— «¿Cómo has podido llegar a esto? Hija mía, ¿no te da vergüenza? Tienes manos y piernas sanas, ¿por qué no trabajas?» — le decían a la mendiga con su hijo

¿Pero cómo has podido llegar a esto? Hija, ¿no te da vergüenza? Si tienes manos y piernas sanas, ¿por qué no trabajas? le decían a la joven mendiga con el niño pequeño.

Pilar Rubio caminaba despacio, casi al ritmo de un vals, entre los estantes interminables del enorme supermercado El Corte Inglés de la calle Serrano. Miraba las estanterías llenas de envases coloridos; era ya una costumbre diaria, casi como si fuera a trabajar. No iba buscando llenar la cesta para una gran familiano la tenía; la verdad es que lo que Pilar buscaba en aquel lugar, cada tarde, era huir de la soledad de su piso con vistas a la Gran Vía.

Durante los meses templados del año encontraba consuelo sentada en un banco, charlando con las vecinas del barrio, pero en invierno no le quedaba otra más que refugiarse bajo el techo cálido y luminoso del supermercado recién inaugurado.

Allí siempre había gente, flotaba el olor a café recién molido y sonaba de fondo una música suave de los ochenta. Todos aquellos productos bien alineados y llenos de luz le recordaban a juguetes, y hasta le hacían esbozar una sonrisa.

Cogió un yogur de fresa, entornó los ojos para poder leer la etiquetala vista ya no era la de antesy lo dejó de nuevo en su sitio; esas cosas tan buenas están lejos de mi pensión, pensó, pero mirar era gratis.

Los productos le evocaban recuerdos: colas infinitas del pasado frente a tenderas que parecían leonas defendiendo la última barra de pan, el papel marrón en el que envolvían las compras y, sobre todo, los días en los que hacía magia para que a su hija no le faltara nada. Pensar en ella le atenazó el pecho y se detuvo un momento junto al congelador de pescado, apoyándose para tomar aire.

Recordó el rostro risueño de su niña, Carmen, esa melena rizada castaña, los ojos grises inmensos, con pecas juguetonas en la nariz y hoyuelos al sonreír.

Qué bonita eras, hija, suspiró Pilar.

Bajo la mirada de pocos amigos de la dependienta, fue al mostrador de pan y bollos. Carmen era lo único que le quedaba en la vida. La chiquilla salió lista. Cuando entendió que no encontraría la felicidad en un trabajo tradicional, decidió ser madre de alquiler. Pilar, como buena madre, le advirtió una y otra vez que por esa senda sólo encontraría desgracia.

Pero con veinte años ¿quién hace caso a una madre? Si tu padre viviera, otro gallo cantaría, se repetía Pilar, rabiosa, ¿cómo tuvieron esos infelices el valor de meterle esa idea en la cabeza a una cría?

Carmen solo se reía, acariciándose la tripa ya abultada, y Pilar, rota de dolor, pensaba: ¿cómo vas a entregar a tu propio hijo, después de llevarlo dentro nueve meses?

Carmen, sin embargo, lo tenía claro: Ya ni pienso que vaya a ser un niño, es solo un buen puñado de euros.

Después llegó el parto complicado, las prisas, y nadie fue capaz de salvar a Carmen. Tampoco pusieron mucho empeño. Tres días después de nacer su niña, Carmen murió.

A la bebé se la llevaron los padres que habían pagado, y, por supuesto, Pilar no vio ni un euro. A fin de cuentas, el trato era con la hija, no con ella.

Enterró a Carmen y se quedó sola, como si la hubieran lanzado a un pozo negro del que ya no quería salir. Era más sencillo así.

Esa tarde fue al pasillo del pan, cogió una barra pequeña y rebuscó en su monedero los céntimos justos para pasar por caja. Con eso cumplía el ritual diario y tenía excusa para volver a casa. Pagó el pan, guardó el cambio y se marchó hacia su piso.

A la joven mendiga la vio por primera vez al segundo día de apertura del supermercado, un mes atrás. Era imposible no fijarse: tan joven, tan quieta, sujetando al bebé con un cariño que dolía.

¿Cómo se puede llegar a esto?, pensó Pilar, acercándose otra vez a la muchacha conocida. Dejó unas monedas en el vaso de plástico y, muy bajito, le dijo: Hija, ¿no te da pena verte así? Eres joven, puedes encontrar trabajo.

La chica, con los ojos bajos, contestó: Gracias, señora, pero siga usted su camino. Tengo que juntar lo justo o me meterán en líos.

Pilar se mordió la lengua, prefirió no insistir ni juzgar. A nadie le importaba aquel caso, ni a la policía ni a los servicios sociales. En Madrid ya nadie se escandaliza por ver mendigos; los ignoran como si fueran parte del mobiliario urbano.

Mientras subía andando a casa, la figura de la joven se le aparecía en la memoria una y otra vez. Le resultaba extrañamente familiar su voz, la tristeza de aquellos ojos. ¿De qué la conoceré?, se preguntó.

Cerró la puerta, se quitó las botas bajas, encendió la lámpara y fue a prepararse la merienda: té caliente y dulce, con una rodaja de pan de centeno y jamón york.

Seguro que la pobrecita está muerta de hambre en ese frío, pensó. Miró por la ventana: vio algo que la sobresaltó. Dos tipos poco recomendables empujaban a la chica, casi arrancándole el bebé de los brazos, y la metían a empellones en una furgoneta.

Pilar dudó. Fue al teléfono, pero el miedo al ya solo puedo empeorarlo la paralizó. Suspiró. Se asomó. Todo estaba vacío ya a esas horas.

La noche fue un tormento. Soñó con Carmen, su niña, de pie junto a la puerta del supermercado, tiritando con su hija en brazos. Pilar corrió a abrazarla, pero Carmen le dijo: No tengo frío, mamá.

Pilar le quitó la manta a la niña para ver su carita, y lo que vio le heló la sangre: era una muñeca, pero con el colgante de la familia en el cuello.

Despertó, jadeando, y miró el reloj de la pared. ¡Ay, ya son las nueve!. Fue corriendo a la ventana. La joven mendiga estaba en el mismo sitio. Pilar suspiró con alivio y se santiguó.

Era Nochevieja. Hacía un frío seco que cortaba la cara. La chavala llevaba horas fuera. A este paso se nos congela antes del brindis, pensó la mujer.

Cogió pan, preparó unos bocadillos de jamón y vertió té dulce en un termo. Se abrigó y salió apresurada.

La chica, al verla acercarse, se cubrió el golpe del lado derecho de la cara con un pañuelo.

No te asustes, cielo, dijo Pilar, ofreciéndole la comida. No quiero que pases hambre.

La joven aceptó, tragó de prisa, casi sin masticar, pendiente del bebé y mirando todo el rato a Pilar. Cuando acabó, le confesó en voz baja:

Gracias, con esto al menos llegamos a las siete. Luego nos recogerán.

El resto del día, Pilar miraba y remiraba el termómetro de la ventana: cada vez hacía más frío.

A las cinco cogió un poco de caldo y fue al súper una vez más. Pasó junto a la chica, dejó el bote con la sopa y más monedas, le guiñó un ojo y entró en la tienda. Hoy sólo compraría chorizo y pepinillos, lo básico para el clásico ensaladilla rusa de Año Nuevo. Sabía que su mesa sería humilde, pero no pasaría hambre.

Al salir, la joven ya no estaba. Estará comiendo a resguardo, pensó Pilar, con media sonrisa.

Se puso a preparar la cena: cortaría queso, pondría el besugo en el horno, tal vez alguna vecina se acercara a felicitarle el año. Cerca de las diez, asomó de nuevo la cabeza por la ventana, solo para comprobar que todo estuviera en orden.

Pero vio, bajo la farola, a la chica. La joven sollozaba con los hombros temblorosos.

El reloj corría hacia la medianoche, y Pilar no aguantó más. Se echó un chal sobre los hombros y, con las zapatillas de casa, bajó a la carrera. Se sentó junto a la muchacha.

No tengo a dónde ir, murmuró la joven, desesperada.

En su mirada Pilar vio la última chispa de esperanza. La chica le alargó un atadillo con el bebé y soltó, casi en susurro: Por favor, cuídelo usted. Se alejó de espaldas hacia la avenida.

De repente Pilar lo comprendió todo, y salió tras ella, la alcanzó y la obligó a girar hacia el edificio de cinco plantas junto al supermercado.

¿Qué se te está pasando por la cabeza? ¡Vamos, ven conmigo!, le ordenó, y casi la arrastró hasta su portal.

Ya en la seguridad del piso, Pilar cogió al bebé y lo puso cerca del radiador.

¿Cómo te llamas?, quiso saber, pero se quedó a medias viendo el colgante que asomaba entre la ropa del niñoreconoció perfectamente aquel oso grabado.

La chica notó la mirada y explicó: No se preocupe. Es lo único que me queda de mi madre.

Pilar se dejó caer en la silla. Aquel colgante era inconfundible: era el regalo que le hizo a Carmen en su dieciséis cumpleaños, fundiendo una vieja joya familiar para hacer ese colgante, con gran sacrificio.

La joven dejó el abrigo y, muy educada, preguntó: ¿Podría ducharme?

Cuando Pilar asintió, ella fue al baño. Pilar se tomó una valeriana. No puede ser: ¿será que tengo aquí a mi nieta?, pensaba.

Después preparó la cama para el niño y sentó a la chica a la mesa.

Ana, dijo Pilar de repente.

¿Cómo sabe usted mi nombre?, contestó la joven, extrañada.

Lo habré oído, disimuló Pilar, sudando frío: ya no tenía dudas. Ese era el nombre que eligieron aquellos padres para la bebé de Carmen.

Ana, agradecida y hambrienta, empezó a contar su historia mientras devoraba la tortilla de patatas: hasta los cinco años vivió bien, incluso tuvo un poni. Pero sus padres se separaron, y su madre, con un esto es lo mejor para ti, la dejó en un orfanato.

Doce años estuvo prácticamente sola. A los dieciocho le dieron un piso social, pero, por engaño, acabó en una infravivienda a punto de derrumbarse. Allí conoció a Paco, el fontanero. Cuando se enteró de que Ana estaba embarazada, Paco se esfumó. El piso fue demolido y le dejaron estar allí un tiempo hasta dar a luz.

Pero la vivienda nueva ya tenía dueños ocupas. Incapaz de reclamar, Ana empezó a vagar por la ciudad, pidiendo limosna en la entrada del metro. Allí la captó uno de esos traficantes de mendigos y la llevó junto con su hijo a un sótano mugriento donde convivían docenas de personas en esa situación.

A Ana le costaba pedir; aún así, la obligaban a salir cada día, volviendo por la noche para entregar lo recaudado. Las presiones y amenazas crecían y, al final, la apartaron del grupo.

Ese día la habían dejado tirada a su suerte.

Gracias, de verdad. No sé cómo habríamos pasado la noche. Mañana por la mañana nos marcharemos, palabra. Sólo necesito dormir un poco.

Sin acabar la frase, Ana se dejó caer sobre el respaldo y se quedó dormida.

Pilar la despertó con suavidad, la llevó a la cama con el niño y, sentada sola en la mesa con la radio del presidente sonando, sonrió para sí misma. No iba a soltar a su nieta por nada del mundo. Se quedarán con ella. Ya les explicará quién es, les ayudará a salir adelante y criar al niño. Que por fin tenga un hogar de verdad.

Cuando sonaron las campanadas de la Puerta del Sol, Pilar se sirvió un poco de licor dulce y brindó. Se asomó una vez más a la ventana a ver nevar sobre los tejados madrileños, y pensó: Gracias, Señor, por esta alegría inesperada. Adiós a la soledad. Ya vuelvo a tener familia.

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Elena Gante
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