El electricista y la profesora – una simple historia de amor

El electricista y la profesora – una simple historia de amor

—¡Migue, pásame el destornillador! — grité desde lo alto de la escalera.

Estábamos instalando la iluminación nueva en la escuela. Mi compañero Miguel debía quedarse abajo, asegurarme y pasarme las herramientas según las necesitara.

—Aquí tienes —respondió una voz femenina, clara como una campanita, y sentí el destornillador en mi mano.

Del susto casi me caigo de la escalera.

Terminé de fijar el plafón y bajé rápidamente. Por suerte, ella todavía no se había ido: la dueña de aquella voz tan bonita. De Miguel no había ni rastro.

—¿Dónde se metió Miguel? —le pregunté a la chica.

Ella sonrió con picardía y contestó:

—Le pedí que arreglara un enchufe en mi aula.

—Se va a ganar una bronca —dije fingiendo seriedad—. No puede dejarme solo con la escalera.

—Me llamo Zoe —se presentó ella—. ¿Y tú?

Me pilló un poco desprevenido su desparpajo, pero reaccioné rápido:

—Álex.

—Quería pedirte… tu teléfono. ¿Aceptas trabajos particulares?

Estábamos renovando toda la instalación eléctrica de la escuela número 27 por contrato público. La pregunta de Zoe me dejó descolocado. Tal vez porque era guapa y, en vez de concentrarme en lo que decía, me quedé mirándola embobado.

Ella también me miraba, esperando. Ah, sí… la respuesta.

—¿A qué te refieres con trabajos particulares?

—Arreglos de electricidad en casas particulares, Álex —sonrió Zoe—. Por ejemplo, en un piso.

Empecé a balbucear algo sobre el jefe, los contratos y las formas de pago. Justo entonces regresó Miguel.

—Ya está arreglado el enchufe, Zoe. Puedes revisarlo.

Zoe escuchó mi discurso confuso, asintió a Miguel y se fue con él. ¡Vaya! Parecía que entre ellos había chispa. A Miguel le vendría bien una chica como Zoe. Yo, en cambio, ya tenía novia: Ana. Aunque mi madre estaba convencida de que estaba cometiendo un error.

—¿Por qué un error? —no entendía yo.

—Ana es muy práctica, mandona. Te va a dirigir la vida entera. Planificará por los dos. ¿Por qué no encontraste a una chica más suave? Tú eres tan bueno y cariñoso…

La verdad es que Ana no le caía bien a casi nadie de mi entorno. A mis padres (mi madre la detestaba, mi padre solo la aguantaba), a mis amigos (cuando iba con ella, luego me invitaban solo a mí). Y como pasaba casi todo mi tiempo libre con Ana, cada vez veía menos a mis amigos.

Terminamos el trabajo, cargamos el material en la furgoneta y nos fuimos.

—¿Por qué me dejaste tirado hoy? —le reproché a Miguel—. Podía haberme caído y romperme algo. Había niños corriendo por ahí. ¿Y si le caigo encima a uno? Si te gustaba la profesora, me lo decías y te dejaba ir con ella tranquilamente.

Miguel me miró como si estuviera loco y dijo:

—¿Que a mí me gustaba la profesora? ¡Eres tú quien le gustaste a ella! Me llamó, me pidió que arreglara el enchufe y prometió sujetarte si te caías. Y pasarte las herramientas.

—¿Hablas en serio?

—Álex, el enchufe solo tenía un tornillo flojo. Nada más.

—¡Maldita sea! Por eso me hablaba de trabajos particulares… y yo, idiota, le di una clase magistral sobre contratos.

Me quedé callado un momento y añadí:

—Es una chica estupenda, pero yo tengo a Ana.

Miguel solo movió la cabeza, como diciendo “qué tonto eres”.

Esa noche, mientras dormía junto a Ana, soñé con Zoe. Estaba frente a la pizarra con una regla en la mano y se veía… como una profesora sexy. Golpeó la regla contra el pupitre y dijo:

—Pérez, a la pizarra.

Salí y empecé a balbucear sobre contratos. Zoe me miró severa y me interrumpió:

—Basta, Pérez. Siéntate. Un dos. No te sabes la lección. Tendrás que quedarte a clases de refuerzo.

—¿Y qué haremos en las clases de refuerzo? —pregunté abatido.

Zoe se inclinó hacia mí y vi su escote justo delante de mis ojos.

—¡Cambiar bombillas! —gritó, y me desperté sobresaltado.

—Álex, ¿qué te pasa? Mañana trabajo… —gruñó Ana—. Egoísta, ves películas de terror por la noche y luego gritas.

Ana siguió murmurando mientras se dormía, diciendo que cuando nos casáramos veríamos películas románticas como las parejas normales. De pronto sentí una tristeza enorme. Recordé las palabras de mi madre: “Ella planificará por los dos”. Ya estaba planificando hasta la programación de televisión.

Al día siguiente, en la hora de la comida, en vez de comer fui corriendo a la escuela 27. El guardia de abajo no me reconoció.

—Olvidé una herramienta. Es urgente.

Cogió el teléfono. Sabía que según el protocolo tenía que avisar a alguien. Mi plan se estaba yendo al garete.

Entonces escuché aquella voz clara y melodiosa:

—Fede, déjalo pasar. Yo lo acompaño y lo saco después.

—Está bien, Zoe.

Subimos al aula de biología. Había pósters de células, plantas y evolución en las paredes. No sabía ni qué hacía allí.

—Álex, ¿querías decirme algo? —preguntó Zoe mirándome a los ojos.

Bajé la mirada y me di cuenta de que la Zoe real y la del sueño eran muy diferentes. No tenía nada espectacular, pero irradiaba ternura y belleza. Tragué saliva.

—¿Funciona el enchufe?

—Sí, y también todas las luces que cambiaron. Gracias —sonrió.

—Miguel dice que yo te gusté.

Al decirlo sentí que me hundía en agua helada.

—Bueno… esperaba que te dieras cuenta tú solo —suspiró Zoe.

—Entonces es verdad…

Nos quedamos en silencio.

—¿Qué necesitas arreglar en tu casa? —pregunté.

—Dilo ya —dijo ella tomándome de la mano—. No des rodeos.

—Voy a casarme pronto —confesé.

—Entiendo… pasa. Hasta hay una canción: “Blanco y negro”.

—No la conozco…

—Seguro que sí. Es de la película “El gran cambio”.

De repente entendí. Era la película favorita de mi madre. Hablaba de elegir. Y yo, para mi vergüenza, nunca la había visto completa.

—No. Contigo coincidiría…

—Pero te vas a casar —dijo ella cogiendo su bolso—. Ya no tengo más clases. Me voy a casa.

—Puedo llevarte —ofrecí con voz ronca.

Zoe vivía a solo tres calles de la escuela. Podría haber rechazado el viaje, pero aceptó. Fuimos en silencio en el coche. Y me sentía tan bien callado a su lado… Pero el tiempo de la comida se acababa.

—Tengo que irme —dije con esfuerzo.

Zoe se giró y dijo:

—Gracias.

—Bah, solo te traje…

—Gracias —repitió— por ser honesto.

Y se fue.

Por primera vez lamenté de verdad casarme.

Esa noche llamé a mi madre para que me cubriera si Ana llamaba, y a Ana le dije que mi madre estaba enferma y me quedaba a dormir allí. Pero fui… a casa de mi madre.

—¿Qué te pasa de repente? —preguntó ella tocándome la frente.

—Necesito pensar, mamá. ¿Puedo dormir en mi antigua habitación?

—Para mí, lo mejor sería que volvieras del todo.

Besé a mi madre en la sien y la abracé:

—Perdóname por usar tu salud para mis fines egoístas. Ponte bien, ¿vale?

—Entiendo. Si no, no te librarías de ella…

Sí. Mi madre no soportaba a Ana.

Me tumbé en el sofá mirando el techo. ¿Por qué la vida nos mete en laberintos? Siempre fui tímido con las chicas. Apareció Ana y tomó el control. Yo no bebo, trabajo de electricista (una profesión estable), tengo buen puesto… Era un novio aceptable.

Pensaba que con Ana había tenido suerte: guapa, trabajadora, fiable. Sí, mandona, pero ¿qué tiene de malo? Muchos hombres viven bajo el mando de sus mujeres. Ana no era histérica. Mostraba su carácter desde antes de la boda. ¿O no todo?

No era sobre ella. Era sobre mí. Iba por un camino recto y de repente… un desvío. Porque encontré a alguien con quien el silencio era cómodo. ¿Olvidarlo? ¿Destruir todo lo construido por cinco minutos de magia?

Mi madre entró, me preguntó si quería cenar. No tenía hambre. Luego me preguntó con cuidado:

—¿Quieres contarme en qué piensas?

—Ahora no, mamá…

—Quizá pueda ayudarte.

—¡Mamá!

—Ya me voy —dijo riendo.

Entonces sonó el timbre. Era Ana, hablando de medicinas, comida y médico. Sentí una rabia ardiente en el pecho. Esto no era un laberinto… ¡era una trampa!

Salí al salón.

—Cariño, a mamá ya le va mejor. ¿Nos vamos a casa? Que descanse.

Ana lo dijo como una orden, no como una pregunta. Y así iba a ser mi vida… para siempre.

—Ana, te dije que me quedaba a dormir aquí. ¿A qué viniste? ¿A controlarme?

Ana debió notar algo extraño en mi voz. Se quedó callada un segundo. Aproveché, me puse los zapatos y dije:

—¿Me dejan pensar hoy o no?

Y me fui.

Mi madre luego me contó que casi no conseguía echar a Ana. Quería saber qué pasaba, en qué pensaba, qué había cambiado en un día.

—Ane, vete a casa. Necesito descansar, estoy enferma.

—¿Molesto? Me quedo por si empeoras.

Hasta le dio pena a mi madre. Ana no entendía nada.

Fui al edificio donde vivía Zoe. No teníamos los teléfonos, pero recordaba el portal. Llamé a tres puertas. Los vecinos no querían decirme nada; una señora hasta me amenazó con la policía. Por fin, en la cuarta puerta, abrió Zoe.

—¡Gracias a Dios! —exclamé—. No aguantaba más vecinos.

Zoe me metió dentro, cerró la puerta y olfateó.

—¡No he bebido! —protesté—. Estoy completamente sobrio.

—Ya lo veo. ¿Qué pasó?

—¿Estás sola?

—No.

—¿No? Perdona…

—Ahora estoy contigo —sonrió Zoe—. Estaba sola, llegaste tú, y ahora estoy contigo.

Nos besamos mucho rato en el pasillo estrecho, luego en la sala, luego en la cama. Todo en silencio. No hacía falta hablar. Solo sentir.

—Cuéntame… —le pedí.

—¿Qué?

—Cuando me viste, ¿qué sentiste?

Zoe se giró y me miró a los ojos:

—¿Eres narcisista?

—Soy electricista. Tú eres profesora.

—¡Qué despropósito! —exclamó ella riendo.

Y nos reímos juntos.

Luego me contó todo: cómo me vio y su corazón latió fuerte, como queriéndole avisar. Cómo llamó a Miguel en voz baja, le pidió lo del enchufe. Cómo Miguel entendió y le guiñaba el ojo de forma torpe pero sincera. Y cómo yo no entendí nada y le hablé de contratos.

Volvimos a quedarnos en silencio. Y sentí que ese silencio entre nosotros no era pasajero. Era real. Estaba bien hablar, estaba bien callar. Estaba bien dormirse y despertarse juntos.

Al día siguiente hablé con Ana.

Ella, hay que reconocerlo, no montó un escándalo. Solo dijo que me odiaba y que le había arruinado la vida.

—No quería. Perdóname —dije tras una pausa.

—Ajá —respondió, y me cerró la puerta en las narices.

Mi madre me advirtió que no me confiara. Las como Ana no se rinden tan fácil.

—Espera, todavía va a esperar a Zoe y tirarle ácido —se preocupaba.

A mi madre le encantó Zoe.

Y a todos mis amigos también.

Seis meses después nos casamos: el electricista y la profesora. Zoe y yo somos muy felices. A diferencia de mi madre, yo no espero ninguna mala jugada. Tal vez sea un tonto afortunado. O tal vez Ana era mejor de lo que todos pensaban. Buena, pero no para mí.

Esta sí es para mí.

La única y para siempre.

Mi amada.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

El electricista y la profesora – una simple historia de amor
– Pero si somos familia – dijeron mis hermanos y hermanas el día que despedimos a mamá en el cementerio.