Buenas Intenciones
¡Tere! ¡Por fin! ¡Estaba ya que no podía más! María Petronila abrió la puerta y abrazó a su hermana. Tengo la cabeza hecha un lío, no sé qué hacer
Primero, cálmate. Teresa Petronila, rotunda y serena como una montaña castellana, cruzó el umbral con porte elegante. ¿Está en casa?
¡No! Ha cogido a los niños y se ha ido esta mañana. María hizo un gesto de desesperación. No hay quien la haga entrar en razón. ¡Que está enamorada, dice!
¿Y qué quieres que te diga, Maruja? Ya dejaste que se te escapara la niña y ahora a llorar. Anda, siéntate conmigo tranquilamente, me lo cuentas todo y después ya vemos cómo lo solucionamos.
Teresa avanzó hasta la cocina y, tomando asiento, observaba minuciosamente a su hermana preparar el té.
¡Enjuaga la tetera antes de echar el agua! ¿Cuántos años llevo diciéndolo y nada?
María dio un respingo, agarró la tetera y, al girarla torpemente, se quemó los dedos en el asa.
¡Ay, Señor! ¡Tienes menos maña que un zapato! Deja eso, que lo hago yo, que aún te vas a destrozar de los nervios.
Teresa empujó a María hacia la mesa, se hizo con la tetera y preparó el té con destreza.
Venga, cuenta. Y no dejes nada. ¿Quién es él, qué hace? ¿Y en qué piensa Lucía?
María rodeó la taza con las manos. ¿Qué le decía a su hermana? Ni ella misma entendía por qué le inquietaba tanto el asunto. El hombre que había traído su hija menor parecía excelente: ni gota de vino, educado, trabajador, un taller propioque, aunque sea de coches, es un negocioy además manitas: enseguida arregló un grifo que ni el fontanero supo apañar. Pero María estaba tan acostumbrada a considerar a su hija menor como una fuente segura de problemas, como siempre le recordaba Teresa, que ya solo algo grave le convencería de que Lucía había tomado la decisión correcta.
Y eso de conocerse así, en plena calle, con Lucía atascada en mitad de una nevada y el buen hombre arreglándole el coche sin pedir nada Eso no le olía bien. Bien está ser amable, pero de ahí a volverse cada domingo para ver si todo está correcto en la casa Y Lucía, cada día más metida, sin pensar en los niños ni en su madre. ¡Empeñada en casarse! Como si con una vez no bastara
Maruja volcó todo eso a Teresa y esperó su veredicto. Siempre había confiado más en su hermana mayor que en sí misma. Desde pequeñas, María había ido a rebufo de Teresa, la verdadera jefa desde que su padre murió joven y su madre, luchadora infatigable, hizo lo que pudo entre el trabajo y la casa.
Teresa, ya eres mayor, ayúdame con tu hermana.
Se llevaban ocho años. Cuando la madre supo que esperaba de nuevo, primero se rió incrédula, y luego sintió miedo. No era un tiempo fácil en Castilla: sobrevivir con una hija resultaba ya un desafío. Pero el padre y Teresa, a la vez, aseguraron:
Podremos con todo.
Y así fue. Maruja nació delicada, enfermiza, y la cuidaron entre las dos. Teresa fue su ángel guardián; de su mano fue al parvulario, y luego, antes de entrar en la escuela, le enseñó a escribir, a leer, ¡y todo el temario del primer curso! Menos mal, porque Maruja cayó enferma y se perdió casi todo ese año en casa. La madre la llevaba de médico en médico y todos decían:
Tiempo, señoras, que es frágil Ya se pondrá fuerte.
Teresa se ocupó de la disciplina: medicinas, siesta, deberes con paciencia. Plantada ante la niña, las cejas fruncidas, supervisaba que no dejara ni una gota de leche.
¡Odio la nata!
¡No seas tiquismiquis! Es por tu bien.
Maruja lloraba pero la leche no quedaba.
Al final los médicos tuvieron razón: los cuidados y el empeño de las mujeres obraron el milagro y Maruja superó el resto de la escuela sin apenas faltar. Cuando terminó, la madre llamó a Teresa, que ya había dado a luz y se ocupaba de su bebé.
¿Qué hacemos ahora?
A estudiar, madre. Sería un crimen perder esa cabeza tan despierta.
No podría con todo sola
¿Quién ha dicho nada de estar sola?
La beca universitaria era simbólica y Maruja aprendió a conformarse. Teresa la visitaba cada mes, con bolsas llenas de comida y revisaba la habitación de la residencia.
¡Pero cuánta porquería! ¿Vives aquí o qué haces?
Aún así Maruja se esmeraba en limpiar antes de la visita.
La madre cayó enferma cuando Maruja iba por segundo curso. Ella, con vergüenza, acababa de contarle que tenía un novio y a la semana supo el diagnóstico.
¡Tere! ¿Qué hago?
¿Tú? Nada. Saca la carrera y ni una palabra a mamá. Yo lo gestiono.
Maruja solo pudo despedirse y pasar a su lado la última semana. Aguantando el llanto y la angustia, salía a la cocina y mordía una vieja cuchara de madera para que nadie la oyera gritar. Teresa, más entera, organizaba todo con autoridad y apartaba a su hermana de la escena:
¿Otra vez tú con dramas? Déjala ir en paz, que no podemos ayudar.
Las palabras de Teresa la helaban y, avergonzada, se forzaba a contenerse.
Se fue la madre al amanecer, con la mano de Maruja entre las suyas, y esta rompió a llorar de una vez, al fin libre para hacerlo.
Luego, las huérfanas vendieron el piso familiar. A María le quedó un pequeño apartamento cerca de Teresa.
Bien está. Así nos tenemos cerca. Teresa revisó cada detalle del nuevo piso. No invites a nadie, yo te ayudo con todo.
El grupo de trabajo de Teresa era muy cotizado: mujeres cuidadosas, meticulosas, con fama en toda la ciudad. Los tiempos cambiaron y Teresa montó su propia empresa de reformas mientras terminaba la escuela de aparejadores.
No doy abasto. Ni ayuda de Alejandro tengo, el pobre va hasta arriba. Pero ya pasará, todo es cuestión de aguantar y luego ya me expandiré
Pero los tiempos siguieron duros. Competencia, crisis, y el negocio se hacía cada vez más difícil. Teresa se quejaba amargamente:
No puedo estar detrás de todos. Hacen las cosas de cualquier manera y al final soy yo la que da la cara al cliente. Pero bueno, ¿y tú? ¿Y los niños?
Y María le contaba todo, poniéndose en manos de la hermana. Desde su boda, María sentía una permanente culpa porque Teresa nunca aprobó del todo a su marido, Javier. Al principio fue tenso, pero él nunca dejó de buscar el aprecio de su cuñada, y con los años bastó su dedicación como padre y como esposo para enternecerla. Tan entregado a sus hijas, sus fines de semana eran para ellas y solo para ellas.
Eso no es normal. refunfuñaba Teresa. Así vas a criar a dos consentidas, que luego no sabrás enderezar.
María sonreía, pensando que quizá era pura envidia. Alejandro nunca había sido de calentar banquillo con los hijos. Y cuando su hijo mayor empezó a tener problemas en el colegio y luego de comportamiento, a Teresa no le quedó más remedio que luchar sola, porque su marido solo respondía:
¡Pues críalo tú! Para eso eres la madre. Yo proveo, pero educar, es asunto tuyo.
Sola, Teresa puso orden y, tras el instituto, decidió, por consejo de un cliente, enviarlo a hacer la mili. Y le fue bien: cuando volvió, bromeaba:
¡Mi madre, toda una general! De ahí lo he sacado.
Pero ahora era la hija quien traía disgustos.
Mamá, estoy embarazada.
Teresa se sentó, sin fuerzas.
¡Pero, hija, si acabas de cumplir dieciocho!
Ya soy mayor de edad. Y no me des sermones.
¿Sermones? Ya lo hecho, hecho está. Hay que casarse.
Él no quiere.
El carácter de Teresa resurgió:
¡Eso sí que no! Mi nieto no va a crecer sin padre, no te preocupes, hija, yo lo arreglo.
Y así fue. Se casaron y Teresa instaló a los recién casados en el piso que quedaba de la repartición familiar.
¡Vivid tranquilos! Pero que no se oiga ni una mosca.
Sorprendentemente la cosa cuajó y Teresa por fin respiró. Los hijos ya estaban encaminados, ¿descanso? Ni hablar. Pronto las dificultades vinieron por el lado de sus sobrinas.
Las hijas de Marcelapues así llamaban todos cariñosamente a Maríaeran sanotas y traviesas, nada que ver con la niñez enfermiza de su madre.
Ni me lo puedo creer. Dios las bendiga. Fuertes como potrancas, solo una gripe al año.
Bien está, pero ojalá también sean listas.
No me puedo quejar. Les va bien en la escuela Lo único, son tan diferentes. Sonia sale a mí, más apagada; Lucía, toda alegría, igual al padre.
Pues vigila a Lucía, que te traerá a de cabeza.
Solo se llevaban un año y, por recomendación de Teresa, estudiaban juntas en el mismo curso para facilitar el día a día, aunque solo Sonia se benefició: a ella le costaba más.
La felicidad duró poco. Cuando las niñas pasaron a sexto curso, Javier tuvo un accidente. Una semana interminable en el hospital y, al final, no logró salir adelante ante la gravedad de las heridas.
Pobrecitas Teresa abrazaba a las niñas llorosas. Pero ánimo, aquí estoy yo y vuestra madre.
Las niñas temían acercarse a su madre, que pareció envejecer y marchitarse de un golpe. Gritaba de noche, apenas comía, parecía ausente. Ellas no tuvieron más remedio que meterse en la cama de la madre, rodearla, darle calor y esperanza.
Una vez más, intervino Teresa, que tras oír a sus sobrinas echó una bronca monumental a María:
¿Qué haces? ¿Vas a dejar a las niñas sin padre y sin madre? Ánimo, que ahora es cuando te necesitan.
María estuvo desorientada un tiempo, pero poco a poco, con ayuda, fue volviendo a la vida. Y sus hijas, por fin, vieron de nuevo el brillo de su sonrisa, aunque fuera una sombra de la de antes.
Llegando al final del bachiller, como dictándoselo la vida, ambas se enamoraron. Pero Sonia, tras la reprimenda de la tía y alguna lágrima en el hombro materno, decidió que no era para ellaya habría tiempo.
Mejor esperar. Tía Teresa tiene razón.
En cambio, Lucía se encaprichó y no aceptó oposición.
¡Le quiero!
¿De qué sirve tanto amor? replicaba Teresa, intentando hacerla entrar en razón. ¿Sabes qué vas a hacer con él? ¡Qué futuro os espera? ¿O es solo tontería de la edad? ¿Ya habéis ido más allá?
Eso es asunto mío. La contestación de Lucía era firme: ya estaba harta de que la tía manejase a su antojo a su madre y pretendiera hacer lo mismo con ella.
Esa rebeldía la llevó a tomar una decisión: si su novio quería estar con ella, tendría que hacerlo bien.
En la siguiente conversación, Lucía dejó bien claras las reglas:
¿Jugar conmigo? Ni hablar, Sergio. Si me quieres, te casas. Si no, ni vengas.
Y así fue. Se casaron al año siguiente y María lloró de emoción toda la boda, mientras Teresa apenas contenía su mal humor.
¿A qué tanta prisa?
Pero sus temores no se cumplieron. El primer niño no vino hasta dos años después, cuando Lucía ya llevaba la mitad de la carrera hechatrabajaba, estudiaba, y con la ayuda de la familia, no frenó su vida. Sergio hacía lo suyo, estudiando y trabajando con su padre, y la familia les ayudaba.
Todo parecía ir sobre ruedas, pero Teresa seguía viendo el peligro:
Demasiado todo, un día a Lucía se le va la cabeza y se estampa.
Pero María cada vez contaba menos a su hermana sus asuntos: la vida le sonreía y no quería más críticas de las que ya recibía. Lo achacaba a que Teresa pasaba por malos momentos con sus hijos y por eso estaba tan a la defensiva.
Pero el golpe vino de donde menos se esperaba: Sergio, muy ocupado, se lió con otra mujer. Lucía se enteró de mala manera, justo cuando intentaba mantener vivo el matrimonio tras el nacimiento del segundo hijo. Había intentado de todo, días románticos, quedarse a solas, pero nada; Sergio nunca daba la cara.
La confirmación le llegó una tarde, en el parque, cuando una joven embarazada se le acercó:
¿Eres Lucía?
Sí.
Soy Elisa. La mujer de Sergio. Tu exmarido.
Lucía, asimilando el golpe, solo pudo reír con amargura.
¿Y el niño es suyo?
¡Naturalmente! Un hijo.
¿Y vienes a contármelo por?
Porque necesito que le des el divorcio. Mi hijo necesita padre.
¿Y los de aquí, no?
No me líes. Habla con Sergio. Yo salgo de cuentas en un mes.
Lucía, sin perder la calma ante sus hijos, siguió como pudo. Cuando se lo reprochó a Sergio, él no negó nada.
Ya no eres la misma, siempre ocupada yo soy hombre
El divorcio fue tenso, Sergio parecía otra persona, litigando por cada detalle del repartopisos, custodia, euros. María apoyó a su hija y se quedó con los niños, mientras Lucía buscaba trabajo. El suegro también le pidió que dejara el empleo en su empresa.
Ya sabes cómo es esto
Cualquier cosa, llamen si quieren ver a los niños.
No guardó rencor, los abuelos de sus hijos siguieron tratándolos igual.
María hacía lo que podía, aunque se sentía desbordada, y Teresa no perdía oportunidad de reprochar la falta de disciplina y presencia materna.
¡Los críos necesitan a su madre!
Lo intento, Teresa Pero tiene que trabajar.
A ver si va a traer un hombre a casa y los niños te los deja a ti.
Teresa
¡Ya lo verás!
Y cuando apareció León, el nuevo compañero de Lucía, a María se le encendieron todas las alarmas.
¿Y ahora, qué?
¡Piensa con la cabeza! Dos niños y ella enamorada ¿Y si el tal León solo quiere vivir de ella? Piso, coche, buen sueldo Esto hay que investigarlo.
¿Cómo?
Hablando con Lucía.
No quiere, dice que todo va bien.
¡Madura pero igual de ingenua! Anda, llama. Mejor lo hago yo.
Teresa llamó y fue directa:
Tu madre está mal. Ven ya.
Lucía se angustió: dejó a los niños con León que no puso pegas y salió casi volando por la noche de Valladolid. Se preguntó si debía avisar a Sonia, embarazada de su segundo y hospitalizada ya dos veces.
María abrió la puerta sin mirarla a los ojos.
¿Mamá?
Estoy bien.
¿Entonces?
Pasa. anunció Teresa desde la cocina.
Lucía escuchó el discurso de su tía, ya sin paciencia.
Y si no entras en razón, habrá que tomar medidas. No puedes ir por ahí mientras tus hijos miran
¿No tienes problemas propios, tía Teresa, que tanto te preocupan los de los demás? ¿O tengo que dar cuentas de mi vida a todo el mundo? Soy adulta.
Pues compórtate como tal.
Eso hago. Desde ahora no daré más explicaciones. Mi vida y la de mis hijos ya no son asunto de nadie, ¿de acuerdo? Y te lo digo claro. Ya está bien de aguantar. ¿A Sonia no la presionas así, verdad? Mejor ocúpate de los tuyos, que así te irá mejor. Buenas noches.
¡Pero bueno! Teresa se puso en pie, roja de cólera. ¿Quién te has creído? ¡Malcriada!
Simplemente, alguien cansada. A ti te encanta tener siempre un chivo expiatorio. Pero yo soy mujer, así que al menos llámame cabra.
¡Hablas disparates! Teresa miró a María. No está bien.
La que no está bien eres tú, Teresa. Piensa en lo que haces por controlar todo Quizá lo entiendas algún día. Y tú también, mamá, ya está bien de reñirme por vivir diferente.
¿Y quién va a comprobar si es verdad? inició Teresa, pero María cortó enseguida:
¡Basta ya, Teresa! Esto ya no tiene sentido. ¡Lucía!
Se llevó la mano al pecho y cayó lentamente al suelo. Lucía corrió a socorrer a su madre, buscando el móvil en el bolsillo. Teresa dudó un instante, viéndolas: de golpe, su hermana pequeña parecía otra vez esa niña reacia a beber la leche.
¡Lucía, la ambulancia!
María fue ingresada y la familia, al día siguiente, se reunió en urgencias. Teresa se acercó a Lucía y esta, sencilla, le dijo con una mirada:
Acepto tus disculpas.
Lucía
Ahora lo importante es mamá. Lo que aprendas tú, ya lo veremos.
María se recuperó y, en el hospital, la reconciliación fue completa. Desde entonces, dejó claro que nadie iba a reprochar nada a sus hijas delante de ella. Teresa no lo aceptó de un día para otro, pero al final sacó lección. Y en la boda de Lucía y León, fue la primera en gritar “¡Que se besen!”, en abrazarla y desearle todo el bien, susurrando al oído: “Perdóname”.
La vida, como siempre, puso a cada cual en su sitio. Lucía fue la que veló por Teresa cuando la operaron dos veces. León la llevó a los médicos, con andadores y ayuda, mientras pudo andar. Se entendieron bien y, cuando Teresa ya no se levantó de la cama, llamó a Lucía y dijo, medio sonriendo:
Has encontrado a un buen hombre, Lucía. Cuídale.
Lo haré respondió Lucía, cálidamente.
Y fue Lucía quien, sujetándole la mano, estuvo con Teresa hasta el final. Y lo último que la tía le dijo fue:
Gracias.







