Erizo
¡Otra vez! exclamó Clara al leer el mensaje en el chat de padres de la guardería. Dejó caer el móvil en el sofá a su lado, frustrada.
¿Qué pasa, mamá? le preguntó Teresa, quitando la vista de su cuaderno.
Otro concurso. De verdad, ya estoy harta. ¿Quieren que entregue algo pasado mañana, y mañana me toca trabajar toda la jornada? ¿¡Cuándo se supone que debo hacerlo!?
¿Quieres que lo haga yo? Teresa apartó el libro de matemáticas. He terminado casi todos los deberes, sólo me queda matemáticas, pero eso lo copio mañana de Laura, porque no lo entiendo. Así me lo explica.
No hija, tú dedícate a tus cosas. Bastante tienes ya. ¡Estás acabando trimestre y tienes exámenes pronto!
Pero Si no lo hacemos, Jorge se pondrá triste otra vez. ¿Recuerdas cómo lloró cuando todos recibieron diploma y su manualidad ni la miraron? Y la hizo él solo
¡Por eso mismo! Clara frunció más el ceño. Parece que aquí todos somos escultores, y si pintan, pues artistas consagrados. Y ni siquiera los niños, son los padres los que hacen esas cosas. ¿Tú has visto lo que llevan a los concursos? Más de un adulto no sabría hacerlo. Y eso me irrita aún más.
¿Y por qué nadie protesta? ¿Todos callan y ya? Hacen lo que piden y punto. Como en primero de primaria, ¿te acuerdas? Hasta que alguien dijo que ya bastaba y que fueran los críos quienes hicieran todo.
¿Aquel día que la profe Inés decidió dejarnos solos?
¡Sí! Teresa rió. Todos estábamos contentos. Y luego la señora Susana dijo que de entonces en adelante, haríamos las manualidades solos. Hasta le puso un cero a Marta por llevar un jersey tejido por su madre. Primero la elogió y luego nos mandó traer lana y ganchillo, ¿te acuerdas?
¡Anda! Por eso estuve aquél día pidiendo hilo por todas las casas del bloque Claro que me acuerdo.
¡Eso mismo! Luego sentó a Marta delante de todos y le pidió que teja un círculo. No pudo y le puso un suspenso. ¿No lo recuerdas?
Ya no. Hace tanto tiempo.
Yo creo que en estos concursos deberían darles diplomas a los padres, no a los niños, para que los niños no sufran. Teresa guardó los bolígrafos en el estuche y se puso en pie. ¿Quieres un té? ¿Le leo un cuento a Jorge?
¡Pues sí, quiero! Clara se levantó y abrazó a su hija, besándola en la sien. ¡Cómo has crecido! Ya ni puedo besarte en la coronilla. Eres igual que tu padre
No, mamá Teresa se separó suavemente. Prefiero no recordarlo.
Tienes razón, no hablemos de él. Venga, haz el té, que yo tengo que hacer una llamada. Me has dado una muy buena idea.
Clara volvió a abrazarla, la empujó con cariño hacia la cocina y pensó, observando su silueta erguida y elegante, en lo caprichosos que son los genes. Ella era rubia, de complexión algo redondeada, igual que Jorge. Pero Teresa siempre le había recordado a esas figuritas de porcelana: alta, delgada, de cuello largo y muñecas finas, puro movimiento, vida y elegancia. Todo de la rama paterna: su suegra había sido bailarina, nunca estrella, pero aún así, la estampa de la voluntad y el carácter duro. Por suerte, Teresa había heredado sólo la apariencia, porque el carácter era otro: dulce, generosa, pero cierto es que la aprovechaban más de lo debido por ser tan buena persona.
En casa nunca faltaban animales recogidos por su hija, a los que Teresa cuidaba y después buscaba familia adoptiva. De todos, sólo quedó viviendo con ellos Salazar, el viejo gatote negro que Teresa rescató del parque aquel invierno madrileño. Hacía tanto frío, que suspendieron las clases. Clara trabajando de noche, Teresa se encargaba de Jorge, que tampoco iba a la guardería porque estaba con fiebre. Al ver que no quedaba cebolla para preparar la comida, bajó rápidamente al colmado del portal vecino, dando la orden a su hermano de no moverse del sofá y seguir viendo los dibujos. De vuelta, casi en la puerta, Teresa resbaló en el seto, se dio un buen golpe y allí, en lo alto del escalón, encontró los ojos amarillos y tristes de aquel gato desaliñado.
¿Tienes frío? ¿Vienes conmigo? le preguntó sin dudar, frotándose las lágrimas del golpe, conmovida ante el aspecto agotado del animal.
Intentó cogerlo, pero pesaba demasiado. Así que abrió la puerta del portal:
¿Entras? Hace mucho frío. En casa hay leche.
El gato la miró con resignación, pero ella, ya de rodillas sobre las losetas mojadas, no cedió.
No te asustes Vente, anda. Te necesito yo.
Después de unos instantes, el gato apoyó la cabeza en la mano de Teresa y se levantó. Arrastró las patas tras ella hasta el ascensor.
Clara, al ver al peludo desastrado al día siguiente, sólo meneó la cabeza:
Este bicho no dura mucho, hija
Al menos aquí dormirá calentito, ¿verdad?
No digo nada, déjale
Clara no tenía casi fuerzas ni para protestar ni para nada en general. Vivía en una rutina inerte, arrastrándose por el trabajo y la casa, luchando sólo por sus hijos. Todo, salvo Teresa y Jorge, se le hacía gris y pegajoso.
Su marido no se fue de casa enseguida. Más de un año pasó entre dos familias, dudando dónde era más querido. A esas alturas, la presencia del padre ya no alegraba a Clara, pero él se escudaba en que los niños le adoraban. Se apañaron como pudieron, viviendo en habitaciones separadas. Teresa, muy madura para su edad, entendía muchas cosas.
Clara sabía que había otro hijo por parte de su ex y una nueva mujer, rubia como ella, con un niño bien vestido y carísimo. Recordó todo eso un día, caminando sola por el parque Retiro en Madrid, después del trabajo. Se permitió respirar el aire de otoño, patear hojas doradas y ahuyentar sus pensamientos. Media hora de paseo le sirvió más que todo el tranquimazín del mundo. Se rió sola viendo una ardilla provocar a un perro desconcertado paseado por un hombre mayor y elegante. Sí, con el tiempo, así se vería su exy Clara se sintió apartada de esa vida que un día soñó, llena de nietos, escapadas a la playa y a la sierra.
Se distrajo tanto entre sus cavilaciones, que se cruzó con su ex conviviendo feliz con su nueva familia, y ese encuentro casual le sirvió de empujón. Aquella noche, Clara recopiló las cosas de su marido y, sin levantar la voz, le dijo:
Vete.
Tal vez él no le habría hecho caso, pero Teresa salió y susurró:
Vete
Cuando se cerró la puerta, Clara se dejó caer contra la pared del recibidor y la niña se asustó:
¿Mamá?
Cerró los ojos un momento, se recompuso y sonrió:
Pon la tetera, hija. Necesito un té.
Jorge apenas notó la ausencia del padre; con su madre tenía suficiente. Pero para Teresa el golpe fue duro. Guardaba silencio para no entristecer a Clara, pero por la noche, echada en la cama, buscaba formas en el dibujo de las sombras que proyectaban las ramas del árbol en la ventana. Así lograba dormir de vez en cuando, combinando cansancio y resignación.
Sus nervios fueron a peor, y ni las visitas al psicólogo mejoraron las cosas. Hasta que apareció Salazar. El gato les dio a todos un nuevo eje. Se lo quedó la familia, y aunque a Clara le resultaba extraño y a ratos inquietante encontrarle en pleno pasillo en la negrura de la noche, el animal nunca exigía nada, sólo se sentaba cerca, le hacía compañía.
Al poco, Clara se preguntó si sólo ella encontraba consuelo confesándose con el gato en voz baja, a solas en la cocina. Supo que Teresa también le hablaba. Por eso, cuando la hija propuso buscarle otro hogar, Clara se opuso:
No, este se queda.
En un año, Salazar se puso hermoso, redondo y brillante. Cuando las amigas le preguntaban por su vida amorosa, Clara bromeaba:
He encontrado al hombre ideal. Me soporta, me escucha, quiere a los niños, come poco y no deja calcetines tirados. ¿No es perfecto?
Ni pensaba en rehacer su vida sentimental. La idea de volver a empezar le parecía absurda. Solo sus hijos le daban algo de alegría.
Gracias a la experiencia previa con Teresa, Clara pensaba que con Jorge la guardería sería igual de fácil. Pero con los años, el ambiente cambió: las educadoras, el comité de padres. Cada vez más exigentes, propuestas más “creativas” y poco tiempo para gente como ella.
El exmarido, tras ser invitado a marcharse, prometió la pensión solo por mandato judicial. Sabía que con el sueldo de Clara, apenas podrían mantener el nivel de vida anterior, y suponía que ella acabaría buscando su ayuda. Pero Clara, tras un par de meses en modo supervivencia, encontró un segundo empleo. Exhausta, tenía menos tiempo para todo lo demás, incluida la vida de sus hijos. Teresa le ayudaba con los deberes de Jorge, que quería hacer todo por sí mismo, hasta que sus manualidades pasaron a un rincón y ni se consideraban.
Al final, Clara fue criticada en público en una reunión y, ardiendo de vergüenza, juró no volver. Otras madres protestaron y la polémica fue tan grande que la educadora tuvo que dar la razón.
Por favor, tranquilícense intentó la educadora. Nuestros hijos son el futuro. Si no les damos amor y tiempo ahora, será tarde. ¿No tienen media hora para una manualidad?
Clara ya no escuchó. Pensó en Salazar y en la paz de su rincón de cocina, con sus hijos charlando y ella, por fin, escuchando de verdad. Se prometió reservar esa hora para ellos y no gastarla en cosas que no le aportaban nada.
Tras esa reunión, llegó el mensaje del concurso y Clara se indignó de verdad. ¡Se acabó! Si es concurso de niños, ¡que lo hagan los niños! Si es para padres, pues igualmente.
Enseguida, reunió a tres madres y un padre de la clase de Jorge y todos apoyaron la idea. El festival de una semana después sería el momento ideal. Clara fue al colegio con humor. Si fallaba, no pasaba nada, pero ya nunca más permitiría que cuestionasen lo que ella y sus hijos hacían, ni que los ningunearan.
La manualidad de Jorge, como siempre, estaba en el rincón más escondido de la estantería. Clara la colocó bien visible, adelantando la etiqueta con su nombre y apartando las obras maestras de los padres. La educadora se acercó.
¿Por qué hace eso, Clara?
Quiero que todos vean la obra de mi hijo, hecha por él. Solo la he puesto para corregir la etiqueta.
La maestra, roja de incomodidad, no se atrevió a quitarla en su presencia. Jorge se maravilló al ver, por vez primera, su erizo en primera fila. Hasta alguno lo felicitó y él, henchido de orgullo, sonrió.
La sala se llenó de familias. Risas, preparativos. Tras todo, bajaron al salón de actos. El festival fue un éxito; Jorge recitó el poema que le enseñó Teresa y bailó el vals estupendamente. Quizás, pensó Clara, esos genes artísticos le venían de familia y habría que apuntarle a clases de danza.
La entrega de premios comenzó. Diplomas y tabletas de chocolate para las mejores manualidades. Jorge, igual que otros niños que hicieron el trabajo solos, quedó sin premio.
Y ahora… iba a cerrar la ceremonia la educadora, pero Clara intervino.
Un momento, los padres tenemos algo que añadir.
Una parte de los padres sonrió, sabiendo lo que venía. Clara, ayudada por la madre de Pedro, cogió los papeles y llamó a la de Lucía, que traía una caja sorpresa.
Ante todo, gracias a los tutores y profes por el esfuerzo, la paciencia y la entrega tanto con los niños como con nosotros. Gracias de corazón.
El salón aplaudió a la vez.
Ahora, queremos reconocer a quienes participaron en el concurso pero no recibieron ningún premio. Se lo merecen igual o más.
Empezó a llamar a los niños, que emocionados recogían diplomas y chocolates de manos de los padres, olvidando cualquier mal rato.
Pero aún no hemos acabado añadió Clara. Ahora, las menciones especiales son para los padres con las mejores “habilidades”.
Fue repartiéndoles piruletas gigantes y diplomas a las madres y padres más manitas, entre risas y bromas. Nadie se fue sin su premio.
Luego del acto, la exposición de manualidades se transformó: apareció una nueva estantería repleta de las obras hechas realmente por niños y, colgado en letras grandes hechas por Teresa, un cartel rezaba: ¡Yo solito!
Clara recogió a Jorge, le ayudó a ponerse los zapatos y salieron a la carrera.
¿Mamá?
¿Qué pasa, campeón? le preguntó Clara, al verle sujetar el diploma con fuerza.
Si me han dado un diploma, ¿es que mi manualidad está bien?
¡Por supuesto! Y la hiciste tú solo. Ni siquera te ayudó Teresa.
Pero el erizo me salió algo torcido
Y qué más da. ¡Es tuyo!
Se adaptó al paso de su madre y, pensativo, preguntó:
¿Mamá, tú estás orgullosa de mí?
Clara se paró, lo miró y, poniéndose a su altura, le sujetó por los hombros.
Mucho. Estoy muy orgullosa. Porque eres cada día más independiente. Porque no has llorado ni pedido que lo hicieran por ti. Porque entiendes que no tengo tiempo y me ayudas, como ayer lavando los platos que sé perfectamente que no fue Teresa. Gracias, hijo; me haces sentir que estoy criando a un verdadero hombre.
¿Y qué es un verdadero hombre, mamá?
Clara reflexionó.
Supongo que es quien resuelve sus problemas solo, pero también da las gracias si le ayudan. Que no piensa que hay tareas solo de mujeres o de hombres. Y que ayuda a los suyos. Como tú, lavando los platos para que Teresa terminara sus deberes de química. ¡Sacó un sobresaliente gracias a eso! Lo más importante es saber usar bien el tiempo.
¿Y eso cómo se hace?
Eso te lo contaré luego, ¿vale? Pero antes Clara se levantó y tomó la mano de Jorge.
¿Sí?
Creo que nos merecemos una pequeña fiesta en casa.
¡Sí!
¿Y si compramos una tarta?
¡Tarta! ¡Genial!
Compartiendo el té, Clara contemplaba a sus hijos conversando, a Salazar ronroneando en su rincón, y pensaba lo sencillo que era hacer felices a los pequeños: basta con que les digas que lo que son y hacen vale.
Esa noche, Clara apagaría el móvil y lo escondería bien hondo en el bolso. Al día siguiente saldría del chat escolar, avisando a la madre de Lucía para que le resuma lo importante. Y juntas acabarían riendo, recordando las caras sorprendidas de todos ante la entrega de chucherías.
Dos años después, Jorge entrará en la academia militar infantil de El Escorial y aquel erizo “torcido” le esperará siempre en un estante de la cocina, junto a la tetera que Teresa traiga de Madrid, donde estudiará en la Complutense.
Clara, ya sola con Salazar, al principio se sentirá perdida. Pero el tiempo traerá a su vida a Luis Miguel, un hombre bajito, bonachón y entrañable. Le dará tranquilidad, tardes en la casa del pueblo entre rosales, excursiones a la playa, muchas risas y, sobre todo, comprenderá y querrá a sus hijos. Para Clara será una revelación saber que uno puede llegar a querer a los hijos del otro. Teresa, en vacaciones, admirará cómo caminan los dos por el Retiro, cogidos de la mano como niños, pisando hojas de otoño y escuchando su crujir bajo los pies, alimentando ardillas, y luego, ya en casa, tomarán té de tomillo en silencio, porque a veces, para sentirse escuchado, basta que te quieran de verdad.







