Tamara cerró con firmeza la puerta del pequeño cuarto de servicio, aguzó el oído para comprobar que no hubiera nadie cerca y, solo entonces, sacó el teléfono del bolsillo. Marcó un número con rapidez.
—Katia, escúchame bien. Tengo aquí sentada en el despacho a una mujer… y te juro que está forrada de dinero.
—¿Y tú cómo sabes que tiene dinero? —preguntó su hija al otro lado de la línea.
—¿Pues qué iba a venir a buscar una mujer así a este pueblo olvidado de la mano de Dios? La gente común no se mueve en coches como el suyo. Si vieras el fajo que me soltó…
Tamara apretó dentro del bolsillo el sobre repleto de billetes.
—¿Y por qué te pagó?
—Porque es de aquí, del pueblo. Anda buscando a la hija que abandonó hace veinte años, cuando se largó a la capital. Ahora, por lo visto, le ha entrado el remordimiento. Me pagó una cantidad muy seria solo por darle información sobre la muchacha.
—Pues eso es una buena noticia —exclamó Katia—. Ya habrá que pensar en qué gastarlo.
—Katia, déjame terminar —dijo Tamara en voz baja, casi en un susurro—. Esa mujer está desahuciada. Tiene cáncer. Le quedará un mes… o quizá menos.
—Mamá, no entiendo adónde quieres llegar. ¿A nosotras qué nos importa esa señora?
—Su hija debe de tener más o menos la edad de nuestra Yana.
—¿Y?
—Pero ¿es que no te das cuenta? —Tamara casi siseaba—. Yana tiene que hacerse pasar por la hija de esa ricachona. En cuanto la mujer se muera, toda la herencia será nuestra. ¿No hueles el dinero en el aire?
—Ay, mamá, te estás metiendo en una locura —dijo Katia, dudando—. ¿Y si la mujer se da cuenta de que Yana no es su hija? Bastante nos faltaba ya como para acabar con problemas con la justicia.
—Pero, Katia, ¿qué problemas va a haber? —se rió Tamara—. Esa mujer jamás ha visto a su hija en la vida. Para ella, Yana o cualquier otra le daría lo mismo.
—¿Y si pide papeles de adopción?
—No va a pedir nada. Lo único que quiere es descargarse la conciencia antes de morir. Tiene prisa. Solo necesita la dirección de los supuestos padres adoptivos.
—Mira, habría que pensarlo bien primero y hablar con Yana. Igual ni siquiera acepta.
—No hay tiempo para pensar —la cortó su madre con dureza—. El tiempo apremia. Ahora te voy a decir exactamente lo que tienen que hacer y qué tienen que decir. Tú prepara a Yana y también a tu marido. Y cuidado con estropearlo todo. Si esto sale bien, nunca más volveremos a contar las monedas. Así que yo hablo y tú escuchas. Ni una palabra más.
Un Mercedes negro avanzaba despacio por la carretera angosta de un pequeño pueblo de provincia. Sentada en el asiento trasero, Tatiana contemplaba por la ventanilla las calles de aquel lugar y pensaba: «Cómo ha cambiado este pueblo en veinte años».
Tenía unos cuarenta años. Su elegancia se percibía en todo: en la ropa impecable, en el peinado, en el maquillaje discreto, en la manera refinada de girar la cabeza para seguir con la mirada a los transeúntes o a algún rincón que le resultara familiar.
—Qué decadencia… —murmuró—. Yo lo recordaba bonito, verde, cuidado. Por todas partes había obras, movimiento. Y ahora, ¿qué? ¿De verdad aquí hubo vida alguna vez?
—Pues no lo parece —respondió con una media sonrisa el joven conductor, mirando por el retrovisor a su jefa—. Todas las casas parecen de otra época, y por ahí incluso siguen en pie unas casuchas de madera. Esto es ruina por un lado y ruina por el otro. Habrá habido una fábrica o algo parecido, porque hoy podrían rodar aquí una película de terror. Para el cine, este sitio sería perfecto.
—No te burles —dijo Tatiana—. Esa fábrica antes trabajaba a pleno rendimiento. Media ciudad vivía de ella. Y ahora mira lo que queda. Se va desmoronando poco a poco. La cerraron hace cinco años.
—No me extraña —comentó el conductor, Leónidas—. Seguro que los jóvenes se largan de aquí. No hay trabajo ni futuro.
—Eso pasa en casi todos los pueblos. Hasta los coches que se ven son viejos y nacionales. Con nuestro Mercedes parecemos un lunar en mitad de todo esto. Mira esas abuelitas al borde de la carretera, se nos quedan viendo con la boca abierta. Debe de ser la primera vez que ven un coche así.
—No creo que sea por el coche —sonrió él—. Es que aquí todos se conocen y nosotros somos forasteros. Eso se nota enseguida.
—Exactamente. Y ahora tendrán conversación para una semana. Ya deben de estar preguntándose a quién habrán venido a visitar esos ricachones de la capital.
Tatiana se recostó en el asiento y cerró los ojos. El maquillaje suave no alcanzaba a disimular del todo la palidez enfermiza ni la extrema delgadez de su rostro. Con un gesto ligero apartó un mechón de cabello negro y brillante que se había soltado de su peinado. Pero la mano, sin fuerzas, le cayó sobre las rodillas.
—Señora Tatiana, ¿se encuentra mal? —preguntó el chofer, preocupado—. ¿Quiere que paremos?
—No, Leónidas, estoy bien. Solo me aprieta un poco el corazón. Esta es mi tierra. Yo crecí aquí. Todo me resulta familiar y extraño al mismo tiempo. Las casas siguen donde estaban, pero no reconozco ni una sola cara.
Miró de nuevo por la ventanilla.
—Todo me parece ajeno, aunque aquí pasaron mi infancia y mi juventud. Qué sensación tan rara… Quizá no debería haber venido.
—Todavía no se ha recuperado del todo de la operación. No debió empeñarse en venir ya. Una semana más no habría cambiado nada. Se la ve agotada con el viaje. Usted debería estar ahora mismo en su casa, descansando en el sofá, y en vez de eso nos hemos venido a este agujero.
De pronto soltó una maldición.
—Maldición, no vi el bache.
El automóvil dio un salto. Los amortiguadores suavizaron el golpe, pero Tatiana se golpeó la parte de atrás de la cabeza contra el respaldo y se estremeció.
—Al alcalde de este pueblo habría que arrancarle la cabeza por tener las carreteras así —gruñó Leónidas—. Hasta en los caminos rurales se conduce mejor. Esto se llama ciudad y no es más que un nombre. Perdone, señora Tatiana, ¿se ha mareado? De verdad, deberíamos haber pospuesto el viaje hasta que se encontrara completamente bien. No supe convencerla.
—Gracias, Leónidas. Estoy bien —sonrió ella débilmente—. Tú mira la carretera, que como vuelvas a coger otro bache me acabas de rematar. Ya estamos cerca.
—Sí, sí, estoy mirando —refunfuñó él—. Esto no es una carretera, es una trampa. Y, sinceramente, ¿qué busca usted aquí?
«Tiene razón», pensó Tatiana. «Debería haber esperado. El viaje me ha dejado hecha polvo». Sintió cómo le brotaban pequeñas gotas de sudor en la frente y en el rostro. Se secó con una servilleta. La cicatriz de la operación le dolía, pero trató de no darle importancia. Cerró los ojos otra vez.
«Esperar está por encima de mis fuerzas. ¿Quién sabe cuánto tiempo me queda? No puedo morirme con esta piedra en el pecho. Necesito cerrar este asunto. Luego que sea lo que Dios quiera. Quiero volver a alegrarme por algo, sentir que le importo a alguien, aunque sea un poco».
Una y otra vez, Tatiana repasaba en su mente todo lo que había ocurrido en los últimos seis meses.
En la sala de conferencias estaba teniendo lugar una reunión.
—¿Ya se resolvieron todos los temas con los proveedores? —preguntó Tatiana con severidad, clavando los ojos en su subdirector.
—Sí, señora Tatiana —respondió él, intimidado por aquella mirada penetrante—. Prometieron entregar todo el pedido a tiempo.
—Póngalo bajo su control personal, Iván Valerio. No quiero que se repita lo de la vez pasada. Tenemos desfiles importantes por delante. No podemos permitirnos ni un solo error. Si conseguimos el apoyo de los socios extranjeros, nuestro negocio subirá a otro nivel.
—Entendido. No la fallaremos —dijo él, anotando algo deprisa en su libreta.
—Ahora vayamos con usted —Tatiana se volvió hacia la directora creativa—. ¿Por qué todavía no tengo en mi mesa las nuevas propuestas de los diseñadores? ¿Para qué les pago, si no son capaces de crear nada? Cámbielos. Contrate a gente que sí sepa trabajar. No pienso cargar con lastre.
—Señora Tatiana… —la joven vaciló, buscando a toda prisa una respuesta—. Tengo la situación controlada. El equipo está trabajando. Le prometo que la nueva propuesta le va a gustar. Pero ya sabe que la creatividad es un proceso delicado. No obedece a órdenes.
—Escúcheme bien, querida Ofelia —dijo Tatiana, y se notaba que estaba a punto de perder la paciencia—. Guarde sus frases bonitas para los clientes. A mí me interesa el resultado. Si no lo hay, me veré obligada a despedirla a usted y a todo su equipo.
De pronto sintió que todo empezaba a dar vueltas ante sus ojos. Los abrió de par en par y trató de respirar hondo. Una oleada de náusea le subió a la garganta. Y en el siguiente instante todo se hundió en la oscuridad.
—¡Señora Tatiana, señora Tatiana, por favor! ¿Qué le pasa? —Cuando abrió los ojos, le pesaban como si fueran de plomo. Sobre ella se inclinaba una Ofelia aterrorizada y llorosa—. Gracias a Dios, ya ha vuelto en sí.
—Señorita, apártese de ella —dijo una voz masculina. Un hombre con bata blanca se inclinó sobre Tatiana—. ¿Cómo se encuentra?
—¿Qué ha pasado? —preguntó Tatiana con los labios torpes, mirando a su alrededor. Estaba tumbada en un sofá de la misma sala de conferencias.
—Se ha desmayado. Ahora tenemos que averiguar por qué. Debemos hospitalizarla.
—¿Se ha vuelto loco? —respondió ella lentamente—. Tengo muchísimo trabajo.
Intentó incorporarse, pero el médico la detuvo.
—Quédese quieta. Le recomiendo hacerse pruebas cuanto antes. El trabajo no se va a escapar.
—No hace falta —se resistió Tatiana—. Seguramente estoy agotada. Descansaré y se me pasará. Últimamente me canso mucho. Llevo demasiada carga encima.
El médico la observó con atención y luego se volvió hacia Ofelia, hablando en voz baja:
—¿Siempre ha sido tan delgada?
—No —respondió la muchacha también en un susurro—. Ha adelgazado muchísimo en muy poco tiempo. Pensé que se habría puesto a dieta, aunque no entiendo para qué. Siempre ha sido esbelta. ¿Cree que por eso se desmayó?
—Podría ser. Podrían ser muchas cosas —dijo el doctor pensativo—. Yo ya me voy, tengo otros pacientes esperando. Pero insisto: hágase estudios y no lo deje para después. Nadie se desmaya así porque sí.
Al día siguiente, Tatiana acudió a una clínica privada de prestigio y se hizo análisis. Durante la consulta, el médico estudiaba los resultados con el ceño fruncido.
—Doctor, ¿qué tengo? —preguntó ella al fin, incapaz de aguantar más—. ¿Hay algo grave?
—Lamento decirle que sí —respondió él, mirándola con compasión—. Se han confirmado mis peores sospechas. Tiene cáncer. Lo siento mucho.
—¿Cáncer? —repitió ella, atónita—. Pero hoy en día el cáncer se trata, ¿no? Yo lo he leído. Dígame qué medicinas necesito. Tengo amigos en el extranjero. Pueden conseguirme cualquier medicamento. Si hace falta operarme, hágalo. Dinero no me falta.
—Señora Tatiana —dijo el médico con pesar—, me duele mucho tener que decirle esto, pero la enfermedad está en estadio cuatro, el último. Por desgracia, ya no tenemos margen curativo. Solo podemos ofrecer tratamiento paliativo.
—No… no puede ser —gritó ella—. No le creo. Se equivoca. Reúna a quien tenga que reunir, llame al especialista que haga falta. Tengo dinero, pagaré lo que sea. Pero haga algo.
—Haremos todo lo humanamente posible, por supuesto. Y quién sabe, tal vez ocurra un milagro. Pero, sinceramente, lo que le queda es aferrarse a la fe. Tendremos que ingresarla, completar todas las pruebas y establecer un tratamiento. Insisto: este es un diagnóstico preliminar, y los siguientes estudios aclararán del todo la situación. Pero no puedo ocultarle que el panorama es muy serio. ¿Me está escuchando?
El doctor se acercó y le tomó el pulso.
—¿Está en condiciones de volver sola a casa? ¿Quiere que llamemos a alguien para que la recoja? No debería quedarse sola ahora mismo.
—Me espera mi chofer.
Tatiana apenas comprendía lo que estaba sucediendo. Su mundo acababa de derrumbarse. Saliendo de la clínica, tambaleándose, vio cómo Leónidas corría hacia ella. La ayudó a entrar en el coche.
—Señora Tatiana, ¿la llevo a casa? Aunque yo creo que lo mejor habría sido quedarse en la clínica.
—No, Leónidas. A casa. Hoy no quiero hablar con nadie. Dile a mi secretaria que cancele todas las reuniones del día.
—Se lo digo ahora mismo. ¿Ha pasado algo? ¿Puedo ayudarla en algo?
—Luego, Leónidas. Luego. Ahora no puedo hablar.
Abrió la puerta de su apartamento. Salió a recibirla la empleada doméstica, una mujer mayor, regordeta, de ojos buenos. Tenía algo acogedor, cálido, de abuela de cuento. Más de una vez Tatiana había pensado que, si alguna vez hubiera tenido hijos, solo habría confiado su crianza a alguien como ella.
—Ay, señora Tatiana, hijita —exclamó la mujer—. ¿Qué le ha pasado? ¡Pero si no tiene ni color en la cara! ¿Está enferma? Se mata usted sola trabajando.
Tatiana se quitó los zapatos, entró al salón y se dejó caer en un sillón.
—Se acabó todo, Carmen —dijo cerrando los ojos.
—¿Qué dice? Espere, le preparo una infusión de hierbas, le va a sentar bien.
—No. Mejor tráigame coñac. El té no me va a servir de nada.
—Pero si usted no bebe.
—Hoy quiero beber. Tengo motivos.
La mujer le sirvió un poco de coñac en una copa y se la ofreció, desconcertada.
—Tiene que desahogarse. Llame a una amiga. Alguna tendrá, ¿no?
—¿Amigas? —Tatiana soltó una risa amarga—. Tener, tengo. Pero no les interesan mis problemas. Y amigas de verdad, no las llamaría. Lo que les gusta es mi posición, mi dinero, mi estatus. Mientras me vaya bien, están conmigo. El día que tropiece, fingirán no conocerme.
Se quedó mirando un punto fijo de la pared.
—Hoy ha sido como despertar de golpe… Cuando salí de la consulta del oncólogo…
Carmen soltó un gemido y se tapó la boca con ambas manos.
—Me han dado un diagnóstico terrible. Lo más probable es que me quede poco tiempo.
La criada se dejó caer en una silla, con la mirada llena de espanto.
—¿Y ahora qué? —dijo Tatiana para sí, perdida en sus pensamientos—. Me pasé la vida queriendo hacerme rica. Y sí, lo conseguí. Soy una mujer rica, exitosa. Meta cumplida. ¿Y ahora qué?
Seguía inmóvil, con la vista clavada en la nada.
—¿Con qué me he quedado? Ni siquiera tengo a quién contarle mi desgracia. Sí, tengo un apartamento precioso, muebles carísimos, puedo permitirme todo lo que supuestamente hace feliz a una mujer… Bueno, no. —Soltó una sonrisa torcida y miró a Carmen—. No todo. No puedo permitirme ser feliz. Eso es lo que entendí hoy. Corrí detrás de una felicidad falsa. Creía que, con un poco más, alcanzaría la cima. ¿La cima de qué? Del bienestar material.
Bebió un pequeño sorbo.
—Tengo cuarenta años, estoy sola. Eso sí: con mucho dinero. ¿Y para qué? Ahorré cada peso, cada centavo. Me privaba de todo porque siempre me parecía que todavía no era suficiente. ¿Para quién hacía eso? ¿Para qué?
—¿Y un hombre? ¿De verdad no tiene a nadie? —preguntó Carmen, atónita.
—¿Cómo que no? —Tatiana volvió a sonreír con desdén—. Pretendientes no faltaron. Hacían fila para cogerme la mano. Pero a ninguno le interesaba yo, sino mi dinero. Así que no me casé. Siempre encontraba un motivo: que uno no me convenía, que otro quería mandar en casa y verme de adorno… Y así me quedé sola. Sin familia, sin amigos verdaderos, sin alguien a quien amar. Pero entonces no pensaba en nada de eso. Vivía como si estuviera escribiendo un borrador, pensando que luego ya haría la versión definitiva. Creía que me sobraba tiempo. Que ya habría ocasión para todo. Y hoy, cuando me dijeron el diagnóstico, entendí que no me sobra nada. Que quizá ya no me quede casi tiempo.
Miró a su alrededor.
—¿Quién me va a enterrar? ¿Quién va a llorar por mí? ¿Habrá alguien? O a todo el mundo solo le interesará cuánto dinero dejó la difunta. Vendrán como buitres, se repartirán lo que puedan y ni uno solo se acordará de cómo me deslomé toda la vida, sin dormir y sin descansar, para construir esta maldita fortuna. ¿Quién va a valorar mis sacrificios? ¿Para quién es todo esto?
Carmen suspiró profundamente.
—¿No tiene familia? ¿Nadie? Pobrecita… Ay, señora Tatiana… Pero tal vez el doctor se haya equivocado. Esas cosas pasan. Los médicos también fallan. No se desespere.
De pronto, algo sacudió a Tatiana por dentro como un rayo. Ya no escuchaba a la mujer. Se levantó, fue a su dormitorio, se desvistió y se metió bajo las sábanas.
«Y yo me había olvidado de ella por completo», pensó encogida bajo el edredón. «Han pasado veinte años. ¿Cómo será? ¿Se parecerá a mí? ¿Cómo se llama? No sé nada de ella. ¿Dónde estará? ¿Qué habrá sido de su vida? Podría dejarle toda mi herencia… si quisiera aceptarla. Pero ¿dónde la busco? Hace falta tiempo. Y precisamente tiempo es lo que no tengo. Quiero verla. Quiero pedirle perdón. ¿Será capaz de perdonarme? ¿Llegaré a encontrarla? Qué tarde me acordé de que existía… justo ahora que la muerte parece tan cerca».
Cerró los ojos. El miedo y la desesperación la envolvieron de inmediato. Le costaba respirar. Y al fin, agotada, Tatiana rompió a llorar.
A la mañana siguiente estaba de pie frente al consultorio del oncólogo, esperando su turno. Una extraña indiferencia se había apoderado de ella.
«Así terminará mi vida absurda», pensaba. «Sola, sin dejar nada que valga la pena. Bueno, al menos hay una ventaja». Torció los labios en una sonrisa triste. «Moriré joven y nunca sabré qué es la vejez».
De pronto se abrió la puerta del despacho y una enfermera jovencita dijo:
—Puede pasar. El doctor la espera.
Tatiana entró como quien sube al cadalso.
—Señora Tatiana, siéntese, por favor —dijo el médico, señalándole una silla con una sonrisa.
—¿Cuánto me queda? —preguntó ella sin rodeos.
—Señora Tatiana, va a tener tiempo de sobra para llegar a una vejez muy feliz.
—¿Cómo dice? —Lo miró, desconcertada.
—El diagnóstico no se confirmó. Sí hay un problema, y además serio, pero es tratable. Tendremos que operarla, y además cuanto antes. No se puede posponer. Si actuamos ya, tiene muchas posibilidades de recuperarse por completo.
—Espere… —Tatiana intentaba asimilar lo que acababa de oír—. ¿Quiere decir que… no me voy a morir?
—Bueno, morirnos nos moriremos todos algún día, pero hoy no es el suyo.
—Yo… no sé ni qué decir —balbuceó—. Ya me había hecho a la idea de que me quedaba poco. Dígame solo una cosa: ¿de verdad hay esperanza?
—La hay. Pero necesito otra respuesta: ¿está dispuesta a ingresar de inmediato y pasar por la operación?
—Sí. Claro que sí. Cuando usted diga, doctor. ¿De verdad no me está engañando? ¿De verdad tengo una oportunidad? Dios mío… me da vueltas la cabeza. No sé si reír o llorar.
—Yo le aconsejo que se alegre. Pero ahora vaya a casa, prepare lo necesario, deje todo organizado en el trabajo y no permita que la molesten mientras esté en tratamiento. Nosotros iremos preparando la habitación y el quirófano. Dentro de tres días la esperamos aquí. La enfermera le dará las indicaciones.
—Doctor, si hace falta pagar algo, dígamelo. Estoy dispuesta a pagar lo que sea.
—No se preocupe, la cuenta se la presentaremos después.
—Siento que he vuelto a nacer…
—Celebre su segundo nacimiento cuando despierte de la operación.
Una semana después, Tatiana fue operada.
—¿Cómo se siente? —preguntó el médico con buen humor cuando la vio abrir los ojos al salir de la anestesia.
—Bien. Si lo veo a usted, supongo que sigo viva. ¿No estoy soñando?
—Si todavía tiene ganas de hacer bromas, es que la operación ha salido muy bien. Tendrá que quedarse un tiempo ingresada bajo observación, pero no será mucho. Luego la mandaremos a casa y todo seguirá como antes.
—Gracias, doctor —dijo Tatiana. Pero por dentro pensó: «Como antes, ya no será nunca».
—En casa tendrá que guardar reposo absoluto durante una temporada. Nada de pasarse el día entero en la oficina. Si acaso, una o dos horas y solo cuando se sienta fuerte. Y al menor malestar, se queda en casa. Necesita descansar si quiere recuperarse bien. Estoy seguro de que su negocio funciona sin usted durante unos días. Cuídese.
Un mes más tarde ya estaba en casa. Y lo primero que hizo fue llamar a Leónidas.
—Prepare el coche. Tengo que hacer un viaje urgente.
—¿Un viaje? —se sorprendió él—. Pero el médico le ha mandado reposo total. Se va a destrozar si se mete ahora en un trayecto largo. Yo creo que debería esperar a recuperarse del todo.
—No —respondió Tatiana con firmeza—. Tenemos que ir. Ya he perdido demasiado tiempo. Tengo que encontrar a una persona. Cuanto antes.
También Carmen protestó al verla preparar la maleta.
—No se cuida usted nada, hija. Leónidas tiene razón: no puede viajar así. Recupere fuerzas primero y luego ya irá adonde quiera. A ver si encima le salen complicaciones por la operación. Haga caso a una vieja.
—¿Sabe una cosa, Carmen? Últimamente he entendido muchas cosas. Cuando pensé que me moría, algo se me movió por dentro. Me di cuenta de que ya no quiero vivir como antes. Siempre viví para mí misma, para ganar dinero. ¿Y qué voy a dejar después de mí? ¿Y a quién? ¿Para quién sería todo esto si desapareciera?
—¿Y a quién quiere encontrar?
—Tengo una deuda pendiente con alguien. Y tengo que saldarla.
Tatiana no estaba dispuesta a ceder.
Y ahora avanzaba por aquella carretera destrozada, escuchando a Leónidas maldecir entre dientes, mientras ella sospechaba que el verdadero blanco de sus protestas era su propio empeño.
—¡Para, detente aquí! —gritó de pronto.
Leónidas, sobresaltado, frenó en seco.
—Estacione junto al parque.
—¿Está segura de que quiere bajar aquí? —preguntó él con desconfianza, aunque obedeció.
—Sí.
—¿Quiere que la acompañe?
—No. Quédate en el coche. Quiero estar un rato sola.
Tatiana se encaminó hasta un rincón del parque donde había un banco bajo una vieja arcada metálica adornada con flores secas y pintura desconchada por el tiempo. Se sentó con cuidado.
—¿De verdad han pasado veinte años? —dijo en voz alta, acariciando las tablas tibias por el sol—. Hace veinte años me senté aquí, exactamente aquí, y también estaba esperando. Solo que el banco acababa de ser pintado y yo era joven.
Se quedó inmóvil y dejó que los recuerdos la arrastraran al pasado.
Tatiana, entonces una muchacha, estaba sentada en un banco azul celeste, mirando nerviosa a todas partes, esperando a Andrés.
—Hola.
No lo había visto acercarse. Se sobresaltó al oír su voz detrás de ella. Él se sentó a su lado.
—Hola —sonrió ella, lo abrazó y lo besó—. Has tardado muchísimo. Ya pensaba que no vendrías.
—La verdad es que no tengo mucho tiempo —dijo él, mirando el reloj—. ¿Para qué querías verme?
—Andrés, tengo una noticia maravillosa.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? Anda, habla, que me tienes en ascuas.
Le dio un beso rápido y ella rio, mirándolo con ojos enamorados.
—¿A ti te gustan los niños?
—Normal —dijo él con una sonrisa burlona—. ¿A qué viene esa pregunta?
—Andrés… vamos a tener un bebé.
Tatiana sonrió radiante. Sus ojos brillaban de felicidad.
—¿Un bebé? ¿Qué bebé? ¿Estás loca? —La expresión de Andrés cambió al instante, se volvió dura—. ¿Qué tontería estás diciendo?
—Nuestro bebé, Andrés. El tuyo y el mío. Estoy tan feliz… ¿Tú también estás contento, verdad?
—No, espera. Esto no estaba en los planes. ¿Tú me preguntaste a mí si yo quería ese hijo? Las mujeres siempre deciden solas si quieren quedarse embarazadas o no, y luego esperan que el hombre asuma las consecuencias. ¿Y a nosotros nadie nos pregunta? Yo no he dado mi consentimiento para que nazca ningún niño. ¿Me oyes? No lo quiero.
—Pero, Andrés… —Tatiana lo miró desconcertada, con lágrimas asomando a los ojos—. Yo pensaba que te alegrarías.
—¿Pensabas? Pues pensaste mal. No sé con qué cabeza, desde luego. No quiero saber nada de ese niño. ¿Entendido?
—Yo te quiero… —La voz le temblaba. No entendía adónde había ido a parar el chico cariñoso y dulce del que se había enamorado—. Ese bebé es una parte de ti y de mí.
—No intentes convencerme. No quiero ser padre. No estoy preparado. ¿Por qué te creíste que me pondría feliz?
—Podemos formar una familia de verdad. Tú dijiste que nos casaríamos. ¿No te acuerdas?
—Yo no prometí nada. Si hablé de boda, sería por hablar.
Tatiana rompió a llorar de pena.
—Y deja ya de llorar. A mí no me conmueves. Aborta, si quieres que sigamos juntos como antes.
—No puedo. Después quizá no pueda tener más hijos —murmuró ella, perdida.
—Entonces no me vuelvas a ver. Elige qué te importa más.
—Andrés, no me dejes —suplicó ella desesperada—. No podría vivir sin ti.
—¿Pensabas retenerme con un hijo? Pues te salió mal. A mí no me atrapan así. Un niño no entra en mis planes. Y mira qué sincero estoy siendo contigo. No pienso engañarte. La que me engañó fuiste tú. Yo pensaba que te cuidabas, pero se ve que quisiste darme una sorpresa. Pues vaya sorpresa. Muy desagradable. Lo siento, pero no tengo nada más que decirte. Si cambias de idea sobre el niño, me llamas. Mientras tanto, adiós.
—Pues vete —dijo ella con rabia, secándose las lágrimas y mirándolo con desafío—. Nos las arreglaremos sin ti. No nos hace falta un padre como tú.
—Mira tú —se burló él—. Otra vez presionando. ¿A ver si así me ablando y te pido perdón? Ni lo sueñes. Yo no cambio de decisión. Que te vaya bien. No cuentes conmigo para nada. Adiós.
Y se marchó por el sendero. Ella lo siguió con la mirada, esperando hasta el último segundo que se diera la vuelta. Pero Andrés desapareció de su vista. Entonces la desesperación cayó sobre ella como una ola.
«No pasa nada», se repetía. «Todo irá bien. Voy a calmarme. Soy fuerte. Sabré arreglármelas».
Ese fue el último día que vio a Andrés.
—Señora Tatiana…
La voz de Leónidas la sacó del recuerdo. Estaba de pie junto a ella, sosteniendo un paraguas.
—Se va a mojar. Está lloviendo.
Tatiana, absorta en sus pensamientos, ni siquiera se había dado cuenta de que había empezado a llover. Leónidas la ayudó a levantarse, la acompañó hasta el coche y la acomodó en el asiento trasero. Luego arrancó.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó, mirándola por el retrovisor—. Ya es tarde. Habrá que pensar en pasar la noche en alguna parte. Aunque no sé si en este pueblo existirá un hotel decente.
—Antes había uno —respondió ella—. Sigue recto. Yo te iré indicando dónde girar.
Diez minutos después, Tatiana dijo:
—Para aquí. Hemos llegado.
—¿De verdad piensa quedarse aquí? —Leónidas negó con la cabeza al ver el edificio de ladrillo viejo, de tres pisos—. No parece precisamente un hotel.
—Y, sin embargo, aquí estaba el hotel hace veinte años. Exactamente aquí.
Entraron. Detrás del mostrador, una recepcionista de mediana edad los observó con la mirada afilada de quien enseguida reconoce a los forasteros.
—Buenas tardes —dijo Tatiana con amabilidad—. Querríamos dos habitaciones individuales.
—Claro —respondió la mujer, dejando dos llaves sobre el mostrador—. ¿Se van a quedar muchos días? —preguntó con curiosidad mientras rellenaba los papeles.
—Ya veremos —respondió Tatiana, que no tenía ganas de charla. Solo quería tumbarse y descansar.
Leónidas subió las maletas a su habitación.
—Sí… —dijo, mirando las paredes sin reforma desde hacía años—. Esto parece un motel barato.
—No gruñas —sonrió Tatiana—. Está bastante bien. Mejor que dormir en la calle. Vete a descansar. Yo me arreglo sola.
—Está bien. Pero si necesita algo, me llama.
En cuanto Leónidas tocó la almohada, se quedó dormido. Tatiana se dio una ducha, se metió en la cama y se estiró agradeciendo el frescor de las sábanas. Pero el sueño no llegaba. Se levantó, salió al balcón y encendió un cigarrillo.
—En el pueblo casi nada ha cambiado —murmuró, contemplando los alrededores—. Solo que los árboles son ahora mucho más altos. Si no recuerdo mal, nuestra casa estaba por allí.
Entornó los ojos hacia la oscuridad.
—Qué pena que no se vea casi nada. Me pregunto si mi madre seguirá viva.
Tatiana se estremeció al oír, en su memoria, el golpe de la puerta de entrada.
—Pero ¿dónde está la justicia? —resonó la voz de su madre—. Me paso la vida entera trabajando en esa fábrica, y no precisamente moviendo papeles en una oficina, sino a pie de máquina. Trabajo más que cualquier hombre. Y me pagan una miseria. Todo es culpa de los jefes, ya verás cómo acaban hundiéndolo todo. Si cierran la fábrica, nos quedamos sin nada. Toda mi esperanza eres tú, hija. Tienes unas manos de oro.
La mujer entró en la cocina, dejó las bolsas de la compra sobre la mesa y siguió refunfuñando:
—Menos mal que aprendiste costura. Ayúdame a sacar esto de las bolsas, que cada vez me cuesta más salir de la fábrica después del turno de tarde.
Tatiana, con un camisón fino, acababa de entrar en la cocina a beber agua. Hasta entonces había conseguido esconderle el embarazo a su madre. Mientras esta seguía con sus quejas, la joven se estiró para alcanzar una taza en la alacena.
—¡Hija mía! —exclamó la madre, horrorizada—. Dime que eso no es lo que parece.
El vientre se marcó claramente bajo la tela ligera. Tatiana, incapaz de levantar los ojos hacia su madre, guardó silencio.
—¡Eres una descarada! —estalló la mujer—. Yo sabía que tanto andar detrás de Andrés no podía acabar bien. ¡Te dejó preñada al final! ¡Me has cubierto de vergüenza! ¿Y ahora qué? ¿Te quedas callada? Ay, qué desgracia la mía. Bastante tengo con los problemas del trabajo y ahora esto. Al menos, ¿va a casarse contigo?
Tatiana negó con la cabeza sin mirarla.
—¡Lo que me faltaba! —La madre se llevó las manos a la cabeza—. Te he criado con sacrificios, quitándome de todo, ahorrando hasta el último centavo para que salieras adelante… ¿Y así me lo pagas? En vez de buscarte un trabajo, me vienes con una barriga. Primero te mantuve a ti, ¿y ahora también tendré que mantener al hijo? Eso no va a pasar. Mañana mismo te vas al médico y te quitas ese niño.
—No puedo… —murmuró Tatiana, asustada—. Ya es tarde, mamá. Estoy de siete meses. Falta poco para que nazca.
—¡Encima lo ocultaste todo este tiempo! —gritó la mujer—. Esperaste a que ya no se pudiera hacer nada para ponerme ante el hecho consumado. Muy bien, un regalito de tu hija agradecida: «Mamá, ahora mantennos a las dos». Pues no. Lárgate. Ya que se sabe quién es el padre, vete con él. Que se case y se haga cargo de su hijo. Ya está bien de pensar siempre que los padres van a resolverles la vida a los hijos. Ustedes solo saben traer problemas.
—Mamá —sollozó Tatiana—, ¿a dónde voy a ir? Él no nos quiere. Yo trabajaré, te ayudaré. Ya sabes que tengo algunos encargos de costura.
—No quiero oír ni una palabra más. Con un bebé tú no me sirves para nada. Ya estoy muy vieja para pasar noches sin dormir. Y si tú te pones a trabajar, ¿quién cuidará del recién nacido?
—Yo.
—¡Anda y que te aproveche! —La mujer le plantó un gesto despectivo—. Si lo has buscado, ahora te aguantas. Recoge tus cosas y vete de mi casa.
Tatiana la miró sin comprender. La madre se volvió de espaldas y siguió vaciando las bolsas de la compra. La joven corrió a su habitación, se vistió deprisa con las manos temblorosas, agarró una mochila, metió dentro algunos documentos, algo de ropa, rompió la alcancía donde guardaba ahorros y se encaminó a la puerta. Caminó a propósito despacio, con la esperanza de que su madre la detuviera. Se volvió una última vez. La mujer seguía sentada a la mesa, con los labios apretados, obstinada. No la llamó. No la detuvo. Tras dudar unos segundos, Tatiana salió.
—¡Te odio! —murmuró entre dientes, cerrando la puerta tras de sí—. Te odio a ti y a Andrés. Para mí estáis muertos. No volveré jamás.
El bebé se movió dentro de su vientre, como si sintiera la agitación de la madre. Ella puso la mano sobre la barriga y, en un arrebato de rabia, dijo:
—Y a ti también te odio. A todos. A todos los odio. Malditos sean todos. No necesito a nadie.
No pensaba ir a buscar a Andrés. Llorando, echó a correr hacia el puente. El corazón le latía con violencia.
«No quiero vivir. No quiero ver a nadie más».
Se agarró a la baranda y se inclinó hacia el agua oscura.
«Todo se arregla con un salto», pensó. «Y así se acabaron los problemas. Nadie va a llorar por mí. Si no le importo a nadie, entonces no vale la pena seguir».
Ya sentía cómo los pies empezaban a despegarse del suelo del puente. Bastaba un segundo más y habría caído al vacío. Pero de pronto un dolor agudo le atravesó el vientre.
—¡Ahhh! —gritó, y como si despertara de golpe, recobró el juicio.
Doblada por el dolor, se agachó abrazándose el estómago. Las piernas no la sostenían.
—¡Señorita! ¿Qué le pasa? —Una mujer se acercó corriendo—. Iba en el coche con mi marido y la vi desde lejos, toda blanca, retorciéndose. ¡Pero si usted está embarazada!
La ayudó a incorporarse.
—Yo… yo… —balbuceó Tatiana al ver el líquido en el suelo entre sus piernas—. Se me está saliendo algo…
—¡Dios mío! —exclamó la mujer—. Ha roto aguas. Tenemos que llevarla al hospital ahora mismo. Va a dar a luz.
—¡Aaah! —volvió a gritar Tatiana, doblándose otra vez.
—Son contracciones. ¿Puede caminar hasta el coche?
—Sí —respondió con dificultad cuando el dolor aflojó un poco.
La desconocida la ayudó a subir al automóvil y pocos minutos después entraban de urgencia en maternidad.
El parto fue muy duro. Tatiana gritaba de dolor, de rabia y de desesperación. En aquellos gritos descargaba toda la injusticia que sentía contra la vida. Al amanecer, se convirtió en madre.
—No te preocupes —le decía una partera mayor mientras la acomodaba en la cama después del parto—. Tu niña va a salir adelante. He visto de todo en esta vida. Sí, nació antes de tiempo y muy débil, pero es luchadora.
—Me da igual —respondió Tatiana con dureza—. Que viva o que no viva. Al fin se acabó todo. Ya me libré de ella.
—Pero ¿qué dices, muchacha? —suspiró la partera—. Es tu hija. Una alegría del cielo. No tendrás a nadie más cercano en el mundo. Eso que dices es el resentimiento hablando. El dolor pasa, pero la dicha de ser madre se queda. ¿Ya pensaste qué nombre le vas a poner?
—No la quiero.
—¿Y no vas a avisar a tus familiares? ¿Su padre no estará esperando noticias?
—Mi madre me echó de casa. Y al padre no le interesamos.
—Ay, muchacha… —la mujer negó con la cabeza—. Eso no está bien. Los hombres vienen y van, pero un hijo se queda para siempre. No a todas se les concede la felicidad de ser madre. Duerme, hija. Mañana te reirás de todo lo que has dicho en caliente.
Tatiana calló tercamente. Ya había tomado la decisión de renunciar a la niña.
—No lo hagas —intentó convencerla la doctora, dos días después, mientras Tatiana escribía con pulso firme una declaración de renuncia—. Piénsalo bien. Es tu hija, tu sangre. ¿No te da ninguna pena? ¿Quieres condenarla a crecer huérfana?
—No me venga con sentimentalismos —respondió ella con frialdad—. A mí nadie me tuvo pena.
—¿Quieres verla? Es tan pequeñita, tan indefensa… Cógela en brazos, verás cómo despierta el instinto de madre.
—No insista. No quiero verla. Así será mejor. Usted habló de adopción, ¿no? Pues que alguien la adopte. No me importa.
—¿Y si cae en malas manos? ¿No te remorderá la conciencia?
—Será su destino. Dígame si lo he llenado bien.
Dejó la renuncia sobre el escritorio de la directora médica y se marchó. Ese mismo día compró un pasaje a la capital y se fue.
Encontró en el periódico un anuncio de alquiler barato y llamó. La dueña le dio cita esa misma tarde.
—Aquí vas a vivir —dijo una anciana desdentada, entregándole la llave.
—¿Y este olor? —preguntó Tatiana, frunciendo la nariz.
—Tengo gatitos. Si no te gusta, busca otra cosa. Pero por este precio no vas a encontrar nada mejor.
—Está bien. Me quedo.
—Me pagas una vez al mes, siempre el mismo día y sin retrasarte. Nada de traer visitas. No me gustan los ruidos. La habitación me la tienes limpia. Y no me armes escándalos con hombres. Los platos de la cocina puedes usarlos. Y a mis gatitos, ni tocarlos. Ya te he dicho todo.
Tatiana habría aceptado cualquier condición. Al día siguiente salió a buscar trabajo.
—¿Y tú de verdad sabes coser? —preguntó la dueña de un pequeño taller, mirándola con desconfianza—. Eres demasiado joven.
—Sí sé. Traigo mi certificado. Estudié costura en mi pueblo.
—Bueno, te contrato a prueba. Ya veremos lo que sabes hacer.
Tatiana empezó a trabajar. Por las noches seguía aprendiendo técnicas nuevas por internet. Le encantaba trabajar con telas. Sentía que aquello era lo suyo. Medio año después, estaba en el mercado vendiendo, avergonzada, el primer vestido diseñado y cosido enteramente por ella.
—¿Lo hiciste tú? —preguntó una clienta, desconfiando mientras se lo probaba a su hija.
—Sí —respondió Tatiana con timidez.
—Es precioso. Y las costuras están perfectas. Tienes talento. Creo que voy a encargarte otro vestido. La niña cumple años pronto y quiero algo especial. ¿Podrás hacerlo rápido?
—Claro —respondió ella, encantada—. Solo necesito tomar medidas. Si quiere, venga a mi casa y lo hablamos con calma.
Así consiguió su primera clienta. Luego la segunda. Luego la tercera. Un año y medio después alquiló un local y abrió su propio taller de confección.
«Ya va siendo hora de contratar una ayudante», pensó tras despedir a una clienta.
Por primera vez en su vida, Tatiana se sintió no una empleada, sino una patrona. Disfrutaba ideando nuevos diseños, atendiendo encargos, creciendo. Solo volvía a casa para dormir.
—Señora Tatiana —le decía una muchacha que trabajaba con ella—, ¿usted duerme alguna vez? Parece que vive aquí dentro.
—Para conseguir algo en la vida —respondía Tatiana con solemnidad— hay que trabajar muchísimo. Yo soy capaz de pasar noches enteras en vela, de trabajar sin descanso, si con eso consigo ser rica e independiente. Es el sueño que tengo desde niña. En mi casa nunca alcanzaba el dinero.
—Lo va a conseguir. Se nota que vive entregada a esto.
Tatiana no discutía. Solo trabajaba. Y cada día aumentaban tanto su lista de clientas como la cifra de su cuenta bancaria.
Apagó el cigarrillo en el balcón del hotel.
—Lo conseguí todo —murmuró hacia la oscuridad—. Y, sin embargo, el dinero no da la felicidad. ¿Para qué volví a este pueblo al que juré no regresar jamás? Porque entendí que para ser feliz hace falta alguien cercano, alguien tuyo. ¿Encontraré a la hija que abandoné hace veinte años? ¿Me aceptará? ¿Podrá verme como a una madre? ¿Podré llamarla hija y oír que me llame mamá? Solo Dios lo sabe. Pero tengo que intentarlo. Si no, toda mi vida habrá sido una tontería.
Volvió a la habitación, se acostó y al fin se quedó dormida, con un sueño inquieto.
A la mañana siguiente le dio a Leónidas la dirección del hogar infantil del pueblo y le pidió que la llevara allí.
—¿A un hogar infantil? ¿Para qué?
—Pronto lo sabrás —respondió ella.
Leónidas estaba acostumbrado a no hacer demasiadas preguntas. Su jefa detestaba la indiscreción. Así que guardó silencio y condujo hasta la dirección indicada.
Pocos minutos después, Tatiana estaba sentada frente a la directora del antiguo orfanato local. Tamara era considerada una directora eficiente. En aquella institución no maltrataban a los niños. Y la petición de una mujer que, después de tantos años, llegaba buscando a la hija a la que había abandonado, tampoco le resultaba del todo nueva.
—¿Qué quiere exactamente de mí? —preguntó la directora, molesta—. No tenemos derecho a divulgar datos de adopción. Eso es delito. Y no pienso acabar mis días entre rejas. Además, ¿por qué da por hecho que la niña estuvo en esta institución? ¿Quién se lo dijo?
Tatiana la observaba tratando de controlar su irritación.
«Qué raro que esta mujer siga todavía aquí», pensó. «Hace tiempo que debería estar jubilada. Tiene los nervios hechos polvo, aunque tampoco es raro: habrá visto cada caso…»
—La entiendo —dijo Tatiana con paciencia—. Pero usted también tiene que entenderme. Me han dicho que la niña fue enviada aquí desde la maternidad. Necesito encontrar a mi hija. Usted es mi única esperanza. Si me ayuda, se lo agradeceré enormemente. Quiero información sobre ella. Y, naturalmente, no pretendo que sea gratis.
Tatiana deslizó hacia la directora un sobre grueso.
—No habría acudido a usted si no fuera por unas circunstancias muy especiales. Verá, estoy gravemente enferma. Tengo cáncer. Podría morirme en cualquier momento.
Sabía bien que una historia así solía despertar compasión, sobre todo si iba acompañada de un sobre lleno de dinero. No le gustaba mentir, pero no veía otra salida.
—No tengo a nadie más a quien dejarle mi herencia. Y no soy precisamente pobre. Necesito encontrarla a tiempo. Le fallé terriblemente y quiero reparar esa injusticia. ¿Me ayudará? No creo que todos los días llegue a este lugar una madre arrepentida, dispuesta a enmendar su error. Se le nota que es una buena mujer. Habrá visto muchas vidas destrozadas. ¿De verdad ahora va a impedir que se repare una? Le juro que nadie sabrá que usted me dio la información. Ni lo mencionaría. Solo necesito la dirección de los padres adoptivos. Nada más.
—No puedo ayudarla —respondió Tamara, apartando el sobre con una mano dubitativa y fingiendo un pesar profundo—. Soy una persona respetable. Llevo muchos años trabajando con niños y con familias. No voy a perder mi prestigio.
—Piénselo mejor —insistió Tatiana, empujando nuevamente el sobre hacia ella—. Está haciendo el bien. Usted quiere ayudarme, eso salta a la vista, pero se frena por unas normas anticuadas. Señora Tamara —dijo sonriendo, intentando ablandarla—, este pequeño favor quedará entre nosotras. Y yo lo pagaré generosamente. Mire bien el sobre. Si cree que es poco, pondré más. Solo ayúdeme. Cualquier cantidad por la dirección.
«¿Y por qué se resiste?», pensaba Tatiana. «Si se nota que quiere coger el dinero. Solo intenta aparentar integridad. Pero las dos sabemos que el dinero abre cualquier puerta. En la maternidad fueron mucho más colaboradores: enseguida buscaron el expediente, me dijeron que se trataba de una niña abandonada, que la habían inscrito como María Bozhanova. Con ese nombre debió entrar aquí. Solo habría que buscar en los archivos. ¿Cómo convencerla?»
Tatiana veía en Tamara cada pensamiento, como si leyera un libro abierto. Esperaba el momento en que la directora se decidiera al fin.
«Todos terminan aceptando. Ella también lo hará», se repetía.
Y, en efecto, dentro de Tamara se libraba una batalla.
«No puedo darle información porque esa niña jamás estuvo aquí», pensó. «¿O debería rebuscar en los archivos? No. Mi memoria no falla. Recuerdo perfectamente a todos nuestros niños. Nunca hubo una María Bozhanova aquí. ¿Y ahora qué hago?»
En su cabeza ya se estaba gestando otra idea.
«No, Tamara, no te metas en eso», trató de reprenderse. «¿Cómo mirarás luego a la gente a la cara?»
Pero enseguida otro pensamiento la contradijo.
«¿Y qué? ¿Quién es esta mujer para mí? Nadie. ¿Por qué debería preocuparme por su conciencia y no por mi propia familia? Mi hija y mi nieta necesitan dinero. ¿Dónde voy a volver a sacar una suma así? Mi yerno otra vez está sin trabajo y bebiendo. ¿Con qué van a vivir? Al final siempre me toca ayudarlos a mí. Por eso sigo trabajando y no me jubilo. Todo es por ellas».
—Señora Tamara, no me queda mucho tiempo —volvió a insistir Tatiana, empujándola hacia la decisión y tratando a la vez de despertar en ella compasión—. En cualquier momento puedo morir y toda mi fortuna pasará al Estado. ¿Le parece justo? Tal vez mi hija viva en la pobreza. Nunca me lo perdonaría si no hago todo lo posible por ayudarla.
Por fin, Tamara se decidió. Quitándose las gafas, las limpió con manos nerviosas, se sonó la nariz. Se veía que estaba haciendo un esfuerzo enorme para saltarse la ley… o eso quería aparentar.
—Bueno… Está bien —dijo por fin—. Haré una excepción. Pero solo por la chica.
Con un movimiento rápido agarró el sobre y lo guardó en el bolsillo.
—Espéreme aquí. Voy a revisar unos expedientes. Puede tardar un rato.
—Claro, claro —respondió Tatiana aliviada—. Esperaré lo que haga falta. Muchísimas gracias.
Tamara se levantó lentamente de la silla, como si aún sintiera el peso moral de su decisión. Pero, apenas salió del despacho, aceleró el paso, apretando con la mano el bolsillo donde guardaba el dinero.
Al cerrar la puerta a su espalda, Tamara no fue al archivo. Se dirigió a un cuartito de servicio. Miró alrededor para asegurarse de que estaba sola, cerró por dentro y llamó a su hija.
—Escúchame, ha pasado algo importante —dijo atropelladamente—. Acaba de venir una mujer a buscar a la hija que abandonó hace veinte años. Es riquísima, se le nota a leguas. Y además tiene cáncer. Se está muriendo.
—¿Y a nosotras qué nos importa esa mujer rica? —preguntó Katia, molesta.
—Escúchame bien, cabeza dura —saltó Tamara—. No te estoy contando un cuento. Piensa un poco. La hija de esa mujer debe tener ahora la misma edad que nuestra Yana.
—¿Y qué tiene que ver Yana?
—Ay, por Dios, ¿cómo te lo explico? Puedo decirle a esa señora de la capital que su hija fue adoptada. Y que la adoptaron ustedes.
—¿Te has vuelto loca? ¿Yo tendría que decir que Yana no es hija mía? Ni regalado quiero yo el dinero de esa mujer.
—¡No renuncias a nadie! —Tamara ya estaba a punto de gritar—. Solo vamos a decir que Yana fue adoptada, ¿entiendes?
—Bueno… pongamos que sí. ¿Y si la mujer se pone a investigar?
—¿Cómo va a hacerlo? Existe el secreto de adopción, y además no le queda tiempo. Y lo más importante: jamás ha visto a su hija. Puede ponerle delante a Yana o a cualquier otra, le dará igual.
—¿Y si pide una prueba genética?
—No la va a pedir. Tiene prisa. Cree que se está muriendo de un momento a otro. Por eso quiere resolverlo todo ya.
—Vaya, mamá, de verdad que te superas. ¿Y qué se supone que tiene que hacer Yana con esa supuesta mamá?
—Hacerse pasar por su hija. Vivir un tiempo con ella, cuidarla si hace falta. Y luego, cuando la vieja se muera, toda la herencia será para nosotras.
—¿Y estás segura de que esa señora tiene dinero de verdad? Igual solo tú te has inventado la historia para que me espabile.
—¿Que me lo inventé? Si vieras en qué coche llegó… En mi vida he visto algo así. Y ni siquiera conducía ella, tenía chofer. ¿Te imaginas? Además, por una simple dirección me ha dado en un sobre lo que yo gano en un año.
—¿Y si Yana no sabe hacer bien el papel? ¿Y si la descubren enseguida?
—¿Cómo que no sabrá? Tú le explicas bien lo que está en juego. ¿O es que no quieren salir de la miseria? El dinero les está cayendo del cielo. Usa la cabeza. Yo no voy a durar toda la vida. Cuando me muera, se quedan en la calle las dos.
—Ni siquiera sabemos cuánto vivirá esa señora. ¿Y Yana tendría que pasar todo ese tiempo con ella?
—Claro. Nada cae del cielo sin esfuerzo. Tendrá que aguantar sus caprichos, hacerle compañía. Por lo menos conocerá la capital. Y después, todo será suyo.
—Bueno… sí, ya voy entendiendo.
—Por fin.
—Sí, lo entiendo. ¿Y ahora qué hacemos?
—Escucha bien. La mujer se llama Tatiana. La devora la culpa por haber dejado a su hija al nacer. Yo fingiré que he encontrado el expediente y la mandaré a vuestra casa.
—Ay, madre, ¿y si se da cuenta del engaño?
—No se dará cuenta si ustedes no meten la pata. Yana tiene que actuar como una hija ofendida, un poco dolida por el abandono, pero sin exagerar. Lo importante es empezar. Luego lo demás irá saliendo.
—Le estás pidiendo mucho a Yana. No sé si podrá resultar convincente.
—Pues se lo explicas todo. Cuando vea para qué sirve esto, hasta estaría dispuesta a limpiar orinales de esa señora. Pero ni se les ocurra decir que ustedes son familia de sangre. Y que Yana no muestre demasiado interés por el dinero. Porque la conozco: se le van a encender los ojos en cuanto vea cómo vive la nueva mamá. Dile que se comporte con modestia. Y avisa también a tu marido, que no se le escape nada después de beber. Ah, y otra cosa: tú tienes que fingir que te indignas al enterarte de que le dijeron a Tatiana la verdad y amenazar con denunciar. Un poco de teatro de padres ofendidos.
—Madre mía, ya me duele la cabeza de tantas cosas. A ver si no se me olvida algo y acabo metiendo la pata. Yana dirá que no recuerda nada de su infancia y que siempre los consideró sus padres. Tú tendrás que decir que no pudiste tener hijos y por eso adoptaron a una niña. Que jamás le dijeron la verdad a nadie.
—¿Y si algún vecino habla de más? Ellos saben perfectamente que yo estuve embarazada de Yana.
—No les dará tiempo —la tranquilizó Tamara—. Yo creo que Tatiana querrá llevarse a Yana enseguida a la capital, y allí nadie la conoce. Si los vecinos preguntan, diremos que se fue con una pariente rica.
—Ay, me da miedo por la niña.
—No seas boba. Saldrá bien. Tengo que colgar. Me he entretenido demasiado contigo. ¿Te quedó todo claro? Ahora vuelvo al despacho. Prepara a Yana y a tu marido. Esa señora seguro querrá verla cuanto antes. Van en coche, así que no tienes mucho tiempo.
Tamara guardó el teléfono, sonrió satisfecha y comprobó con la mano el sobre de dinero en el bolsillo. Luego escribió algo apresuradamente en un papel. Las manos le temblaban de nervios. Respiró hondo, abrió la puerta y salió del cuartito.
Tatiana se estaba desesperando en la espera. Pasaron casi veinte minutos antes de que la puerta se abriera y Tamara regresara al despacho.
—Al fin —dijo la visitante—. Ya pensaba que se había escapado.
—Perdone —respondió Tamara, dejando un papel sobre la mesa—. He tenido que buscar bastante. Ya sabe, han pasado veinte años y los expedientes están cubiertos de polvo. Pero al final encontré la información.
Tatiana miró la hoja. Allí estaban escritos un nombre y una dirección. Frunció el ceño.
—No entiendo. ¿Quién es Yana Sokolova? Yo le dije claramente que mi hija fue inscrita como María Bozhanova. Ese era el nombre con el que entró al sistema. ¿Me está tomando el pelo?
—No, no, todo está correcto —se apresuró a responder Tamara, quitándose otra vez las gafas para limpiarlas y secándose el sudor del labio superior—. No olvide que los niños sanos no suelen quedarse mucho tiempo con nosotros. Resulta que la adoptaron. Y yo le he anotado aquí la dirección de los padres adoptivos. Evidentemente, ellos quisieron cambiarle el nombre para que creciera creyéndose hija suya. No creo que pueda reprochárseles. Era muy pequeña cuando la adoptaron, así que no recuerda nada.
—¿Está segura —preguntó Tatiana con cautela— de que esta Yana es realmente mi hija?
—Segurísima. He revisado el expediente. La dirección quizá ya esté desactualizada, claro, pero si siguen viviendo allí, entonces esa muchacha es la que usted busca. Y por favor, si la encuentra, no diga jamás de dónde obtuvo esta información. Me echarían. Usted sabe que lo que hice está prohibido.
—Por supuesto —asintió Tatiana—. Puede estar tranquila. No diré nada. Muchísimas gracias.
Después de darle las gracias, Tatiana regresó al coche, donde Leónidas la esperaba pacientemente. Al verla, bajó enseguida y le abrió la puerta.
—¿Consiguió averiguar algo? —preguntó cuando volvió a sentarse al volante.
—Sí —respondió ella brevemente, entregándole el papel—. Llévame a esta dirección.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo él, mirándola por el retrovisor—. ¿A quién buscamos?
—A mi hija —respondió ella con serenidad.
—¿Tiene usted una hija? —se sorprendió el conductor—. Nunca me había hablado de ella.
—Es una historia larga. Tal vez un día te la cuente. Pero ahora no hay tiempo para hablar. Vámonos. Quiero verla cuanto antes. Y conocer también a sus padres adoptivos. Ojalá no lleguemos en vano.
Encontrar la dirección no fue fácil.
—Señora Tatiana, ¿está segura de que es aquí?
Entraron en el patio de un bloque gris de cinco pisos. Había colillas, latas vacías y botellas tiradas por el suelo. Los columpios del parque infantil estaban destrozados. El tobogán tenía un agujero enorme. No se veía a casi nadie, salvo algunos perros callejeros husmeando basura.
El coche se detuvo frente al portal. Del interior del edificio salía un olor insoportable.
—No me explico cómo puede vivir alguien así —murmuró Leónidas.
—La gente vive en todas partes. Además, este barrio ya era problemático antes. Veo que no ha cambiado.
—¿Quiere que la acompañe? —propuso él al ayudarla a bajar—. Este lugar no me gusta nada.
—No. Quizá conmigo sola sean más amables. Si vamos los dos, despertaremos sospechas. Puedo con esto. No es más complicado que dirigir una gran empresa.
Mirando con disgusto las paredes sucias y desconchadas, Tatiana subió hasta el segundo piso y tocó el timbre. En realidad, apenas había rozado el botón cuando la puerta se abrió, como si la estuvieran esperando.
En el umbral apareció una joven.
—¿A quién busca? —preguntó con una voz sorprendentemente grave y áspera.
—¿Yana?
—Supongamos que sí. ¿Y usted quién es?
—Soy tu madre.
—¿Cómo dice?
Tatiana se quedó mirando los ojos exageradamente abiertos de la muchacha. Por un segundo le pareció que no estaba tan sorprendida como pretendía.
—Se equivoca. Yo ya tengo madre. Me está confundiendo con otra persona.
—Soy tu madre de verdad —dijo Tatiana, observando sus rasgos y tratando de encontrar en ellos algo de sí misma, algo que confirmara el vínculo. Pero no halló nada. Aun así continuó—. Sé que te he hecho un daño terrible. Me cuesta mucho admitirlo, pero te dejé en la maternidad. Era joven, tonta, tuve miedo de las dificultades.
—¿Y para qué viene ahora?
—Porque he comprendido que no tengo a nadie más cercano que tú. Sé lo que debes de sentir. Sé que tendré que ganarme tu perdón, y aun así no pierdo la esperanza. Confío en que puedas perdonarme.
—¿Qué quiere de mí? Yo no la conozco. Para mí, mi madre es otra mujer.
—Solo quisiera participar en tu vida, aunque sea un poco. Yana, no me rechaces de inmediato. Ya he recibido bastante castigo. Quiero hacer algo por ti, aunque sea ahora.
—Soy adulta. Tengo mi vida.
—Tus padres adoptivos habrán hecho todo lo que pudieron por ti. No lo dudo. Pero yo tengo grandes posibilidades. No rechaces mi ayuda sin pensar.
—Yo… no sé qué decirle.
—Déjame abrazarte —pidió Tatiana con mirada suplicante.
La joven no se apartó. Tatiana dio un paso adelante y la estrechó entre sus brazos.
Y entonces algo la desconcertó profundamente.
«No siento nada», pensó. «Creí que al abrazarla sabría de inmediato que es mi hija, que es mi sangre. Pero siento que tengo entre los brazos a una extraña. Y no se parece a mí en nada. ¿Será el parecido de Andrés? Lástima que ni siquiera recuerde bien su cara. Qué sensación tan rara… Yo deseaba tanto este momento».
Se separó apenas, dispuesta a decir que estaba feliz por haberla encontrado, pero entonces detrás de Yana apareció la figura de una mujer descuidada, hinchada de cara, con un moño mal hecho de pelo sucio, una bata descolorida y pantuflas en los pies descalzos. Y en ese instante empezó una escena absurda.
—¡Pero quién demonios es usted y qué hace aquí! —gritó la mujer con voz ronca, tirando de Tatiana hacia dentro del piso—. ¿De dónde sacó la dirección? ¿Quién se la dio? ¡Hable!
Tatiana tuvo la sensación de estar asistiendo a una representación teatral grotesca.
—¿Cómo se le ocurre decirle a Yana que usted es su madre? —seguía chillando la mujer—. ¡Mi niña siempre me consideró su madre de verdad! ¿Y ahora aparece usted y le suelta semejante noticia? ¡Ella no sabía que era adoptada! ¿Para qué ha venido a destruirle la vida? Nosotros intentamos protegerla siempre de esa verdad amarga. Nunca supo que su madre biológica la abandonó.
Del interior salió corriendo un hombrecillo desaliñado, con camiseta sucia y pantalones flojos sostenidos a duras penas sobre un vientre prominente. Agitaba el puño mientras berreaba:
—¡La vamos a denunciar! ¿Quién le ha dado derecho a meterse en nuestra vida? Hemos querido a Yana como si fuera de nuestra sangre. Ni sabía que tenía otra madre y ahora llega usted de quién sabe dónde a reclamarla. ¿Qué clase de madre es, si la abandonó? ¿Qué quiere ahora? ¡No tenía derecho!
Por fin intervino la propia Yana, supuestamente exigiendo la verdad a sus padres. Pero su actuación resultó tan exagerada que hasta a Tatiana le sorprendió.
—¿Es verdad, mamá? ¿Es verdad? ¿Ustedes no son mis padres? ¿Me han engañado toda la vida? ¿Cómo pudieron? Yo confiaba en ustedes… me traicionaron.
—Hija, no queríamos decírtelo —gimió Katia, con una mueca forzada de llanto—. Tú nunca lo habrías sabido si esta mujer no hubiera aparecido de repente a reclamar derechos sobre ti. Pero te queremos como a una hija de verdad. Por favor, perdónanos. Tu padre y yo queríamos lo mejor para ti. Cuando te vimos por primera vez en el hogar infantil, te quisimos desde el primer momento. ¿De verdad vas a dejarnos por esta desconocida? Ha venido a romper nuestra familia.
—Me duele muchísimo escuchar esto —declamó Yana, casi como si leyera un guion—. Yo confiaba en ustedes. ¿Por qué me mintieron toda la vida? No sé cómo voy a entender todo esto.
Tatiana observaba aquella escena sin comprender nada. No entendía por qué las palabras de la muchacha sonaban tan falsas ni por qué ella misma seguía sin sentir ningún estremecimiento materno. El ruido, los gritos, el teatro, le martilleaban la cabeza. Notó que todo empezaba a zumbarle en los oídos. Temiendo desmayarse, interrumpió:
—Yana, tengo muchas cosas que explicarte. Tenemos que hablar tranquilamente. Me gustaría conocerte mejor. Si no te importa, te esperaré en el coche para que podamos hablar a solas. Con permiso.
Salió del piso casi huyendo, bajó las escaleras a toda prisa y salió a la calle.
«Qué gente tan desagradable», pensó, estremeciéndose. «Y aun así debo agradecerles que la hayan criado. Aunque la verdad es que me producen rechazo. Quizá por eso tampoco siento nada hacia mi hija: la han hecho a su imagen y semejanza. ¿Qué esperaba encontrar? Ni yo misma lo sé. Supongo que si ella me perdona y acepta acercarse a mí, con el tiempo quizá pueda descubrir en ella un alma parecida a la mía. Solo han sido unos minutos… es normal que no haya surgido nada todavía. Hace falta tiempo para acostumbrarse. Otra vez el tiempo…»
Leónidas no hizo ni una sola pregunta. Simplemente le abrió la puerta y la ayudó a subir.
—Esperemos un poco —dijo Tatiana, sin apartar la vista del portal.
No tuvieron que esperar mucho. Al poco rato salió Yana corriendo y, sin el menor pudor, se metió en el coche.
—¡Qué pasada de coche tienes, mamá! —dijo, recorriendo con la vista el interior tapizado en cuero—. ¿No te importa que te llame mamá?
Tatiana no supo responder enseguida del asombro.
—¿Así, sin más? ¿Ya me llamas mamá? Yo pensaba que quizá ni siquiera querrías hablar conmigo.
—¿Y por qué no? Mis padres ya me lo confesaron todo. No quiero saber nada de ellos después de tantos años de mentira. En cuanto te vi, lo sentí. Supe que eras mi madre. Siempre noté que algo no encajaba. Ahora entiendo por qué ellos me trataban con cierta frialdad. Ya ni puedo mirarlos. Ay, mamá, qué bien que me hayas encontrado.
—Yana… —dijo Tatiana con cautela—. Pero esos señores te criaron.
—¿Y ahora qué? ¿Tengo que ponerme a llorar por ellos? Me engañaron. No pienso perdonarlos.
—No te engañaron. Cuando una familia adopta, muchas veces no sabe cuándo ni cómo decirlo. No deberías culparlos, sino agradecerles. Mira qué mujer tan bonita has llegado a ser. Y seguro que te han dado educación. Les debes mucho.
—Bueno, sí, tienes razón. Algo les tendré que agradecer. Pero ya que ha salido la verdad, quiero conocerte mejor. Y a distancia es difícil. ¿Puedo irme contigo a vivir? Si tú misma dices que hemos perdido mucho tiempo, ¿para qué esperar? ¿No te alegra?
Tatiana volvió a sorprenderse por la rapidez de la muchacha, aunque se dijo que quizá solo era fruto de la educación en un ambiente duro.
—Yo vivo en la capital —respondió—. ¿Te gustaría irte conmigo?
—¡Claro que sí! —exclamó Yana, acomodándose mejor en el asiento.
—¿Y tus padres adoptivos? ¿No te da pena dejarlos? ¿No vas a extrañarlos?
—De todas formas pensaba irme de aquí. En este pueblo no hay nada que hacer. No hay buen trabajo, ni hombres que valgan la pena. A mí no me ata nada aquí. ¿O acaso no querías proponerme precisamente eso?
—Sí… sí, claro que me alegra. La verdad, me daba miedo que no aceptaras.
—Pues acepto. Además, me muero de ganas de ver cómo vives. Oye, mamá, resulta que hace poco se me rompió el teléfono. Mis padres me dijeron que me comprarían otro, pero nunca lo hicieron. Dicen que no tienen dinero. ¿Tú podrías comprarme uno nuevo?
—Por supuesto —dijo Tatiana—. Leónidas, llévanos a una buena tienda de teléfonos.
—Ahora mismo —respondió el conductor.
—Yana —dijo Tatiana, tendiéndole dinero—, compra todo lo que necesites.
—¿Y tú no vienes con nosotros? —preguntó la muchacha, agarrando con ansiedad el dinero. Los ojos le brillaban de emoción.
—No, yo me quedaré aquí. Estoy cansada. Han pasado demasiadas cosas en pocas horas y no me encuentro muy bien.
Tatiana se recostó y cerró los ojos. Ya se había tomado una pastilla para el dolor de cabeza. Pero lo más terrible era reconocer que aquel dolor le venía de la compañía de Yana. La muchacha le provocaba irritación, y cuanto más hablaba con ella, más fuerte se volvía esa sensación. No aparecía ni el más mínimo afecto materno. Nada.
Oyó abrirse la puerta del coche y levantó la vista.
—¿Dónde está Yana? —preguntó cuando Leónidas ocupó su asiento.
—Se quedó dentro del centro comercial —respondió él, con gesto sombrío—. Hizo mal en darle tanto dinero. No se va a detener hasta gastárselo todo. En cuanto compró el teléfono, salió corriendo a la tienda de al lado. Que si había visto una blusa que le encantaba.
—Yo misma le dije que comprara todo lo que necesitara —sonrió Tatiana con cansancio—. Seguramente no tiene ropa buena. Que se dé un gusto.
—Si hubiera visto usted a sus padres, señora Tatiana… —Leónidas se volvió un poco hacia ella—. ¿Está segura de que esa muchacha es su hija?
—¿Por qué lo preguntas? ¿Te hace sospechar algo?
Él vaciló unos segundos, pero decidió hablar.
—Mientras pagábamos el teléfono, Yana empezó a preguntarme qué etapa de cáncer tenía usted y cuánto le habían dicho los médicos que le quedaba de vida. ¿No le parece raro? Acaba de encontrar a su madre biológica y en vez de preguntarme qué le gusta, cómo vive, si está sola… quiere saber cuánto tardará en morirse. A mí me sonó a interés puro y duro.
En la cabeza de Tatiana algo encajó de golpe, como una chispa.
—Yo solo le mentí a la directora del orfanato sobre el cáncer —dijo despacio—. Yana no pudo oír eso de mí. Entonces, según tú, ¿de dónde lo sacó?
—Quizá… —empezó Leónidas, pero se calló.
Yana regresaba al coche. Venía sonriente, cargada con bolsas.
Subió con dificultad al asiento trasero, junto a Tatiana.
—Gracias, mamá. Me compré unas cosas increíbles. Lástima que nos vayamos. Mis amigas se morirían de envidia si las vieran.
Tatiana no respondió a su entusiasmo. La miró fijamente a los ojos y preguntó con voz muy serena:
—¿Qué parentesco tienes con Tamara? Y te aconsejo que no me mientas. Yo puedo contratar gente. Puedo averiguar la verdad. Y si me entero por otro lado, no te va a gustar. Así que habla ahora.
Yana se quedó helada. Los ojos se le movieron con miedo. Había quedado al descubierto. Apretó las bolsas contra el pecho y, tras unos segundos de vacilación, dijo entre dientes:
—Es… es mi abuela.
Sacudió la cabeza y añadió con descaro:
—Pero el teléfono y la ropa no te los devuelvo. Son míos.
—Fuera del coche —dijo Tatiana, conteniéndose con esfuerzo—. Quédate con todo. Considera que es la compensación por el tiempo que me hiciste perder.
—Bueno, bueno, ya me voy.
Yana abrió la puerta de golpe, salió y echó a correr, por miedo a que la mujer cambiara de idea y le quitara las compras.
Tatiana rompió a llorar. Lloraba amargamente, maldiciendo su vida y a la gente capaz de enriquecerse con el dolor ajeno. Leónidas la calmaba como podía.
—Señora Tatiana, no puede ser tan confiada. Esa muchacha se veía sospechosa desde el principio. No podía ser su hija, se notaba. Empecemos de nuevo. Vamos a darle la vuelta a todo el pueblo si hace falta, pero encontraremos a su hija de verdad.
—No quiero… ahora no quiero nada —dijo ella, secándose las lágrimas—. Hemos perdido demasiado tiempo. Tal vez más adelante. Ahora ya no me quedan fuerzas.
—¿Adónde vamos? ¿Volvemos al hotel? ¿O paramos a comer algo?
—Espera un poco. Antes tengo que ir a otro lugar. Está cerca.
—¿Dónde?
—A mi antigua casa. A ver a mi madre.
—¿Su madre sigue viva?
—La verdad… no lo sé. No nos vemos desde hace veinte años, desde que me fui a la capital. —Sonrió con amargura—. Todos cometemos errores. Y algunos los pagamos toda la vida.
Leónidas no dijo nada más. Solo asintió vagamente.
—Para aquí —dijo Tatiana cuando llegaron frente a una pequeña casa bien cuidada.
Abrió la verja con cierta ansiedad y entró en el patio. Por el sendero cubierto de grava corría hacia ella una joven muy simpática, sonriendo.
—Buenos días. Seguro que viene a ver a la abuela. Pase, está dentro de la casa.
Tatiana se quedó sin respiración. Aquella muchacha era como verla a ella misma en su juventud. Los mismos ojos, los mismos pómulos, la misma expresión.
—¿Y tú quién eres? —fue lo único que logró preguntar, atónita.
—Yo soy María —respondió la joven con una sonrisa, observando a la visitante con curiosidad—. ¿Usted conoce a mi abuela? Yo nunca la había visto por aquí.
Tatiana permanecía inmóvil. Sintió cómo un calor le llenaba el pecho, cómo una fuerza dulce la empujaba hacia aquella muchacha, cómo nacía en ella el deseo irrefrenable de abrazarla, de estrecharla contra sí. Eso era exactamente lo que esperaba sentir con Yana y no sintió. Y ahora estaba ahí, en aquel patio sencillo, sin previo aviso.
—¡Tania! ¡Mi Tania ha vuelto! —se oyó entonces una voz emocionada.
Hacia ellas venía corriendo una mujer mayor.
—Dios mío, qué alegría. María, ¿por qué te quedaste ahí parada? ¡Es tu madre! ¡Tu madre ha venido! ¡Ay, hija mía, hija mía…!
La mujer abrazó a Tatiana y rompió a llorar.
—Yo ya pensaba que me moriría sin volver a verte, sin poder pedirte perdón. Pero ¿qué hacemos aquí fuera? Entren, entren. Tengo tanto que decirte…
—Voy a avisar a mi chofer para que no me espere —dijo Tatiana con la voz quebrada.
Llamó a Leónidas y le dijo que podía irse.
—¡Hasta chofer tienes! —rió la madre entre lágrimas—. Veo que te hiciste alguien importante. Y yo aquí, pensando tantos años que te había pasado algo terrible. Ni una llamada, ni una carta… Anda, hija, siéntate. María, pon la mesa. Tu madre viene del camino y tendrá hambre. Ya sé que en la capital estarás acostumbrada a otras cosas, pero aquí todo es sencillo.
Iba de un lado a otro de la cocina poniendo platos, pan y tazas. María la ayudaba, pero sin dejar de mirar a aquella visitante inesperada.
Media hora después, Tatiana estaba sentada en la cocina cálida de su infancia, con las manos alrededor de una taza de té caliente, escuchando a su madre.
—Todos estos años —confesó Irene— no hice otra cosa que darle vueltas a nuestra última pelea. Si ese día no te hubiera echado de casa, quizá todo habría sido distinto. Para ti, para mí, para todos. Me dejé llevar por el enojo, te dije cosas terribles. Y cuando reaccioné, ya era tarde.
—Ya no sirve de nada lamentarlo, mamá —respondió Tatiana.
Aquel olor de casa le traía una paz que había olvidado. La vieja herida del resentimiento parecía cerrarse por fin. Miraba a su madre, envejecida pero profundamente querida. Solo entonces comprendió cuánto había extrañado sus manos, su voz, su presencia. Y al mismo tiempo, sus ojos volvían una y otra vez hacia María. La muchacha irradiaba una felicidad contenida.
—Tienes razón, hija —continuó Irene—. Aquel día estaba furiosa. En la fábrica todo iba mal y me volqué contigo injustamente. Pero yo pensaba que irías a casa de Andrés. Estabas tan enamorada… Creí que al final recapacitaría, que aceptaría al niño. No imaginé que te rechazaría de verdad. Días después, unas vecinas vinieron a contarme que ni siquiera te habías presentado por su casa. Ahí fue cuando me asusté de verdad y empecé a buscarte. Pero ¿cómo encontrarte? Si hubiera sabido que estabas sola…
Se le quebró la voz.
—Menos mal que no llegaste a hacer una locura.
—Quise hacerla —dijo Tatiana despacio—. Ya estaba en el puente, a punto de tirarme al río.
Irene dejó escapar un grito ahogado.
—Solo que María me salvó.
—¿Cómo que María te salvó?
—Supongo que del susto se me adelantó el parto. En aquel momento ya no pensé en nada más —sonrió con tristeza—. Unas personas buenas me ayudaron a llegar al hospital. La niña nació débil, pero mira en lo que se ha convertido.
María se sonrojó bajo la mirada intensa de su madre.
—Bueno —continuó Irene—. Poco después una vecina me dijo a escondidas que habías tenido una niña y que firmaste la renuncia antes de desaparecer. Yo sabía que siempre quisiste irte a la capital. Así que me imaginé que lo habías hecho. Pero al menos podrías haber dejado una nota.
—¿Qué otra cosa podía hacer? —preguntó Tatiana, sin rencor ya—. No tenía trabajo, ni casa, ni nada. ¿Con qué iba a criar a una hija? Lo dejé todo y me fui. Por suerte, saber coser me abrió muchas puertas.
Irene se secó las lágrimas.
—Yo encontré a mi nieta en la casa cuna. Ya la habían inscrito como María. Le dejé ese nombre y le puse nuestro apellido. Desde entonces vivimos juntas y te esperamos. Yo siempre creí que volverías. Todos los días escuchaba si la puerta sonaba. Pensaba: «Esta vez sí». Y no llegabas. Pero no importa. María y yo nos las arreglamos bien. ¿Verdad, hija?
La muchacha asintió con timidez.
—¿No puedes perdonarme por haberte abandonado? —preguntó Tatiana a María, conteniendo el aliento.
—¿Cómo no? —respondió Irene, apretando la mano de su hija—. Cuando María creció, le conté todo. Le expliqué por qué te fuiste. No te guarda rencor, Tatiana. No lo pienses. La culpa fue mía. Tú misma eras una niña. Pero yo estaba segura de que un día volverías. No podía ser de otra manera. Te esperamos… y al fin estás aquí.
Tatiana se puso en pie y abrió los brazos. María se acercó y se refugió en ellos.
—Hola, mamá —susurró.
Los ojos de Tatiana se llenaron de lágrimas. Cuánta calidez había en esas dos palabras tan simples. Abrazaba a su hija verdadera, a su hija de sangre, a la muchacha que había buscado durante tanto tiempo, a la hija a la que una vez abandonó y que ahora había crecido sin odiarla. Y en aquel abrazo, por fin, algo dentro de ella se soltó para siempre. El miedo, la culpa, los años de soledad, la persecución de una riqueza vacía, el desierto que llevaba dentro… todo empezó a deshacerse. Solo quedó el amor. Ese amor que ella había rechazado una vez, pero que seguía allí, esperándola en aquella pequeña casa de un pueblo olvidado, el mismo lugar donde había comenzado su vida.
Afuera brillaba el sol. Sobre la mesa humeaba el té. Y tres mujeres —madre, hija y abuela— estaban sentadas juntas, tomadas de la mano y en silencio. No necesitaban hablar. Todo estaba dicho. El tiempo de las pérdidas y los errores había terminado. Empezaba el tiempo de la esperanza.
Tatiana se pasó la vida huyendo de sí misma. Huyó de su madre, de su embarazo, del miedo a ser rechazada, de la pobreza, de la culpa. Se convenció de que el dinero y el éxito llenarían el hueco que llevaba dentro, de que la riqueza podía sustituir al amor. Pero cuando creyó que la muerte la rozaba, comprendió de golpe que nada de lo que había acumulado tenía verdadero valor. Porque la riqueza auténtica no está en una cuenta bancaria, sino en las personas que te aman y en aquellas a quienes amas.
Perdió veinte años persiguiendo un espejismo. Pero quizá precisamente esa pérdida fue lo que le permitió entender qué era de verdad lo importante. Regresó al pueblo que juró no volver a pisar jamás, y allí encontró no solo a una hija, sino también a sí misma. A aquella muchacha que una noche estuvo en un puente, dispuesta a tirarse al río. A la joven asustada y fuerte que sobrevivió, levantó un negocio y se hizo poderosa, pero olvidó para qué quería vivir.
María la esperaba. Su madre la esperaba. La casa la esperaba. Y cuando Tatiana cruzó de nuevo aquel umbral, no solo volvió al hogar donde había crecido: volvió a su propia vida. A la vida verdadera, a la que un día había renunciado.
Las engañadoras —Tamara y toda su familia— recibieron lo que merecían. Pero Tatiana no buscó venganza. Simplemente se apartó de ellas. Porque ahora tenía algo mucho más valioso que cualquier revancha: el amor de su hija verdadera, el perdón de su madre, la calma y el calor de su casa. Y esa fue la victoria más grande de toda su existencia.
La vida a menudo nos pone frente a elecciones difíciles. Y no siempre el camino correcto es el más fácil ni el más evidente. A veces hay que pasar por el dolor, por la humillación, por la desesperación, para entender que aquello que buscas estuvo siempre cerca. Solo que estabas mirando hacia otro lado. Y cuando por fin vuelves la cabeza, descubres que la casa que abandonaste sigue donde estaba. Que su puerta continúa abierta. Que todavía hay alguien esperándote. Y que eso, precisamente eso, es el milagro más grande que puede ocurrirle a una persona.






