Victoria, mi mejor amiga desde la infancia, y yo éramos inseparables. Fuimos juntas al colegio, luego al instituto, y hasta coincidimos en la misma universidad en Madrid. Allí conocí a un chico encantador y guapo, de nombre Javier. Me gustaba mucho, estaba enamorada, pero el destino tenía otros planes. Por casualidad él se fijó en Victoria, que era no sólo bella, sino realmente cautivadora, y acabó enamorado de ella.
Cuando mi amiga Victoria vino y me preguntó si podía coquetear con Javier, ya que también sentía algo por él, dudé y le dije que no me molestaba, aunque era cierto que yo lo quería. Al final, le ofrecí el amor de mi vida a mi amiga. El tiempo pasó, y tanto Victoria como yo formamos nuestras propias familias y tuvimos hijos. Poco a poco, mis sentimientos hacia Javier desaparecieron y me dediqué por completo a mi familia.
Un día, Victoria me pidió que la ayudara a cubrirse porque tenía una cita secreta. Me sorprendió que su marido no debiera enterarse. Finalmente, me confesó que se había enamorado de otro hombre y que sentía que no podía vivir sin él. Sin embargo, no tenía intención de divorciarse de su marido, ya que él era buen proveedor, amaba profundamente a sus hijos y siempre la trataba bien.
La actitud de Victoria me desconcertó. Su esposo era un padre cariñoso, exitoso y admirable. No podía entender por qué le traicionaba. Si él hubiera sido frío o no la hubiera valorado, habría comprendido sus razones. Pero, considerando el cariño y el apoyo que siempre le daba, me resultaba incomprensible que buscara nuevas emociones inciertas en vez de cuidar el amor que ya tenía.






