«Después de los cincuenta dejé de creer en cualquier cosa romántica»: Hasta que fui a un viaje para solteros mayores de 50 años y conocí a Marcos

“Después de los cincuenta dejé de creer en cualquier cosa romántica”: Hasta que me apunté a un viaje para singles 50+ y conocí a Ramón

Yo ya no creía en grandes amores. Después del divorcio hubo algunos intentos, citas incómodas, algún que otro flirteo más por compromiso que por ilusiónnada que de verdad me removiera por dentro. Y después, sencillamente, dejé de intentarlo. ¿Para qué? Los hijos ya mayores, los nietos en camino, el trabajo marchando como puede. Por las noches, series, alguna novela. La vida: planchadita y predecible. Segura.

Hasta que un día me topé con un folleto de una agencia de viajes: Viaje para singles mayores de 50. La Rioja. Paseos por viñedos, cenas a la luz de las velas, grupos pequeños, sin presiones. Me dio la risa floja. ¿Cena a la luz de las velas? ¿A estas alturas? Pero algo me picó la curiosidad. Quizá porque sonaba tan ingenuo, como de novela rosa en la que hace tiempo que no creo. O quizá porque me notaba cansada de tanto seguro y tanta rutina.

Reservé una plaza.

El primer día estaba convencida de que había cometido un error. En el autobúsquince personas. Tres divorciados, unas cuantas viudas, varias solteras por elección propia. Todos amables, muy sonrientes, pero había un ambiente de prudencia. Nadie quería quedar como el desesperado de turno.

Ramón se sentó a mi lado la segunda noche, en la cena. Pelo completamente canoso, voz algo ronca y esa manera de mirar que parece que escucha de verdad. Ni me metió cháchara, ni soltó piropos, ni ponía cara de estar de caza. Simplemente estaba ahí. Cálido, tranquilo, atento.

No eres de las que se van de vacaciones a ver si se enamoran me dijo medio en broma.

No. Más bien soy de las que se apunta a estos líos para recordar que aún sigo viva.

Sonrió. Y algo dentro de mí se deshizo. No de risa, ni de emoción; más bien de alivio. De que alguien lo entienda.

Los días siguientes fuimos hablando cada vez más. En la terraza, con las viñas de fondo; en el bus, durante las visitas. De todo: de libros, de lo que nos saca de quicio, de los hijos, que están tan lejos aunque llamen cada semana. De la soledad, de lo difícil que es recomenzar después de los cincuenta. Y de que a lo mejor no hay que empezar nadabasta con regalarse algo pequeño: tiempo, presencia.

La noche antes de volvernos, nos sentamos juntos en un banco junto a la piscina. Todo oscuro y silencioso, solo se oían las cigarras y el chapoteo del agua. Y entonces Ramón dijo:

¿Sabes? Nunca pensé que volvería a sentirme tan a gusto con alguien. Pero ahora me da miedo regresar Por si este hechizo desaparece nada más subirme al avión.

Yo miraba la oscuridad y el corazón me latía como una adolescente. Y aunque quise decir algo profundo y maduro, sólo me salió:

Yo también tengo miedo.

No planeamos nada. Al volver, no hubo grandes declaraciones. Nos escribíamos. Luego llegaron los paseos juntos. Las quedadas para tomar café. A veces silenciopero buen silencio, de esos que no incomodan. Y más adelante el primer beso. Torpe, algo inseguro, pero auténtico.

No tengo ni idea de a dónde lleva esto. Ni siento necesidad de hacerme planes de vida. Pero sé que ahora me vuelvo a reír. Que me apetece salir de casa. Que hay alguien que me pregunta cómo me ha ido el díay de verdad le importa la respuesta.

Y sé que quizá esta es la verdadera historia de amor. No la de los fuegos artificiales de las películas y el estómago hecho mariposas. Sino esa amor sereno, maduro, sin presión. El que da calor sin quemar. Y que, desde luego, nunca es tarde.

A veces me descubro sonriendo sin razón. Saliendo con tiempo de casa para no perderme nuestro paseo por el Retiro. Me vuelvo a gustar al mirarme en el espejo, porque veo a una mujer que sigue aquí, que no se rindió.

No esperaba ya nada de la vida. Solo quería tranquilidad. Pero el destino me regaló algo másalguien que no juzga, no intenta arreglarme la vida, ni mejorarme. Solo está. Cerca. Con esa atención que yo echaba tanto de menos.

Y si ahora alguien me pregunta si aún merece la pena creer en el amor con más de cincuenta, contesto: no solo merece la pena. Es casi obligatorio. Porque a veces, precisamente entonces, se quiere de verdadcon consciencia, con madurez, sin ilusiones tontas, pero sí con esperanza.

Porque el amor no tiene edad. Y la vida siempre sabe cómo pillarnos desprevenidas.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

«Después de los cincuenta dejé de creer en cualquier cosa romántica»: Hasta que fui a un viaje para solteros mayores de 50 años y conocí a Marcos
Ella está entre nosotros.