¿Doña Verónica, puedo pasar? – en el umbral del despacho de la directora de la fábrica se quedó parado uno de sus subdirectores.

¿Doña Beatriz, puedo pasar? en el umbral del despacho de la directora del complejo apareció uno de sus subdirectores, petrificado como una estatua de sal.
Pase, don Joaquín, adelante asintió con tono práctico y una mirada tan seca como la meseta. Bueno, ¿cómo vamos hoy?
¿A qué se refiere? ¿En qué sentido?
El turno, Joaquín. El equipo.
Ah, el equipo. Bien, todo en orden. ¿Por qué?
¿Por qué será? Si estás aquí, será por algo, ¿no? Algo sobre el trabajo, supongo.
Bueno, sí, en realidad debía comentarle algo asintió el hombre, sombrío, el ceño cruzado por una tempestad silenciosa. Más que comentar es una petición.
¿Petición? Doña Beatriz le miró como quien intenta descifrar la letra de un notario medieval. Joaquín, cada vez me das peor espina.
¿Y ahora por qué?
No sé, andas mustio últimamente, como si tuvieras una tragedia en casa. ¿Están bien en tu familia?
Pues verá suspiró Joaquín, con un peso de siglos en los hombros. De seguir así, mi familia lo va a pasar muy mal si usted no me hace un simple favorcito, un papel de nada.
¿Un papel? Beatriz se puso alerta como una gata montesa. No te pillo. ¿Qué papel?
Ya imagino que no lo entenderá, pero Joaquín puso cara de drama clásico. No hay otra opción. Necesito que me dé un certificado. Para mi mujer.
¿Perdona? El rostro de la directora se descuadró. ¿Un certificado para tu esposa? ¿En qué sentido?
Uno que diga que entre nosotros no ha habido, ni hay, nada digamos, sentimental.
¿Nada sentimental? La piel de Joaquín se había vuelto vino tinto. Como mujer y hombre, ya sabe.
Joaquín, ¿te has caído de la bici o me tomas el pelo? El rostro de Beatriz era ahora tan blanco como el papel de correspondencia del Ayuntamiento. Esto, ¿es alguna broma?
Ojalá. Pero de ese papel, de su firma y su sello, depende el destino de mi hogar. Créame, se ha convencido de que usted y yo somos amantes.
Durante unos segundos, Beatriz se quedó con la boca abierta, suspendida en el tiempo. Al fin, preguntó en voz bajita:
¿Tu esposa la pobre está bien? Exigir un papel así Ni en la tele he visto cosa igual.
¡No me hable, Beatriz! exclamó Joaquín, al borde del sollozo. Pero no tengo escapatoria. Los niños mi mujer dice que, si usted no documenta que no somos más que jefa y empleado, se divorcia y se los lleva con ella a Vigo. Y ya sabe, Vigo está en el fin del mundo. Le ruego que me ayude con ese absurdo papel.
Mira, Joaquín Beatriz se frotó la sien, intentando convencerse de que aquello no era un sueño raro. ¿Y por qué ha llegado tu mujer a semejante conclusión? No hemos coincidido nunca fuera de aquí. Ni restos de pintalabios puede haber en tus camisas. ¿De verdad?
Verá Joaquín sacó el móvil de la chaqueta, buscó una foto, y se la mostró. Esto es lo que ha visto. Y le ha dado por ahí.
¿Esta? Beatriz frunció el ceño observando una imagen grupal de la plantilla entera. Si yo tengo una igual. Es la que nos hicieron cuando nos dieron la Medalla del Ayuntamiento.
Sí murmuró Joaquín con media mueca. Pero en esa foto estamos lado a lado, y yo tengo la mano en su hombro.
Éramos veintitrés y había que entrar a codazos todos en la foto.
Cierto, pero mire su cabeza. Según Marta, sólo una mujer enamorada apoya la cabeza así en el pecho de un hombre.
¿Perdona? Los ojos de Beatriz llamearon. ¿Enamorada? Vamos, ¿acaso tu mujer no ve bien? Yo me incliné para no taparme con el ramo de flores que sujetaba Pilar.
Intenté explicárselo, pero cuanto más lo hacía, peor. Sin ese papel, estoy perdido. Se lo juro.
Pero esto es surrealista Beatriz miró el techo, indignada. ¿Tan dominado estás, Joaquín?
Sí, soy un calzonazos susurró rápido, pero lo bastante alto. Por los niños. Sin ellos me muero, doña Beatriz. ¿Me entiende?
Esto es una pesadilla musitó Beatriz, agarrando una hoja del montón. Bueno si necesitas ese papel absurdo Empieza a dictar.
Vale musitó Joaquín, como en trance. Escriba: Yo, Beatriz Álvarez, certifico que no soporto a mi subdirector, Joaquín Medina.
Ella alzó los ojos con sorpresa, pero él la mandó callar con un gesto.
Justo así. Que no le soporto. Y ponga: Es más, le detesto.
¿Detestarle? ¡Qué disparate! Yo no podría trabajar con alguien que odio eso es de locos.
Pues escriba: le detesto como hombre, y jamás compartiría lecho con él, ni por un millón de euros. Y firme, y ponga el sello. Por favor.
El sello está en contabilidad dijo ella en automático, releyendo la extraña declaración. De pronto, dobló la hoja y la rompió en pedazos, y otra vez, y otra.
¿Pero qué hace? gimió Joaquín, espantado. ¡Me hacía falta!
Mire, Joaquín y le sonrió con una sonrisa que parecía sacada de un cuadro de Dalí. He pensado mejor: divorcie usted de Marta, antes de que paren en peor.
Pero se estremeció Joaquín. No puedo. Si ella se va, se lleva a mis hijos. No sobreviviré.
No se los llevará seguía sonriendo Beatriz. Tengo un amigo abogado, de esos que hacen milagros. Con él, los niños seguirán contigo.
¿En serio?
Y si hace falta le interrumpió, yo misma te ayudo a criarles.
¿Usted me ayudaría?
Por supuesto. Me agradas mucho como subdirector. Ya buscaré la mejor niñera de Madrid. Quedarás contento.
¿Y Marta?
Pues que se vaya a Vigo con su madre, o que venga a verme y hablemos cara a cara, de mujer a mujer. Eso será más sano que cualquier papel sellado de esta locura.

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Elena Gante
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¿Doña Verónica, puedo pasar? – en el umbral del despacho de la directora de la fábrica se quedó parado uno de sus subdirectores.
Hun Troede, Kørestolen Gjorde Mig Svag