El ángel que pesaba cien kilos y olía a café barato
En la sala de juegos de la planta de oncología reinaba un silencio de esos que parecen caerse al suelo y hacerse añicos a la mínima palabra. Solo interrumpían el sosiego el crujir de papeles y el sonido fúnebre de los rotuladores paseándose por las hojas. Era un mutismo tenso, impropio de niños menores de diez años, como si todos estuvieran distraídamente recitando un padrenuestro interior. La actividad del día: dibujar a tu Ángel de la Guarda. Menuda tarea para ellos; mucha concentración adulta para tan poca infancia.
Para Irene, la joven voluntaria, el reto de hoy era doble. Acostumbrada como estaba al auténtico arte de las Iglesias ángeles ligeros, de rizos dorados y ojos azul cielo al fresco de cualquier parroquia de Madrid, paseaba entre las mesas medio suspirando de admiración: el ángel de Juanito, con una espada del tamaño de la Gran Vía; el de Lucía, con alas como nubes de tormenta en Asturias. Todo bastante fiel al canon, conmovedor, aunque muy parecido siempre.
Hasta que llegó donde estaba Carmen.
Carmen tenía siete años. Su cabeza, tras otra sesión de quimio, relucía como una bola de billar y la piel dejaba adivinar venitas como si fuera papel cebolla. Dibujaba con la punta de la lengua fuera, muy aplicada.
Irene se asomó por encima de su hombro y se contuvo para no soltar un ¡anda ya! en toda regla.
En lugar del esperado emisario celestial, en folio dominaba la escena un tipo redondo y enorme. Llenaba casi todo el papel. No tenía alas. Tenía una tripa gigantesca apretada en algo blanco, la cabeza pelada con pinta de patata y unas gafas enormes, descompensadas, cayendo como un botón sobre la nariz.
Carmen, cielo preguntó Irene, agachándose a su altura con la voz de quien pisa huevos, ¿eso quién es? Hoy dibujábamos ángeles.
Es un ángel respondió Carmen convencidísima, sin dejar de colorear el tripón con la cera blanca.
Pero es un ángel muy poco común Irene intentaba no meter la pata. ¿Por qué no tiene alas? ¿Y por qué es tan enorme?
Claro que tiene alas replicó Carmen, solo que se las guarda debajo del batín. Aquí se mancha todo y no quiere ensuciarlas.
Irene puso esa sonrisa entre tierna e incrédula que se nos escapa cuando no sabemos si reír o asentir. Cosas de críos, por supuesto.
Un ruido reconocible empezó a inundar el pasillo: respiración pesada, casi como el motor de un tren de Cercanías entrando en Atocha. Pasos que hacían temblar hasta el suelo enmoquetado del hospital.
La puerta de la sala de juegos resopló y allí apareció él.
Don Pablo Serrano, jefe de reanimación. Un mastodonte. No gordo: colosal. Tres barbillas, bata siempre abierta porque no hay talla en el hospital que le sirva, frente brillante de sudor y unas gafas en montura de pasta que resbalaban para irse de excursión por la nariz. Olía a tabaco, a sudor y a café instantáneo marca blanca el tercer día seguido sin salir del hospital, durmiendo en una destartalada butaca del despacho.
A Irene solo le parecía un hombre agotado, ajado, que lo mismo necesitaba una jubilación anticipada que una ducha a presión.
¿Qué pasa, pequeños artistas? tronó en un barítono que parecía venirle desde el ombligo. ¿Seguimos vivos?
¡Vivos, doctor! canturreó la improvisada orquesta infantil, a su manera.
Fue recorriendo filas, apoyándose en los respaldos con todo su peso.
Se detuvo junto a Martín, el chaval enganchado a la vía. Posó su manaza en la frente del niño.
Aguanta, campeón susurró. Los análisis están aquí. ¡Podemos lograrlo!
Luego se acercó a Carmen. Irene notó cómo se le encendieron los ojos a la niña y la manera en que estiró los brazos hacia ese hombre, enorme y con perfume a hospital y cigarro.
¿Dibujas? preguntó él. Y tras aquellas gafotas Irene adivinó de pronto, no el cansancio infinito de siempre, sino un azul tan hondo como el Mediterráneo en agosto.
Te dibujo a ti susurró Carmen.
Él resopló, recolocándose las gafas.
¡Pero si no cabría en el papel! bromeó.
En ese instante, por el pasillo, chilló el pitido de una máquina: alarma roja.
Don Pablo Serrano cambió de inmediato. Desapareció el cansancio, los andares arrastrados. Giró, ágil e inesperado para su tamaño, y salió a todo correr.
¡Nadie se mueva! bramó desde el corredor. ¡Lucía, el equipo de reanimación, ya!
Irene se quedó apretándose las manos contra el pecho. Tras la pared, el típico caos de emergencias: órdenes breves, tintineo de instrumental, y la voz de don Pablo, ya no bondadosa, sino de acero.
¡Respira! ¡Vamos, quédate aquí! ¡Respira!
Ese grito daba miedo.
Era súplica y mandato a la vez. Irene cerró los ojos de puro susto.
Pasaron cuarenta minutos que parecieron años. La sala de juegos seguía muda; nadie garabateaba ni una nube. Todos miraban la puerta.
La puerta se abrió al fin. Don Pablo Serrano entró sujetándose al marco. Chorreaba sudor, la bata empapada, una mancha de sangre en la manga. Se quitó las gafas y, con la mano, intentó borrar el cansancio de la cara. Luego, con un quejido, se dejó caer en una minúscula sillita infantil, que crujió bajo su peso como si fuera a protestar a la Unión Europea.
Lo conseguimos suspiró al vacío. Ya duerme.
Irene le miraba. Y entonces, como si la vida le quitara la venda de los ojos, entendió de golpe.
Miró el dibujo de Carmen, ese personaje gordito y torpe. Y luego a don Pablo, de carne y hueso.
Ya no veía los kilos ni el sudor. Veía pura materia. Un ancla colosal de amor, imprescindible para mantener a esas frágiles almitas infantiles atadas aquí abajo, cuando se empeñan en volar. Un ángel doradito de retablo se habría ido volando con los críos. Aquí hace falta uno así: grande, pesado, que huela a terrenal y a café, capaz de aferrar la vida que se escapa y gruñir: De aquí no te vas.
Su calva brillaba bajo la luz como un halo. Pero no dorado, sino mojado y currado.
Carmen se deslizó del asiento, se acercó a ese médico encorvado y le abrazó la pierna no llegaba más arriba.
Ya lo decía yo susurró, con ojos demasiado adultos para su edad, mirándole a Irene. Es que guarda las alas. Así no se nos escapan.
Don Pablo posó su manaza sobre la cabeza calva de Carmen.
Le temblaban los dedos.
Aguantad, pequeños susurró. Solo un poco más.
Irene se volvió hacia la ventana, porque no podía mirar más.
Y las lágrimas, a las que tanto temía, por fin cayeron. Lloraba de vergüenza por su propia ceguera. Buscaba la belleza en la luz y la perfección, y la Belleza estaba delante de ella, sudando bajo el fluorescente y secándose el sudor en la bata pesada, nada grácil y más sagrada que una catedral entera.





