En un pequeño pueblo costero llamado Altea, en la provincia de Alicante, vivía una mujer llamada Isabel. Tenía cincuenta y un años, era viuda desde hacía ocho y trabajaba como administrativa en una clínica dental del centro del pueblo. Su vida era tranquila y ordenada: la casa, el trabajo, el mercado los viernes por la mañana y las tardes de café con sus dos amigas de toda la vida.
Isabel tenía un hijo único llamado Diego, de veintiséis años. Hacía cuatro años que Diego se había mudado a Madrid para terminar sus estudios y comenzar a trabajar en una empresa de tecnología. Madre e hijo se llamaban casi todos los días y procuraban verse cada dos o tres meses. Isabel siempre esperaba esas visitas con gran ilusión.
Una mañana de noviembre, Isabel recibió una llamada de un número desconocido. Era la policía de Madrid.
— ¿Es usted Isabel Morales, la madre de Diego Morales?
— Sí, soy yo — contestó con el corazón latiéndole con fuerza.
— Lamentamos informarle que su hijo ha sufrido un grave accidente de tráfico. Está ingresado en el Hospital Universitario Gregorio Marañón. Su estado es muy grave.
Isabel sintió que el suelo se abría bajo sus pies. En menos de una hora ya estaba sentada en un tren AVE con destino a Madrid. Durante todo el trayecto no dejó de temblar.
Al llegar al hospital, los médicos le explicaron detalladamente la situación: Diego había sido atropellado por un conductor que se dio a la fuga. Tenía múltiples fracturas, un fuerte traumatismo craneal y hemorragia interna. Los próximos días serían decisivos.
Isabel se instaló en la sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos y prácticamente no se movió de allí. Dormía en una incómoda silla, comía lo que las enfermeras le traían y solo salía un momento para ir al baño. Pasaron tres días que parecieron eternos.
La cuarta noche, mientras Isabel estaba sentada junto a la cama de su hijo inconsciente, sosteniendo su mano fría, entró una joven enfermera llamada Marta.
— Señora Morales, debería descansar un poco. Lleva muchas horas sin dormir.
— No puedo — murmuró Isabel con la voz quebrada—. Si se despierta y no estoy aquí…
Marta se sentó un momento a su lado y le dijo con suavidad:
— Su hijo es joven y fuerte. He visto casos mucho peores que han salido adelante. Pero usted también tiene que cuidarse. Si se derrumba, no podrá ayudarlo.
Isabel asintió en silencio, pero no se movió de la silla.
Al día siguiente, los médicos decidieron operar de nuevo a Diego. La intervención duró más de seis horas. Cuando terminó, el cirujano jefe salió con expresión seria.






