El Afortunado. Capítulo 2
Relato basado en hechos reales.
Época actual
Después de que José afirmara que se consideraba un chico con suerte, su abuela Carmen tuvo muchas ocasiones más para comprobar que su nieto tenía razón. Sin embargo, pronto todos en el pequeño pueblo de Santa Rosa se sorprendieron al ver hasta qué punto la fortuna acompañaba al muchacho en la vida. Un día, fue el único de todos los escolares del pueblo que tuvo la oportunidad de visitar la gran ciudad.
No se trató de un viaje cualquiera, sino de una excursión organizada por la escuela. Muy pocos niños de la zona habían pisado alguna vez una ciudad grande; desde aquel remoto pueblo era complicado llegar incluso al municipio más cercano. Lamentablemente, solo un alumno de Santa Rosa podía asistir, y todos los chicos coincidieron sin dudarlo en que el elegido debía ser José Zúñiga.
La gratitud del muchacho no tuvo límites. En la escuela también había alumnos más pequeños, pero ni uno solo de ellos, ni siquiera el más travieso, puso en duda que José era quien merecía ir. El viaje dejó al chico completamente fascinado. Una y otra vez les contaba a sus compañeros sobre las atracciones, los parques y los monumentos que había visto. Y los niños lo escuchaban con alegría, contentos de que el bueno, amable y siempre sonriente José hubiera tenido esa experiencia.
Desde aquel día, nació en él un sueño. Aunque nunca se lo confesó a nadie, y mucho menos a su abuela Carmen. Pero el destino, una vez más, le tenía preparada otra sorpresa cuando José cumplió dieciséis años.
En esa época, Ana, la hija de doña Rosa, estudiaba en la escuela de enfermería y trabajaba como auxiliar en el hospital infantil de la ciudad. Su madre decidió viajar para llevarle algunas cosas y visitarla.
—Fue como si el diablo me hubiera jalado la lengua —contaba después doña Rosa—, de pronto le dije a José que podía acompañarme.
El muchacho aceptó encantado. Durante todo el trayecto en la camioneta no dejaba de asomarse por la ventanilla y tarareaba bajito alguna melodía.
—Cállate un poco —le ordenó Rosa con severidad, y el chico obedeció al instante—. Y que no me avergüences delante de Ana.
—No lo haré, Rosita, te lo prometo.
—No te limpies la nariz con la manga, no te quedes mirando a la gente.
—Está bien. ¿Vamos primero a la escuela de Ana o al dormitorio?
—Primero al dormitorio, llevamos las papas y los encurtidos. Después iremos al hospital donde ella trabaja como auxiliar.
José esperaba con ilusión ver más lugares de esa ciudad que tanto le había gustado. Su hermana lo observaba con una mezcla de ternura y condescendencia. Ya tenía dieciséis años y seguía comportándose como un niño pequeño. Además, su apariencia seguía siendo la de un muchachito del campo.
Al llegar al hospital, Rosa no le permitió entrar. Los zapatos de José estaban demasiado viejos y sucios, y la chaqueta que llevaba daba vergüenza ajena. Por eso lo dejó esperando afuera.
El chico no se molestó en absoluto; al contrario, todo le parecía interesante. ¡Cuántas hojas secas había en la explanada frente al hospital! Sería bueno recogerlas, como hacía siempre en el patio de la casa de su abuela. Así que José se puso manos a la obra y comenzó a juntar las hojas de roble y de maple, observándolas con una sonrisa. Pronto el lugar quedó limpio y una gran montaña de hojas amarillas y rojas se formó a un lado.
—¿Quién es el que nos ha dejado esto tan bonito? —escuchó una voz femenina fuerte y alegre. José se dio la vuelta. De la entrada del hospital salió una mujer robusta, de cara redonda, que movió la cabeza con sorpresa.
—Me llamo José, mucho gusto —respondió el muchacho—. Mi abuela dice que siempre hay que recoger las hojas secas para que el patio se vea ordenado.
—Tu abuela tiene toda la razón —sonrió la mujer—. Eres un buen chico, José. Dime, amigo, ¿de dónde has salido tú?
—Mi sobrina Ana trabaja aquí como auxiliar. Vine con mi hermana desde el pueblo para visitarla.
—Entonces la mamá fue a ver a la hija y tú te quedaste aquí poniendo orden. ¿Cuántos años tienes, José?
—Dieciséis.
La mujer lo observó pensativa mientras el muchacho seguía recogiendo las hojas que el viento hacía volar. Las amontonaba con cuidado, pero cada vez que se daba la vuelta, alguna se escapaba. José las perseguía con paciencia y las devolvía al montón.
—Ahora mismo te traigo un costal —dijo la mujer—. No te vayas.
José ni pensaba en marcharse. ¡Le encantaba estar allí! Cómo le gustaría poder venir algún día con su abuela Carmen. Poco después, la mujer regresó con un gran costal y José por fin pudo guardar todas las hojas. Estaba tan concentrado en su tarea que no se dio cuenta de que, junto a la salida del hospital, esa misma mujer conversaba con Rosa y Ana. Las tres lo señalaban de vez en cuando mientras hablaban.
José se puso nervioso. Por alguna razón, sintió que en ese preciso momento se estaba decidiendo su futuro.
—Abuela, ¡no llores! —le reprochaba Rosa—. ¿Acaso no quieres lo mejor para José? ¡El muchacho nació bajo una estrella de la suerte!
—Lo sé, Rosita —sollozaba doña Carmen—. No hagas caso a mis lágrimas ni a mis quejas. Se me parte el corazón al dejar ir tan lejos a mi José. Estoy acostumbrada a tener siempre a mi muchachito cerca. ¡Pero quiero que salga adelante y se haga alguien en la vida!
—Saldrá adelante, y muy bien. No hay que lamentarse tanto. Si no, José…






