En mi experiencia como docente, recuerdo un caso que me marcó profundamente. En mi aula asistía un niño llamado Nicolás. Nicolás nació con múltiples patologías: retraso en el desarrollo, problemas de corazón y, además, labio leporino con fisura palatina.
Hasta los cuatro años, resultaba prácticamente imposible comprender lo que decía. Tras pasar por numerosos especialistas, a los seis su habla mejoró bastante. Hablaba todavía muy nasal y con tonos guturales, pero por fin lográbamos entenderle.
Ahora estamos en el último curso de Infantil, justo cuando se acerca el 8 de marzo, Día de la Mujer. Se nos ocurrió encomendarle a Nicolás un fragmento de un poema para el festival. Era algo que debía hacer porque siempre se avergonzaba de su forma de hablar y de la cicatriz en el labio. Éramos conscientes del reto y la presión a la que le sometíamos, pero sabíamos que no se puede criar a una persona entre algodones. En algún momento, debía tomar ese pequeño riesgo para confiar en sí mismo y demostrarse que era igual que los demás.
Además, él mismo lo ansiaba: al escuchar a sus compañeros recitar poemas, él movía los labios repitiendo en silencio.
Elegimos para Nicolás un trozo del poema que hablaba de las mamás. La suya se emocionó mucho, pues nunca pensó que confiaríamos en su hijo para algo así. Nicolás también lo dudaba, ya que se sentía diferente.
Ambos se esforzaron al máximo. Todos los días repetían el poema varias veces: frente al espejo, el uno al otro, en voz alta, en voz baja, delante de familiares, incluso compitiendo quién lo decía mejor.
Y llega el día de la fiesta. Cuando anuncian su turno, Nicolás está muerto de miedo, pero no rechaza salir. Dice que va a recitar solo para su madre, que solo por ella lo aprendió.
Aparece Nicolás, elegante, con trajecito y pajarita, se coloca bien y comienza. Al principio lo hace perfecto, claro y firme. De repente, quizá de los nervios o el miedo, empieza a trabarse. Llega al verso:
“Desde la escalera responde Hugo: ¿Mamá es piloto? ¿Y qué tiene de raro? Mira, por ejemplo, la mamá de Nicolás es… (se detiene, forcejeando con la palabra compleja) es… ¡con-di-cio-na-do-ra!”
En la sala suenan risitas. Nicolás se sonroja, baja la mirada, mete las manos en los bolsillos; está a punto de llorar, pero sigue con valentía:
“Y la de Tomás y la de Vera…
¡Todas son acondicionadoras! grita alguien desde el fondo, medio bromeando.”
Esta vez las risas explotan. Nicolás gira y sale corriendo del escenario. Lo detengo en la escalera. Está de espaldas al mundo, secándose las lágrimas con la manga y furioso. Me acerco a su oído rojo y le digo que el comentario fue desafortunado, que solo era una gracieta tonta. Le pregunto si quiere volver a intentarlo, solo para su madre y para mí. Le propongo que use la palabra “agente” esta vez y que, si se bloquea, yo estaré para ayudarle. Resopla, mueve la cabeza, pero finalmente dice que sí, aunque tenga miedo. Le prometo que me quedaré junto a él, tomándole la mano y susurrando si lo necesita.
Le confío a la cuidadora para que le limpie la carita y vuelvo a la sala. Espero a que termine el siguiente número y tomo la palabra delante de los padres.
Nerviosa, pero segura, me dirijo a todos:
Nicolás tiene seis años, y ha pasado gran parte de su vida en hospitales y clínicas. Ha tenido más operaciones que cumpleaños. Tardó mucho en poder hablar con claridad y este año, por fin, se ha atrevido a salir ante todos ustedes a recitar un poema. Pero solo quiere hacerlo para su madre. Les pido, por favor, que le escuchen. No es nada fácil para él.
La sala guarda silencio absoluto. Conduzco a Nicolás desde bambalinas, él avanza a regañadientes sin levantar la cabeza. Resulta enternecedor: pequeño, robusto, con el labio inferior aún prominente por el llanto, pero también determinado.
¡Vamos, Nico! le anima su madre.
¡Tú puedes, Nico! grita de nuevo aquella voz simpática desde el fondo.
Me agacho a su lado, le cojo la mano y le susurro:
Para mamá, Nicolás.
Respira hondo y comienza desde el principio. Al llegar a la parte:
“Desde la escalera responde Hugo: ¿Mamá es piloto? ¿Y qué tiene de raro?”
Se ruboriza pero sigue:
“Mira, por ejemplo, la mamá de Nicolás es… a-gen-te. Y la de Tomás y la de Vera, ambas ingenieras.”
Nos mira, desafiante.
Jamás el pequeño salón del cole ha sonado tan fuerte con los aplausos. Padres, niños, profes, hasta el personal del comedor, todos aplauden y muchos incluso de pie. La ovación es tal que Nicolás ya no puede continuar, pero no hace falta; lo esencial ya está demostrado.
Después, la profesora de música me aparta a un lado:
¡Te merecerías una buena reprimenda! me dice, sonriendo, ¡por poco echas a perder la fiesta! Pero… los ganadores no se juzgan. Hoy, tú y Nicolás sois ganadores. Límpiate la nariz y vuelve con los niños.
Y entonces, me quebré. Toda la tensión de ese día salió en forma de lágrimas. Ella me sentó, cerró la puerta y añadió:
Es poco castigo lo que te caería por el susto, pero… solo cuenta la victoria.
¿Por qué lo recuerdo ahora, trece años después? Porque justo acabo de encontrarme en la calle con la madre de Nicolás. Me reconoció y me contó que este año su hijo ha entrado en la universidad pública, y aprobó todas las pruebas a la primera. ¿Adivina en qué facultad? ¡Filología!
Y aún añadió: “Nicolás le manda recuerdos y dice: Si aquella vez no hubiera sido así, me habría quedado siempre como un discapacitado.”
Al final, lo importante en esta historia es la perseverancia y la fortaleza. Lo vital es que de un niño con discapacidad surgió una persona plena, gracias también a quienes le rodearon. Seamos más pacientes y buenos unos con otros.







