Como siempre
En un sueño sobre la Ciudad de México, donde las calles se deslizan y serpentean entre montones de nieve ligera que rara vez cae pero que en la imaginación se acumula, María se despertó en la penumbra lechosa del amanecer, aunque la alarma ni siquiera había sonado. Así ocurría siempre en esos días frágiles, cuando la lista de pendientes colgaba como una larga serpiente de tres metros en el aire. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo cómo la oscuridad afuera rozaba el vidrio de la ventana, mientras su marido, Roberto, murmuraba algo ininteligible, hundiendo la cara en la almohada arrugada. Salió con cuidado de debajo de las sábanas, como un pez que se escapa del hielo, para no perturbar sus sueños.
En la cocina, la luz recortaba un rectángulo de realidad en la penumbra. La olla en lugar de hervidor, la estufa de gas, huevos con cáscara oscura en un tazón esmaltado. En el patio, jirones de farolas se derretían sobre los capós de los coches cubiertos de escarcha. En el cielo colgaba el 28 de diciembre, envuelto en algodón. Faltaban tres días para Año Nuevo, y todo lo que había preparado el día anterior ya estaba listo: la masa para los panecillos en el refrigerador, una hoja con la lista de compras del mercado torcida sobre la mesa.
A las siete, Roberto, ya vestido y oliendo a su colonia fresca habitual, apareció como surgido de la niebla. Se sentó, mirando el té como si fuera un pozo profundo. Hojeaba el periódico como si fuera un sueño borroso.
—¿Qué tienes hoy? —preguntó con voz somnolienta.
—Voy a la oficina —respondió Roberto sin levantar la vista—, llevo unos documentos. Volveré… cuando pueda.
—Yo hablaba de la cena —susurró ella—. ¿Qué preparo?
—Como siempre —gruñó el periódico por encima del hombro—. Lo de siempre.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como posos de café, y María se tragó su réplica. Las albóndigas fueron ayer. Anteayer, pescado. El día anterior, guiso. Todo como siempre. Sacó los huevos, pensando en una tortilla.
—Alex hoy llamará —dijo en voz baja, separando la clara de la yema—. Dijo que vendrá el fin de semana.
—Ajá —murmuró Roberto al periódico.
Cuando la tortilla empezó a chisporrotear, el teléfono sonó como una ardilla que entra corriendo. Era Alex.
—Hola, hijo…
—Mamá, ¡hola! El sábado llego, más o menos a las dos. ¿Me haces esa de pollo con champiñones?
—Claro, mi cielo.
—¡Genial! Mamá, tengo una llamada. ¡Abrazo!
Colgó antes de que pudiera preguntar si se quedaría a dormir. Y en la sartén la tortilla chisporroteaba como la escarcha que dibuja flores en la ventana. Pollo con champiñones: había que ir al mercado por champiñones frescos, pollo a la señora del puesto, y no olvidar la crema.
Roberto terminó, se limpió, se dirigió a la puerta. María quiso retenerlo con una palabra, pero agitó la mano: vete, de todos modos la mañana no es tuya.
La puerta se cerró de golpe, el aire tembló. Se quedó sola en la cocina con sus tareas, como una monita medio ciega: mercado, cocina, limpieza, lavar las camisas de Roberto, comprar más adornos para el árbol (el gato había roto la mitad la Navidad pasada), hornear más galletas y llamar a su mamá, ya mayor y algo resentida. En el alma tenía una espina cotidiana, dolorosa y afilada, pero tan habitual que se había vuelto transparente. Esa espina siempre estaba ahí; a veces picaba, a veces latía sobre la sartén, como ahora.
Al mercado fue por la tarde. El autobús recorría la Ciudad de México como en un sueño con ventanas que se desdibujaban: unos edificios crecían hacia arriba, otros retrocedían como la memoria. Veinte años dando vueltas por ese barrio; cada puesto la reconocía. En el mercado había bullicio como de bandada de cuervos: mostradores con embutidos, olor a pino, en el aire la promesa de fiesta. Pollo grande, champiñones de la señora Lupe —firmes, oscuritos—, medio kilo.
En el puesto de mandarinas rondaba un señor mayor encorvado, con chamarra acolchada vieja y gorra descolorida. Contaba el dinero comparándolo con el precio, mirando la palma de su mano. María entendió de inmediato: calculaba si le alcanzaba para un kilo.
—Déme un kilo —dijo—, de los que son dulces.
El señor se quedó callado un momento. La vendedora pesó, y María, como si la ruleta se hubiera detenido:
—Otro medio kilo de los mismos.
—¿Para usted?
—No, para el señor.
La vendedora la miró con sorpresa mexicana, pero pesó. María le dio al anciano la bolsa y una mirada. En esa mirada había todo un mundo: no era lástima, sino un reconocimiento que dolía.
—Gracias —suspiró el señor, como si se hubiera calentado junto a una vela.
—Felices fiestas —ella sorbió por la nariz, se dio la vuelta y se perdió entre la multitud nevada. No era por el dinero, sino porque en esa mirada se había abierto algo en ella como una trampilla al desván.
En el autobús de regreso miraba en silencio el vidrio: un “gracias” de un extraño, y en casa una cadena de “como siempre”. En la cocina nadie diría “gracias” ni “qué bien”. Todo como de costumbre. Todo normal.
El sábado empezó temprano, con el crujido de la nieve en la imaginación. María se despertó; Roberto roncaba y flotaba en otro sueño. A la cocina: limpiar champiñones, rellenar el pollo. Sin pensarlo, las manos lo hacían solas. En la cabeza, aquel mercado, aquel señor…
—¿Por qué te levantaste tan temprano? —preguntó Roberto somnoliento.
—Para cocinar. Alex va a llegar.
El televisor en la cocina graznaba las noticias: tipo de cambio del peso, accidente en la carretera. Roberto bebía té en silencio y giraba la cabeza hacia la pantalla. Cuando le pidió que sacara la basura: “Luego”. La basura, como siempre, la sacó ella, como la Cenicienta del cuento.
El pollo quedó delicioso: jugoso, con ajo y champiñones. En el departamento olía a fiesta. Alex llegó ruidoso, con la chamarra llena de frío, aroma a perfume y un abrazo fuerte.
—Mamá, ¡hola! ¿Cómo estás?
—Todo como siempre —sonrió ella, mirándolo: cómo había crecido, cómo se vestía.
Saludó a Roberto —veían fútbol—. ¿Comer? Ahora sirvo.
En la mesa hablaron de trabajo, de la ciudad, rieron y comieron. Comían sin notar que ella había lavado, cortado y frito decenas de veces esa estampa festiva para ellos. El hijo preguntó:
—Mamá, ¿me lavas la camisa? La blanca, esa.
—Claro que sí.
El hijo salió corriendo y volvió con la camisa arrugada: una mancha amarilla en el cuello brillaba como un recuerdo eterno del verano. Había que frotarla con jabón de lavar, remojarla en la cubeta.
Luego: “Me voy con los cuates”, y otra vez quedarse sola, recoger los platos, lavar, planchar, preparar para que la fiesta volviera a ocurrir. Si preguntara si vendría para Año Nuevo: “Sí, pero no prepares mucho, el año pasado sobró”. Otra vez como hotel.
El tintineo de los platos de metal, las lágrimas no salen. ¿Por qué un señor desconocido dio las gracias tres veces y los suyos ni una? ¿Por qué Roberto ni siquiera preguntó si estaba rico? Como siempre. Todo normal.
El 31 de diciembre, la lista en el refrigerador como un mantra: ensalada rusa, arenque bajo piel de zapa, gelatina de carne, pollo al horno, vinagreta, botanas frías. Para Roberto la gelatina, para Alex la ensalada rusa, para ella bastaría el arenque, pero como es fiesta, todo según sus gustos.
El departamento entero olía a cebolla, arenque y mayonesa. Carrera al mercado: carne para la gelatina, betabel, zanahoria, arenque. En casa todo el día: hervir, verter, enfriar, cortar, limpiar. La espalda duele, las manos huelen a fiesta.
—María, la tele se trabó, mírala.
Dejar todo, ajustar la antena. Arregló la tele, volvió a la vinagreta. Escuchar “solo un minutito”, como si ella estuviera descansando y no trabajando. La ensalada rusa lista, el refrigerador lleno. Por la noche, mantel blanco en la mesa, la rutina eterna. ¿Dónde está la alegría: en el trabajo, en el silencio, en la lágrima?
Su mamá llamó, la misma espina:
—Antes preparaba para todos, ahora pienso ¿para qué?, total no lo valoran.
Reconocimiento que eriza la piel. Medio país de Marías que se sientan solas a la mesa, cansadas, invisibles.
—Mamá, ven. Aunque sea el 2 de enero.
—Ya veremos, hija. No te agotes.
Después miró largo rato por la ventana: el farol ilumina el banco, un montón grande de nieve. Bonito, pero interminable.
El 31 de diciembre empezó con vacío. María no se levantó corriendo. La decisión brotó en el silencio: hoy no habrá pollo, no habrá horas frente a la estufa ni marcha nupcial del arenque bajo piel de zapa.
Se quedó en la cama hasta tarde, escuchando cómo Roberto se movía por la casa. Cuando entró en la cocina, ella ya estaba sentada con un café.
—¿No cocinas? —preguntó sorprendido.
—Hoy no —respondió tranquila—. Como siempre… pero hoy no.
Por primera vez en muchos años, la casa olió a calma en lugar de a fiesta. Roberto parpadeó, Alex llamó extrañado. Ella sonrió en silencio. A veces “como siempre” también puede cambiar. Y en ese cambio, por fin, había un poco de ella misma.







