Carta a mi padre

Carta a papá

¡Tú sí que eres un personaje, Jaimito! exclamó Rosario, dejando atrás toda compostura y limpiándose el moco con la manga de su blusa.

La blusa, muy mona ella, se la había cosido su madre. Había sacado de su baúl un retal de seda, suspiró por perder para siempre aquella maravilla, pero al final se sentó frente a la Singer, resignada.

¡Faltaría más! La niña crece y necesita buenos trapos. ¿Quién se fija en ella yendo hecha un cuadro?

“Ay, mamaíta, tanto esfuerzo para nada ¿Para qué?” pensaba Rosario, mirando a su primer amor alejarse.

Su amor en cuestión, Jaime, se iba con paso de soldado de reemplazo, ni dignándose a mirar atrás.

¡Dolía como si le pisaran el juanete!

Rosario volvió a sollozar, pero recordó que iba maquillada prohibido por su madre bajo pena de muerte y se contuvo. Lo último era destrozar el rímel.

Jaime, Jaimito, Jamoncito

Su tesoro y su único. Medio año de felicidad contadito. Rosario no era de letras, pero hasta ahí sí llegaba.

Medio año y ¡vaya si les pasó de todo!

Al fin, Jaime se volvió, pero Rosario hizo el paripé de que ni lo había notado.

¡Como tenía que ser! Ella con semejante notición y él pasándoselo por el forro. ¡Pues anda que le aguanten los peces! Marinero tenía que ser, ¡manda narices! Mallorca, las palmeras, y libertad para el cuerpo y el ánimo. ¡Pos que se largue, hombre! ¿Acaso es tonta? Ella sola se apaña y cría al niño, ¡y ni permiso va a pedir! Faltaba más.

Rosario se sulfuraba, pero en verdad, por dentro, la ofensa rascaba más que la lana virgen.

¡Qué cosas! Tanto decirle “te quiero”, tanto prometerle la luna, boda y campanas, y luego, al decirle que hay niño en camino, ¡zas! ¡Desaparece como si le hubieran tocado la lotería del Niño!

Bueno decirlo, decirlo

Ella le dejó caer que le gustaría algo más serio que verse solo fines de semana, a lo que él contestó que a él le llamaba la mar. Y que ni de broma iba a cambiar su destino solo porque a ella le diera el avenate. Que si quería tanto, pues a hacer la maleta con él al fin del mundo.

¿Y cómo va una a cruzar media España preñada, dejando a la madre y sin saber ni a qué suena el acento del sitio?

De eso nada.

Rosario se levantó del banco, se alisó la falda y se recolocó los cuatro pelos. Tres, pero con ondas: milagros de la permanente. Su madre tenía razón a veces el físico ayuda. Mira a Jaimito: más feo que pegarle a un padre, pero las chicas lo adoraban. Era gracioso, tenía chispa, y cuando le salía la vena profunda, no había quien le tosiera. Eso sí, estudios, ni los justos. ¡Vaya genio el chaval!

Aunque ella tampoco es que estuviera para Nobel. Hizo FP y punto. No hubo manera de convencerla para ir a la uni, ni a golpes de “Rosario que te lo digo por tu bien”. Se enfadó tanto la madre que estuvieron un mes a morros. ¡En plena Navidad!

Pero Rosario sabía la cuenta del pan. Mejor trabajar y ganar sus euritos en la obra. Así ayudaba en casa y aún le llegaba para sí misma.

Total, que la madre, tras el drama, se relajó y volvió a achucharla como si nada. Cosas de madres. Aunque ¿qué dirá la buena mujer cuando se entere de que va a ser abuela? ¿Se viene la tormenta del siglo?

Pues claro. La que faltaba.

Montó tal pollo que hasta los vecinos subieron a asomarse. Pero ni se explicó nada: “Cosas del curro”, y todos a sus casas. Las vergüenzas, mejor dentro: donde comen dos, no caben cuarenta.

Pero hija, ¿cómo ha sido esto? ¿Quién te va a querer ahora? Ay, ese Jaime ¡Vaya decepción! ¡Y yo que creía que era buen chaval! ¡Serpiente! ¡Pero ya ven! ¿Cuándo te diste cuenta de la criatura y se piró?

Rosario se quedó pensativa. ¿Contarle la verdad a su madre? Mejor decir lo justito: menos culpa para ella, y Jaime, ya por ahí lejos.

Sí, mamá. Fue así.

Ay, hija mía ¿Y ahora qué?

¿Cómo que qué? No somos niñas, mamá. Entre las dos, podemos. Si me ayudas un poco al principio, no me da miedo tenerlo.

¿Y yo dónde voy a ir dejándote sola? ¡Dios me libre! ¿Qué madre abandonaría a su hija así?

Rosario cerró los ojos un segundo y suspiró.

Así que, Jaimito, cariño, ni falta que haces. Que el mar te siente bien, y aquí nos las apañamos la mar de bien.

Con los años, Rosario casi olvidó cómo fue aquella conversación con Jaime. Al final estaba convencida de que lo había dejado todo bien dicho, que él le dio calabazas y listo. Así, el rencor se le quedó dentro pero le servía de manta para el alma.

Y claro, no le faltó quien se lo recordara antes de dormir:

Mira, la niña es igualita a su padre, ¡un diablillo en miniatura! Te va a dar guerra, prepárate. Así que ni preguntes por su padre. Se largó a navegar y aquí nunca más se supo. Correrá con la misma suerte: se irá de casa en cuanto pueda, ¡ya lo verás!

Quizá por eso, la pequeña Lucinda creció pensando que el único que la quería era la abuela y eso con reservas. La abrazaba, la mimaba, pero bastaba con que la vecina del 4° cotilleara de más y la empujaba otra vez a brazos de la madre:

Anda, vete con tu madre. Que te mime ella, bendita criatura ¿Qué habremos hecho para merecer esto, Señor?

Hasta los tres años, Lucinda creía que “maldición” y “castigo” eran apellidos suyos. Solo a ratos su madre la llamaba “Lucinda” o, cuando estaba tierna, “mi Luci”.

Anda, ven, hija, que te peino esas greñas. Menuda mata tienes Nada que ver con la mía. Todo herencia de tu padre. Moreno azabache, ojos azules como el Cantábrico al que se fue a perderse Eres igualita. Guapa sí, pero de la felicidad ni hablemos, ¡eso no te va a tocar!

¿Por qué?

¡Por lo que sea!

El tono de la madre le daba escalofríos. Mejor ir a buscar a la abuela, escurrirse entre papeles que olían a cocido y llorar un rato. Primero por ella misma, después por su madre, y, ya puestos, por la abuela. Porque al final, el bochorno de una lo llevaba la otra con resignación y cara larga.

Qué sería aquello del “bochorno” y por qué había que llevarlo de un lado a otro, no lo entendió hasta mucho más tarde. Cuando su madre se fue, repentinamente feliz y renovada, a Madrid.

Lucinda se quedó con la abuela.

No es que extrañara a su madre. Esta, total, siempre estaba liada en otros asuntos y trabajillos, trayendo regalos y ropa que luego criticaba:

¡Mamá, mira cómo tienes a la cría! ¡Que la gente luego cuenta que la tienes pasando hambre!

No come nada, hija, ¿qué le hago? Yo le preparo de todo, pero ni pan quiere la criatura. Si estuvieras en casa, comería como Dios manda. Pero claro, una, con los animales, la tienda y la chiquilla ¿Qué me vas a decir tú?

Bueno, mamá, ya está, ¡no te pongas pesada! Mira lo que te he traído.

Y a mí tus regalos, hija, me importan tres pimientos. ¡Ojalá estuvieras aquí! El corazón se me parte

Y cuando la madre se ponía mustia, Lucinda se escondía en un rincón temiendo la bronca.

¿Te aburres? Y yo, ¿qué? Yo también soy joven, ¡y encima sola! Anda y vete a quejarte Encima de cargar yo con tu cruz, ahora me lo recriminas. Si lo llego a saber, no te dejo tenerla sola.

Ya está hecho, hija: a llorar, a morderse el codo

¡Mamá!

¿Qué? Cría a la niña y deja de quejarte. ¿No puedes? Pues escríbele al padre, a ver si la reclama.

¿Dársela a ese? ¡Ni en sueños! Ese no quiso saber nada. ¿Y ahora le toca a él llevarse a Lucinda empaquetada y lista para criar? ¡Que no, mamá! Bastante que cargo yo sola; que venga ahora él, ni en broma.

¡Entonces, nada de quejarse! Que la niña escucha, ¿piensas que no le duele saber que tiene un padre que es un desastre y una madre que se consume?

¡Que se aguante! La vida no es un camino de rosas A veces te da pescozones y te deja atontada. Se acabó. Y ni se te ocurra buscarle. Que te conozco, vieja zorra.

Obedeció la abuela. Hasta que no.

Lucinda preparaba la Selectividad cuando llegó la noticia. Su madre tuvo un niño y, a la semana, se fue a criar malvas. Sin dar tiempo a explicaciones, ni a repartir herencias.

El origen de Lucinda seguiría siendo un misterio si no fuese por su testarudez.

Supo del fallecimiento, la abuela preparó la maleta y se fue de cabeza a la capital, dejando a Lucinda con deberes y una orden:

Aquí no hay tiempo para lloros la abuela se ajustaba la mantilla negra de los funerales, susurrando. ¿Y ahora cómo tiramos? ¿De dónde se come?

Buhita, ¡yo trabajaré!

Calma, calma, primero al lío: hay que ver qué hacemos con el niño. El padre dice que no se lo lleva. ¿Y yo? ¿Podremos solas, Lucinda?

¿Hay alternativa? Yo, sin madre, he tirado. ¿Lo de meterlo en un orfanato? Me niego.

Lo sé, hija, me da terror No sé si aguantaré

La abuela partió y Lucinda buscó entre baúles. Estaba claro que necesitaban ayuda.

Ella sabía lo que tocaba. Desde pequeña, aunque solo pudiese hacer dibujitos, le escribía cartas a su padre y las escondía por miedo a que la pillaran. Contaba hasta la llegada del gato nuevo o el día que la abuela le enseñó a hacer croquetas. Un día, la abuela encontró los álbumes, pero calló. Ya no insistía en hablar con la madre, sabiendo que el rencor la había cegado.

Cambiaron los dibujos por letras chuecas. Lucinda siguió escribiendo, guardando cuadernos repletos de vida, alegrías y derrotas.

Ahora le tocaba escribir la más importante. La que sí enviaría.

El sobre lo encontró por casualidad. Su madre lo había escondido tan bien, que de no ser por romper una foto al limpiarla, nunca lo habría visto. El borde blanco del sobre asomó bajo la foto; Lucinda tiró y, al leer el nombre, rompió a llorar:

¿Esto qué es? lloriqueaba ¿Por qué, mamá, me lo escondiste?

Un buen rato pasó en el suelo, soltándolo todo, perdonando y recriminando. No sirvió de mucho.

Perdón, mamá, pero no te haré caso. Dijiste que no buscara a papá Pero ahora lo necesito. La abuela no es eterna. Me da coraje, pero tiene razón. No podemos más solas. Si papá era tan desastre como decías, al menos lo sabré y ya. Si no, quién sabe Además, ¿quién me quiere aquí? Todo el día recordando a un hombre al que ni conozco. ¡Quiero verle aunque sea una vez! ¡No te enfades!

Ni se le ocurrió pensar que a lo mejor su carta acabaría en paradero desconocido.

Pensó poco, pero actuó mucho.

Esa noche, entre nervios y tachaduras, logró escribir tres frases flojitas, pero sinceras; en ellas iba todo: súplica, rencor y esperanza.

La envió al colegio y se fue a clase sin mirar atrás. Cuando volvió, la abuela acababa de llegar, con un bebé inquieto y minúsculo:

Aquí tienes, Lucinda. Este es Pablo, tu hermano La abuela sorbía y cambiaba pañales.

Abu, ¿por qué es tan chico?

Era más diminuta aún tú.

¿Seguro?

Claro, y mírate ahora. Él también crecerá, tranquila.

¿Y su padre?

Que ayudará un poco, dice, pero llevarle, ni soñarlo.

¡Bueno es! Lucinda imitó a la abuela, arrancándole una sonrisa.

Ay, Lucinda, ¿cómo saldremos de esta?

¡Pues como todas, abu! ¿Ves a la Loli la del estanco? Tiene seis, y aquí está, tan campante. Me ha prometido ropa para Pablo, que a los mellizos ni les duró un suspiro. ¿Es verdad que crecen tan rápido?

Eso dicen, hija Como tú. Una la mece un día y, ¡al siguiente, ya no está!

Anda, no llores, que me haces rabiar, y Pablo mira qué pronto pilla el truco. ¿Está mojado o tiene hambre, abu?

Comer, seguro. ¡Vaya horas! Anda, toma, sujétalo. No temas, no se cae. Eres de manos firmes, niña. Ojalá salga igualito.

Lucinda se quedó lívida.

Sentía, por primera vez, que ya no estaba sola. Años esperando tener alguien para ser imprescindible y ahora, ahí estaba: Pablo. Ni madre ni abuela; alguien suyo de verdad.

Cuando seas mayor, te casarás y te olvidarás de la familia le espetaba alguna vez su madre. A ver quién te cuida, ¡ja!

Pero Lucinda soñaba con tener la casa llena como la Loli, con todos juntos: lío, ruido y calidez. Tres generaciones bajo un techo abrazando niños revoltosillos y abuelos con bata.

Y ese deseo, finalmente, se cumplía.

Era solo un bebé, pero ya sentía que sería para siempre. Él la necesitaba, ella a él. Aunque creciera y se hiciera un hombretón, nunca dejaría de ser ese peso cálido entre sus brazos.

Lucinda fue una hermana entregada y rápida en aprender. Salvo una vez, siempre resolvía las urgencias. Una tarde la Loli apareció, desdobló al que ya berreaba y le soltó con humor:

¡Olé, pequeño guerrero! Grita, que así coges pulmones. Lucinda, tranquila. No hay misterio: si todas criamos, tú también puedes. Bañar y limpiar, espabilada; lo demás, lo pillas sola. ¿Tu abuela?

Fue a Madrid por papeles urgentes. Me enseñó lo básico, pero prefiero preguntarte

¿Y eso? ¿No te fías de mi madre, eh? La Loli amagó ofendida.

¡No, mujer! Solo que ella ya ni recuerda los detalles y tú, con seis, tienes práctica.

No digas más rió. Reciente como quien dice.

Por eso te prefiero. Me da miedo, Loli. Es tan pequeñín.

No temas, Luci. Saldrás adelante y, con destreza, terminó de vestir al bebé. Antes salían madres de cuna en cuna. Hoy tocaría tener dos Así que vas sobrada.

Lucinda seguía sus gestos y pensaba que todo menos amar a un hijo era sencillo. ¿Cómo se aprendía eso?

Pero Pablo insistía en enseñarla. Lucinda volaba del instituto a casa: allí la esperaba él. Y fue a ella, no a la abuela, a quien dirigió su primera sonrisa desdentada. Luci fue su primera palabra.

¡Luci! berreaba el gordito, trotando por el patio.

¡Ya voy, mi vida! Ven aquí, guapo.

Le abrazaba firme, y la abuela reía viendo como la chiquilla iba detrás de aquel renacuajo:

¡Eres más escurridizo que una anguila! Agárralo fuerte, Lucinda, que va directo a romperse la nariz.

En tanto hábitat y pañales, Lucinda se olvidó de la carta escrita al padre. La respuesta nunca llegó, así que decidió que aquel silencio también servía de diagnóstico. Si no contestaba, sobra.

El resentimiento pinchó un poco, pero el trajín lo amansó. Ahora solo pensaba en Pablo.

La abuela seguía hablando de la universidad, pero Lucinda ni oírlo.

Abuela, es imposible. Si estudio, me voy a Madrid. ¿Y aquí quién se queda? No, no, ni hablar.

La abuela insistía, Lucinda se enfadaba. Trabajo no le iba a faltar en el pueblo: en la tienda, en la granja, en el bar La Loli ya le había prometido empleo si se quedaba.

Pero la abuela nada.

Lucinda, hija, no repitas los errores de tu madre. Lo hago por ti.

Abue, lo sé. Pero no me insistas. Hay cosas más importantes.

Fue entonces cuando apareció, cuando menos lo esperaba, el que ya nunca creía encontrar.

Volvía Lucinda a casa con Pablo, que ya traía sueño y rezongaba. A la puerta, fue ella quien tuvo que cargarlo, como si pesase un saco de patatas:

¡Luci! ¡Aupaaaa!

Y, risueña, entró.

En la galería, un hombre enredaba con la bombilla fundida desde tiempos de Franco. De un brinco se subió a un taburete y, al fin, encendió la luz:

¡Toma, ya! dijo, con acento empapado de mar. ¡Por fin veo la cara a las moscas!

Al girarse, vio a Lucinda petrificada con Pablo.

Hija

El tal Jaime dio dos pasos y, pese a que ella quiso apartarse, la abrazó a ella y al niño de golpe.

Mi vida

Lucinda se sorprendió al ver lágrimas en ese hombre.

Perdóname, hija. No sabía nada de ti. ¿Es tuyo? señaló a Pablo, que lo miraba con cara de póker. ¿Se lo dejas al abuelo?

Lucinda tardó un poco en reaccionar:

¡No es mío! Bueno ¡Que es mi hermano! Es Pablo

¡Ah, vaya! Jaime lo cogió y, para sorpresa de todos, el crío se abrazó a su cuello.

¡Pinchas! protestó el niño.

¡Pues mañana me afeito, campeón! Anda, vamos adentro, aquí los mosquitos tienen carné de identidad.

El río está cerca, papá

Ya me lo imagino

La abuela les recibió con ojos de quien ya se ha desahogado a gusto con el visitante. Si es así, no hay nada que reprochar.

Da igual lo anterior. Ahora la familia crecía, y eso merecía celebrarse.

Lucinda vio cómo Pablo no se despegaba del abuelo, y supo que, a partir de ese momento, su casa ya tenía padre.

Después descubriría que su carta no se había perdido. La señora que vivía en la antigua dirección de Jaime se molestó en encontrarle y hacerle llegar la carta. Todo fue lento, hasta dar con él en el puerto, regresar de alta mar, y abrir aquel sobre arrugado.

Cuando recibí tu carta, hija, salí volando. De veras pensaba que estaba solo en el mundo. Le escribí a tu madre, y nunca me contestó. Bueno, una vez: dijo que se casaba y que no la molestara. Imagina Si llego a saber, me tiro al río y nado hasta aquí. ¡Qué suerte que tengo! Que no la merezco ¿Te vienes conmigo? Tengo piso en Vigo, grande y con vistas al Atlántico. Amaneceres que enamoran

Papá, no puedo

¿Por qué?

Sin Pablo ni la abuela, nada. ¡Imposible!

¿Pero quién dijo solas? Es un pisazo. Cabéis de sobra. Tú a estudiar, la abuela con Pablo y todos en familia.

¿Y vivir dónde, papá? Apenas podemos con lo nuestro. El padre de Pablo promesas, pero ni un euro. Hace año y pico que ni aparece: vino una vez, miró al niño y chao. Se olvidó.

Hija, ¿quieres ofenderme? Jaime frunció el ceño de tal modo que Lucinda casi se echó a reír: era igual que Pablo cuando se enfadaba. ¿Te hace gracia? ¿Crees que no puedo sostener a dos y un niño? Recojan equipaje. La abuela ya ha dicho que sí. Solo faltabas tú.

Vale, papá. Vale

Y Lucinda abrazó a su padre, agradeciendo aquel impulso de escribirle. Se fue con él, a la orilla del Atlántico, que sería todo menos pacífico.

Y aunque la vida de Lucinda será tan movida como las olas del mar gallego, ahora sabrá que tiene un puerto donde resguardarse. Allí la esperan los suyos y el aroma de empanada que nunca logrará que le salga como a la abuela.

Y ese niño despeinado, recibiéndola con voz de chaval:

¡Eh! Papá dice que hoy vienes a casa. ¡Luci, te he echado de menos!

Y yo a ti, campeón Y yo a ti.

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Elena Gante
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Carta a mi padre
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