermanas quedaba en cartas, alguna visita. A Alejandro le costó integrarse con la familia y Mercedes zanjó de raíz el tema.
Lo he elegido yo, mamá.
Yo no digo nada, hija Pero con lo que eres, podrías haber encontrado a cualquiera Imagina cómo podría haberse dado tu vida
Mercedes no podía explicar a su madre que para ella, nadie como Alejandro. Su casa era refugio, paz. Aunque ella fuera contable en una empresa y Alejandro conductor de camión, nunca hubo luchas de poder. Siempre parecían uno solo. Alejandro la cuidaba con ternura, cocinaba, limpiaba, sin complejos.
Qué suerte has tenido con él suspiraba Nerea, corriendo detrás de su hijo mayor y con la pequeña en brazos. Yo todo lo hago sola, y mi marido nada más quejarse: esto dejas mal, allí te olvidas
Mercedes dejaba correr las quejas. Nerea no estaba tan mal.
Alba, en cambio, era otra historia. Creció bella, tal vez demasiado. Hasta hacía palidecer a sus hermanas.
¡Nuestra Alba es la reina! decía Lucía orgullosa, mientras su hija se desparramaba en la butaca viendo trabajar a sus hermanas mayores, era un aniversario y la familia vendría. Alba aborrecía esas reuniones, se quedaba diez minutos y se iba, aunque Lucía protestara.
Terminó el instituto y decidió no estudiar más:
¡Voy a ser modelo! proclamó, ante el asombro familiar.
No contó con que el trabajo era más duro de lo que imaginaba. Pronto se cansó y, tras conocer a un empresario, se fue a vivir al piso que este le alquiló, a sabiendas de que tenía mujer y dos hijos. Violentamente rechazó cualquier intervención de su madre.
Dejadme en paz si queréis que siga viéndoos aunque sea de vez en cuando. Yo haré mi vida.
Tenía muchas ambiciones, pero consiguió poco. Para retener al empresario, Alba se quedó embarazada, pensando que así lo aseguraba. Pero la realidad la sorprendió: terminó sola. Intentó buscar apoyo en la esposa de él, que solo le dirigió una mirada despectiva:
Niña, como tú ha habido, hay y habrá muchas. Yo soy la esposa, y no me va a dejar nunca.
¿Tan segura estás?
Me sorprende tu ingenuidad. ¿Qué crees, que eres la primera? Ja.
Pero yo tendré su hijo.
Todos los que quieras. Hijos legítimos solo con la esposa. Tú, tenlo si quieres y puedes, pero no esperes nada. Te lo digo como abogada.
Fin de la conversación. Alba esperó a su amante, ilusionada, pero él fue tajante:
Hazte cargo de lo que has decidido. Piso y pensión para el niño no faltarán, pero se ha acabado. Si vienes a mi casa, olvídate de mi ayuda.
Alba mirando, boquiabierta, vio irse al hombre con quien había soñado toda una vida. No lo entendía. Hasta ahora había conseguido todo.
Y de tanto jugar, se le pasó el tiempo. Paulina nació. Lucía fue quien se encargó de ella desde el primer momento, porque Alba iba y venía, a veces días fuera, y los padres no sabían qué hacer. Cada vez las ausencias eran más largas, hasta que llegó el desastre: tras una noche de fiesta, Alba murió en un accidente.
Lucía, destrozada, dejó el cuidado de la niña, y Vicente iba de la nieta a la esposa, impotente. Intentó pedir ayuda a Nerea, pero ella se negó.
¡Ya tengo bastante con los míos, papá!
Vicente llamó a Mercedes.
Ella no lo pensó ni un momento, dejó el trabajo y fue al rescate. En un mes, papeles hechos, y Paulina, de un año, se fue con Mercedes. Solo los padres y Nerea sabían la verdad del parentesco. Mientras Mercedes arreglaba todo, Alejandro vendió el piso y aceleró las obras de la casa nueva.
¡Alejandro, es perfecto! Mercedes recorría la casa nueva y sentía que todo cambiaba.
La pequeña Paulina llevó a su hogar la alegría que les faltaba: vital, risueña, inquieta; llenó sus vidas de sentido y felicidad. Nueve años pasaron volando.
Mercedes apenas hablaba con los suyos. Solo algunos encuentros puntuales en fiestas, y entonces Mercedes se sentía observada con lupa. Lucía, a quien la muerte de Alba no le dejó levantar cabeza, era insoportable muchas veces.
Eres su responsable. A ver cómo lo haces. Te la llevaste Podrías haber pensado en tu madre, vivir cerca
Mercedes intentaba ignorar los reproches, con pena. Sabía que para Lucía, su golpe era la hija menor. Paulina, cada vez más parecida a Alba, suavizaba poco a poco el hielo de la abuela.
¡Qué niña más guapa tienes! Lucía, con ojos húmedos y severos, miraba a Mercedes No la ahogues, déjala ser feliz.
Mercedes le pedía con la mirada a Alejandro que se guardara los comentarios que estaban a punto de estallar.
Déjalo
¿Por qué? ¿No sería mejor poner las cartas boca arriba de una vez?
No lo sé, Ale. Me da pena mamá. Toda esa rabia no nace del bien.
¿Pero por qué tienes que soportarlo tú?
Porque soy la única que sigue aquí para hacerlo.
¿Y si dice algo a Paulina?
No se atreverá. No haría daño a la hija de Alba.
Y así fue. Toda la amargura que le volcaba a Mercedes, a Paulina le reservaba ternura. Dolía saber que llamaba mamá a Mercedes, pero por el bien de la niña, callaba.
Mercedes cierra el portátil y se estira. ¡Vaya! ¡Ya ha pasado de medianoche! Se termina el té frío y se asoma a la ventana. Qué pena que Alejandro no esté. La maldita reunión en Zaragoza ha coincidido fatal, pero mañana vuelve. Aunque no esté para el inicio de la fiesta, quizás llegue para la merienda. ¿Y qué será el regalo de Alejandro para Paulina? Sorpresa Ni ella lo sabe. Solo dijo:
¡Ya lo veréis! Os va a gustar.
Mercedes sonríe, agradecida por lo afortunada que es, y se acuesta.
¡Mamá! ¡Es mi cumpleaños! Paulina salta en la cama y llena de besos a Mercedes. ¡Y el tuyo, porque me tienes!
¡Gracias, mi niña! ¡Feliz cumpleaños! Que seas siempre alegre y sana, preciosa.
Paulina se acurruca abrazada a su madre.
¿Ya soy mayor?
¡Claro! ¡Diez años ya! Pero aún eres un poco pequeña para mí.
¡Mejor! A los peques todos los quieren más.
¿Y quién no te quiere aquí?
Mercedes le hace cosquillas; Paulina ríe, tratando de huir.
¡Vale! ¡Hora de los regalos! Mercedes abre la mesilla y saca una cajita. Ten, con cuidado.
Paulina destapa la caja y se queda boquiabierta.
Mamá ¿Es…?
Es él.
Con sumo cuidado, Paulina toma la figura del gatito de cristal. Sabe que fue regalo de Vicente a Mercedes.
¿Te lo dio el abuelo, verdad? Para su hija mayor
Así fue.
¡Gracias! ¡Soñaba con tenerlo! acaricia las orejitas Pero yo soy hija única
Mercedes sonríe. Paulina la mira, buscando entender.
¿De verdad? susurra. Mercedes asiente y la niña salta gritando. ¡Voy a ser hermana mayor! ¿Mamá, niño o niña?
No lo sabemos aún, cariño.
Mercedes la observa saltando y siente ganas de llorar. Cuánto han esperado esto.
Paulina se detiene y la mira.
¡Es el mejor regalo del mundo!
Mercedes se levanta; Paulina corre alrededor, ella saca una caja grande del armario.
Esto también es para ti.
El vestido nuevo deja a Paulina boquiabierta. Girando ante el espejo, pregunta:
¿A qué hora vienen todos?
Mercedes mira el reloj y pone los ojos en blanco.
¡Nos hemos dormido! Toca darse prisa.
Consiguen apañarse. Al mediodía, Paulina recibe a los invitados radiante, entre risas que llegan desde su cuarto.
¿Cómo estáis? Lucía se deja caer cansada en el sillón y mira a Mercedes, seria.
Todo va bien, mamá. Paulina ha sacado sobresalientes, también en música. Es un cielo, la alegría de la casa.
Disfruta esa alegría. Te ha llegado caída del cielo.
Mercedes suspira. Hablar con Lucía es cada vez peor. Por suerte, aparece Nerea para cambiar de tema. Nerea cuenta batallitas de los hijos, del marido, Mercedes escucha de fondo, feliz de saber que Milena, la mayor, también ha sacado el curso con matrícula, y Víctor, el chico, es campeón de boxeo del distrito.
Un grito interrumpe la conversación y Mercedes corre al cuarto. Paulina llora deshecha, el vestido blanco manchado.
¡Nerea! ¡El botiquín, rápido, en la nevera! ¡Tuerce, trae vendas!
Todos se alteran. Solo Milena permanece sentada, mirando seria.
¿Qué ha pasado, Paulina? Mercedes examina las manos de la niña.
¡Miente, miente, ella miente! Paulina grita entre sollozos.
¿Quién miente? Mercedes no entiende nada.
Los cortes no son graves. Ya vendada y cambiada, Mercedes se la lleva a la habitación.
¿Me cuentas qué ha pasado?
Paulina calla, hundida en el pecho de su madre. Después levanta los ojos, tan grises como los de MercedesMercedes la rodea en silencio, esperando. Pasan unos minutos largos. Paulina, con la mirada perdida, susurra al fin:
No quería romperlo, mamá El gatito Lo quería enseñar a Milena, porque es tan bonito, pero se cayó. Solo fue un poco, se le rompió la cola.
Mercedes siente pinchazos en el pecho, pero no dice nada. Con suavidad, levanta la barbilla de Paulina.
¿Y te cortaste intentando arreglarlo?
Paulina asiente, los ojos llenos de lágrimas nuevas.
No pasa nada, amor. El gatito lo arreglaremos juntas. ¿Sabes qué hacen las familias? Se ayudan a recomponer lo que se rompe, como el cristal, poco a poco. A veces quedan marcas, pero siguen siendo bellos.
Paulina se apoya en ella, como buscando refugio después de la tormenta. Fuera, las voces se han apaciguado y llega un aroma a tarta de cumpleaños.
En ese momento, suena el timbre. Mercedes se asoma y ve a Alejandro, trajeado y sonriente, cargado con un paquete envuelto en papel de estrellas. Paulina se lanza a sus brazos y él le da un beso en la frente.
Feliz cumpleaños, pequeña terremoto.
¡Has llegado! Paulina se ríe.
Y con sorpresa incluida.
En el salón, todos se giran. Alejandro deja el paquete sobre la mesa. Paulina lo desenvuelve con manos vendadas pero decididas; una casa de muñecas de cristal y madera aparece, reluciente bajo la luz.
Mira, cielo. A los cristales les brillan las cicatrices con el sol. Eso quiso hacer la artesana explica él, rozando la minúscula escalera. Dentro, Paulina encuentra un gatito de cristal, idéntico al suyo pero, en la cola, una línea dorada lo atraviesa: cicatriz brillante, reparada con paciencia y oro.
Es precioso susurra Paulina.
La artesana lo arregló así, para recordar que hasta las cosas más queridas pueden romperse, pero el cariño las recompone.
Mercedes siente los ojos llenos. Lucía, silenciosa junto a la ventana, se acerca y toma la mano de su nieta.
Tienes suerte, niña bonita Ese gatito, y esta familia, te han rescatado más de una vez.
Paulina sonríe, apretando el gatito y corriendo con la casa de muñecas de cristal a enseñarla a Milena, dejando tras de sí un rastro de risas.
Mercedes se queda un instante aparte, cerrando los ojos, sintiendo el peso de la historia y el alivio de la paz frágil que, como el cristal, se sostiene gracias al amor y el perdón entre las grietas que deja la vida.
A lo lejos, el tintineo de las campanillas de la lámpara resuena. Y en la mirada de Mercedes, por un instante, baila el reflejo dorado de un nuevo comienzo.






