EL AMOR ES MÁS FUERTE QUE LA TRAICIÓN
Soledad llegó a la casa de Carmen y Manuel cuando su hijo Álvaro era apenas un bebé de meses. No se convirtió solo en una niñera para el pequeño: fue su ángel de la guarda. Carmen, siempre tan ensimismada en sus propios asuntos, miraba con una mezcla de celos y rabia cómo su hijo corría a esconderse tras las faldas de “otra mujer” cuando tenía un disgusto. En el corazón de la madre empezó a envenenarse una envidia negra como el café de olla.
Cuando Álvaro cumplió ocho años, Carmen tuvo claro que tenía que quitarse de encima a su rival. Su marido se negó en redondo a despedir a la honesta y bondadosa Soledad, así que Carmen se puso creativa, pero para mal. Con más drama que la protagonista de una telenovela, escondió su collar de perlas regalo de la bisabuela, no te lo pierdas bajo el colchón de la pobre Soledad y llamó a la policía. A la pobre mujer, llorando de impotencia, se la llevaron condenada a dos años entre rejas mientras Álvaro daba gritos y se aferraba a ella hasta que a empujones lograron separarlos.
Pasaron veinte años.
Álvaro ya tenía 28, todo un señor hecho y derecho, con corbata y nómina que ni el banco podía creer. Pero en su corazón seguía clavada la ausencia de quien le regaló el primer cariño verdadero de su vida. Carmen, por su parte, cayó gravemente enferma. La Parca, al parecer, estaba liada con algún papeleo y no acababa de venir a buscarla. El sufrimiento era insufrible.
Una noche de esas en que hasta el viento parece arrepentido, Carmen llamó a su hijo y, entre lagrimones del tamaño de aceitunas gordales, le confesó toda la verdad:
Álvaro, hijo, no puedo morirme La muerte no me quiere porque tengo un pecado que pesa más que un saco de piedras. Arruiné la vida de una inocente. Busca a Soledad. Por favor, tráela ante mí.
Sin perder tiempo, Álvaro dio con Soledad en una humilde casa a las afueras de Toledo. Ella había envejecido, las manos callosas del trabajo y la vida dura, pero sus ojos seguían siendo los mismos: dulces y llenos de perdón.
Mamá Soledad susurró Álvaro al abrazarla. Mi madre de sangre te pide que vengas. Está despidiéndose y necesita tu perdón.
Soledad no lo dudó ni un segundo. Fueron juntos al dormitorio donde Carmen, ya consumida por la enfermedad, se estremeció al ver entrar a la mujer que desterró de sus vidas.
Hola Soledad articuló Carmen, extendiendo la mano temblorosa.
Soledad se la tomó entre las suyas, dando calor donde ya casi no quedaba vida.
Perdóname, Soledad. Perdóname lo que te hice. Pequemos ante Dios y esto es mi castigo. Dios no quiere llevarme hasta que me escuches
Soledad miró a la mujer que una vez la mandó a la cárcel y descubrió que ya no quedaba sitio para el rencor en su corazón.
Te perdono, Carmen. Hace mucho que te perdoné. Descansa tranquila.
El alivio se dibujó en el rostro de Carmen como si la acabase de absorber una puesta de sol manchega. Miró a su hijo y luego a Soledad:
Mi hijo ahora es tu responsabilidad, tu tesoro. Cuídalo.
Esa misma noche, Carmen se marchó en paz. Soledad ocupó, por fin, el lugar que siempre fue suyo: el de verdadera madre para Álvaro, y él, con gratitud infinita, la colmó de amor, atenciones y algo de buen jamón, que tampoco está de más. Pronto encontró una chica estupenda y se casó; Soledad les dio su bendición de abuela castiza y hasta les tejía chaquetitas. La verdad venció y la bondad, como el buen vino, curó todas las heridas del ayer.





