La madre murió a finales de noviembre, cuando la tierra ya estaba dura por las primeras heladas.
Pablo estaba de pie junto a la tumba, mirando el hueco negro, sin poder creer que su madre ya no estaba. Aquellas manos que siempre olían a empanada casera y hierbabuena no volverían a abrazarlo nunca más. Recordó cómo, cuando era niño, ella lo llevaba a bañarse, le frotaba la espalda y le decía con ternura:
—Hijo, sé fuerte. Tú eres un hombre.
¿Un hombre? En el entierro había llorado como un niño pequeño y se avergonzaba de sus lágrimas. Sus hermanos estaban a su lado con el rostro inmóvil, como si la pena se les hubiera quedado petrificada por dentro. Solo su hermana Olga lloraba a voz en grito, hasta que la vecina, doña Paca, la apartó con suavidad y le dio unas gotas de valeriana.
Doña Paca…
No era familia, solo vivía al otro lado de la cerca. Pero con la madre de Pablo la unían más de cincuenta años de amistad.
Cuando la madre enfermó y ya no pudo levantarse de la cama, doña Paca entraba cada mañana a la casa: le acomodaba la almohada, le daba de comer con una cuchara, le leía en voz alta periódicos viejos y revistas gastadas.
Pablo, por entonces, iba una vez a la semana.
Luis iba una vez al mes.
Martín llamaba algunas veces, pero casi siempre se escudaba en el mismo argumento:
—Estoy liado. Mándame la factura y yo hago una transferencia.
En cambio, doña Paca estaba allí. Todos los días. La lavaba, la giraba de lado, le cambiaba las sábanas y le susurraba al oído:
—No te vengas abajo, mujer. Ya saldremos de esta. Tú aguanta.
Pero la madre se fue apagando durante tres años, hasta que al final se rindió. Y doña Paca se quedó sola.
Una semana después del entierro, los hermanos y la hermana se reunieron en la vieja casa familiar.
No había luz.
Pablo encontró unas velas en uno de los cajones de su madre y las colocó en la mesa. La llama temblaba y lanzaba sombras largas sobre las paredes, donde seguían colgadas las fotografías de siempre: su madre de joven, con el vestido de novia; su padre con una trucha enorme entre las manos; ellos cuatro, de niños, en la puerta de la casa: Pablo con un gorro de tela, Luis sosteniendo una honda.
—Hay que vender la casa —dijo Luis, sin mirar a nadie.
Estaba sentado en el banco de madera, encorvado, dándole vueltas a una taza vacía entre las manos.
Tenía cincuenta y dos años, pero parecía mucho mayor: arrugas profundas, el pelo canoso, la mirada apagada.
La vida lo había dejado maltrecho: dos exmujeres, pensiones, trabajo de conductor para una empresa de obras, deudas por todas partes.
—Estoy harto de todo. Necesito dinero.
—¿Y cuánto pueden dar por ella? —preguntó Martín.
A diferencia de Luis, iba bien vestido, con camisa, americana y corbata. De él salía el olor de una colonia cara. Trabajaba como gerente en un concesionario, tenía un coche nuevo y un piso en la capital de provincia. Pero sus ojos también estaban cansados: hipoteca, préstamo del coche, una esposa que le reprochaba todo a diario.
—Ya lo he mirado —dijo Martín, sacando el móvil—. Casas como esta, con terreno, se están vendiendo por unos cuatrocientos mil. Si entra una inmobiliaria, al final nos quedarán limpios unos trescientos cincuenta.
—¿Cuatrocientos? —Luis se enderezó de golpe, como si le hubieran dado cuerda—. Cien mil para cada uno. No está mal…
—No son cien —corrigió Olga desde el rincón, envuelta en un chal grueso. Tenía la nariz roja, no se sabía si por el resfriado o por tanto llorar—. Somos cuatro. Tocamos a menos.
—Olga, deja ya de contar céntimos —murmuró Luis con fastidio—. Ochenta, cien, qué más da. Yo firmaba ahora mismo aunque fueran cincuenta. Necesito arreglarme la boca.
Pablo no decía nada. Miraba la llama de la vela y la cera derretida que iba cayendo despacio sobre el candelero.
Solo pensaba en una persona: doña Paca.
—Pablito, ¿por qué no hablas? —preguntó Olga—. Di algo.
—¿Y qué quieres que diga? —levantó la vista—. Vendemos la casa… ¿y doña Paca qué?
—¿Y qué tiene que ver doña Paca? —Luis encogió un hombro—. No entiendo.
—Tiene que ver mucho. Vive al lado. Si la casa cae en manos de desconocidos, la van a acabar echando de allí. Harán una reforma, levantarán un muro, o querrán quedarse con parte del terreno. Tiene setenta y cinco años y está sola.
—Pablo —dijo Luis, bajando la voz con ese tono seco que usaba para sentenciar las cosas—, no podemos salvar a todo el pueblo. Esta casa es nuestra. Y la vamos a vender. Doña Paca tiene su casa.
—¿Qué casa? —dijo Olga en voz baja—. ¿No la has visto? Se cae a pedazos. El tejado pierde agua, la estufa echa humo, en invierno duerme con guantes.
—¿Y eso qué culpa tengo yo? —Luis golpeó la taza contra la mesa. La porcelana saltó y tintineó—. Claro que me da pena doña Paca, pero más pena me doy yo. ¿Sabéis cómo vivo? Me dejo la espalda cargando material, cobro una miseria, pago pensiones, no puedo ni comer bien. Solo mastico de un lado porque no tengo dientes del otro. Y aquí estamos, hablando de doña Paca.
Se quedó callado, respirando con rabia.
En la cocina se hizo un silencio denso. Desde la habitación del fondo se oía a doña Paca moverse despacio, arrastrando las zapatillas, colocando tazas, abriendo un armario. Sabía que habían llegado. Esperaba a que la llamaran. Seguramente había horneado una coca o preparado rosquillas. Siempre hacía algo cuando alguno de ellos volvía al pueblo.
—Luis —dijo Pablo al fin—. Yo te entiendo. Entiendo lo de los dientes. Pero mírame.
Luis levantó la cara.
—Tengo tres hijos —continuó Pablo—. Vivo de alquiler en un piso pequeño, también debo dinero, también me ahoga todo. Pero no puedo echar a doña Paca. No puedo. Porque no es una extraña. Ella cuidó de mamá cuando nosotros veníamos una vez al mes y nos marchábamos diciendo que teníamos trabajo. Ella estuvo aquí cuando ninguno quiso de verdad estar. Y ahora, ¿la vamos a dejar tirada en el frío?
—¿Y qué propones? —preguntó Martín, dejando el móvil sobre la mesa—. ¿No vender? ¿Y entonces qué hacemos con la casa? Ninguno vive aquí.
—Yo vendré —respondió Pablo—. Iré arreglándola poco a poco. Doña Paca se quedará pendiente de la casa, como hasta ahora. En verano traeré a los niños. Pasaremos aquí temporadas. El pueblo nos hará bien.
—¿Y mi dentista? —preguntó Luis, ya sin rabia, solo con cansancio—. ¿Me lo pagas tú?
Pablo miró a su hermano. Tenía la boca hundida, varios huecos oscuros, una forma de hablar entre dientes que delataba vergüenza.
—Te ayudaré —dijo—. No de golpe, pero te ayudaré. Lo que pueda. Pero no vendamos la casa.
—¿Con qué? —soltó Luis con una mueca amarga—. Si estás igual de tieso que yo.
—Ya me buscaré la vida.
Otra vez cayó el silencio.
Olga empezó a llorar en silencio, secándose las lágrimas con la punta del chal. Martín se quedó un largo rato mirando al techo ennegrecido, como si calculara algo por dentro. Después habló:
—Yo ayudaré también. No podré poner dinero en mano ahora mismo, pero sí materiales. Tengo un cliente del sector de la construcción; seguro que me consigue ventanas, yeso, pintura, lo que haga falta. Y si hay que rehacer el tejado, me encargo de esa parte.
—Yo vendré los fines de semana —dijo Olga—. Cocinaré, limpiaré, lo que haga falta. Mi marido puede acercarme en coche los sábados.
Todos miraron a Luis.
Estaba sentado con la cabeza gacha, en silencio. Pablo vio cómo le temblaba la nuez de la garganta. El hermano quería gritar. Quería mandar todo al diablo. Quería levantarse y largarse dando un portazo.
Pero no hizo nada de eso.
Solo preguntó en voz baja:
—¿Doña Paca sabe algo?
—No —contestó Pablo.
—Entonces llámala. Se lo decimos ahora —Luis se puso en pie y buscó en el bolsillo un paquete de tabaco—. Pero os digo una cosa: si dentro de un año no habéis hecho nada, yo mismo buscaré comprador. Os lo juro.
La llamaron.
Doña Paca entró despacio, limpiándose las manos en el delantal. Cuando entendió lo que le estaban diciendo, se quedó inmóvil, como si no lo creyera.
—¿De verdad? —preguntó con la voz temblorosa.
—De verdad —asintió Pablo—. Arreglaremos lo que haga falta. Usted solo siga cuidando la casa como hasta ahora.
—¿Y vosotros? —preguntó ella—. ¿Vendréis?
—Claro que sí. En verano, con los niños.
Doña Paca se quedó callada un buen rato. Luego se sentó en un taburete y se tapó la cara con las manos. Los hombros le temblaban.
Pablo la abrazó. Era menuda, ligera, olía a hierbabuena, a ropa limpia y a vejez. Y sintió que ella se apoyaba en él como se apoya una madre en un hijo.
—Ay, qué locos sois —dijo entre lágrimas—. La casa es vieja. El dinero os hace falta. Yo habría tirado como fuera.
—No —dijo Luis con voz ronca desde la puerta, mirando al suelo—. A los nuestros no se les deja solos.
—A los nuestros… —repitió doña Paca.
Y sonrió por primera vez en mucho tiempo.
Un mes después, Pablo volvió al pueblo con herramientas. Empezó por el tejado: quitó las tejas rotas, colocó tela asfáltica, cambió maderos podridos. Luis apareció con sacos de cemento y se puso a ayudarle a rehacer la acera exterior. Martín envió ventanas nuevas, blancas y bien aisladas. Olga llegaba los sábados con lejía, escobas, pintura y comida caliente.
Poco a poco, la casa volvió a respirar.
Cuando llegó el verano, ya no entraba agua por el techo, por las ventanas no se colaba el aire helado y la estufa, que un albañil había rehecho, calentaba desde el amanecer. Doña Paca se instaló en la habitación de la madre, la más luminosa, con vistas al huerto. Pintaron las paredes de azul claro, porque era el color preferido de ella.
En julio llegaron todos con los niños. Pablo trajo a sus tres hijos. Olga vino con sus nietos. Martín apareció con sus dos adolescentes. Luis llegó solo, pero cargado de bolsas: chocolatinas para los críos, un pañuelo de lana para doña Paca, café bueno y galletas.
Se sentaron en el porche, con una tetera en medio, pan casero y un plato de rosquillas. Los niños corrían por el patio, gritando y riendo. Doña Paca acariciaba al gato, entornaba los ojos por el sol y sonreía como si por fin hubiera dejado de esperar algo.
—A vuestra madre le habría gustado ver esto —dijo.
—Lo está viendo —respondió Pablo—. Desde donde esté.
Luis estaba sentado en el escalón de abajo, fumando y mirando al cielo. Después se quitó el cigarro de la boca y dijo:
—¿Sabes una cosa, Pablo? Al final no me arreglé la boca.
—¿Cómo que no? —se sorprendió Pablo—. Pero si te di una parte del dinero.
—Lo gasté en el tratamiento del chaval —dijo él—. Pensé: los dientes pueden esperar. Sin dientes se vive. Sin un hijo, no.
Pablo no dijo nada.
Miró a su hermano: el mismo pelo revuelto que de niño, la misma terquedad de siempre, el mismo corazón que parecía duro hasta que uno lo tocaba de verdad.
—Eres un fenómeno —dijo al fin—. Aunque sigas siendo un cabeza dura.
—Y tú otro —respondió Luis.
Y sonrió. Con la boca incompleta, sí, pero con una sinceridad que hacía años no se le veía.
Doña Paca vivió hasta los ochenta y dos años. Murió en silencio, mientras dormía.
La casa, sin embargo, nunca se vendió, aunque las inmobiliarias llamaron durante años y hubo más de una oferta tentadora.
Pablo terminó pidiendo el traslado definitivo al teletrabajo. Ahora vive allí la mayor parte del año. Sus hijos van a la escuela del pueblo y conocen cada árbol del camino, cada perro suelto, cada piedra del arroyo.
Una noche, durante una cena en la que estaban todos reunidos, Luis dejó la cuchara sobre el plato y dijo:
—Lo hemos hablado entre nosotros… Y creemos que la casa tiene que ponerse a tu nombre, Pablo. Tú la salvaste. Tú eres quien la cuida.
Pablo casi se atragantó con el té. Quiso negarse, decir que no, que era de todos. Pero Olga apoyó la mano en su hombro y habló antes que él:
—No discutas. Mamá habría querido que la casa se quedara con quien ha sabido guardar su alma. Y ese eres tú.
En verano la casa sigue llena de ruido. Llegan todos: con nietos, con neveras, con carne para asar, con risas, con historias viejas repetidas una y otra vez.
En el porche todavía están las zapatillas de la madre y las de doña Paca. Nadie las tiró. Se quedaron allí, quietas, como si aún esperaran unos pasos conocidos.
Luis viene todos los domingos. Por fin tiene una sonrisa perfecta, blanca, casi de anuncio. Sonríe sin esconderse, de oreja a oreja.
Y cada vez que llega, se asoma desde la entrada y pregunta:
—Bueno, ¿estamos todos en casa?
Pablo asiente…





