El abuelo ya no está

Ya ves, hace poco volví de otra de esas interminables reuniones de trabajo, ni me había dado tiempo a quitarme el abrigo y abrir la maleta, cuando de repente me llama mi madre.

Nada fuera de lo normal, pensé. La voz de Carmen Delgado, mi madre, sonaba más nerviosa de lo habitual, pero aun así no le di mayor importancia. Supongo que estaba demasiado cansada, la verdad.

Lucía, hija, ¿ya has llegado a casa?
Hola, mamá. Sí, sí, acabo de llegar. Recién entro por la puerta. ¿Pasa algo?
Qué bien, qué bien que estés en casa…

Pero noté enseguida que mi madre algo me quería decir, y no sé por qué, no le salían las palabras. Me imaginé que tendría ganas de soltarme, como siempre, todas las habladurías del bloque, y yo, después del viaje en tren, lo último que quería era aguantar cotilleos.

Y es que, madre mía, qué nochecita había pasado en el tren. En el compartimento de al lado iba un grupo de chavales que toda la noche se dedicaron a cantar, guitarra y todo. Imagínate, hasta se pusieron a cantar la de Clavelitos, sólo porque escucharon que una chica del vagón se llamaba Lucía, como la de la copla. En otro momento me habría hecho gracia, pero esa noche solo deseaba que se les rompieran las cuerdas de la guitarra. Pero no, ni por esas.

Mamá, ¿te parece si me ducho y descanso un poco, y luego te llamo?
Me temo que no vas a poder, suspiró ella al otro lado.

Me extrañó ese tono tan raro en su voz.
¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué no voy a poder descansar? ¿Es que piensas venir a casa sin avisar, como aquella vez?

Lucía, hija… el abuelo ya no está.

Se me heló la sangre. Me senté en el sofá con el móvil pegado al oído. No esperaba oír eso, de verdad.

Me ha llamado esta mañana su vecina, María Fernández. Iba a llevarle leche, como casi todos los días, y al entrar lo encontró en el suelo, justo en la entrada, agarrado el pecho… y ya no respiraba. Supongo que estuvo allí toda la noche. Tendremos que ir al pueblo para darle sepultura. Los vecinos dicen que ayudarán, por si acaso. Lucía, ¿me estás escuchando?

Yo estaba tan paralizada, que solo pude murmurar un sí apenas audible.

María lo ha intentado con los demás parientes, pero han pasado de todo. Dicen que si el abuelo les hubiese dejado alguna herencia, lo mismo iban. Pero así, ¿para qué gastar tiempo y euros? Y la casa, Lucía, ya sabes, no la quiere nadie.
Hizo una breve pausa mi madre, y siguió:
Siendo sincera, a mí tampoco me apetece nada de nada ir a ese pueblo, y menos después de lo que me dijo el abuelo. ¿Recuerdas que me prohibió volver a su casa, ni viva ni muerta? Y la promesa que le hice, de no volver. Así que sólo me quedas tú, hija. ¿Te animas a ir y despedirle como se merece?

Nos quedamos calladas. Yo mirando la mesilla, donde reposaba la última carta de mi abuelo. Una carta que, según el matasellos, llevaba esperándome un mes, pero, como siempre estoy de viaje por trabajo, ni la leí hasta ahora.

La empresa para la que trabajo montó sede nueva en Valladolid y toca ir a poner en marcha todo. Siempre me mandan a mí. Que si unos tienen hijos pequeños, que si otros están malos… y yo, como soy libre, claro. Menuda suerte la mía.

Lucía, escucha, volvió la voz de mi madre, no quiero que los del pueblo piensen que se nos ha olvidado el abuelo. Era cascarrabias, pero era persona, y contigo se llevaba bien. ¿Qué le digo a María, vas?
Sí, mamá. Iré, claro.

De repente me vino a la cabeza el último fin de año en casa del abuelo. Se le veía bien, fuerte, sonriente.
Mamá, ¿cómo ha podido pasar? Que el abuelo estaba bien…
Ay, hija, ¿y qué sé yo? Ya era mayor. Ahora hay muchos que no llegan ni a la jubilación, y tu abuelo tenía ya casi ochenta. Bastante ha aguantado. Que descanse en paz.

La verdad es que me descolocó. Le tenía mucho cariño al abuelo. Era la única de la familia que aún mantenía el contacto con él. Ni mis otros tíos ni mi madre le hablaban.

Pero lo de mi madre era otro asunto. El abuelo nunca le perdonó la muerte de mi padre, Enrique. Decía que le exprimió tanto con el trabajo y las deudas, que al final se lo llevó antes de tiempo, justo como esos hombres de los que hablaba ahora, que no llegan a la pensión.

Lo cierto es que mi madre convenció a mi padre para dejar el colegio donde era maestro, buscando trabajar de lo que fuese, en lo que más pagara. El pobre pasaba meses fuera, siempre trayendo algún detalle y dinero, claro. Y una vez, ya no volvió. El corazón le falló.

Recuerdo bien el llanto de mi abuelo, Santiago. Se le fue la vida el día del entierro del hijo. Desde entonces, no quiso saber nada de mi madre, y solo mantenía trato conmigo.

Cuando era pequeña me iba muchos veranos al pueblo con él, y ya de mayor, nos escribíamos cartas. Nada de móviles ni ordenadores para él. No, cartas. Y por eso mismo acabó mi abuelo aislado del resto, porque, dime tú, ¿quién escribe cartas ya en el siglo veintiuno?

Las vecinas del pueblo solían decir:
Se le ha ido la cabeza… Bastante ha aguantado: primero la mujer, luego el hijo. No es raro.

Y claro, para rematar, últimamente hablaba solo. Bueno, no solo: con un gato. Y lo más raro, nadie en el pueblo nunca vio ese gato.

Después de hablar con mi madre, dejé el teléfono en la cama, y me puse a llorar mirando al vacío. Quería haber visto al abuelo este verano, pero entre tanto trabajo y viajes, se me fue el tiempo.

En la comida de despedida tras el entierro, entre discursos y brindis con vino, pensaba: ¿De verdad ya está? ¿Así se acaba? Un país entero quedó en suspenso y de pronto, desaparece, y sólo queda el recuerdo.

Terminado el funeral, la gente fue marchándose. Yo me quedé sola en la casa, con ese vacío tan hondo y la sensación de haber llegado tarde.

Para no pensar más, empecé a limpiar la casa a fondo. Ventilé, barrí el suelo, pasé la mano por los muebles llenos de polvo, recogí la comida, y poco a poco, el ambiente parecía respirar de nuevo. El viejo caserón de mi abuelo, sencillo pero acogedor, siempre olía a limpio y tranquilidad.

Ya atardecía y salí al patio. En la huerta, las parras y los bancales perfectamente alineados, aunque este año el abuelo no llegó a plantar nada. Junto a los manzanos floreciendo, pensaba: ¿Y ahora quién cuida esto?

Llamé a mi madre para contarle cómo había ido el entierro, y me dijo:
Has hecho bien, Lucía, en despedirle. Era buena persona, aunque tuviera su genio.
Sí, mamá. Sufrió mucho. No le guardes rencor.
No, hija. Que descanse. ¿Cuándo vuelves, mañana o pasado?
Me quedo unos días más. El pueblo es tranquilo y necesito desconectar del ruido de Madrid. Y además, toca hacer los nueve días.
¡Ay, Lucía! ¿Y qué voy a hacer yo allí? Bastante tengo con mi huerta y la telenovela que empieza ya mismo. Llámame si necesitas.

Así es mi madre. Cuando no le apetece hablar, siempre tiene prisa. Sonreí, me preparé una infusión con las hierbas que tenía el abuelo guardadas menta, hierbabuena, un poco de melisa, y me fui a acostar leyendo por milésima vez su última carta.

Normalmente, el abuelo contaba cosas del pueblo o de sus recuerdos, pero en esta ocasión sólo hablaba de un gato negro, Negrete. Decía que le tenía miedo a la gente, que comía como un descosido, y que ni siquiera podía verle bien. Siempre se me esconde, Lucía, ponía, sólo lo veo de reojo, corre al cobertizo, y siento su mirada. Decía que esperaba que pudiera verle cuando yo llegara. Pero allí, en la casa, ni rastro de Negrete. Ni huellas, ni pelo, ni nada.

Por la mañana fui a preguntar a María, la vecina, a ver si sabía algo del famoso gato.
¿Un gato? me dijo, sorprendida.
Sí, Negrete, escribe mi abuelo que le visitaba. le conté.
¡Ah! Pues mira, ahora caigo. Empezó a hablar con alguien hace unas semanas, pero yo nunca vi nada. Hablaba solo, y contestaba como si estuviera el gato, pero allí no había nadie. La verdad, Lucía, en el pueblo nadie ha visto nunca un gato negro aquí, ni siquiera de casualidad.

Volví a casa pensando, la cabeza dándole vueltas. Si el gato existió, debía ser un maestro en esconderse. Pero yo sentía, a ratos, justo lo que contaba el abuelo: esa sensación de que alguien te mira, aunque gires y no veas a nadie.

Mientras tanto, entre limpiar el patio y repasar la huerta, no podía dejar de imaginar a Negrete acechando entre los arbustos. Desde su escondite, el propio Negrete observaba a Lucía con distancia y timidez. Sentía un vínculo, algo familiar en ella. Tenía el mismo algo especial que había sentido con el abuelo. Le daban miedo los humanos, la vida le había enseñado a temer palos, gritos y piedras. Pero aquel hombre, Santiago, era distinto.

El día de los nueve días, con las visitas y el pueblo lleno, Negrete apenas se dejó ver. Pero cuando tocó despedirse, Lucía lo pilló mirándola tras el ciruelo. Así que eres tú, Negrete! Ven aquí, que quiero conocerte. Pero, claro, en cuanto ella se acercó, el gato salió pitando y se escondió.

Y la escena fue tan rara, que hasta la vecina, que traía una bolsa de empanadillas, se asomó al oírla hablar sola con el gato invisible.
¿Pero con quién hablas? pensó, y se fue a su casa, temiendo que la locura se hubiese contagiado por el aire. Así es el pueblo…

Esa tarde, las nubes azules y oscuras taparon el cielo, y el aire se puso denso. Rodrigo, el gallo de la vecina, no paraba de cacarear, las gallinas asustadas, y los truenos en la distancia.
Se viene tormenta, dije mirando el cielo. Ni tiempo de pensarlo, cuando las primeras gotas empezaron a caer.

Llamé varias veces a Negrete por si quería refugiarse en la casa, pero nada. El pobre debía de estar temblando bajo algún mueble del cobertizo, muerto de miedo. Me fui a la cama, pero dormir era imposible. De esas noches en que la tormenta parece caerse encima, los relámpagos iluminando toda la habitación.

Y de repente, un ruido en la ventana. Al asomarme, veo dos ojos brillando, y antes de reaccionar, entra algo negro y mojado como una sombra, correteando por la habitación. Negrete, apenas visible, se metió bajo la cama.

Me costó un mundo sacarlo, pero al final lo conseguí. Le sequé bien, y nos acurrucamos juntos. Entre el calor del edredón, y el sonido de la tormenta, creo que los dos nos sentimos menos solos.

Por la mañana, lo primero que hizo fue intentar saltar a la ventana para escaparse.
¿A dónde vas tan pronto, bribón? le dije, riendo. Parecía que se disculpaba por lo de la noche.
Le preparé un desayuno de lo que quedaba en la nevera, y, antes de dejarle salir al corral, le acaricié y le expliqué:
Tú decides, Negrete. Vienes conmigo a Madrid, o te quedas aquí. Pero si te vienes, el abuelo estaría feliz, y yo también.

A la hora de marcharme, Negrete ya me estaba esperando en el umbral. Se restregó contra mis piernas: él había escogido. Iría conmigo, por fin a una vida de gato casero, sin tener que esconderse más.

Pasé por la casa de María a dejarle las llaves. Se quedó pasmada al ver al gato.
¡Pero si es de verdad!
No estaba loco mi abuelo, le dije. Solo que este peludo es muy tímido.
Ella me dio un paquetito de empanadillas para el viaje y me dio las gracias.
Volverás, ¿no?
Por supuesto. Volveremos los dos.

Ya en el bus, mirando las nubes pasar, juraría que vi la cara del abuelo entre ellas, sonriendo y guiñando un ojo. Incluso Negrete, en mi regazo, se asomó al cristal y pareció mirar también al cielo.

Y aunque puede que solo fueran imaginaciones, daba igual: sabemos que el abuelo sigue con nosotros. Vive en nuestros recuerdos y nuestros corazones, y allá donde esté, seguro sonríe al ver que, al final, nos hemos encontrado.

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Elena Gante
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El abuelo ya no está
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