El cardiólogo Brajnikov llega a un balneario para descansar. Decide afeitarse y salir por la noche. Para quienes pasan de los 40 y ya se sabe. Aunque él supera los 60… pero, ¿quién lo va a notar?

El cardiólogo Brajnikov llegó al balneario para descansar. Decidió afeitarse y salir esa noche. Cosas de los que ya peinamos canas. Aunque él ya pasaba de los sesenta, pero… ¿quién se fijaba?

De repente, irrumpe en la habitación una mujer. Para describirla haría falta la destreza de un escultor como Chillida. Era ideal para dar clase sobre anatomía femenina, ir señalando con una vara y afirmar: una mujer se compone de.

Gritaba, exultante, que era una suerte que un cardiólogo tan conocido viniera a descansar precisamente allí, porque en ese momento el encargado llevaba al área de procedimientos a un enfermo grave. Resulta que el cardiólogo del balneario estaba ausente. Sí, porque los infartos a medianoche no se planean; pero, por casualidad, estaba descansando allí un eminente cardiólogo

Brajnikov notó que la mujer repetía su discurso, así que no iba a librarse de ella. Pesaría sus ciento cincuenta kilos largos, y lucía en mitad de la cara un carmín rojo como sello infernal de la Inquisición sobre un mármol empolvado. Ese tipo de mujeres no aceptan un no por respuesta. Es inútil explicar que hasta el mejor cardiólogo es impotente si le asiste el encargado y una enfermera vestida de muñeco de Navidad seductor.

En fin, llega Brajnikov al área de procedimientos: el encargado tenía cara de cuadra, y una camilla, en la que reposaba, aplastado por el historial, un hombre barbudo y mustio, parecía más un estudiante de secundaria con cabeza de leñador. Ese físico solía encontrarse en científicos sénior.

– Delira, – informa el encargado. No para: rosa, y rosa. Se cree en una floristería.

La enfermera le toma la tensión y pronostica mal: 70/50, y bajando. “Eso ni es tensión”, ríe, esas son las medidas de mis brazos y piernas. A Brajnikov le recorre un escalofrío. Y según el historial, consideraban una tensión de 180/100 como calentamiento para ese hombre.

Brajnikov examina la sala y busca lo necesario. Y entonces escucha un ruido inusual de consulta médica. Se vuelve y ve a la enfermera llorando. Él pregunta: ¿y ahora qué? Ella responde con voz temblorosa: Es que le da mucha pena el paciente.

Brajnikov empieza a sentirse incómodo.

– Prepara adrenalina, – ordena, frotándose las manos con alcohol. ¿Sabes lo que es y cómo se administra?

– ¡Ay, qué pena el señor! solloza aún más fuerte, pegada al marco de la puerta.

Brajnikov coge la jeringuilla y prepara la dosis él mismo. Entonces se cruza con la mirada del encargado, que parece haber visto un artilugio de abordaje pirata viendo esa aguja. Nunca encontró un trasero que no temblara ante un instrumento semejante. El encargado tenía pupilas disparadas, de pie, grises, tambaleándose. Al fondo, la enfermera sollozando. Era el momento de abofetearla, pero temió un reflejo visceral: que saliese despedida por la ventana del tercer piso.

Brajnikov pensó: que les den. Buscó un punto en el pecho hundido del paciente y hincó la aguja. El encargado se desplomó como una viga.

– ¡Ay, qué pena el encargado! chilló la enfermera.

– ¡Pero qué demonios pasa aquí! bramó Brajnikov. ¿Dónde está el amoníaco?

– ¿Se van a morir?… ¡Ay, mis ojos no deberían ver esto!

Sobre la mesa había una lámpara de hierro fundido, cinco kilos pesaría, decorada con un David curando al león de anginas. Brajnikov estuvo a punto de dejarla K.O. a lámparazo, pero lo desestimó. Ordenó silencio: aquello era ya un sinsentido, y no quedaba claro a quién había que tratar.

– ¡Orden! gritó. ¡Disciplina y calma!

En ese momento, el paciente barbudo, con los ojos cerrados, se incorporó.

– Por favor, no hagan el gamberro, – reprendió la enfermera, firme, apretándole la cabeza contra la camilla. El amoníaco está en el armario, claro.

El encargado, ya casi exánime, ni pulso tenía. Del paciente la mano caía colgando otra vez. Vaya noche, pensaba Brajnikov.

– ¡Hazle un masaje! ordenó mientras sacaba al encargado de debajo de la camilla.

La enfermera tumbó al barbudo boca abajo, se subió la falda y ya iba a saltar la camilla.

– ¡Cardíaco! ¡Masaje cardíaco, leñe! corrigió Brajnikov.

La enfermera, algo aturdida, giró al hombre y se sentó encima. La camilla crujió. Brajnikov escuchó el chasquido de metal. Al encargado le puso algodón impregnado de amoníaco en la nariz y observó: ciento cincuenta kilos sobre sesenta. El aire salía del hombre como de una bomba averiada.

A Brajnikov le costó levantar al encargadomás gelatinoso que un pulpo, imposible hallar ángulos rectos. Lo sentó en una butaca. Miró entonces a la enfermera, poseída, a punto de triturar al paciente.

La bajó como pudo, le pasó también el algodón bajo la nariz y la sentó junto al encargado. Allí se quedaron, como gallinas. Uno con los pantalones caídos y la otra la falda por la cintura. Emergencia sanitaria. El amoníaco, nulo efecto.

En eso el enfermo se enderezó otra vez, rígido como respaldo de asiento, ojos cerrados, y lentamente giró la cabeza hacia la camilla. El encargado, al verlo, ya no quiso estar sentado, reajustó postura y se inclinó hacia adelante. Brajnikov reparó en que, donde la frente tocó el suelo de azulejo, salían rayos como de linterna.

– Señores – murmuró el enfermo, sin abrir los ojos. Les ruego, por favor, que no vuelvan a tratarme jamás…

Y contó lo siguiente: Resulta que era hipotenso de cuna. Antes de una nevada, se desinflaba como un globo; con tormenta, la corriente lo llevaba de rincón en rincón. No tenía culpa, así nació. Trabajaba con tensiones de 80/50. A veces bajaba un poco más y una buena taza de espresso arreglaba el día, pero no que se le sentara encima una mujer con collar de bolas de billar. Ya pensaba que era su final. Su Rosita volvería del baño y se quedaría de piedra. Se suponía que la enferma era ella, pero a quien había que enterrar era a él.

Brajnikov sintió que encanecía. Agarró la historia clínica: Yáñez Rosa Leonor. Recordó que pensaba, al llegar, conocer a alguna lugareña, tener algún revolcón Incluso admitiría algo más profundo. Y de pronto, aquello le quitó todas las ganas.

– Esto… ¿qué es?, – preguntó, mostrando la historia a la enfermera.

– La historia, – contestó ella sin mirar, con el tapón de algodón aún en la nariz.

– Pero esto no es Rosa Leonor observó Brajnikov. ¡Esto es León Rosado, como poco!

– Usted como médico debería haberlo notado

– Anda que tú

– Señores, les aclaro, – interrumpió el paciente. Mi mujer está aquí, le traía un batido de kefir Ella se fue al baño, y la historia quedó a mi lado. Entonces me puse mal y este caballero, que acaba de desafiar la ley de la impenetrabilidad de la materia, me subió a la camilla y me trajo. Me sentía fatal, pero ya no. De sentirme peor he pasado a sentirme dios. El fondo general azul y las caras rojas solo lo impiden. Mi hipotensión queda superada. Si ahora me ponen un mechero debajo, saldré al espacio y comprobaré cómo está aquello. Tengo la tensión a tope, energía para no dormir en diez años. ¡Perfecto para terminar mi próximo trabajo de investigación!

– Propongo que masculló la enfermera cuando el del kéfir salió , aquí no ha pasado nada.

Brajnikov volvió a mirar la lámpara, pero la enfermera se adelantó:

– Yo me hago cargo del encargado.

Brajnikov, total, en el balneario… no llegó a conocer a nadie.

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Elena Gante
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El cardiólogo Brajnikov llega a un balneario para descansar. Decide afeitarse y salir por la noche. Para quienes pasan de los 40 y ya se sabe. Aunque él supera los 60… pero, ¿quién lo va a notar?
Se burlaron de su abrigo barato hasta que descubrieron la verdad 😱