— Disculpe, señor, — comenzó uno de los agentes — pero esta señora sostiene que su gato saltó a su balcón, la atacó y luego le robó a su gatito…

Perdónennos ustedesempezó uno de los policías, intentando mantener la compostura. Pero esta señora afirma que su gato ha saltado a su balcón, la ha atacado ¡y encima le ha robado el gatito…!

Hay edificios que llaman de esquina. Son esos donde dos bloques se unen formando un ángulo recto, uno de esos buenos noventa grados castizos.

Si además tienen balcones en la parte interior, en la propia esquina quedan prácticamente pegados.

Digo prácticamente porque hay, como mucho, un metro y medio de distancia entre los dos.

En fin

Un hombre y una mujer que vivían en el quinto piso volvieron a casa un día después del trabajo. Trabajaban en la misma empresa y solían ir juntos en el SEAT León de él.

Al cruzar el patio vieron cómo unos perros callejeros atacaban al gato vagabundo que los vecinos (incluyéndolos a ellos) solían alimentar entre todos.

Él ahuyentó a los perros y recogieron al pobre gato, que aunque magullado, tuvo suerte y pudo contarlo. Se lo llevaron corriendo al coche y directo a la clínica veterinaria.

Le curaron las heridas, le cosieron unos puntos, suero con vitaminas, le pincharon antibióticos e instrucciones precisas: venir cada día una semana para el control. El drama sanitario habitual, vaya.

Así fue como Gitano acabó en su casa.

¿Gitano? Sí, sí, tienen que oírlo. El nombre viene de gánster, porque tenía más cara de matón de barrio que de minino. Aunque, como pronto descubrirían…

El temible Gitano, en realidad, se adaptó rápidamente a las comodidades y los mimos. En sólo un par de días ya dormía encima del sofá, ronroneaba a gusto y ponía los ojos en blanco cada vez que la mujer le acariciaba la barriga.

¡Mira qué consentido! se reía ella, rascándole el vientre.

Gitano gruñía un poco cuando tocaban las heridas, pero no dejaba de ronronear. Se notaba que le encantaba.

A los pocos días, limpio, gordito y con el pelaje brillante, ya dormía campante en sus regazos, con la vida callejera quedando como un mal recuerdo lejano.

Ahora, Gitano salía gustoso al balcón, se echaba en el filo y observaba el patio como un rey desde la almena. Salir a la calle ni hablar; él ya conocía bien el precio de esa libertad.

Los balcones vecinos no le interesaban, hasta que

Hasta que, en el casi-pegado balcón del otro portal, apareció un gatito. Pequeño, esponjoso y claramente muy bien cuidado.

Un señorito de raza ¿qué sabrá él de la vida?pensó Gitano con desprecio, y hasta bufó, mostrando la cola en el aire.

Pero al día siguiente un sonido raro le llamó la atención. Entrecerró los ojos: venía del señorito.

Gitano se acercó.

El minino estaba agazapado en la esquina, llorando bajito.

¡Eh! lo llamó Gitano. ¿Qué te pasa? ¿Te han servido pienso vegano o qué?

El pequeño pegó un brinco y se apretó aún más junto a la pared, mirándolo con terror.

¿Por qué lloras? insistió Gitano.

Entonces, sin moverse de su escondite, el gatito susurró:

Me ha dado con la zapatilla ¿tú sabes lo que eso duele?

Gitano nunca supo lo que era eso; ahora sólo conocía mimos y caricias. Pero el dolor no lo había olvidado.

¿Con la zapatilla? ¿Pero por qué?

He maullado muy temprano. Tenía hambre…

¿Y? se sorprendió Gitano.

Pues eso y me ha dado. Y me ha gritado.

Gitano calló. El diminuto peluchín temblaba y ni se atrevía a maullar.

Le vinieron recuerdos de su vida de callejón: frío, hambre y miedo.

¿Te pega mucho?le preguntó en voz baja.

Casi siempresollozó el otro. Por cualquier ruido o travesura. No me quiere

Eso sí, luego presume al teléfono con las amigas y dice que soy carísimo. Que valgo mucho dinero. Pero yo no sé qué significa ser caro…

Gitano sí lo sabía. Su dueña a veces le decía, eres mi tesoro, pero sonaba completamente diferente.

Frunció el ceño. La cosa era extraña. Le daba pena el pequeño, y si fuera en la calle ya sabría qué hacer. Pero ahora

Ahora él era un gato doméstico de sofá. ¿Y eso cómo se compagina con las heroicidades?

El pequeño fue llamado a la casa. Encogió orejas y cola, hizo un charquito del susto y salió disparado hacia la puerta.

Gitano se quedó mirando la manchita en el suelo. Le recordó cuando, siendo cachorrillo, él mismo casi se muere del susto ante un mastín enorme

Desde entonces, pasó la mayoría del tiempo en el balcón. A su nuevo conocido lo llamaban a lo grande: Euro.

A Gitano le parecía más lógico llamarle Flacucho, la verdad.

Pronto Flacucho perdió el miedo y venía raudo al balcón para contarle sus penas:

Hoy ha dicho moqueaba, que si sigo haciendo ruido, que me tira desde el balcón. Que está harta de limpiar…

A Gitano hasta se le erizaba el lomo y mostraba los colmillos de la indignación.

Oía con frecuencia gritos y maldiciones desde ese otro piso y, a veces

A veces saltaba del susto al escuchar el sonoro zapatillazo sobre el cuerpecillo del pequeño.

Gitano lo tenía claro desde hacía días. Lo único que lo frenaba era el miedo.

Me echarán de casa, seguro pensaba. Por esto, a la calle sin dudar.

No quería volver jamás a ese frío, tanto hambre y esa soledad. ¡Menudo cambio! Su vida ahora era de reyes.

Pero no podía soportar la idea de que la bruja matara al pequeño.

Todo ocurrió un par de tardes después.

Gitano estaba en el balcón, atento al mínimo sonido. De la otra vivienda salían gritos. La dueña, tumbada en la cama, chillaba a Flacucho.

Gitano lo veía todo reflejado en la puerta de cristal.

De repente, la arpía se agachó, levantó la zapatilla y la alzó para descargarla sobre el cachorrito acurrucado en el suelo:

¡Te reviento, satanás felino! bramó la señora.

Gitano ni supo cómo, pero se encontró al otro lado tras un salto olímpico felino que ya quisieran muchos atletas.

La bruja no llegó a lanzar la zapatilla. En la cama, delante de ella, apareció

No, apareció un ser de pesadilla.

Un gato gigantesco, cara de gánster, bufando y enseñando colmillos. A la señora le pareció que lanzaba fuego por la boca y chispas por los ojos.

Así se le quedó grabado.

La mujer chilló, soltó la zapatilla, y notó que empezaba a perder el control de la vejiga.

Para ella, el mismísimo demonio se había mudado al edificio.

El demonio alzó la pata con las garras fuera. Ella gritó más fuerte aún, se tapó la cara y se desmayó.

Diez minutos después, la pareja escuchó el timbre. La vecina, con el pelo como si la hubiese lamido una vaca, ojos locos, estaba en la puerta.

¡Vuestro gato me ha atacado! chillaba, ¡Me ha arañado y se ha llevado a mi Euro! ¡Llamo a la policía!

Señorarespondió la dueña, calmada, nuestro gato no sale de casa. Ahora mismo está en el sofá. Y de su gatito, ni rastro.

La cara de la vecina se torció en un espasmo de rabia e incomprensión. Iba a soltar otra barbaridad, pero sólo le salió un bufido histérico antes de irse al galope, dando un portazo de campeonato.

Diez minutos más tarde llegó la policía municipal. Tras ellos, la señora, farfullando su versión.

Disculpenempezó uno de los agentes, con ese tono serio que da la gorra. Esta señora asegura que su gato saltó a su balcón, la atacó, y le robó a su gatito

¿Cómo dice? exclamaron marido y mujer a la vez.

Su expresión era de auténtico asombro.

Pasen, caballeros, vean ustedes mismos invitó el hombre con flema. Nuestro amigo está tumbado en el sofá. Ni rastro de ningún gatito.

Entraron todos. Y allí estaba Gitano, roncando tan a gusto que hasta daba envidia.

¡Es ese! ¡Él! chilló la vecina. ¡Ese me atacó, me arañó y me secuestró a Euro!

¿Perdone, que le secuestró qué? preguntó el policía. ¿Su gato le robó sus euros?

¡Que no! ¡Que mi gato se llama Euro! gritaba ella ya al borde del colapso.

Los policías se miraron y salieron al balcón.

Casi dos metrosmedía uno.

Y asegura que un gato ha saltado esto, llevando en la boca a otrodijo el compañero, poniendo cara de póker.

¡No se rían de mí! berreó la señora, revolviendo todo el piso ajeno. Empezó a abrir armarios, a sacar ropa, desparramarlo todo.

Al final, los policías tuvieron que sentarla en una silla.

Señorale atajó el más serio, el destrozo que está haciendo podría costarle una denuncia.

¿A mí? ¡Después de lo que me ha hecho ese asesino peludo!

Por ciertopreguntó el otro, frunciendo el ceño. ¿Puede mostrarnos exactamente dónde este… asesino le ha arañado o mordido?

La vecina se atragantó. Dudo un segundo, y luego pegó un grito tremendo:

¡Ya verán, ya verán quién manda aquí!

Perdoneañadió con educación la dueña. Pero, sinceramente ¿podría levantarse? Es que huele un poco a pis…

Los ojos de la vecina se salieron de las órbitas. Pasó de rojo a verde para finalmente quedarse blanca como el azulejo del cuarto de baño.

Se largó saltando, y casi se lleva la puerta por delante.

¿Pondrán ustedes denuncia? preguntó uno de los agentes.

No, graciasdijeron al unísono la pareja.

Me parece que no está muy bienmusitó la mujer, compasiva.

Disculpen la molestiadijeron los policías, y se marcharon discretamente.

Marido y mujer miraron a Gitano, que ya estaba despierto, sentado en el sofá.

A ver, a ver…dijo él.

Ajárepitió ella.

Gitano los miró con cara de no he roto un plato, se bajó del sofá, se fue directo al armario, lo abrió de un empujón, se encaramó al estante y, ni corto ni perezoso, sacó de ahí… un gatito.

¡Madre mía!dijeron ambos, desfondados.

Se dejaron caer en el sofá.

Gitano dejó al tembloroso bultito gris a los pies de sus humanos y se apartó.

¿Y ahora qué hacemos?preguntó la mujer, recogiendo al pequeñín y colocándolo en su regazo.

La bolita tiritaba aún más.

No te preocupes, pequeñodijo el hombre con una sonrisa cariñosa.

Aquí no se maltrata a los gatosañadió ella, acariciando la espalda del pequeñajo. Y tú, mi tesoromiró a Gitano con fingida seriedad. Estás castigado, ¡esto no se hace! Tendrías que habérnoslo contado

¿Y cómo?se defendió el marido. ¡Ha salvado al chiquitín de la bruja! ¿Para qué lo castigas?

Anda, que ni tenemos gatito. ¡Que lo han dicho hasta los municipales!

Así son siempresuspiró la mujer, hablando con Flacucho. Solidaridad masculina gatuna. ¿No querrás que le demos una medalla?

¡Eso! ¡Una medalla! rió el hombre. ¡Gitano, vamos a por un poco de pollo!

¡Mira qué cara! se quejaba ella, buscando apoyo en Flacucho.

Pero el minino, tímido, alargó las patitas, aferró su mano y se acurrucó.

La mujer sonrió y, conciliadora, repitió:

Vale… te perdono porque es la primera vez.

Mientras el hombre y Gitano se iban a la cocina, Flacucho se acurrucó en su falda y comenzó a ronronear también, descubriendo por fin lo que era que te hagan mimos.

Y pensó que eso de tesoro y querido dicho por esa mujer tenía un significado completamente nuevo y mucho, mucho mejor.

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Elena Gante
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— Disculpe, señor, — comenzó uno de los agentes — pero esta señora sostiene que su gato saltó a su balcón, la atacó y luego le robó a su gatito…
Empeñó la cadena de su marido para alimentar a su bebé — Pero él tenía otros planes