Chaqueta

Lo que más angustiaba a Rocío Perales eran las habladurías de la gente.

De algún modo, los vecinos se enteraron de que iba a traer de vuelta al pueblo a su hermano.

Esteban, el hermano de Rocío, había desaparecido hacía más de diez años, en circunstancias extrañas: se marchó a la ciudad para ganarse la vida y jamás regresó; con el tiempo lo dieron por desaparecido. Los años pasaron y la familia terminó perdiendo la esperanza de encontrarlo.

Y ahora, de pronto, una parienta lejana de Rocío, que vivía en la otra punta del país, llamó de madrugada.

—¿Rocío? ¿Eres tú? Ay, hija, tengo una noticia… pero no te me vayas a desmayar. ¡He encontrado a vuestro Esteban!

A Rocío se le nubló la vista. Despertó a su madre y le contó aquella noticia demoledora.

Toda la noche, las dos mujeres hicieron una cosa y luego la otra: lloraban, volvían a llamar a aquella pariente, Gloria, y le pedían una y otra vez que les contara más detalles.

—¡Sin papeles! —sollozaba Gloria al otro lado del teléfono—. Lo vi y me llamó la atención enseguida: pelirrojo, vistoso, con una barba enorme. Y pensé: “pero si es tan pelirrojo como nuestra Rocío”. Entonces se volvió… y casi me da algo.

…Hasta el amanecer, por supuesto, no pegaron ojo.

El desaparecido Esteban estaba ingresado en un hospital, en el otro extremo del país; había que comprar billetes cuanto antes e ir a recogerlo.

Lo único que Gloria había callado era que Esteban no estaba en un centro médico cualquiera.

Sino en una residencia psiquiátrica.

-1-

El director médico se alegró mucho cuando Rocío llegó:

—No se preocupe usted, Esteban aquí se porta bien. Es tranquilo, callado; jamás ha dado problemas ni se ha puesto violento. Lo encontraron hace un año, a unos cien kilómetros de la ciudad. Estaba inconsciente junto a la carretera, debajo de un puente. No llevaba ningún documento.

Cuando volvió en sí, no recordaba nada, salvo su propio nombre. Le tenía miedo a todo el mundo, no quería hablar con nadie, y por eso lo trajeron aquí. No es peligroso para la sociedad. Es buen muchacho, siempre intenta ayudar a los celadores, a los enfermeros, a los pacientes. Es amable. Ahora lo más importante es que tome su medicación sin falta, y poco a poco todo se irá encauzando.

Sacaron a Esteban para que viera a Rocío. Él avanzó encogido, pegándose a la pared, y Rocío estuvo a punto de desmayarse.

«Cómo ha envejecido…», le cruzó por la cabeza.

En sus recuerdos, su hermano seguía siendo un muchacho joven, espigado, con una chispa pícara en la mirada.

Pero ahora la observaba un hombre cansado, de mediana edad.

—Soy Rocío. Tu hermana.

—¿Rocío? —preguntó Esteban, mirándola con desconfianza.

—Rocío. Tu Rociíto.

Esteban guardó silencio.

—Es una pena que no la recuerde —explicó el médico—. Pero yo creo que la memoria irá regresando poco a poco.


El personal del centro se mostró comprensivo con la situación.

Resultó que el director, las enfermeras e incluso los celadores se habían encariñado con Esteban por su carácter dócil y afable.

La que más se desvivió fue una auxiliar llamada Clotilde. Le llevó ropa y zapatos que habían sido de su difunto marido, y le metió en las manos una bolsa con camisas limpias y calcetines nuevos.

Así fue como Esteban regresó a la vida de Rocío.

Tenía un aire desorientado y extraño; respondía a las preguntas con un leve retraso.

Tartamudeaba y evitaba acercarse a Rocío. Pero aun así era su hermano. Su hermano de sangre.


Al volver del viaje, Rocío pasó largo rato intentando tranquilizar a su madre, que se había colgado del cuello de Esteban.

La anciana lloraba otra vez y no se separaba de su hijo ni un segundo.

Los hijos de Rocío, los adolescentes Iván y Elena, observaban al “tío” desde las esquinas, todavía cohibidos, sin atreverse a acercarse.

Le prepararon a Esteban una cama en el salón, sobre un sofá desplegable.

La casa en la que vivía Rocío con sus hijos pertenecía a su madre.

La mujer ya era muy mayor, le costaba ocuparse de las tareas de la casa y, además, en su día la desaparición de Esteban la había dejado destrozada. Por eso Rocío se había quedado a vivir con ella.

También es cierto que su matrimonio no había salido bien y terminó en divorcio.

-2-

La primera en presentarse en casa de Rocío fue Juana Torres, una viuda de cuarenta y cinco años.

—Dámelo a mí, a Esteban —soltó sin el menor pudor—. No dejes que se eche a perder. Si no, se os va a quedar aquí de solterón, pegado a su madre. Conmigo tendría familia. Yo tengo una casa grande, animales, tierras… una mano de hombre nunca sobra.

Rocío se quedó pensativa, mirando a la paisana.

Sabía bien que Juana era de “casquillos ligeros”.

Si aparecía por el pueblo un hombre forastero, allí estaba ella: iba a presentarse enseguida y lo miraba con una avidez que daba miedo.

Y aunque era guapa y tenía bienes, jamás sería una esposa ejemplar.

(Una mujer pendenciera y voluble no trae paz a ningún hogar).

—¿Qué dices, Juana? Esteban no está para líos ni amoríos. Aún no se ha recuperado del todo.

—¿De qué no se ha recuperado? —preguntó Juana, sorprendida.

Hay que decir que Rocío no le había contado a nadie que tuvo que ir a recoger a su hermano a un centro con un nombre tan vergonzoso.

Como la gente se enterara de que Esteban había estado en una institución psiquiátrica, no habría fin para los rumores. Y luego todos empezarían a apartarse de él como si fuera un apestado.

Claro que, con el tiempo, la verdad acabaría saliendo. Pero Rocío retrasaba ese momento todo lo que podía.

—Ha pasado por un trauma —mintió—. Una conmoción. Tiene lagunas de memoria. A mamá, por ejemplo, la reconoce, pero a mí no. Dice que no puedo ser yo, que su hermana era una niña pequeña.

—¿Y se le ha trastornado la cabeza? —frunció el ceño Juana.

—No, no, qué va —se apresuró a decir Rocío, agitando las manos—. Acaba de salir del hospital. Dale un poco de tiempo. No vengas todavía a rondarlo. Cuando se recupere, yo te aviso.

—Más te vale no engañarme —refunfuñó Juana. Pero pareció ponerse en guardia y se marchó sin insistir en llamar la atención de Esteban.


Y Esteban no dejaba de desconcertar a Rocío.

—Mamá, habla con las hormigas —le susurró un día su hija—. Ha encontrado un hormiguero detrás del huerto y ahora se pasa horas y horas sentado allí, mirándolo.

—Ay, Virgen… —se asustó Rocío—. En cuanto anochezca, llévame hasta ese hormiguero. Lo voy a empapar con agua. Así no volverá a quedarse allí.

O le daba por meterse debajo del porche viejo y alto de la casa, y se tumbaba allí sin moverse, como un perro encadenado.

Se aislaba del mundo.

—Estebita, ¿qué haces ahí debajo? —le susurraba Rocío—. Anda, sal.

—No, tía —respondía él—. Aquí estoy bien. Corre fresco, me sube fuerza de la tierra y me lleno de ella. Además, es un sitio escondido. No como dentro de la casa, donde todo está apretado, hace calor y los niños van de un lado a otro.

Pero comer sí que le gustaba. Tenía un apetito formidable y se tragaba todo lo que le pusieran delante.

—Mamá, ¿qué son esas pastillas que le echas siempre a la comida del tío? —le preguntó un día su hijo.

—Se las mandó el médico —respondió Rocío—. Está en tratamiento.

—¿Y qué llevan esas pastillas?

—¿Y yo qué sé? No soy médica.

-3-

Se terminaron las pastillas, pero el psiquiatra del ambulatorio comarcal, un hombre joven y sonriente llamado Iván Márquez, decidió no renovar la receta.

—Yo veo que Esteban está consciente, centrado, tranquilo… Vamos a probar una pausa en la medicación —dijo—. Además, su enfermedad no parece endógena, sino consecuencia de un hecho traumático.

—Sí —asintió Rocío—. Lo encontraron bajo un puente, junto a la carretera, sin memoria. Eso fue lo que contaron los que lo hallaron.

—En cualquier caso, vamos a observarlo —prosiguió el médico—. Si nota cualquier cambio en su conducta, me llama enseguida y vendré a la hora que sea. Con celadores, si hace falta.

Rocío salió del consultorio contenta, llevando a su hermano del brazo. Había una posibilidad de que Esteban regresara pronto a una vida normal.

—Ay, Rocío, hija, ¿qué se os ha perdido por aquí? —oyó entonces a su espalda una voz desagradable y estridente.

Se volvió y vio en el pasillo del centro de salud a Juana Torres, escrutándolos con tensión.

—Teníamos cita —respondió Rocío, confundida.

—¿Con el psiquiatra? ¿Estáis pasando un reconocimiento, o qué? ¿Es que Esteban va a entrar a trabajar en algún sitio?

—No, qué reconocimiento ni qué nada… —balbuceó Rocío.

Juana apartó a Rocío unos pasos y, pegándose a su oído, preguntó:

—¿Tu hermano tiene algo en la cabeza?

—¿Por qué lo dices? —se tensó Rocío.

—Porque lo veo raro. Apenas sale, evita a la gente.

—¿A ti te evita? Ya me han contado que lo andabas acosando.

—Y aunque así fuera, ¿qué? Yo soy una mujer de sangre caliente y no lo escondo. Pero él hasta teme que lo rocen. Se comporta como un animalito apaleado.

Rocío agarró a su hermano de la mano y se lo llevó.

Y poco después empezaron los rumores.

Los vecinos se pusieron a hacer preguntas incómodas:

—¿Qué le pasa a Esteban? Desde que llegó no sale de casa. No trabaja. Dicen que está fichado por el psiquiatra, ¿es verdad?

Rocío se enfurecía y, al mismo tiempo, se consumía de vergüenza.

Por más que intentó ocultar la verdad, al final esta acabó saliendo a flote.


Aquel junio fue sofocante, y Esteban, como de costumbre, se escondía bajo el porche.

Solo que ahora aquel espacio había cambiado: Esteban había clavado unas tablas para hacer una puertecita, había colocado un suelo con viejos tablones y había extendido un colchón de lana encima.

En su comportamiento empezaban a notarse señales de mejoría.

Se ocultaba menos. Pasaba más tiempo lavándose, afeitándose por las mañanas y observando su propio reflejo.

Y un día pidió una americana.

—¿No habrá por ahí alguna chaqueta elegante? Una americana… algo así.

Rocío se sorprendió:

—¿Y para qué la quieres?

—Me apetece ir un poco más arreglado.

Rocío suspiró y miró a su madre.

La anciana se levantó enseguida, fue al armario y sacó unos billetes.

—Tendrás tu chaqueta, hijo. Rocío, mañana mismo llévatelo a la ciudad y le compras una americana como la que le guste a mi Estebita.

A Rocío le dieron ganas de replicar y de guardarse el dinero; en aquella casa siempre faltaba para lo necesario. Sin embargo, al ver cómo se le iluminaba el rostro a su hermano, cedió.

—Está bien. Iremos.


Esteban escogió una chaqueta cara, con coderas en las mangas. Cuando se la puso, parecía otra persona; incluso adquirió un aire distinguido.

Ya en casa, la madre no se cansaba de pedirle:

—Estebita, ponte la americana, déjame verte. Qué guapo estás con ella. Ojalá encontráramos una novia que te hiciera justicia.

Esteban meditó en silencio sobre esas palabras. Y a la mañana siguiente desapareció.

No estaba ni bajo el porche, ni en el patio, ni por los alrededores.

Se había fugado, llevándose además lo que quedaba del dinero de su madre, guardado en la vitrina.

-4-

Esteban reapareció una semana después. Llegó sombrío, con varias bolsas en las manos, y a su lado caminaba una mujer desconocida.

Entraron en el patio bajo la mirada fulminante de Rocío.

Esteban se disculpó:

—Perdóname por haber cogido el dinero. Lo necesitaba para el viaje. Lo devolveré todo.

—¿Y adónde fuiste? ¿Y quién es ella? ¿Te das cuenta de lo que has hecho pasar a mamá, desgraciado? ¡Casi le da un infarto!

Rocío rompió a llorar y se aferró a su hermano.

—Si piensas seguir torturando a mamá, mejor te vas ahora mismo. No te dejaré volver a hundirla. ¡No permitiré que la mates en vida!

Esteban frunció el ceño y dijo en voz baja:

—Tranquilízate, hermana. Ya no me iré a ninguna parte. Fui, traje lo que buscaba. Solo te pido una cosa: no le hagas daño a Nina.


Nina, así se llamaba la enamorada de Esteban, actuó con mucha prudencia: no le llevaba la contraria a Rocío y ayudaba en la casa sin que se lo pidieran dos veces.

Esteban la presentó ante su madre como a su futura esposa. La anciana abrazó a la invitada y le besó la frente.

—Bienvenida, hija.

Rocío les preparó la cama en su propio dormitorio y ella se mudó a la habitación de la madre.

Pero luego resultó que Esteban dormía aparte de su prometida, tendido en el suelo.

A la mañana siguiente de llegar, Nina se arregló para salir: se puso un traje de chaqueta con falda, unos zapatos de tacón y un aspecto impecable.

—¿Adónde va usted tan arreglada, Nina?

—Quiero buscar trabajo. Esteban me dijo que aquí en el pueblo hay colegio.

—¿Es usted maestra?

—Sí.

Más tarde, Rocío se enteró de que Nina era profesora de Literatura, Lengua y Francés. Esto último la dejó perpleja.

—¿Así que sabe francés? —preguntó durante la comida, casi sin voz.

—Y no solo eso —sonrió Esteban—. También habla muy bien inglés.

A Rocío se le cayó la cara de vergüenza. Ella, que había estado reprendiéndola por nimiedades: que si había tirado el cubo de agua en mal sitio, que si había echado el pan duro al contenedor equivocado… Y resulta que aquella mujer estaba muy por encima de ella en educación y mundo.


Poco a poco, las cosas empezaron a componerse.

Nina consiguió que Esteban entrara a trabajar en el colegio del pueblo. Eso sí, como fogonero y encargado de la caldera; no era gran cosa, pero ella, en cambio, ascendió muy deprisa y terminó siendo jefa de estudios.

El colegio le proporcionó a Nina una vivienda, una casita pequeña.

Y por el pueblo empezaron a correr nuevos rumores: Esteban la ayudaba a instalarse, pero no se mudaba con ella.

—Entonces, ¿qué es para ti esa mujer? —gruñía Rocío—. Es de otra categoría. Dicen que ya la rondan tres hombres a la vez: el guardia municipal, que se divorció por ella; el director del colegio; y el dueño de la tienda.

Esteban solo sonreía.

—Que la ronden si quieren. Nina ya tomó su decisión cuando se vino conmigo.

—Entonces, ¿por qué no os casáis de una vez?

—¿Acaso el amor necesita un sello y una firma?

Rocío empezó a impacientarse.

—¿Y de dónde ha salido? ¿Quiénes son sus padres? Será buena mujer, no digo que no, pero a su edad ya debería haber estado casada hace tiempo.

—Ya lo estaba, Rocío. Yo me la traje de casa de su marido.

—¿Y no será por eso por lo que te quedaste sin memoria?

—No. Por favor, no te metas en lo nuestro. Déjanos decidir por nosotros mismos cómo queremos vivir.


Un domingo por la mañana, Nina apareció temprano en la casa.

—Rocío, ¿hace falta que eche una mano en algo? ¿En la casa, en el patio, con lo que sea? —preguntó.

Rocío, que estaba tendiendo la ropa, masculló:

—¿Qué pasa, que vivimos entre porquería? La casa está limpia, la comida hecha… Iba a ponerme a hacer tortitas.

—Entonces sacaré a pasear a mamá —respondió Nina con calma, y entró en la vivienda.

—Mira la señorita fina… —siseó Rocío. Pero, aun así, dejó lo que estaba haciendo y fue tras ella.

No se fiaba de aquella Nina. A saber qué se proponía. Por su culpa, según pensaba Rocío, Esteban había estado a punto de echarse a perder del todo.

Y dentro de la casa ocurría algo inesperado.

Nina abrió una bolsa grande que había traído y empezó a sacar paquetes.

—Esto es para usted, mamá: un mantón bueno, de lana fina. Y esto para Elena e Iván: un portátil y un teléfono. Agua de colonia para Rocío. Francesa. Espero que le guste.

Los hijos de Rocío se abalanzaron enseguida sobre los regalos.

Rocío se quedó indecisa en la puerta.

—¿Te han pagado ya el sueldo? —preguntó—. Son regalos muy caros.

—No me duele gastarlo en vosotros. Total, yo vivo sola y no tengo en qué gastar.

Rocío se acercó, destapó el perfume y aspiró en silencio aquel aroma delicado.

«Jamás he tenido una cosa así», pensó.

—Vamos a salir a pasear con mamá —dijo Nina—. Quiero llevar también a Elena y a Iván. Y a ti… Dicen que ha llegado una feria al pueblo. ¿No te apetece?

Rocío lanzó una mirada insegura hacia la cocina.

—Y cuando volvamos, te ayudaré a hacer las tortitas. Entre las dos, terminamos en un momento.

Rocío aceptó. Se cambió deprisa y, al cabo de unos minutos, ya iba caminando por la calle junto a la que pronto sería su cuñada.

Después de la vuelta, hicieron las tortitas juntas. Para la noche, Rocío ya se había ablandado del todo y hasta le propuso a Nina “tomar algo”.

Compraron una botella de vino tinto y se fueron a la casa de Nina.

Y allí Nina le contó toda su historia.

-5-

—Mi madre era directora de una sucursal bancaria. Mi padre, un director de orquesta retirado. Mi abuela paterna había sido una artista premiada y de mucho nombre. Fue ella quien insistió en que yo estudiara música.

Pasaba los días enteros pegada al piano. Pero nunca llegué muy alto. Cuando tenía diecisiete años, mi abuela y mi padre me llevaron a ver a un profesor de música. Me escuchó tocar y dijo que yo “llegaría lejos”, pero que hacía falta trabajar a fondo. Con él.

Todo quedó decidido sin preguntarme. Durante un año entero fui dócilmente a sus clases. Mi padre me llevaba casi cada tarde a casa de aquel hombre.

Mientras yo tocaba una pieza tras otra, él bebía, sirviéndose copas. Yo me fui acostumbrando a aquello. Pero después de un año, justo después de mi cumpleaños, empezó a propasarse.

“Por fin has crecido”, me dijo. Y me metió la mano bajo la falda. Yo me asusté y corrí a contárselo a mi padre. Él fue a hablar con el profesor. Y lo que hizo fue “arreglarlo” a su manera: en lugar de salvarme, me casó con aquel pervertido.

Mi abuela y mi madre me repetían que era lo mejor para mi “brillante futuro”.

Y que aquel hombre, Jean Vicente, era un partido excelente. Nadie quiso escuchar mis protestas. No te lo vas a creer, pero me encerraron en mi habitación y no me dejaron salir hasta que llegó la hora de ir al juzgado. Así me convertí en la esposa de Jean. Como dote me entregaron el piso de mi abuela.

Al principio, Jean estaba encantado. Me confesó que se enamoró de mí en cuanto me vio, y que por eso le contó a mi familia que yo tenía futuro como pianista.

Pero luego vendió el piano, para que yo no volviera a tocar. Me dijo claramente que mi música no valía tanto y que jamás sería una estrella.


Rocío escuchaba sin atreverse siquiera a respirar. Se secó una lágrima.

—Pero ¿cómo pudieron casarte tan joven, por una supuesta carrera?

Nina se encogió de hombros con tristeza.

—Mi padre decía que así estaría mejor protegida. Jean era rico, conocido. Prefería tenerlo a él como yerno que a cualquier “niñato sin apellido”.

Nuestra vida matrimonial no salió bien. Yo me pasaba el tiempo sola en casa, mientras mi marido iba de visita en visita, de juerga en juerga.

Para no volverme loca de aburrimiento, decidí estudiar una carrera. Ya que la música no había funcionado, quise formarme y trabajar.

Jean gruñía diciendo que “no hacía falta perder años con tonterías”. A él yo le servía tal como era: una chica ingenua de familia acomodada. Entendió enseguida que podía vivir sin trabajar y dedicarse a sacar dinero a mi familia.

Con el tiempo terminé mis estudios y empecé a trabajar. El trabajo se convirtió en mi salvación.

Yo quería tener hijos. Pero no con él. Y Jean, por su parte, no quería hijos.

Luego empezaron los problemas. Mi marido se arruinó jugando a las cartas y vendió la casa donde vivíamos. Nos mudamos al piso que me había regalado mi abuela por la boda. Para entonces, ella ya había muerto.

Después de su muerte, la familia de mis padres se vino abajo. Mi madre se fue con su amante, con el que llevaba años viéndose a escondidas.

A nadie le importó ya mi vida. Como yo no me había convertido en una pianista famosa, todos me dieron de lado.

En el piso hacía falta una reforma. Mi marido seguía derrochando dinero y acostándose con otras. Yo contraté a una pequeña cuadrilla de albañiles para que alicataran el baño.

Mandaron a Esteban con otro obrero. El compañero apenas hablaba español, pero sabía trabajar. Esteban se me acercó, me pidió unas cosas, otras más, y me observó con atención…

A veces basta media frase para abrirle el alma incluso a un desconocido. Esteban confió en mí y me pidió ayuda.

—¿Ayuda? —preguntó Rocío con la voz quebrada—. Dios mío… ¿qué clase de ayuda?

—Me pidió que lo escondiera. No quería volver con la cuadrilla. Yo no hice preguntas; simplemente le ayudé como pude. Se puso un abrigo largo mío, un pañuelo en la cabeza y unas gafas de sol. Salimos del edificio, tomé un taxi y lo acompañé hasta la estación de autobuses. Por el camino me contó que lo retenían en la cuadrilla unos hombres que lo obligaban a trabajar. No podía huir: no tenía pasaporte ni dinero.

Los ojos de Rocío se llenaron de lágrimas.

—Así que eso fue lo que le pasó… Y nosotros lo dimos por perdido. Se fue lejos, a buscar trabajo, y desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra…

Nina abrazó a Rocío.

—Le di todo el dinero que llevaba encima en aquel momento. Esteban prometió llegar al primer pueblo grande y desde allí intentar volver a casa como pudiera, haciendo autostop o buscando algún transporte. Pero, según me contó después, cayó en manos de gente sin escrúpulos. Lo robaron, lo golpearon y lo dejaron tirado bajo un puente.

Y yo… cuando regresé al piso, comprendí que también yo tendría que haber huido de mi marido.

—¿Y por qué no huiste? —preguntó Rocío con dolor. Aquella historia la había conmovido profundamente.

Nina respondió, desconcertada:

—Ni yo misma lo entiendo.

Ya era una mujer adulta, independiente, con trabajo y con un techo propio. ¿Qué me impedía divorciarme? Me lo impedían las ideas que me habían metido en la cabeza mi familia y mi marido. Eran cadenas psicológicas.

No sabía adónde ir. Me sentía terriblemente sola, como si no le importara a nadie. No sé cuánto tiempo más habría seguido viviendo con aquel borracho y mujeriego. Al final, llegó a beberse hasta mi piso.

—Pero eso no puede ser —se sorprendió Rocío—. ¿Cómo que “se bebió” tu piso? Si era tuyo.

—Era mío, sí, pero legalmente lo consideraron bien ganancial.

Nos mudamos de alquiler. Jean ya no tenía ni un céntimo, y empezó a exigirme dinero. Luego pasó a golpearme.

Yo seguía sin poder dejarlo. Mis sentimientos estaban congelados. Vivía como a la deriva, como un bloque de hielo arrastrado por la corriente. No tenía fuerzas para cambiar mi vida.

—¿Y cómo te encontró Esteban? ¿Fue a buscarte?

Al escuchar la pregunta, Nina pareció revivir. Sonrió, se secó las lágrimas, incluso sus manos entraron en calor y le subió color a las mejillas.

—Me llevé una sorpresa enorme cuando Esteban me encontró. Resulta que fue a mi antiguo piso y ya vivía allí otra gente. Así que se sentó en un banco delante del portal y se quedó allí durante días, bajo la lluvia, hasta que uno de mis antiguos vecinos se apiadó de él.

Cuando abrí la puerta, Esteban y yo nos quedamos mucho rato mirándonos.

Me confesó que no había podido olvidar mis ojos. Decía que estaban tan acorralados y perdidos como los suyos. Por eso decidió que tenía que “rescatarme”.

Mientras yo hacía la maleta, salió Jean y ellos dos estuvieron hablando, o discutiendo, durante bastante tiempo, hasta que Esteban le arrancó el derecho de llevarme consigo.

La verdad es que yo no sabía qué me esperaba. Viajaba hacia lo desconocido, sin plan alguno. Pero me daba igual.

Rocío se echó a llorar, apoyando la cara sobre la mesa.

—Pobrecito mi hermano… Cuánto ha sufrido todos estos años. Y tú tampoco has conocido la felicidad… Decidme, ¿cómo puedo ayudaros, vida mía, cómo?

Epílogo

La boda fue modesta y tranquila; no invitaron a nadie.

Antes de eso, Nina tuvo que luchar para conseguir el divorcio de su primer marido.

Rocío cambió por completo la opinión que tenía de su cuñada, y terminó queriéndola como a una hermana.

Y Nina, por fin, encontró el calor de un hogar, una familia y la felicidad como mujer.

También Esteban fue feliz.

-fin-

Оцените статью
Lisa Weta
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

Chaqueta
¡No me quieres!