Dueña de su propio hogar.

Ama y señora en su propia casa.

Martina, otra vez te has olvidado de tapar la mantequilla suspiró Doña Pilar, arrastrando el taburete con ese dramatismo tan suyo. Ahora ha pasado toda la noche absorbiendo olores del frigorífico. Diego, hijo, ponte mejor un poco de quesito fresco, que ayer mismo lo compré bien tierno.

Martina sintió cómo los dedos se le apretaban alrededor del cuchillo. Siguió cortando el pan en silencio, procurando que las rebanadas fueran rectas, aunque le temblaban ligeramente las manos. Fuera, la llovizna de octubre resbalaba en hilos ladeados por el cristal; la cocina parecía demasiado pequeña para tres adultos.

Mamá, que la mantequilla está bien murmuró Diego, sin levantar la vista del móvil, masticando su bocadillo con la actitud del que podría estar también tragando cemento.

Claro, claro. Lo digo por cuidaros. Vosotros, los jóvenes, no sabéis lo que es guardar los alimentos como es debido. Luego os duele la barriga y a ver quién os cura.

Martina dejó el plato con el pan sobre la mesa y se sentó en su silla, mareada desde primera hora, con un regusto amargo persistente en la boca. Se sirvió una infusión de las baratillas Buenos Días, rezaba el sobrecito, esperando que el calor le calmase el revoltijo.

Martina, no comes nada siguió Doña Pilar, clavándole la mirada por encima de las gafas. Estás chupada. Diego, hijo, ¿cómo piensas que ésta te va a dar hijos? ¡Un crío necesita madre robusta!

Martina tragó un sorbo tan hirviendo que casi lloró, forzando una sonrisa.

Doña Pilar, es que nunca desayuno mucho. Me ha dado siempre así.

Siempre, siempre En mi época íbamos al trabajo con fiebre y nadie se quejaba. Ahora, por toser, ya baja uno la baja laboral. Yo, a tu edad, ya criaba a Diego yo sola, ¿eh?, y llegaba a tiempo a la oficina y a la casa.

Diego, por fin, apartó la vista del móvil.

Mamá, si Ayer Martina estuvo hasta las ocho en la oficina, entregando informes, ¿tú no crees que se esfuerza?

No discuto, no discuto Me preocupo nada más. Que sois jóvenes, deberíais pensar ya en ampliar la familia, y con esa salud de papel de fumar

Martina se levantó, llevó su taza casi intacta al fregadero. En el reflejo de la ventana vio a Doña Pilar dándole a Diego una cucharada extra de requesón y palmoteándole el hombro con ternura. A su espalda, la voz de la suegra seguía sonando, blanda y dulzona, solo para Diego.

Hijo, recuerda que hoy tienes esa reunión tan importante. Te he dejado la camisa azul planchada en la silla.

Martina, con la taza fría entre las manos, notaba en el pecho una presión viscosa, fea, como cansancio mezclado con amargura.

Y pensar que, hace tres meses, de verdad se había alegrado con la llegada de Doña Pilar.

***

Doña Pilar apareció a finales de julio. Llamó tarde, con voz trémula, casi llorando. Un escape de agua en el piso de abajo había inundado su casa en Burgos, el parquet arruinado, medio salón empapado: había que hacer obras serias, los albañiles calculaban una semana, diez días máximo.

Diego, ¿puedo quedarme estos días? El hotel sale caro y allí, sola, qué tristeza

Diego asintió encantado, sin consulta.

Martina, lejos de molesta, se sintió casi ilusionada. La suegra vivía lejos, solo se veían en Nochebuena o para cumpleaños, una relación cordial. Energía no le faltaba, siempre charlatana pero simpática, viuda desde hacía cinco años, trabajaba todavía en el archivo municipal y cultivaba violetas con pasión.

Una semana pasa volando dijo Martina, ya organizando mentalmente el cuarto de invitados. Hace siglos que no charlamos bien.

Diego la abrazó, le besó el pelo.

Eres un sol. Ya sé que no es lo ideal, pero me siento más tranquilo teniendo a mi madre cerca, que no sola con todo el trajín.

Doña Pilar llegó con dos maletas gigantes y una caja de cartón atada con cuerda. Martina la recibió en la estación con Diego, y la ayudó a subir las cosas. La suegra tenía la cara agotada, ojos rojos, labios apretados.

Martina, hija, gracias por acoger a una vieja lata. Va a ser rápido, lo prometo. En cuanto acaben allí, me voy sin estorbar.

Los primeros días fueron casi idílicos. Doña Pilar cocinaba, limpiaba mientras Diego y Martina estaban fuera. Por las noches tomaban té con galletas Marisucia, especialidad de la suegra, y la convivencia era agradable. Diego bromeaba más de la cuenta, visiblemente contento de tenerla.

Pero al llegar la segunda semana, algo cambió.

Primero pequeños detalles. Pilar reorganizó las especias porque así es más práctico. Luego dobló la ropa a su modo y le cambió el sitio a los pijamas de Martina. Martina encontraba sus cosas fuera de lugar y dudaba si debía decir algo. Tonterías, se repetía.

Martina, he notado polvo en las molduras soltaba Doña Pilar echando la sopa. Hace cuánto no pasabas por ahí, ¿eh? Eso da alergia. Hoy lo limpié yo, ya me quedo más tranquila.

Gracias, Doña Pilar musitaba Martina, con las mejillas enrojecidas. No, no le daba la vida para limpiar molduras semanalmente; después del trabajo, solo le quedaban fuerzas para sofá y series.

No te lo tomes a mal, hija. Es por ayudaros, para que descanséis vosotras.

A las tres semanas, los albañiles llamaron desde Burgos para decir que la obra se alargaba: la electricidad estaba hecha un desastre, diez días más, como poco. Pilar, resignada aunque encogiéndose apenas los hombros.

Diego, ¿de verdad no te incomoda que me quede un poco más? Pronto acabará esto.

Pero, mamá, no estorbas nada La abrazó. Ya está.

Martina callaba, mirando la escena. Sentía un ligero hormigueo de agobio, que apartaba a manotazos de su mente. Total, ¿qué más daba una semana más?

Luego pasó un mes. Luego y medio. Pilar se acomodó sin estridencias en el pequeño piso de dos habitaciones. Dormía en el cuarto que antes era el despacho de Martina; ahí había un sofá cama y mesa de ordenador. Martina ahora teletrabajaba en la cocina, o en el dormitorio, incómoda y sin atreverse a reclamar su espacio.

Cada tarde, Pilar preparaba la cena. Rica, eso sí, pero siempre del gusto de Diego: estofado, tortilla, lentejas. Martina prefería verduras, pescado; nunca había ánimo de pedirlo.

Martina, nada más que picoteas negaba Pilar. Diego, que la mires bien, ¡está en los huesos! Qué peligro con ese estómago

Es que no tengo hambre repetía Martina, y era verdad. El apetito se le había ido. Por las mañanas tenía náuseas, estaba floja todo el día. Pero no quería ir al médico, temía que le dijesen lo obvio: es estrés. Confesarlo sería admitir que la suegra la estaba devorando por dentro. ¿Eso cómo se verbaliza?

***

En septiembre, la oficina fue un infierno. Hacienda pedía informes, y las tres de contabilidad se quedaban hasta casi las diez de la noche. Martina volvía derrotada, con dolor de cabeza.

El piso le recibía cálido, oliendo a guiso y con la voz dulzona de Pilar:

Martina, al fin llegas. Diego y yo ya hemos cenado, te he dejado ración en un táper; pero no muevas las cacerolas, las he dejado así para que sea más cómodo.

Martina asentía en silencio, cenaba algo que apenas podía tragar. Diego llegaba, le daba un beso distraído, contaba novedades. Pilar tejía o leía la revista, pero siempre presente. Como si rellenara el aire.

Diego, ¿es cosa mía o tu madre se va a quedar meses? se atrevió Martina una noche, en la oscuridad.

Hasta que terminen, mujer. Imposible estar allí. Aguanta un poquito más.

Pero llevan dos meses

¡Es mi madre! Está sola, le cuesta. ¿No puedes entenderlo?

Un pinchazo en el pecho. Martina se mordió la lengua y se volvió hacia la pared. Diego roncaba en minutos. Ella, despierta, oía cómo Pilar reptaba tras la pared.

A la tarde siguiente, Pilar la recibió con otro gran favor:

Martina, cariño, ¿qué tal si los sábados te echo una mano limpiando? Dos mejor que una.

Martina no pudo oponerse: la suegra ya tenía preparado cubo, trapo y escoba. Limpiaron juntas, Pilar relatando cada hallazgo:

¡Uy, qué porquería detrás de la calefacción! Y esas cortinas, tan sucias El frigorífico también hay que revisarlo, a ver esas bacterias.

Martina asentía, frotaba, sentía cómo la irritación le subía por dentro, pero no se atrevía a responder. Pilar solo ayudaba, solo quería lo mejor. ¿Cómo dejarlo en mal lugar?

A finales de mes, Martina se descubrió a sí misma sintiéndose invitada en su piso. Insegura, manca, incapaz de hacerlo bien. Pilar dominaba cocina, baño y colada. Llevaba la ropa de Diego, la planchaba almidonada.

Le encanta la camisa tiesa. Se lo enseñé de niño.

Martina empezó a lavar su propia ropa aparte, en horarios que calculaba para no molestar. Se sentía como si fuese a hurtadillas por casa, evitando molestar.

Por las noches soñaba pasillos infinitos, buscaba un cuarto propio, pero las puertas estaban cerradas. O intentaba cocinar y todos los utensilios desaparecían mágicamente.

Despertaba sudando frío, con el corazón desbocado, preguntándose cómo verbalizar su angustia. ¿Era posible quejarse de demasiada ayuda?

***

El uno de octubre empezaron las rarezas.

Martina se despertó con un malestar horrible. Llegó corriendo al baño a tiempo de evitar la tragedia. Desde fuera, la voz de Pilar picoteó suave.

Martina, ¿segura que no necesitas médico?

No, no, solo tengo el estómago revuelto.

¿Del estómago? Pero si comiste mis albóndigas, ¡de la mamá de Diego! Él no tuvo nada

No es eso, Doña Pilar, solo es que soy delicada.

Ella se sintió gris y temblorosa todo el día, atascada en la oficina, con la pantalla bailando delante. Su compañera, Lucía, se le acercó preocupada.

Martina, pareces un fantasma. Vete a casa, anda.

No puedo los informes

Que sí, que la salud es lo primero. Vete al médico.

Pero Martina volvió tarde, y Pilar la recibió con cara de pocos amigos.

¡Vaya horitas! Diego y yo sin saber nada de ti, nos tienes en vilo.

Disculpe, mucho trabajo.

Trabajo, trabajo siempre el trabajo. ¿Y tu marido, qué? ¡Le he dado de cenar porque si no, ay!

Martina atravesó el pasillo, cerró la puerta y se dejó caer en la cama. Solo oía las voces amortiguadas al otro lado, la queja de Pilar, las respuestas de Diego. Apretó la almohada, deseó gritar, pero, cómo no, calló.

A la mañana siguiente, al vestirse, vio que su blusa blanca favorita tenía una mancha amarilla en el cuello. Anoche estaba perfecta.

Doña Pilar, ¿sabe algo de mi blusa?

¿Blusa? Ni idea, hija. Yo tus cosas no las toco. ¿No será que te la manchaste tú y ni te acuerdas?

Martina la miró. Esa inocencia exagerada, como de cartelera de teatro, le hizo entenderlo todo de repente. Doña Pilar mentía. Lo sabía. Y aun así, nada dijo. Se puso otra prenda en silencio y salió con un nudo en el estómago.

Luego, desapareció su taza favorita, la del bigote que Diego le había regalado. Pilar encogió los hombros.

No habré sido yo. ¿La tirarías sin darte cuenta?

Otra noche notó que el champú, casi nuevo, amanecía agotado. Pilar, de nuevo, misterio.

A saber, hija. Esas tapas se abren solas a veces.

Martina dejó de preguntar. Cada día se sentía más enmarañada. Por el día trabajaba atontada, por la noche huía de la sala ocupada por Pilar. Diego se volvía huraño y, de pronto, discutían.

Martina, te noto tensa, ¿es por el curro?

No. No es solo el curro.

¿Y entonces?

Le miró y le habría gustado confesarlo todo: que no soportaba más la presencia materna, que se ahogaba, que se sentía extranjera en su casa. Pero una vez más, calló.

Solo estoy cansada.

Le abrazó, la besó en la frente.

Aguanta un poco más. Mamá pronto se va. Ya casi han acabado las obras.

Pero las obras parecían eternas. Cada semana, Pilar regresaba de hablar con los obreros luciendo cara de mártir.

Que si pintan las paredes, que si ahora los rodapiés Una semanita más y hecho, dicen.

Las semanas pasaban. El calendario, desplegado, parecía infinito.

***

A finales de octubre, Martina dejó de dormir bien. Duermevela febril, se despertaba agotada, con más ojeras que pestañas, temblando por dentro.

Una noche, un ruido extraño la despertó. Un crujido, luego un susurro suave. Venía del cuarto de Pilar. Se incorporó, se quedó escuchando. Se repitió el roce; después, silencio.

Por la mañana preguntó, intrigada.

Doña Pilar, ¿usted oyó algo anoche?

No, hija, yo duermo como un tronco. ¿Por?

Me pareció que alguien andaba.

Serían los nervios, cariño. Ve al médico a ver eso, ¿eh?

Pocos días después, notó un olor raro en el piso. Dulzón, a cera. Rastreo en mano, llegó a la habitación de Pilar, donde el aroma era más fuerte.

Doña Pilar, ¿usted ha encendido velas?

¿Velas? No, hija, qué cosas. ¿A qué viene eso?

Huele a cera.

A saber Será del patio, o del portal.

Pero el olor regresaba cada noche, leve pero tozudo. Martina se despertaba entre vapores, sentía cómo el miedo se le colaba dentro.

Un día de noviembre, aprovechando la ausencia de Pilar, Martina entró a la habitación. Parecía normal, con sus violetas en la ventana y las revistas apiladas. En el armario, ropa bien organizada; abajo, maletas y la caja de cartón.

Martina se agachó, pero justo entonces oyó la puerta de entrada;, salió corriendo. Pilar, bolsas en mano, sonrió.

¿Ya en casa? Pensé que estabas en el trabajo.

Me ha dado un bajón.

¡Ay, pobrecita! Ahora te preparo una infusión.

Aquella noche, otra bocanada de cera impregnó el aire. Luego, vio en la estantería la foto de ambos Diego y ella, la que normalmente estaba en la cómoda, ahora con el rostro de Martina arañado con líneas finísimas. Se quedó de piedra. Sentía los latidos en los oídos.

¿Esto qué es? alcanzó a susurrar a Diego.

¿Qué pasa?

La foto.

Diego la vio, frunció el ceño.

¿Se habrá roto el cristal al caerse?

El cristal está perfecto. Son rayones sobre mi cara.

¿Seguro que no estaba mal impresa?

Por favor, Diego

De nuevo, Martina se lo calló. Esa noche, insomne, escuchó los ruidos tras la pared, la sensación densa de una amenaza absurda.

***

En noviembre, el frío entró por las costuras. Martina andaba acurrucada en un cárdigan de lana. Las náuseas no paraban por las mañanas. Apenas comía, solo té y, a escondidas, galletas secas.

Martina, pareces una enferma le decía Pilar, con preocupación poco convincente y algo, algo de autosatisfacción en los ojos.

En la oficina, la jefa la mandó llamar.

Martina, últimamente estás torpe. Ayer pusiste las cifras mal, antesdeayer otro error. ¿Te pasa algo?

Perdón, de verdad. No se repetirá.

¿Segura que estás bien? Quizá debas tomarte unos días.

Martina imaginó qué vacaciones podría tener en esa casa y se le afinaron las ganas de llorar.

No, gracias. Estoy bien.

Pero era mentira. Cada día estaba más ausente, flotando en una semipenumbra mental. Por la noche, Diego se impacientaba.

Martina, no sé qué te pasa. ¿Me lo vas a contar alguna vez?

Perdón. Solo estoy agotada.

Quizá deberías ir al médico. Mi madre dice que no comes nada.

Mi madre dice. Martina levantó la vista.

Tu madre dice muchas cosas.

¿Perdón?

Nada. Olvídalo.

Se fue sin explicaciones. Diego no la siguió.

Y entonces, el punto de no retorno.

Un día que volvió antes a las seis, Martina encontró el piso en un silencio antinatural. Pilar no estaba viendo la novela ni al teléfono. Martina se lavó la cara y, de pronto, escuchó un murmullo: un susurro monótono, venía del cuarto de Pilar.

Se quedó petrificada, escuchando lo que sonaba a rezos, pero tenebrosos. Se acercó a la puerta, entreabierta. Dentro, una luz tenue, y sobre la mesa, dos velas de iglesia ardiendo lento.

Se le encogió todo. Empujó la puerta.

Pilar, de espaldas, inclinada sobre la mesa, tenía dos fotos grandes: una de Diego y otra de Martina. Esta última cruzada a boli negro, y entre las manos de Pilar, una aguja de coser que alzaba sobre la instantánea de Martina.

Doña Pilar salió la voz de Martina, áspera.

Su suegra se giró, lívida.

Martina No esperaba

¿Qué está haciendo?

Pilar escondió la aguja rápidamente, el gesto cambiante de desconcierto a rabia.

Nada que te importe. Es mi cuarto.

¿Su cuarto? Martina avanzó, temblando. ¡Es MI casa! ¡Y MI cuarto, en el que lleva viviendo tres meses!

No grites

¡Claro que voy a gritar! Aquí, con las velas, las agujas, rascando mis fotos, saboteando mis cosas, ¡arrasando mi vida!

¡Yo no he destrozado nada! Doña Pilar se erigió con voz helada. ¡Eres tú quien todo lo fastidia! ¡Mi hijo con otra ya tendría familia de verdad, hijos de verdad! ¡Tú eres una carga!

Las palabras la azotaron como bofetada. Martina soltó las velas al suelo de un manotazo una se apagó, la otra siguió ardiendo, rompió la foto en dos.

Váyase le temblaba todo, pero la voz salió firme. Fuera de mi casa. Ya.

¿Qué? ¿No te atreverás?

¡Fuera! ¡Recoja sus cosas y lárguese!

Diego no te lo va a perdonar.

¡Eso lo hablo yo con Diego! ¡Pero usted aquí no se queda ni una noche más!

En ese momento, la puerta principal se cerró: Diego volvía y corrió, alarmado al oír los gritos.

¿Qué pasa aquí?

Doña Pilar se lanzó a su hijo, abrazándose a su brazo.

¡Diego, que tu mujer me echa, que me falta al respeto!

Diego miró de su madre a Martina, esta última temblando y con la foto rota en la mano.

Diego balbuceó Martina, mira. Mira lo que estaba haciendo.

Le enseñó las velas, las fotos, la aguja. Diego, mudo, cambió progresivamente de expresión: primero desconcierto, luego comprensión, luego horror.

Mamá ¿qué es esto?

Nada, hijo yo solo rezaba por ti

¿Con agujas y fotos tachadas? ¿Pero qué?

Quería ayudarte, hijo, ella no es para ti, lo veo

¡Basta ya! Diego pegó una voz tremenda. Pilar se quedó muda. ¡Basta, te he dicho!

Sacó la maleta, la tiró casi al sofá.

Haz el favor de irte. Te llevo a la estación. Ahora mismo.

Diego

¡Ahora!

***

Una hora después, Pilar salía por la puerta, cara de mejillón sin salsa. Diego la ayudó con el equipaje, en silencio. Martina, apoyada en la pared del pasillo, tenía la sensación de estar vaciándose como un globo.

Cuando las cosas quedaron listas, Pilar se detuvo en la puerta y la miró fijamente.

Te arrepentirás.

Nada respondió Martina. Diego salió con ella cerrando la puerta.

Martina se quedó sola.

El silencio era apabullante. Entró en la habitación colonizada por la suegra: el candelabro, los restos de cera, las fotos arañadas. Lo recogió todo y lo echó en una bolsa para bajarlo al contenedor. Luego abrió las ventanas de par en par, dejó que el aire limpio de noviembre se llevara el tufo a sacristía. Miró el cielo oscuro, las tejas mojadas, y por primera vez en meses respiró a pleno pulmón.

Diego volvió tarde, descompuesto. Se tiró en la cama.

La he dejado en el tren a Burgos.

Martina se sentó a su lado y le cogió la mano.

Lo siento.

¿Por qué?

No sé por todo esto.

Perdona tú. No quería ver nada, me hacía el bobo. Creía que tú solo estabas cansada, que era lo normal del trabajo y resulta que

Se frotó la cara, derrotado.

Está muy sola, desde que murió papá me da pena. Pero eso no lo justifica.

Se abrazaron. Diego temblaba levemente.

Pensé que te perdería. Estabas tan distante

No, solo me faltaba aire.

No volverá a pasar. Te lo prometo.

La mañana siguiente fue rara. Martina se despertó con el sol colándose entre las cortinas. Se sentó, escuchando el silencio. Nada de pasos en la cocina, ni ruidos de cazos, ni la voz de Pilar.

Avanzó por el piso, abrió su antiguo cuarto, ahora por fin libre, solo el sofá cama y el escritorio, vacíos, llamaban a gritos: su espacio, al fin.

Diego, en la cocina, preparaba café.

Buenos días.

Buenos días.

Desayunaron juntos. Martina, sin náuseas, se comió una tostada con mantequilla: la primera vez en semanas que sentía sabor.

Tienes que ir al médico dijo Diego. ¿Quieres que te pida cita hoy?

Vale.

La apuntó con el médico de cabecera. Martina se fue a la oficina, ligera, como si le hubieran quitado un chaleco de plomo.

Esa tarde, tumbados en el sofá, Diego la abrazó.

He estado pensando. Sobre mi madre. No ha llamado ni ha escrito.

¿Crees que está enfadada?

Seguro, pero No puedo romper el contacto por completo. Es mi madre. Pero tampoco quiero perderte a ti.

Lo entiendo.

Quizá, cuando todo calme, pueda venir de visita. Solo de visita. Un día. Y ya.

Martina asintió. Aún sentía un frío por dentro, pero entendía que Diego no podía cortarla de raíz. Era su madre, solo que ahora, reglas nuevas.

***

Al día siguiente fue al médico. La doctora, una señora mayor con voz suave, le preguntó por las náuseas y la falta de apetito. Al indagar sobre la última menstruación, Martina dudó.

Hace más de un mes, creo

Vamos a hacer un test de embarazo.

Martina se quedó inmóvil. ¿Embarazo? No lo había pensado, con tanto lío. Pero, visto el panorama

el test fue positivo.

Enhorabuena sonrió la médica. Unas seis semanas. Las náuseas, el cansancio es el primer trimestre. Pase por el ginecólogo.

Martina salió del consultorio en shock. Embarazada. Un bebé. Su bebé con Diego.

Se sentó en el banco de la sala de espera, llorando de alivio, de felicidad, de miedo.

Esa noche se lo contó a Diego. Primero no la creyó; luego, le dio tal abrazo que casi la estruja.

¡¿De verdad?! ¡¿De verdad de la buena?!

Seis semanas.

Madre mía no sé qué decir es increíble.

Cenaron de nuevo juntos, riendo y cogidos de la mano, con Diego repitiendo sin parar que la quería y que todo iba a salir bien.

***

Pasaron tres semanas. Doña Pilar siguió mandando el silencio por respuesta. Diego llamó varias veces, pero nada. Solo un mensaje: Sigo viva. No te preocupes. Y punto.

Martina fue recobrando fuerzas. Seguía algo floja, pero empezó a comer, a hacer más vida. Por la tarde, juntos, limpiaron el cuarto maldito y lo redecoraron: cortinas nuevas, flores nuevas, aire nuevo.

El piso volvió a ser suyo. Martina preparaba cenas ligeras, Diego ayudaba y hasta hacían bromas tontas como antes.

Una tarde, tumbados, Diego sacó el tema.

Supongo que, cuando nazca el pequeño, mi madre querrá venir.

Ya imagino.

¿Te molestaría mucho?

Martina respiró hondo.

Puede venir, pero solo de visita. Nada de instalarse aquí. Y al principio, no se queda a solas con el bebé. Si luego demuestra que ha cambiado, ya veremos.

Perfecto, me parece justo. Pondremos límites claros. Mi madre tendrá que adaptarse. No pienso sacrificar nuestra paz.

Martina, acurrucada, sentía aún aquel miedo hondo, pero también la certeza de que había marcado una línea. Había dicho su no. Tenía voz y voto.

Diego le dijo, con la mano sobre la tripa, prométeme que, si alguna vez vuelvo a sentirme ahogada, me vas a escuchar. Que no harás como si no pasase nada.

Te lo prometo. Siempre te escucharé.

Y, mientras la lluvia tocaba los cristales, Martina supo por primera vez en mucho que aquella casa volví a ser suya.

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Elena Gante
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Dueña de su propio hogar.
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