Mi padre siempre se lavaba él mismo los calcetines. Los consideraba algo muy personal y pensaba que sería humillante para mi madre si le pedía que lo hiciera. Se encargaba de que sus calcetines y ropa interior estuvieran siempre limpios y bien cuidados.
Sin embargo, en mi propia familia las cosas eran distintas; mi marido jamás tenía la intención de lavar sus calcetines. Consideraba que no tenía sentido hacerlo a mano, que cualquiera podía meterlos en la lavadora y luego tenderlos en el patio.
Así era nuestra rutina diaria. Un día, sin embargo, se me pasó el momento en el que mi marido se quedó sin calcetines limpios. Y, por supuesto, lo culpó todo en mí.
Ya no se acostumbraba a remendar calcetines, porque resulta mucho más fácil comprar otros nuevos. Si durante la colada veo calcetines con agujeros enormes, los tiro directamente al cubo de la basura. Parece que no tiene muchos pares enteros.
Si los calcetines estuvieran en el cesto de la ropa sucia, los lavaría. No tengo por qué pasearme por toda la casa buscando en cada rincón. ¡Las cosas sucias deben ir al cesto!, le respondí a su queja.
Es tu responsabilidad asegurarte de que tenga ropa limpia y planchada.
Resultó que sus calcetines eran un problema mío. Nadie me había explicado antes tan claramente esta división de responsabilidades.






