Cuando Sarah cumplió diecisiete años, su madre le dio la noticia de que esperaba otro hijo.

Cuando Lucía cumplió diecisiete años, su madre le confesó que estaba embarazada de nuevo. Al principio, Lucía quedó atónita ante semejante revelación. ¡La que debería estar pensando en hijos soy yo! ¡Tú ya tienes nietos de los que cuidar! ¡Si hubiera querido ser madre, ya lo habría hecho antes! ¡Me vas a hacer el hazmerreír delante de mis amigas! ¡Vieja insensata! gritó, herida y enfadada, con lágrimas saltando a los ojos de su madre. Lucía se mantuvo distante durante todo el embarazo, sumida en el resentimiento y llorando a menudo por la situación. Ni siquiera su padre pudo soportarlo y trató de mediar, pero Lucía terminó huyendo de casa.

Perdida, vagó por las calles de Madrid, invadida por pensamientos de inseguridad y futilidad. Se convenció de que, con la llegada del nuevo bebé, ella sería relegada a un segundo plano y olvidada por todos. Sin embargo, finalmente fue su padre el que reunió de nuevo a su madre y al recién nacido en casa. Las emociones de Lucía fueron incontrolables cuando su madre entró cargando, temblorosa pero feliz, a la pequeña. Las lágrimas de Lucía rodaron por su rostro al ver a su hermana por primera vez. Fue entonces cuando sintió un amor incondicional por ese pequeño milagro.

Hoy en día, Lucía tiene treinta y siete años, está casada y vive en un piso de tres habitaciones en Salamanca junto a su marido y su hijo de dieciséis, quien pronto sabrá que será hermano mayor. El corazón de Lucía late acelerado de nerviosismo mientras espera que su hijo regrese del instituto; sabe que debe compartirle la noticia de su embarazo. El miedo la invade, temiendo que su hijo reaccione igual que ella reaccionó de adolescente. Pero sus miedos resultan ser infundados.

¿Voy a tener un hermano o hermana? ¡Eso es fantástico! ¡Te voy a ayudar, mamá! exclamó su hijo, con un entusiasmo incontenible, rodeando a Lucía con un abrazo cálido. Emocionada hasta las lágrimas, Lucía lloró de alivio por tanto tiempo contenida, de alegría por el hijo tan generoso que tenía y de remordimientos por su propio pasado. Sentada en la cocina, Lucía sollozaba en silencio, repitiendo una y otra vez: Mamá, perdóname… Mamá, perdóname…. De repente, reparó en la expresión perpleja de su hijo. Preocupada, preguntó: ¿Qué ocurre?

Para su tranquilidad, él contestó: No pasa nada, mamá. Vamos a comer juntos y luego vamos a casa de los abuelos y de la tía para contarles la buena noticia…

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Elena Gante
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Cuando Sarah cumplió diecisiete años, su madre le dio la noticia de que esperaba otro hijo.
Pieczęć, która miała zniknąć w ciszy