El Artista

¡Este gato es el mismísimo demonio, Encarna! ¡Tienes que deshacerte de él! María Dolores arrugó la nariz con desdén, mirando cómo el gato pelirrojo y tuerto se enroscaba en los pies de su hermana.

¿Pero qué dices, Loli? Encarna exhaló, entre asustada y dolida. ¡Es un ser vivo!

¿Un ser vivo? Bueno, sí, la definición exacta. No te parece, Encarna, que se toma demasiadas confianzas?

Como si quisiera reafirmar las palabras de la visita, el gato bufó de pronto, se arqueó y avanzó de lado, con paso sigiloso, dispuesto a declarar la guerra a la intrusa.

¡Míralo! María Dolores le señaló el gato, retrocediendo involuntariamente. ¡¿Ves lo que te decía?!

Encarna suspiró, llamando a su defensor:

¡Óscar, cariño, ya está! ¡Tranquilo!

El gato giró la mirada hacia su dueña y, de repente, se calmó. Caminó pausado hasta sus pies, y, acariciando con el costado la pierna dolida de Encarna, se sentó a su lado, como diciendo que siempre estaría vigilante.

¡Es un bandido! bufó María Dolores, rodeando al animal con recelo. Y aun así le tienes cariño.

Alguien tendrá que quererle suspiró Encarna.

Óscar llegó a la vida de Encarna hacía tres años. Fue una época oscura y difícil para ella. Apenas había enterrado a su marido cuando perdió también a su único hijo, quedándose sola salvo por su hermana y un par de conocidas. Amigas, de esas de verdad, nunca tuvo.

Estaba María Dolores. Su hermana.

Loli era la mayor. Apenas se llevaban unos años, pero en la familia se esforzaron siempre en remarcarlo:

¡María Dolores la mayor, qué responsabilidad, qué juicio, qué niña tan capaz! Puedes confiarle lo que sea, que lo solucionará rápido y bien. Y Encarna Encarna es nuestro ángel, un consuelo para el alma. Una maravilla de niña, pero tan distraída ¡Es un desastre!

Crecieron ambas convencidas: Loli, la lista y la guapa, el astro. Encarna, la torpe, pero adorada.

¿Por qué te alaban tanto? protestaba dolida Loli, cuando Encarna traía buenas notas del colegio. ¿Acaso estudiar bien no es lo normal? ¿Por qué tanto halago?

¡Loli, si tú sí que eres lista! Solo tú sacas todo sobresalientes. Yo soy una zambomba

¡Por eso mismo! ¡Y a ti te elogian! bufaba Loli, mientras Encarna escondía una sonrisa, evitando tensar aún más la relación.

María Dolores sacó matrícula y entró en la Universidad; casi ni volvía por casa.

¿Qué tal todo, Loli? Encarna intentaba cazarla un momento para saber de su vida.

¡Va! Ojalá el día tuviera más horas

¿No te llega el tiempo para estudiar? preocupada, preguntaba Encarna.

¿Estudiar? le lanzaba una mirada desdeñosa Loli. ¡Vida personal! ¿Cómo voy a conocer a un buen chico si estoy todo el día corriendo para intentar labrarme un futuro decente?

Vaya, Loli, ni lo había pensado

Tú nunca piensas, corazón reía Loli, sin notar el daño de sus palabras. Eso es cosa de mayores, no para ti, pequeña.

Encarna se callaba, escondía la herida y celebraba en secreto los éxitos de su hermana. La estrella debía brillar. Y ella solo podía admirar esa luz.

Al terminar la carrera, María Dolores seguía sola. Los chicos sentían vértigo ante su carácter fuerte y su lengua afilada. Ni las plegarias de su madre para que suavizara su genio servían.

Mamá, ¿quieres que ande por los rincones haciéndome la mosquita muerta? ¡Esas tonterías se las dejas a Encarna! ¡Eso no va conmigo!

Hija, no te pedimos que cambies, solo que seas un poco más suave Así gustarás más.

¡Ay, mamá! ¿Qué vas a saber tú de lo que buscan los chicos de ahora? ¡Ni punto de comparación!

Un rayo cayó del cielo despejado cuando Encarna, a quien siempre decían que no necesitaba carrera universitaria, que mejor un oficio, llevó a casa a su prometido.

Os presento a Víctor

Víctor encandiló a los padres casi de inmediato. Guapo, inteligente, brillante. Trabajaba de periodista y acababa de arrancar su carrera en televisión, con éxito suficiente para ir haciéndose un nombre.

Pero lo principal era lo locamente enamorado que estaba de Encarna. La normalita, casi invisible para todos menos para él, que estudiaba en un módulo de confección.

A Encarna siempre le gustó coser y vestir bonito. Por eso escogió ese oficio, para ella y para los demás.

Pero, Encarna, ¿costurera? María Dolores torcía la boca, insatisfecha.

Loli, yo no soy tan lista como tú, pero hacer una falda bonita no puede cualquiera. Me gustaría que todos a mi alrededor vistieran bonito, orgullosos y felices.

¡Menuda sopa tienes en la cabeza!

No sé Pero ese vestido que te hice te queda genial.

¿A quién le queda bien?

A ti. A todos. Te miran, te alaban. No está mal, ¿no?

Bueno Unos van a la luna, y mi Encarna a las telas

Nunca entendió por qué no complacía a su hermana. Pero Loli llevaba encantada los vestidos que Encarna le cosía, llenos de bordados nocturnos, de ideas nuevas. Y aunque muchas amigas le preguntaban dónde los había comprado, Loli nunca revelaba el secreto.

¡Es un misterio!

Seguro que del extranjero, ¿eh? ¿Familia diplomática?

No puedo decirlo. ¡Es un secreto!

Y en silencio se sentía orgullosa de tener una hermana tan exitosa.

El sorpresón de Víctor fue, para Loli, un mazazo.

¿Cómo? ¿Cómo podía ser que la menos agraciada, la que no tenía estudios, se casara antes que ella? ¡Inconcebible!

En la boda, Loli tenía la cara de piedra. Nadie entendía nada. Encarna, con su propio vestido, era tan guapa que, por primera vez, se la admiró de verdad.

María Dolores por primera vez supo lo que era la envidia. Esa envidia que mordisquea y no te suelta.

¿Tu hermana tiene un buen marido? Túnadie. ¿Tus padres babean con Encarna y sueñan con nietos? Túnada de nada.

Encarna brillaba, como si su luz propia te la hubiese robado.

María Dolores se fue antes de acabar el banquete y lloró en casa mientras mordía la almohada, maldiciendo su vida.

Pero al volver a casa, recompuso la compostura.

¿Estás bien, hija?

Perfectamente. No te preocupes.

Se casó a los seis meses, casi con el primero que encontró. Su marido era mayor, calvo, con barriga, y con mucho talento para entender qué buscaba ella en ese matrimonio.

Te voy a dar lo que quieres, pero será un trato.

¿Las condiciones?

Me das un hijo, quizá dos. Yo te apoyo con la carrera. Tendrás niñera y asistenta. Y yo te juro que nunca te pondré los cuernos. De ti solo pido fidelidad absoluta, casa tranquila y todo a punto. Sin líos. ¿Queda claro?

María Dolores no dudó:

Hecho.

Contra todo pronóstico, el matrimonio fue estable y prospero. No tenía el calor de la casa de Encarna y Víctor, donde todo era ternura y amor, pero reinaba la seguridad y la calma.

Ella dio a su marido primero un hijo, después una hija. Los niños criados por niñeras, cada minuto programado por Loli para que crecieran educados y estudiosos. Apenas tenía tiempo para criar, entre trabajo y eventos sociales, donde seguía guardando el secreto de sus vestidos.

Encarna fue a otro ritmo. En plenos noventa, cosía en casa. Sus clientas la recomendaban en voz baja:

¡Una modista milagro! No acepta nuevas, tiene lista de espera.

¿Tan buena es?

Increíble. ¿Has visto mi vestido rosa? Es suyo.

¡Imposible! Pensé que era italiano.

¡Ya verás cómo arrasa! Si no teme volar alto

Entre sus clientas había esposas de nuevos ricos, diputadas, hasta del Teatro Real. Jamás repetía un diseño, consciente de lo que supondría un escándalo si dos mujeres coincidían con modelitos iguales en un acto.

Con el tiempo, Encarna montó un pequeño taller, que acabó convertido en un salón de moda. Un lugar para hacer contactos, chismorrear y, sobre todo, para pasar inadvertida si hacía falta. El local lo encontró Loli: un bajo de un edificio modernista, reformado por encargo suyo.

María Dolores puso el dinero para las máquinas, un préstamo entre hermanas:

Ya te apañarás.

Le importaba que Encarna pisara firme. Mirando cómo le había ido a su hermana, Loli se arrepentía de las envidias pasadas: pensó que su rencor había sido como una sombra, apagando la luz de Encarna.

Y mientras ella tenía dos hijos sanos, el de Encarna nació enfermo.

Le llamaban Solete. Loli, después de escuchar que a esos niños les llamaban así, se inventó el apodo para su sobrino: Solete.

¡Mi niño bonito! ¡Qué ganas tenía de verte, Solete! ¡Mira los regalitos! y el pequeño, normalmente tímido con todos, abrazaba a su tía.

Loli, quieres más a mi Quique que a los tuyos sonreía Encarna al verlos.

Solo era verdad a medias, pero a Encarna le reconfortaba pensar que todo iba mejor.

Loli buscó niñera y ayudó a abrir el taller.

Encarna, ¡dedícate a lo tuyo! Víctor siempre de viaje ¿para qué quedarte en casa?

No puedo, Loli, tengo a Quique.

Pon una zona de juegos en el taller, ya tienes espacio. Contrata empleados, la niñera va de mi cuenta. No hay excusas. Manda tú, el niño contigo, y listo.

Ay, Loli, qué haría yo sin ti

¿Y para qué están las hermanas? ¡Hala, deja el drama, que me acabo de maquillar!

Así se repartían la vida.

Loli vigilaba la salud de ambos. Buscaba médicos, nuevas oportunidades. Quique crecía débil, con problemas de corazón y de órganos.

No sé, Loli ¿Qué he hecho mal para que mi niño tenga esto? lloraba Encarna, en sus raros momentos a solas.

Nada, mujer. Es el destino. Una faena, pero saldremos adelante. Quique no será sano, seamos realistas, pero haremos que sea feliz y se sienta amado. Es todo lo que alguien necesita: familia, calor y cariño. Eso sí está en nuestras manos.

Supongo que sí

¡Pues a currar! ¡Ni una lágrima más! ¡Ya tengo nueva neuróloga fichada! ¡Dicen que es la mejor de Madrid! La lista de espera parece la cola de la lotería, pero ya he apuntado a Quique. ¡Veremos lo que puede hacer!

Loli

¡Chitón! ¡Sírveme otro té! ¡Y pásame una rebanada, que llevo toda la mañana sin probar bocado!

El marido de Loli aceptaba la dedicación de su esposa al sobrino.

Ojalá se pudiera hacer más por el chaval. Si necesitas algo, dímelo. Haré lo posible.

Para Loli, esas pocas palabras valían oro. Había aprendido a querer a su marido, no de ese amor adolescente, sino de otro, seguro, tranquilo, que solo llega con los años.

Crecían los niños, envejecían los padres, y entre las hermanas ya no cabía la envidia ni los reproches.

¿A quién sino contarle las penas?

Encarna también ayudó a Loli cuando supo que su cuñado tenía problemas laborales. Convenció a Víctor para investigar a fondo. La resolución tardó años y casi le costó la vida, pero la verdad venció, y Loli zanjó la cuestión:

No sabes lo que habéis hecho por mí tú y Víctor. Te prometo que mientras yo viva, a ti y a tu familia no os faltará de nada.

Y cumplió.

Acompañó a su hermana cuando Víctor enfermó. Él se fue apagando, lentamente, hasta que Encarna no pudo más y lloró desconsolada en el hombro de Loli.

¡Por qué! ¡Tan joven, Loli!

Loli permaneció firme, ayudando a Encarna a reconstruirse día tras día, recordándole que necesitaba seguir adelante por Quique.

Y después, estuvo a su lado cuando el Solete de la familia se fue para siempre. Cogidas de la mano, cruzaron a pie toda la ciudad esa tarde, en silencio, tras dejar atrás la clínica.

Camiseta amarilla y zapatillas rojas

No hacía falta explicar nada. Solo querían despedirle tal como a él le gustaría

Después, Encarna decaía. Trabajaba por inercia, delegando todo en sus empleadas. Más de una vez, Loli pasaba por el taller y la encontraba en la mesa, incapaz de trazar siquiera una línea.

Encarna

Ahora voy, solo descanso un poco, ¿vale? y alzaba unos ojos vacíos.

Esto no puede seguir así Loli contuvo las lágrimas.

Ya me da igual contestaba Encarna, con una sonrisa triste. Ahora ya todo da igual

El punto de inflexión llegó el día que apareció el gato.

Nadie supo de dónde salió: andrajoso, sucio, la oreja rota. La calle era transitada; raramente pasaban allí gatos.

Se asomó a la puerta y trataron de echarle.

¡Fuera de aquí! ¡Vete!

El gato recurrió a la única táctica salvadora: se tumbó en el último escalón del portal, dejó caer patas y cabeza y fingió ser un trapo. Así lo encontró Encarna ese mediodía, llegando tarde.

Chicas, ¿esto qué es? observó, divertida.

Un gato, doña Encarna. Ha llegado, se ha tumbado y no quiere irse.

¿Está vivo? dudó ella, tocándolo con la punta del zapato.

El animal, medio humano, abrió un ojo, suspiró y sacó la lengua, como diciendo:

¿Qué os he hecho yo, almas de cántaro? ¡Muero aquí! ¡Palabra! Pronto ni rastro quedará de mí, que ni nombre tengo, ¡y llevo una semana sin comer!

Por primera vez en mucho tiempo, Encarna sonrió:

¡Es un cuentista! Chicas, ¡mirad qué teatro tiene! ¡Ni en el María Guerrero! Vale. ¡Ven aquí! Tendrás comida y cariño.

Lo recogió, lo revisó, negó con la cabeza:

Nada, primero al veterinario. Tu oreja no me gusta nada.

El gato no protestó. Se sentó digno en el asiento del coche y dejó hacer al médico, protestando solo una vez ante una inyección especialmente dolorosa. Aceptó su premio de paté y caminó detrás de Encarna, ya su dueña, con paso orgulloso.

Nunca he tenido gato, Óscar. ¿Cómo nos vamos a apañar, tú y yo?

El gato, imperturbable, se quedó mirando la calle y Encarna volvió a sonreír.

Nos entenderemos. A ver si te acepta Loli

Naturalmente, María Dolores no lo aceptó. Al menos no en público. Lo perseguía por el taller, notando con alegría que Encarna volvía a brillar. De nuevo, Encarna era indispensable, tenía a alguien a quien cuidar y preocuparse, volviendo a ser ella misma.

Encarna, ese gato te mira raro

Déjale, Loli. Nadie me ha mirado así en años.

¿Cómo?

Con cariño.

¡Es un golfillo! ¡Te engaña!

Pues que engañe, me calienta los pies y ve pelis conmigo. Que, por cierto, fija la vista en la pantalla como si entendiese algo

¡Eso te pasa por ponerle un nombre tan raro! ¡Óscar! Como un actor

¡Porque lo es! reía Encarna, y a Loli se le aflojaba el pecho de alegría.

Su hermana volvía a sonreír. Por aquello, Loli perdonaría al gato cualquier cosa.

Pero lo aceptó de verdad el día que casi perdió a Encarna.

Era sábado, no habían quedado. Loli, paseando cerca del taller, decidió hacer una visita: Encarna quizás seguiría trabajando hasta tarde con la nueva colección que arrasaba.

Al llegar vio luz, abrió con sus llaves.

¡Encarna, soy yo!

Una llamarada color cobre le cruzó los pies; Óscar le mordió la pierna y le rasgó las medias.

¡Óscar, te has vuelto loco! ¿Qué te pasa?

El gato estaba raro. Los ojos relucían de una forma inquietante. Loli retrocedió.

¿Te has contagiado la rabia o qué?

Agarró una regla de corte para defenderse, pero el gato maulló lastimoso y fue corriendo hacia la puerta de la antigua sala de juegos de Quique, que Encarna nunca fue capaz de transformar.

¿Qué hay ahí? preguntó, en voz baja. ¿Dónde está Encarna?

Corrió, olvidando ya al gato, y al abrir se encontró a Encarna tirada en el suelo, abrazando una vieja foto.

¡Encarna!

Ambulancia, hospital, casi veinticuatro horas en la UCI

Loli paseaba los pasillos, orando sin palabras:

No te la lleves. Déjamela. Déjala vivir.

Más tarde supo que Óscar rondaba inquieto la habitación donde lo habían encerrado, aullando tan fuerte que solo calló cuando Encarna despertó. Se acurrucó y no quiso comer nada salvo agua mientras ella no volvió.

A las tres semanas, le dieron el alta.

Loli, primero, al taller.

¿Para qué? Ya te llevo yo al bribón ese.

No, quiero verle.

Encarna subió con esfuerzo los escalones; las empleadas se rieron viendo cómo una llama naranja corría por el pasillo, abrazaba sus piernas y ronroneaba tan fuerte que hasta Loli se rindió.

Ay, Óscar

Encarna le acarició la oreja curada:

Me llamaba, Loli. Le escuché. Primero a él, luego a ti. En la UCI, también

¿Cómo?

No sé explicarlo. Primero la voz de Víctor, luego Quique, pero la del gato predominaba. Solo después viniste tú

Es extraño Loli no encontró palabras.

Óscar se subió a su regazo, la acarició con la pata en la barbilla, la miró solemne y se durmió en brazos de Encarna, a salvo al fin.

Creo que me han aceptado en el clan dijo Loli, esbozando una sonrisa. Aunque no sé por qué, me siento aprobada.

Óscar entreabriría un ojo, chispeando de verde, y ronronearía más alto, ahuyentando las penas y trayendo sosiego, mientras Encarna sonreía.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué necesita una persona? Familia cerca y paz en el alma.

Tan poco tan inmenso©Desde aquel día, nada volvió a ser exactamente igualni peor, ni mejor, simplemente distinto. Óscar reclamó oficialmente su trono: un almohadón en el taller, el derecho a husmear entre hilos y bocetos, y la costumbre indiscutida de dormitar junto a la radio encendida. El local, entre pedidos y risas suaves, volvió a llenarse de pequeñas alegrías.

A veces, algún cliente despistado preguntaba por el rumor grave y apacible:

¿Ese ronroneo? ¿Será la calefacción?

No, es nuestro guardián contestaba Loli, guiñando un ojo. Aquí se cuidan más cosas de las que se ven.

El tiempo discurría con menos prisa. Encarna, recuperada y serena, cosía sin afán de competir. Loli, cada vez más a menudo, se quedaba después del cierre para ayudar a doblar telas, a imaginar nuevos colores para otra primavera. Hablaban de sus padres, de hijos, de los que no estaban y de los que quedaban. Aprendieron a no reprocharse los silencios.

Óscar, allí donde estuviera una de ellas, aparecía siempre: buscaba una mano a la que arrimarse, un pedazo de alma para calentar.

En las noches frías, Encarna paseaba por la casa, y a veces creía escuchar las risas de Quique, los pasos de Víctor, el alegre correr del hijo único de Loli, la voz de su madre en la cocina. Y mientras, el gato, ese demonio adorado, la miraba fijo, como si custodiara un hilo invisible atado a su corazón.

Así crecieron juntas, hermanas al fin, cuidando de lo frágil y celebrando lo sencillo: el té de las cinco, una canción en la radio, el susto travieso del gato, la paz de un día sin sobresaltos.

Y aunque la pena nunca terminó de irse, ni el amor de dejarse sentir, ambas aprendieron a dejar abiertas las ventanas por si alguieno algún gato errantequería entrar. Porque, como Óscar enseñó, a veces bastaba una caricia en el momento justo para sanar la grieta más profunda.

La familia, en fin, era eso: un lugar imperfecto, pero siempre encendido. Y Óscar, que nunca fue solo un gato, vigilaba en silencio, pidiendo poco y dando todo, como los que se quedan para siempre.

Así, cada tarde al cerrar, Loli apagaba las luces, Encarna se detenía un instante bajo la puerta y Óscar, orgulloso centinela, les marcaba el camino de regreso a casa.

Y fue suficiente. Porque juntas, por fin, se supieron a salvo.

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Elena Gante
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