Cuando Javier anunció que pensaba llevar a casa a su novia para presentársela, su madre, Mercedes, se alegró de verdad. Al fin y al cabo, su hijo ya tenía veintiocho años: hacía tiempo que había llegado el momento de pensar en formar su propia familia. ¿Qué más iba a esperar? Había terminado sus estudios, había conseguido un buen trabajo y parecía haber sentado la cabeza. Lo lógico era que pensara en casarse.
Mercedes llevaba ya un tiempo notando que en la vida de Javier había aparecido algo serio. Cada vez pasaba menos tiempo en casa, se arreglaba más que antes, estaba más pendiente de su ropa, de su peinado, de cómo olía. Pero ella nunca se había metido en sus asuntos, sobre todo porque confiaba en él. Si había escogido a una mujer, quería creer que sería una chica decente. Aunque, antes de conocerla, le habría gustado saber al menos cómo prepararse para aquella visita.
Pero sacarle a Javier una explicación clara era casi imposible.
—La traeré para que os conozcáis. Ya la verás allí —decía él con ligereza—. Te va a caer bien. Y no montes un banquete, por favor. Cenamos algo, hablamos un rato y ya está. Tengo una conversación importante contigo, pero eso será después.
Bueno, después sería después. Además, Mercedes tampoco pensaba organizar una recepción desmesurada. ¿Para qué? Pongamos que su hijo quería casarse con aquella chica. De acuerdo. Pero ella seguía siendo la futura suegra. No tenía por qué deshacerse en atenciones delante de una desconocida. Primero se conocerían y luego ya vería si realmente merecía la pena.
Aun así, puso la mesa con cuidado y horneó su famoso bizcocho de limón.
Javier y Valeria también se preparaban para la visita. El joven deseaba con todas sus fuerzas que su novia le gustara a su madre. Le sorprendía, e incluso le dolía un poco, que Valeria pareciera no preocuparse en absoluto por la impresión que iba a causar. Javier la quería, y hasta sus defectos le parecían parte inseparable de sus virtudes. Pero intuía que a su madre había cosas que quizá no le encajaran. Y aquello, aunque no debería importar tanto, podía resultar decisivo, porque después de la visita pensaba hablar muy seriamente con Mercedes.
—Valeria, ¿podrías vestirte hoy un poco más discreta? —le pidió con cautela.
No era que ella vistiera siempre de manera escandalosa, pero a una mujer mayor algunas cosas podían resultarle excesivas.
—¿Cómo que más discreta? —saltó ella de inmediato.
Así era Valeria: impulsiva, convencida de que su opinión era la única razonable. Javier la amaba tal como era. Le gustaba cómo se arreglaba, cómo se movía, cómo se vestía. Pero pensó que aquella noche quizá convenía limar un poco las aristas.
—Mamá puede pensar que la falda es demasiado corta, que los tacones son demasiado altos y que el maquillaje es demasiado llamativo. Puede decir que vas… vulgar.
—¿Y qué entiende ella de eso?
—Yo no digo eso. Solo te pido que, por una vez, y solo por hoy, no choquemos desde el primer minuto. A mí me encantas así, pero es una persona mayor, ya sabes. Tiene otra mentalidad.
—¿Y qué quieres que me ponga? ¿Un hábito de monja? —preguntó Valeria con ironía—. ¿A quién quiere ver tu madre? ¿A una campesina con vestido largo, pañuelo hasta las cejas y alpargatas?
—No exageres, cariño. No hace falta irse al otro extremo. Solo… no sé, algo sencillo. Y un maquillaje más suave.
—No entiendo este teatro —refunfuñó Valeria mientras revolvía en el armario buscando algo que considerara “demasiado modesto” para su gusto—. Tú mismo dijiste que no íbamos a vivir con ella. Si vamos a vivir aparte, ¿qué más da si me quiere o no me quiere, si le gusto o no? Seguro que no le gusto. A las madres de los hombres nunca les gustan las novias de sus hijos. Eso lo sabe todo el mundo. Si la vamos a ver dos veces al año en Navidad y poco más, ¿por qué tengo que disfrazarme por ella? A ver… ¿y este vestido?
Sacó un vestido brillante que parecía hecho para una fiesta nocturna.
—Precisamente por eso. Porque se supone que vamos a vivir aparte. ¿Dónde? En el piso de alquiler donde estamos ahora. Y de cómo reaccione ella depende, en buena parte, que algún día podamos tener una vivienda propia. ¿Eso qué es? ¿Un vestido? No, ni hablar. Mira, ponte unos vaqueros y unas deportivas. Algo actual, cómodo, sin llamar demasiado la atención. Y, por favor, unos vaqueros de tiro alto, no esos que siempre llevas. Sinceramente, a mí tampoco me gustan mucho.
—A ti de mí no te gusta nada —se enfurruñó Valeria—. No me extrañaría que tu madre, en cuanto me vea, se ponga a gritar que me eches y te quedes a vivir con ella para siempre. Aunque, la verdad, no me importaría. En fin… vaqueros. Me pondré vaqueros. Estos servirán. Son bastante decentes. Pero no te ofendas: nadie te va a echar de ninguna parte.
—No digo que tengas que ir a agradarle en todo a mi madre. Solo digo que hoy conviene dar una buena impresión.
—Qué asco me da eso de estar pendiente de lo que piensen los demás —seguía protestando Valeria—. Esto no, esto sí, esto alguien lo va a juzgar, esto otro no lo va a entender. Pues si no lo entienden, peor para ellos. Yo tengo mi gusto, mi estilo. Ya no soy una niña a la que vayan a mandar a un internado para educarla. Soy una mujer adulta, casi casada. ¿O no, cariño?
—Claro que sí, mi vida —respondió Javier, abrazándola—. No te preocupes, estaremos poco rato. Probarás el bizcocho de limón de mi madre, luego te pido un taxi y te mando a casa. Yo me quedaré un rato más para hablar con ella de cosas importantes. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Pero más te vale hablar bien con ella. Porque tú siempre dices que tu madre no es una bruja. Entonces, ¿por qué hay que hacerle la pelota para que haga lo que conviene?
—No empieces otra vez. No se trata de hacer la pelota. Solo de tener un detalle. Vamos, vístete ya y no te pintes demasiado. Un poco los ojos, un poco de labios, pero no ese pintalabios morado, algo más claro, más suave… rosa, no sé. Un día, solo un día, compórtate de otra manera. ¿Tan difícil es? Tenemos que salir ya. Mamá nos espera. Y todavía hay que comprar flores.
—Ya estoy, ya estoy… —protestaba Valeria—. Tú siempre metiendo prisa. Tengo que ir vestida como un espantapájaros y además rápido. A mí me resulta mucho más fácil arreglarme para estar guapa que ponerme en plan sencilla. No estoy acostumbrada a salir así. Como me encuentre con alguien conocido, me muero de vergüenza.
—No tienes que pasearte. Vamos y volvemos. Nada más.
Por fin salieron. De camino, Javier se detuvo en una floristería y eligió un gran ramo de crisantemos blancos, las flores favoritas de su madre.
—¿De verdad a tu madre le gustan esos flores? —murmuró Valeria con una mueca—. Pues sí que tiene un gusto raro. No me extraña que me haya hecho vestirme como una cualquiera de pueblo.
En realidad, su descontento era más fingido que real. Le daba curiosidad conocer a la madre de Javier. No pensaba vivir con ella, desde luego, pero había que pasar por aquella presentación. Y, además, le interesaba bastante el tema del piso, porque sobre eso también tenía sus propios planes. Bueno, pensó, haré un par de horas de “chica sencilla”, y ya cuando me case con Javier y tengamos una casa para nosotros, si ella quiere conocerme de verdad, que me conozca. Porque yo no tengo ninguna ilusión por llevarme con una suegra.
Mercedes recibió a los jóvenes con amabilidad, saludó a Valeria, agradeció las flores y los invitó a sentarse a la mesa. La muchacha, en líneas generales, le causó buena impresión: bajita, delgada, con el cabello liso recogido en un moño pulcro. Se veía que se cuidaba. Aunque, sinceramente, para conocer a la madre de su casi prometido, presentarse en vaqueros y camiseta le pareció un poco pobre. Para ir de visita, desde luego, no era la ropa más adecuada.
—Perdonad, no he preparado gran cosa —se disculpó Mercedes—. Javier me dijo que probablemente no vendríais con hambre.
—Hace bien —respondió Valeria—. Yo siempre estoy a dieta y no como de más. Ah, ¿y esto qué es? ¡Bizcocho de limón! Me encanta. De eso sí tomaré un trozo, porque me vuelve loca. Muchísimas gracias.
Javier lanzó a su novia una mirada de aprobación. Mercedes, interpretando lo de la dieta a su manera, preguntó con cierta preocupación:
—¿Estás a dieta por algún problema de estómago?
—No, por Dios, no. Estoy perfectamente. Lo digo porque no quiero engordar. Ahora mismo no tengo kilos de más, pero si una se descuida un poco, ya sabe lo rápido que eso se nota. Hoy en día hay muchísimas mujeres con sobrepeso, y la verdad es que me dan pena.
Al decir aquello, paseó la mirada por el cuerpo de Mercedes y reparó, sin ningún disimulo, en que la madre de Javier tenía algunos kilos de más. No demasiados, pero sí los suficientes para que el comentario sonara impertinente.
Mercedes decidió no detenerse en eso y cambió de asunto. Quería saber algo sobre la mujer de la que su hijo parecía tan enamorado. Empezó a preguntarle dónde había estudiado, en qué trabajaba, quiénes eran sus padres. Valeria contestó de manera evasiva, sin dar apenas detalles. Mercedes comprendió enseguida que el tema no le agradaba y optó por no insistir. Quizá tenía problemas con la familia o tal vez no estaba del todo satisfecha con su trabajo. ¿Para qué incomodarla?
Buscó otro terreno.
—Javier y yo somos muy aficionados al teatro —comentó—. ¿Tú sueles ir con él?
—La verdad es que no vamos nunca —respondió Valeria—. A mí el teatro no me gusta demasiado, y la ópera menos todavía. La música clásica me resulta complicada.
—Pero no os pasaréis la vida metidos en casa. Sería muy aburrido. Además, sois jóvenes.
—¿En casa? ¡Qué va! —exclamó la chica—. A mí es difícil pillarme en casa. Hoy hay muchísimas maneras de pasarlo bien. Para empezar, yo me cuido mucho: voy al gimnasio, voy al salón de belleza bastante a menudo. Intento estar siempre bien. Y luego están las tiendas, claro. Ir de compras a veces ocupa muchísimo tiempo y muchísimo esfuerzo. Y puede ser igual de entretenido que cualquier obra de teatro.
—Bueno… quizá —murmuró Mercedes—. En eso no soy experta. Nunca me ha interesado demasiado. Si necesito algo, voy a una tienda, lo compro y me vuelvo. No me gusta mucho la aglomeración. En el teatro, ya sabes, el ambiente es distinto. Pero en fin, no voy a discutir: cada uno tiene sus gustos. Javier y yo solemos ir bastante. Tenemos incluso abono para conciertos de música clásica. ¿De verdad nunca os animáis a ir juntos?
—No. Si salgo, prefiero ir al cine a ver algún estreno. Aunque en casa también se está muy bien. Para algo existen los cines en casa, ¿no?
Y Valeria lanzó una mirada al televisor normal y corriente que había en un rincón del salón de Mercedes, una mirada en la que se adivinaba un desprecio muy mal disimulado.
La anfitriona se apagó un poco. No era así como había imaginado a la futura esposa de su hijo. Javier, al notar el cambio en el rostro de su madre, también frunció el ceño. Comprendía que no era el mejor momento para decepcionarla, sobre todo teniendo en cuenta la conversación que aún quería tener con ella.
Los jóvenes no se quedaron demasiado. Valeria dijo que tenía que volver porque su jefe podía llamarla esa noche. Javier le pidió un taxi, la acompañó hasta la puerta y luego regresó al piso de su madre para ayudar a recoger la mesa y, de paso, hablar a solas.
—Bueno, mamá, por tu cara diría que Valeria no te ha gustado mucho —dijo con tristeza.
—Ay, hijo, déjate de eso. Lo importante es que te guste a ti —respondió Mercedes—. Aunque, sinceramente, no me imagino cómo sería convivir con una chica así. Yo soñaba con una nuera muy distinta.
—Lo que pasa es que todavía no la conoces. De verdad que es buena chica. Igual estaba nerviosa y ha dicho alguna tontería sin querer.
—No sé si estaba nerviosa. Más bien me parece que ha dicho exactamente lo que pensaba. Pero en fin, no soy quién para meterme en el alma de nadie. Bastante con haber escuchado lo que ella ha querido contar.
—Voy a pedirle matrimonio. Llevamos bastante tiempo juntos y, como comprenderás, lo nuestro es serio. Me gusta, la quiero y me gustaría compartir mi vida con ella.
—Eso ya lo he entendido. Y supongo que mi opinión no cambiará nada, ¿verdad?
—La verdad es que no. He decidido pedirle que se case conmigo y no pienso echarme atrás. Claro que me gustaría que os llevarais bien, así que es posible que pronto tengamos boda.
—¿Y tan pronto? Eso es una decisión importante. Todo eso hay que hablarlo, pensarlo bien.
—Lo hablaremos, mamá. Pero lo principal es otra cosa: queremos vivir aparte. Valeria no tiene piso. Ella es de un pueblo de Toledo y allí viven sus padres, en una casa, sí, pero lejos de Madrid. Y además son un montón de personas: hermanos, hermanas, la abuela… qué sé yo. Aquí, contigo, espacio hay, desde luego, pero hoy en día nadie quiere vivir con sus padres. Así que yo he pensado que lo mejor sería vender este piso y repartirlo.
Mercedes se quedó inmóvil.
—¿Cómo que vender este piso?
—Pues eso. Se vende este piso, que es grande y está en muy buena zona, tú te compras uno más pequeño, pero bonito, en el mismo barrio o cerca, y nosotros con el resto y una hipoteca podemos comprar algo para empezar nuestra vida. No sería mala solución.
—Menuda ocurrencia. Este piso es estupendo. Y aunque vivirais aquí, sitio habría para todos: para mí, para vosotros e incluso para vuestros hijos, si algún día los tenéis. Pero ¿para qué voy a vender una vivienda como esta, en un barrio donde tengo todo a mano, para irme a saber dónde? ¿A una urbanización nueva? Eso costaría un dineral. ¿Y a un edificio viejo en cualquier otra zona? Tampoco me hace ninguna gracia.
—No es así, mamá. Hoy hay muchas opciones. Eso es lo de menos. Ya he hablado incluso con un agente inmobiliario, un conocido, y me ha dicho que puede buscar alternativas muy buenas. Lo importante es que quieras. Tú tendrías un piso más pequeño, claro, porque no necesitas tanto espacio. Y procuraríamos que estuviera cerca, para seguir viéndonos, yendo a visitarte, compartiendo cosas…
—Vaya, vaya… o sea que ya lo tienes todo pensado. Has hecho cálculos, has hablado con inmobiliarias y a mí ni siquiera se te había ocurrido preguntarme si estoy de acuerdo. Pues no, Javier. No pienso vender este piso. Y no voy a dar mi consentimiento. Creo que mi opinión también debería contar.
—Tu opinión cuenta más que ninguna, pero, mamá, piensa en la situación. ¿Cómo hacemos si no?
—No lo sé. No soy yo la que quiere casarse y reorganizar la vida de los demás. Si queréis casaros, eres un hombre hecho y derecho. Tendrás que pensar tú cómo conseguir vivienda para tu familia. Pero yo no tengo ninguna prisa por desprenderme de esta casa. Aquí he vivido toda mi vida. Aquí vivieron tus abuelos sus últimos años. Aquí pasaron mis mejores recuerdos. A mi edad, cambiarse de sitio no es fácil. Aquí tengo el centro de salud, aquí tengo amigas de toda la vida, vecinas a las que conozco desde joven. ¿Y ahora me voy a ir a la vejez a un lugar donde no conozca a nadie y todo me resulte ajeno? No. A mí esa idea no me sirve.
—Podemos buscarte algo cerca, en esta misma zona. Nadie está diciendo que te vayamos a mandar al otro extremo de Madrid.
—Claro, nadie lo dice. Sería absurdo decirlo tan de frente. Ahora puedes prometerme lo que quieras. Pero luego la realidad ya se verá. Y no confío mucho en que salga nada bueno.
—Perdona, mamá, pero eso es egoísmo puro y duro —empezó a alterarse Javier.
—¿Y lo tuyo qué es? ¿Generosidad? Quieres dejar desprotegida a tu propia madre. ¿Y por quién? ¿Por esa chica hueca? ¿De verdad piensas pasar toda tu vida con ella? Yo lo dudo muchísimo. Lo más probable es que dentro de un año os hayáis separado. Y el piso ya estará malvendido. No. No y no. No voy a vender nada.
—No esperaba estas palabras de ti. Sabía que no ibas a decir que sí enseguida, pero tampoco imaginaba algo así. Encima te permites insultar a la mujer con la que quiero casarme solo por aferrarte a este piso de toda la vida, como si no hubieras visto ya suficiente de estas paredes.
—No me cansa esta casa. Y no pienso venderla. ¿Te guste o no? Lo siento, hijo.
—Pues claro que no me gusta. Y te aseguro que seguiré insistiendo.
—¿Y cómo piensas insistir? ¿Me vas a denunciar? ¿A ponerme un cuchillo al cuello?
—No digas tonterías. Pero entiende que esto puede hacerme irme de aquí de verdad. Y quizá sea lo mejor. Tal vez, cuando te quedes sola, te des cuenta de que tengo razón. Tienes mi teléfono. Llámame cuando entres en razón y aceptes lo que es lógico.
Mercedes se quedó descompuesta. Jamás había imaginado que aquella conversación terminaría así. Pero Javier, herido y enfadado, recogió algunas cosas y se fue dando un portazo, sin despedirse siquiera.
Ella se sentó a la mesa, miró el ramo de crisantemos y rompió a llorar con amargura. No estaba dispuesta a vender el piso, pero tampoco había esperado perder a su hijo de aquella manera.
Javier se marchó contrariado, aunque en el fondo no creía que la decisión de su madre fuera definitiva. Al final, pensaba, soy su único hijo. Le asustará la distancia, la soledad, y acabará cediendo. Pero antes tendría que explicárselo a Valeria, y no estaba nada claro que ella quisiera casarse si entendía que, por ahora, no habría vivienda propia. Y aunque Mercedes accediera, vender un piso, comprar otro y arreglar todo eso tampoco era cosa de una semana. Todo por la absurda terquedad de su madre. Qué manía con el barrio, con la casa, con las costumbres. Todo el mundo se acostumbra a sitios nuevos, pensaba él. Y tampoco Mercedes era una anciana inválida: podía hacer nuevas amistades, coger un autobús para ir al ambulatorio y vivir perfectamente.
La conversación con Valeria no fue agradable.
—Ya lo sabía yo —dijo ella con una sonrisa amarga—. No entiendo por qué estabas tan seguro de que tu madre iba a aceptar vender el piso. ¿Y ahora qué? ¿Vamos a pasarnos la vida en este apartamento de alquiler?
—Si este te parece pequeño, podemos buscar otro más grande. Al final acabará entrando en razón, ya lo verás.
—Yo no estoy nerviosa. Estoy convencida de que no va a aceptar jamás. Podría haber ido vestida de monja y le habría dado exactamente igual. No le gusté desde el primer segundo. Le molesta que no me gusten los teatros, que no escuche conciertos… Como si yo le prohibiera hacer esas cosas. Hay gente increíblemente egoísta.
—Eso mismo le dije yo. Pero fue todo muy de golpe. Necesita tiempo. Se sentará, pensará, y verá que tengo razón.
—¿Y cuánto tiempo? ¿Una semana? ¿Un año? ¿Diez? Seguro que fuiste blandito, como siempre. Lo que tendrías que haberle dicho es: “Mira, mamá, esto se va a hacer sí o sí”. Porque alguna parte de derecho sobre ese piso también tienes.
—Tener, tengo. Pero no pienso ir a juicio ni pelearme con mi madre. Es una mujer mayor, vive sola y ya está bastante disgustada.
—Ah, ¿que ella está disgustada? Pues pobrecita. Hay que compadecerla. Hazlo, nadie te lo impide. Aquí la mala siempre soy yo. Y yo no estoy pidiendo nada del otro mundo. ¿Qué quería tu madre, que viviéramos con ella? ¿No entiende que sería peor? Si yo no le gusto, ¿para qué quiere tenerme cerca, chupándome la sangre?
—Valeria, basta. A ver si al final voy a pensar que, sin piso, yo no te importo nada.
—¿Y tenemos piso? ¿Lo vamos a tener? ¿Una casa de verdad, nuestra?
—Te he dicho que hay que esperar. Nada más.
Pero la espera se hizo larga. Durante varios meses, la comunicación entre madre e hijo quedó rota. No es que Mercedes no sufriera por aquella separación. Al principio también ella esperó. Primero pensó que Javier terminaría discutiendo seriamente con Valeria por culpa de su negativa. Luego creyó que el propio Javier echaría de menos a su madre y acabaría llamándola. Pero no llamó.
Entonces comprendió que tendría que actuar ella.
Se convenció de que su hijo estaba demasiado fascinado por aquella chica y no veía con claridad el tipo de matrimonio en el que se estaba metiendo. Así que un día marcó su número y lo invitó a hablar. En realidad, empezó con una broma teñida de reproche:
—Hola, Javier. ¿Todavía recuerdas que tienes madre o te crees nacido en una probeta?
—Mamá… —respondió él con una mezcla de alivio y fastidio—. Claro que no he olvidado nada. Te echo mucho de menos. Solo estaba esperando a que me llamaras tú.
—Claro, después de casi tres meses. ¿Y no se te ocurrió que una madre podría morirse en ese tiempo? ¿O era precisamente eso lo que estabas esperando?
—Bueno, mamá… ¿me llamas para burlarte de mí o qué?
—No. Te llamo porque quiero verte. No quiero hablar por teléfono. Ven, por favor. Y espero que vengas solo.
—Claro que iré solo. Valeria sabe que no le has cogido cariño precisamente, y tampoco le apetece mucho verte. Es una chica muy sensible, aunque de eso hablaremos otro día. Voy para allá enseguida.
Javier estaba convencido de que por fin su madre había entendido que no tenía otra salida. Seguro que la perspectiva de perder definitivamente a su hijo había sido más fuerte que su apego al piso. Imaginó una conversación difícil, sí, pero con el desenlace correcto.
Se equivocó.
Mercedes no lo había llamado para hablar de ninguna venta. Lo había llamado para pedirle un favor.
—Dentro de poco llega a Madrid la hija de una amiga mía —le explicó—. ¿Te acuerdas de Rosario, tía Rosario? Vino una vez a casa hace unos años. Pues tiene una hija, Sofía. Ha decidido mudarse aquí. No conoce a nadie más que a mí. Rosario me ha pedido si puede quedarse en mi casa una temporada, hasta que encuentre trabajo y un piso. Yo tengo sitio, así que puede quedarse. Y a ti quería pedirte una cosa: mañana tendrías que ir a recogerla a Atocha. Llega con equipaje, y yo sola no puedo andar cargando maletas. Tú estás libre, es sábado, así que te vendrá bien.
—Fenomenal —dijo Javier con ironía—. ¿Y quién es esa Sofía? ¿Qué sabes de ella aparte de que es la hija de Rosario?
—¿Y qué más voy a saber? He visto fotos. Es una chica guapa, parece sensata. No entiendo qué es lo que te inquieta.
—Me inquieta tu ingenuidad. Una señora a la que hace años que no ves te llama, te pide que alojes a una hija a la que no conoces de nada, y tú dices que sí encantada porque “tienes sitio”. Ya veo: para eso el piso sí es grande y acogedor. Al hijo, en cambio, se le deja ir.
—¿Qué hijo he echado yo? ¿A dónde te he echado? Tú te fuiste porque quisiste. Yo no te he echado de ninguna parte. Sí, no quiero vender el piso. Y creo que tengo derecho a pasar aquí mis últimos años sin ir de vivienda en vivienda.
—¿Entonces la recojo o no la recojo? Porque, si no, tendrás que pedirle a algún extraño que lo haga.
—¿Y a quién voy a pedírselo? A ti te han importado últimamente más los extraños que los tuyos. En fin, ¿vas a ir o no?
—Sí, iré a recoger a tu Sofía y ya veré qué clase de persona es. Y si no me convence, en vez de traerla aquí, la llevo a un hotel y que se apañe.
—Por favor, no montes ninguna escena. A la chica la he invitado yo, no tú. Aquí no le molestará a nadie. Tú no piensas vivir aquí, así que no sé por qué tanto problema. No voy a empadronarla ni nada parecido. Si no nos llevamos bien, ya le pediré yo que se marche. Pero, de momento, vendrá a mi casa. Ya verás cómo es una chica estupenda, sensata, lista… y muy guapa, por cierto.
—¿Por qué me la estás vendiendo tanto? ¿Acaso pensabas casarme con ella? Si es así, llegas tarde. Yo ya tengo novia. Y si no me he casado todavía es por el tema del piso. Gracias de nuevo por eso.
Mercedes hizo un gesto con la mano, como espantando una tontería.
—Y sobre lo del piso, ¿sigues igual? —preguntó él, aunque ya conocía la respuesta.
—Lo que tenía que decirte ya te lo dije el primer día. No voy a vender nada.
—Ya veo. Bueno, si has decidido convertir la casa en un hostal, allá tú. A saber cuántas amigas más te saldrán ahora, y cuántos hijos ajenos vas a ir metiendo aquí.
—Los que haga falta —zanjó Mercedes.
A la mañana siguiente, Javier se levantó temprano para ir a buscar a aquella desconocida. Antes, como era de esperar, tuvo otra discusión desagradable con Valeria, al tener que explicarle que la llamada de su madre no había servido para avanzar un solo paso en el asunto del piso.
—Ya me lo imaginaba —dijo ella con frialdad—. Tú, ingenuo, enseguida te hiciste ilusiones. “Mamá nos ha llamado, algo se arreglará…”. Pues ya ves. Ahora te toca ir a recoger a otra mujer. Muy bien. No olvides llevarle flores. Y dale dos besos en el andén.
—No empieces, Valeria. Si crees que esta misión me entusiasma, te equivocas. No habrá ni flores ni besos. Y si no te fías, ven conmigo.
—Gracias, pero no. Lo último que me faltaba era ir a cargar maletas de las amistades de tu madre. Ve tú, si te sobra el tiempo y el amor propio.
Javier decidió no prolongar aquella pelea. Llegó tarde a la estación porque la discusión se había alargado más de la cuenta. Cuando apareció en el andén, casi todos los pasajeros ya habían bajado. Solo quedaba una muchacha delgada, frágil, con un bolso pesado al hombro. Un hombre le estaba ayudando a sacar una maleta grande del tren.
Javier se acercó apresuradamente.
—¿Sofía? Soy Javier, he venido a buscarte. Gracias, ya me ocupo yo.
Cogió la maleta del desconocido, hizo una inclinación seca de cabeza y condujo a la chica hacia el aparcamiento. Le costó meter todas sus cosas en el maletero, le abrió la puerta y emprendieron el camino hacia casa de Mercedes.
Decidió dejar clara desde el principio una cosa: su madre no era una mujer sola y vulnerable a la que cualquiera pudiera manipular.
—¿Piensas quedarte mucho tiempo? —preguntó mientras conducía—. ¿Y por qué has decidido instalarte precisamente en casa de mi madre?
—He venido a vivir a Madrid —explicó Sofía con naturalidad—. Y a quedarme con Mercedes porque no conozco a nadie más. En realidad, tampoco la conozco a ella, pero mi madre sí. Fueron muy amigas de jóvenes, estudiaron juntas. Supongo que eso ya lo sabes, o al menos habrás oído hablar de mi madre.
—He visto a Rosario pocas veces. Pero, francamente, me sorprende que una chica joven decida irse a vivir con una mujer a la que no conoce de nada.
—No le veo nada raro. Mi madre siempre habló maravillas de Mercedes. Han hablado largo y tendido por teléfono y por mensajes. Yo no voy a incomodar a nadie. En cuanto encuentre un piso, me marcharé. Además, tu madre me dijo que no le suponía ninguna molestia, que incluso le vendría bien tener compañía.
—Digamos que te creo. De todos modos, quiero que sepas una cosa: no tengo inconveniente en que mi madre reciba en su casa a quien quiera, pero no permitiré que nadie se aproveche de ella.
—No sé por qué me hablas así, como si yo fuera una delincuente.
—No he dicho eso. Solo digo que estaré pendiente. Muy pendiente.
—Perfecto. Vigila todo lo que quieras. Me parece admirable que te preocupes tanto por tu madre. Aunque, ya que estamos… ¿por qué no vives con ella?
—Eso no te importa.
—Tienes razón —respondió Sofía con calma—. No me importa. Te lo he preguntado por curiosidad. Si no quieres responder, no pasa nada. Está claro que no te hace gracia que yo vaya a quedarme en casa. Una pena. Pensé que, siendo casi de mi edad, podrías orientarme un poco. Pero si no, no pasa nada. No soy tan indefensa como parezco. Me las apañaré sola.
—Ya me imagino —soltó Javier con amargura—. Una como tú seguro que encuentra sitio enseguida y sabe meterse donde haga falta. Te plantas en casa de una desconocida y das por hecho que te va a recibir con los brazos abiertos.
Pensó para sí: Mi madre es demasiado confiada, eso es lo que pasa. Seguro que le pesa la soledad, y por eso ha abierto la puerta a cualquiera. Ojalá esta chica resulte ser una estafadora y le dé un pequeño susto. Así entenderá que a los suyos no se los aparta para acoger a extraños.
Al llegar al edificio, Javier bajó las maletas y volvió a la carga.
—Desde luego, pesadas sí que son. No quiero ni pensar qué llevas ahí dentro. ¿Todo tu ajuar?
—Perdona, claro que pesan —respondió Sofía sin perder la compostura—. Llevo libros, cosas de trabajo, ropa… Preferí traer todo lo que pudiera necesitar para no estar haciendo viajes constantemente ni dar más molestias.
Javier, picado por el tono, cargó con las maletas hasta la puerta sin decir nada más. Mercedes ya estaba esperando.
—¡Sofía, por fin! Llevo un rato asomándome a la ventana —dijo con una alegría que parecía dirigida a una persona de la familia.
—Bueno, yo me voy, que tengo cosas que hacer —soltó Javier, dejando el equipaje en el recibidor.
—¿Qué prisa es esa, hijo? Quédate a tomar un café con nosotras —le pidió Mercedes.
Pero él se negó.
—Gracias, pero es tu invitada. Ya charlaréis tranquilas.
Y bajó las escaleras con gesto sombrío. Le esperaba otra conversación desagradable con Valeria y, además, sentía la necesidad de contarle lo que había visto y oír sus comentarios.
Sofía, por su parte, tenía también algo que hablar con Mercedes. Después de despedir a Javier, preguntó en voz baja:
—Bueno, ya he conocido a tu hijo. ¿Qué te parece? ¿Crees que me odia mucho?
—No te preocupes. Es brusco, pero no es malo. Está preocupado por mí… aunque no sabe ni la mitad. Si supieras cuánto me preocupa él a mí. Y tengo mis razones. Pero antes cuéntame cómo está Rosario. No sabes cuánto os agradezco que me estéis ayudando. Sola ya no sabía qué hacer.
Y las dos mujeres se pusieron a hablar de asuntos mucho más serios de lo que Javier podía imaginar.
Él, entretanto, conducía de vuelta dándole vueltas a la cabeza. La chica no parecía peligrosa a simple vista, pero eso no significaba nada. Era guapa, estaba bien vestida, cuidada. Llevaba maletas buenas, no baratas precisamente. ¿De dónde salía el dinero? Ni siquiera había preguntado de qué trabajaba ni qué pensaba buscar en Madrid. Estaba claro que no estaba casada. ¿Tendría algún amante rico? ¿Habría huido de algo? Todo le parecía raro. Fuera quien fuera y viniera de donde viniera, Javier estaba seguro de que aquella llegada no era casual.
Valeria, por supuesto, tenía su propia lectura del asunto.
—Bueno, ¿qué tal? ¿Te ha gustado tu hermanita? —preguntó con veneno en cuanto él entró.
—¿Qué hermanita? ¿De qué hablas?
—¿Y qué va a ser, si va a vivir con tu madre como una hija? O quizá no quieres que sea una hermana. ¿Tienes otros planes? Dime una cosa: ¿es guapa?
—Sí, es muy guapa. ¿Y qué importa eso? Valeria, por favor, entiende de una vez que solo he ido a recoger a una conocida de mi madre. No hay ningún doble sentido. De verdad, déjalo ya. Es una chica normal, no tiene nada especial. Se quedará unos días y luego se irá.
Pero Valeria no era fácil de apaciguar.
—¿Tú crees que se va a ir así como así? ¿Y para qué ha venido entonces? Te lo digo yo: ha venido porque tu madre la ha llamado. Porque quiere juntarte con ella. Yo vi perfectamente que no le gusté a tu madre, y ahora hará cualquier cosa para separarnos. Está clarísimo.
Lo cierto es que aquella posibilidad también se le había pasado a Javier por la cabeza. Pero no le parecía especialmente grave.
—Supongamos que tienes razón. ¿Y qué? A mí nadie me ha dicho nada. Yo vivo contigo, no con ellas. ¿Cómo se supone que van a emparejarme con nadie si yo ya tengo pareja y comparto mi vida contigo? Que piensen lo que quieran. Lo único que me importa es que tú no empieces a imaginar tonterías. Y, por cierto, deja de decir “tu madre” con ese tono. O “la vieja”, o “tu mamita”, o lo que sea que estás pensando. Me molesta.
—Ay, no te preocupes, puedo llamarla “la queridísima señora” si eso te hace feliz. Me da igual. Lo que me gustaría saber es cómo me llama ella cuando habla contigo. Seguro que “esa chica” o algo peor.
—No te llama de ninguna manera. Y si alguna vez lo hiciera mal, la corregiría. Te lo pido: no busques problemas donde no los hay.
—No los busco, Javier. Intento evitar que aparezcan.
Pero, en el fondo, Valeria estaba convencida de su propia teoría. La madre de Javier quería apartarla. ¿Y qué mejor manera que poniendo delante de su hijo a otra muchacha, educada, lista y bien vista? Que Javier no viviera con su madre no cambiaba nada: si iba con frecuencia a verla, podía terminar acercándose a aquella Sofía. Valeria pensó incluso que quizá debería acompañarlo cada vez, para controlar la situación. Pero la sola idea de sentarse delante de Mercedes y de la posible rival le repugnaba. Además, no quería que ninguna de las dos se diera cuenta de que estaba inquieta. Eso habría sido mostrar debilidad.
Lo mejor, concluyó, sería que ella y Javier se casaran cuanto antes. Entonces nadie podría arrebatarle nada. Pero ese tema lo había frenado ella misma, exigiendo antes una vivienda propia. ¿Y si el asunto del piso no se resolvía jamás? Javier ya no hablaba de boda, y ella tampoco sabía cómo recuperar aquella conversación sin quedar en evidencia. Y aunque se casaran, pensó con amargura, un papel no garantiza nada si la madre y otra mujer se empeñan en separar a un hombre.
Javier decidió que no podía dejar las cosas al azar. Tal vez Sofía fuera buena persona, pero había que observar lo que hacía con Mercedes. Dos días después fue a ver a su madre sin avisar. No encontró a ninguna de las dos. Llamó por teléfono y Mercedes no respondió. Aquello le inquietó de inmediato. Preguntó a los vecinos si habían visto salir a Mercedes con su nueva huésped. Una señora del rellano dijo que sí: las había visto bajar arregladas, subirse a un taxi y marcharse muy contentas. Quizá iban a una celebración o de visita a algún sitio.
Javier se quedó esperando en el coche. Al cabo de un rato las vio aparecer, animadas, hablando con entusiasmo.
—Mamá, ¿dónde estabas? Llevo un buen rato aquí. He preguntado a todo el mundo. ¿Te parece normal? —saltó él en cuanto estuvieron cerca.
—Hemos ido al teatro, Sofía y yo —respondió Mercedes, encantada—. Hacía siglos que no iba y nos ha gustado muchísimo. La obra era preciosa…
—Muy bien, pero ¿por qué no me avisaste? Me he preocupado.
—¿Avisarte? ¿Y desde cuándo tengo que informarte de cada paso que doy? —preguntó Mercedes con asombro—. Has estado meses sin preguntarte dónde estaba ni qué hacía, y ahora salgo una tarde y ya es un drama. Hemos ido al teatro. ¿Qué hay de malo en eso? Y a lo mejor pronto vamos a una exposición. En Madrid hay de todo.
—Perdona, Javier —intervino Sofía—. La próxima vez te avisaremos para que no te preocupes. Fui yo quien invitó a Mercedes. En mi ciudad apenas hay actividades culturales, y aquí hay tanto que ver… Nos lo hemos pasado muy bien. No te enfades.
—No estoy enfadado. Solo me he asustado al llegar y no encontraros.
—Pero tú tampoco habías dicho que venías —replicó Mercedes—. No te esperábamos. De todos modos, si te tranquiliza, te avisaré cuando salga. Tampoco hace falta que te llame para decirte que voy al baño —añadió con humor.
—No exageres, mamá.
—Claro que puedo ir donde me dé la gana sin pedir permiso. Pero ya veo que, si te enteras de improviso, te inquietas. Bien, te avisaré.
—No entiendo qué te preocupa tanto —insistió ella—. Las funciones terminan tarde. Hemos vuelto dando un paseo porque hacía buena noche. Eso es todo.
—Si lo que temes —dijo Sofía mirándolo de frente— es que yo quiera hacerle daño a tu madre, te equivocas. La aprecio de verdad. Y estas salidas le están sentando muy bien.
Javier no salió completamente tranquilo de aquella conversación. Sí, era cierto que a su madre le encantaban el teatro, los conciertos y las actividades culturales, y últimamente apenas había podido disfrutarlos. Él estaba demasiado absorbido por su relación con Valeria. Las amigas de Mercedes no siempre estaban libres; muchas tenían hijos, nietos o incluso seguían trabajando. Ahora, en cambio, estaba Sofía. Y eso, por un lado, era positivo. Pero por otro… seguía sin gustarle.
Así pasaron otros dos meses. Sofía seguía viviendo con Mercedes. Aparentemente no había encontrado trabajo ni piso. Juntas iban al teatro, a exposiciones, a charlas, a conciertos. Javier empezó a recibir aviso cada vez que salían, y él también informaba cuando iba a pasar por casa. Sin embargo, cada vez le agradaba menos la situación. Sofía no parecía tener ninguna prisa por marcharse. Vivía con Mercedes, probablemente a costa de Mercedes, y ni siquiera se hablaba ya de una posible mudanza.
Además, casi nunca lograba quedarse a solas con su madre. Sofía estaba siempre cerca.
Un día consiguió un momento en que la joven andaba en la cocina y aprovechó.
—Mamá, ¿no crees que Sofía ya lleva demasiado tiempo aquí? Se suponía que era algo provisional, hasta que encontrara trabajo y alquiler, pero ya van casi tres meses.
—¿Y a ti qué más te da? No vive contigo, vive conmigo. Y a mí no me molesta en absoluto. Más bien al contrario.
—Bueno, pero ¿de qué vive? ¿De tu pensión? ¿O es que tienes ingresos escondidos y yo no me he enterado?
—Eso no te incumbe. Yo no te pido nada, ¿verdad? Y tampoco me meto en tu vida con Valeria. Así que no sé por qué te interesa tanto cómo vive Sofía.
—Porque esta también es mi casa. Estoy empadronado aquí. Si ella tiene algún interés en este piso…
—No tiene ningún interés en nada. Y no entiendo qué te da derecho a hablar así. La he invitado yo, y no hemos puesto plazos. No la estoy echando. Y, además, me ayuda.
—No sé exactamente en qué te ayuda, pero te veo más cansada que antes. Y no me extraña. Todo el día arriba y abajo, teatro, paseos, exposiciones… No tienes veinte años.
—No digas tonterías ni me recuerdes la edad a cada rato. Al contrario: desde que Sofía está aquí me han vuelto las ganas de vivir. Tengo con quién hablar. Eso ya vale mucho.
—Claro. Por hablar un poco ya se le puede abrir la casa a cualquiera, darle de comer, invitarla a todo… ¿Qué será lo siguiente? ¿Buscarle marido?
—No entiendo tu hostilidad. ¿Estás celoso o qué? Nunca te había visto así. Tienes novia, vives tu vida, yo vivo la mía. ¿Por qué no iba a alojar a la hija de una amiga? Hija propia no tuve más que a ti, y nuera como me gustaría tampoco la tengo. Ya sabes que con Valeria no iba a funcionar esta cercanía. Con Sofía, en cambio, me siento muy bien.
Javier se mordió la lengua. Entonces decidió hablar con la propia Sofía en cuanto pudiera. Al fin y al cabo, era una mujer adulta y debía entender que aquella convivencia empezaba a resultar extraña.
La oportunidad llegó unos días después.
—Bueno, Sofía, ¿qué tal van las búsquedas de trabajo? —preguntó con tono burlón.
—Gracias por preguntar. De momento, sin resultados —respondió ella tranquilamente.
—Qué raro. Una chica joven en Madrid y después de dos meses sigue sin encontrar nada. Igual es que estás demasiado ocupada paseándote por los teatros.
—No entiendo por qué te molesta tanto.
—¿Y cómo no me va a molestar? Has venido supuestamente a buscar trabajo y piso, pero sigues aquí, viviendo a costa de mi madre. Y no pareces tener prisa. Que sepas que yo estoy empadronado en esta vivienda. Así que, si has puesto los ojos en ella…
—No he puesto los ojos en nada. Y no sé qué derecho tienes a hablarme así. Me invitó tu madre. No hemos fijado fecha de salida. Ella no me echa. No vivo contigo ni te quito espacio. Así que no sé de qué te quejas.
—Mi madre es demasiado educada para decir ciertas cosas. Pero ya te dejé claro el primer día que no está sola y que hay quien se preocupa por ella.
—No lo parecía antes de que yo llegara —replicó Sofía sin levantar la voz—. Tú llevas tiempo viviendo aparte y, por lo que veo, tampoco venías tan a menudo. Javier, de verdad, no tengo malas intenciones ni quiero nada de esta casa. Si eso es lo que te inquieta.
—Me inquieta todo. Y esos paseos continuos con mi madre también. La veo contenta, sí, pero agotada. ¿No has pensado que todo ese trajín puede ser demasiado para ella?
—No lo creo. Pero te prometo que hablaré hoy mismo con Mercedes. Y si noto el más mínimo cansancio o molestia, cambiaremos el ritmo. Incluso, si tanto te preocupa lo del alojamiento, puedo pedir ayuda para encontrar piso. Conozco bien Madrid.
—No necesito tus favores. Si necesitara algo, te lo diría. Mientras tanto, déjame en paz con tus explicaciones.
Y ahí quedó aquello.
A partir de entonces, Javier comprendió que, por el momento, no podía cambiar nada. Así que se limitó a vigilar. Sofía no hacía nada objetivamente malo, pero él no bajaba la guardia.
Cada vez, sin embargo, le costaba más. Le daba la impresión de que su madre había empezado a llevar una vida completamente ajena a él. Un día, después del trabajo, decidió pasar por casa sin avisar. Eran casi las nueve de la noche. Nadie abrió. Aquello ya le pareció extraño. No podía dejar de pensar: ¿dónde puede estar mamá a estas horas? Otra vez esa Sofía se la ha llevado sabe Dios dónde. Intentó tranquilizarse. Mercedes era una mujer adulta, y no había motivos para montar un escándalo. Pero marcharse sin averiguar nada también le resultó imposible.
Esperó en el rellano. Al poco, el ascensor se abrió y aparecieron Mercedes y Sofía, contentísimas.
—¡Hijo! ¿Qué haces aquí tan tarde y sin llamar? —preguntó Mercedes.
—¿Y tengo que pedir cita? ¿Dónde habéis estado ahora? ¿Qué secretos son estos?
—En una cita —respondió Mercedes, divertida.
—No seas exagerado. Hemos dado un paseo por el parque antes de cenar. El aire de la tarde es buenísimo. Y, por cierto, Sofía y yo hemos decidido irnos unos días a un balneario en la sierra. Ya hemos reservado habitación. Espero que no te opongas.
Javier se quedó de piedra. ¿Ahora también viajes? ¿Y si no hubiera aparecido aquella noche, nadie iba a decirle nada?
Intentó averiguar qué balneario era y con qué motivo iban. Mercedes, sonriente, se limitó a darle un beso en la mejilla y a pedirle que no se preocupara. A la mañana siguiente las llevó a la estación, las ayudó con el equipaje y se fue de allí con un mal presentimiento clavado en el pecho.
Todo le parecía raro. El tiempo pasaba, Sofía no hablaba de trabajo ni de alquiler, y su madre parecía vivir en una dimensión propia, a la que él no tenía acceso. Lo único que podía hacer era seguir yendo con frecuencia y estar atento.
Mientras tanto, en el piso de alquiler, la convivencia con Valeria empeoraba. Sus ausencias constantes para ir a ver a su madre le daban a ella un nuevo motivo de sospecha.
—¿Qué tal tu familia de verdad? —le soltaba cada vez que volvía—. ¿Todavía no ha empadronado tu madre a su hija adoptiva?
—Otra vez con eso, Valeria. Nadie ha empadronado a nadie ni ha adoptado a nadie. No tienes motivo para hablar así.
—¿Ah, no? Antes apenas te preocupabas tanto por tu madre. Desde que apareció esa Sofía no haces otra cosa que correr para allá. Por eso digo que ellas son tu verdadera familia. Y yo, ¿qué soy? Un estorbo. Del piso ya no se habla nunca. De nada se habla, salvo de “mamá”, “Sofía”, “mamá”, “Sofía”. ¿Y se supone que eso me tiene que gustar?
—Lo del piso no se puede hablar mientras esa situación siga así. Y, además, estoy cansado, Valeria. Vamos a cenar y dejemos la pelea para otro día.
—No me mandes callar. Si tú eres tan ingenuo que no ves lo que está pasando, yo sí lo veo. Tu madre quiere separarnos, y va camino de conseguirlo. ¿No te planteas que a mí todo esto puede terminar por hartarme?
Javier, aunque no quería admitirlo, comprendía que en algunas cosas Valeria no iba desencaminada. Pero no sabía qué hacer. Y, llevado por una mezcla de sospecha y desesperación, tomó una decisión: seguir a Mercedes y a Sofía. Averiguar de una vez adónde iban, qué hacían y por qué.
Una mañana, al oír que hablaban otra vez de un supuesto viaje al balneario, se presentó cerca del edificio y esperó. Al cabo de un rato, las dos mujeres salieron y subieron a un taxi. Javier arrancó su coche y fue detrás, procurando no perderlas de vista. El taxi no tomó el camino hacia la estación, sino otra dirección. Salió de Madrid y tomó una carretera hacia las afueras. Finalmente entró en una pequeña localidad y se detuvo frente a un edificio sobrio.
Javier aparcó más lejos. Una inquietud helada comenzó a crecer dentro de él. Se acercó unos pasos y leyó el cartel. Era un centro oncológico.
Sintió que el mundo se le vaciaba debajo de los pies.
¿Oncología? ¿Mamá? ¿O Sofía? No, Sofía no… ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué no sabía nada? ¿Cómo era posible?
No se atrevió a entrar. Se quedó fuera durante casi dos horas, atrapado entre el deseo de saber la verdad y el miedo a escucharla. Por fin la puerta se abrió y salió Sofía, sola. Javier fue hacia ella y la sujetó del brazo.
—¿Qué está pasando, Sofía? ¿Dónde está mi madre? ¿Qué tiene? ¿Puedo saber la verdad de una vez?
Ella lo miró con sorpresa y cansancio.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo has sabido…?
—Os he seguido. Sí, os he seguido. Porque me ocultáis cosas y yo no sabía ya qué pensar. ¿Mi madre está enferma? Dímelo de una vez.
—Te lo diré. Pero no aquí, en mitad de la calle. Vamos a algún sitio más tranquilo. Tu madre va a quedarse un rato más dentro. Allí no podemos hablar.
—Vamos en mi coche —respondió Javier con voz ronca—. No quiero perder un minuto más.
Fueron a una cafetería cercana. Se sentaron frente a frente y Sofía habló.
—Encontré trabajo hace tiempo, Javier. Trabajo precisamente aquí, en el centro oncológico. Soy oncóloga. Y vine a Madrid por petición de tu madre.
Javier se llevó las manos a la cabeza.
—Espera —dijo Sofía antes de que él se hundiera del todo—. No te adelantes. No hay nada irreversible. La enfermedad se detectó a tiempo y el tratamiento está respondiendo muy bien. En casos así no hablamos de “curación” de manera ligera, sino de remisión, pero puede ser una remisión larga y estable. Tu madre tiene muchas posibilidades de vivir muchos años y de hacerlo con buena calidad de vida. Eso sí, el tratamiento ha sido duro. Y ella ha sido admirable.
—Dios mío… Si lo hubiera sabido antes… Cuántas cosas horribles me habría ahorrado. He ido a casa con reproches, he montado escenas, te he acusado de no sé qué barbaridades. Seguro que la he hecho sufrir, y su estado de ánimo también cuenta. Perdóname por haber pensado mal de ti.
—No sabías nada. Y entiendo tu reacción. Tu madre fue quien quiso ocultártelo. No quería preocuparte. A veces, para la familia, la noticia pesa incluso más que para el propio paciente. Mira cómo estás ahora. Mucho peor de lo que estabas cuando creías que yo quería quedarme con su piso.
—Sí… muchísimo peor. Ojalá hubiera sido eso.
—Pues no. Pero de verdad te digo: no te vengas abajo. La enfermedad se descubrió en una fase inicial. Hay motivos para tener esperanza.
—Entonces… ¿lo de Rosario, lo de que venías a buscar trabajo y piso, todo eso era mentira?
—No del todo. Rosario es mi madre, y es cierto que ella y Mercedes son amigas desde hace muchos años. Eso no es mentira. El resto sí fue una historia inventada. Yo ya tenía trabajo y tenía dónde vivir. Fue tu madre quien llamó a la mía al conocer el diagnóstico. Y así decidimos que yo llevaría su caso y, además, estaría cerca de ella. Puede que mentirosas, sí, pero eran sus condiciones. No quería que tú lo supieras.
En ese momento, la conversación quedó interrumpida de forma brutal.
Valeria irrumpió en la cafetería.
Ella también había decidido seguir a Javier aquel día. Lo vio entrar con Sofía y sentarse con ella, y no quiso escuchar razones. Sin saber nada de la enfermedad de Mercedes, se lanzó sobre ambos.
—¡Así que esto es lo que haces cuando dices que vas a ver a tu madre! —gritó—. ¡Ya me lo imaginaba yo! ¡Llevas meses viéndote con esta zorra! ¿Quién ha organizado todo esto, la vieja esa o tú? ¿Qué miras, víbora? ¿Me has quitado al hombre y ahora te ríes?
Y antes de que nadie pudiera detenerla, se abalanzó sobre Sofía y le agarró del pelo.
Javier tuvo que separarlas como pudo.
—¡Basta, Valeria! ¡No tienes ni idea de lo que está pasando! Cálmate, por favor. Luego te lo explico todo. ¿Has venido en taxi? Pues ahora te subes a otro y te vas a casa. Mira el espectáculo que estás montando. Va a venir la policía.
—¡Que venga quien quiera! ¡Tú eres un miserable! ¡Yo en casa esperándote como una idiota y tú aquí con esta…!
Sofía, despeinada y pálida, se levantó.
—Llévatela a casa, Javier. Esto tiene que parar ya. Yo me voy en taxi. Luego le explicas lo que ha pasado. Yo no pienso participar en esta locura.
Javier pagó la cuenta a toda prisa, sacó a rastras a una Valeria fuera de sí y la metió en el coche. Durante todo el trayecto ella lloró, lo insultó, lanzó maldiciones y amenazas.
—Cállate un momento, por favor. Te aseguro que cuando sepas la verdad te vas a sentir muy mal —decía él.
—Ya la sé. Te he visto. Y me siento fatal, sí. Qué estúpida he sido. Cuánto tiempo he perdido contigo.
Solo al llegar al piso pudo contarle lo sucedido. Valeria, sin embargo, no quería creerlo.
—Vamos, inventa otra cosa. Primero era una historia, luego otra, ahora hasta te has inventado un cáncer. ¿No te da miedo decir esas cosas?
—No me lo he inventado. Mi madre está enferma. Y Sofía es su médica.
—Y yo soy tonta. ¿Crees que alguien se va a tragar eso?
—Piensa con calma. Si yo quisiera estar con Sofía, ¿quién me habría impedido dejarte hace tiempo? Si no lo he hecho, si sigo aquí intentando que me entiendas, es porque te quiero. Porque me importa lo nuestro.
Aquella vez consiguieron hacer las paces, aunque fuera de manera precaria. No estaba claro si Valeria había creído por completo la historia o si simplemente no quería perder a Javier. Pero se calmó. Hablaron casi toda la noche. Él logró convencerla de su fidelidad y de que debía tratar con delicadeza a Mercedes. Y él mismo empezó a sentir una vergüenza profunda por su comportamiento. ¿Cómo había sido capaz de no ver el sufrimiento de su propia madre, de sospechar lo peor de la mujer que, en realidad, estaba luchando por salvarla?
Desde ese día, Javier cambió su actitud hacia Mercedes. Empezó a mostrarse mucho más atento, aunque procuraba no dejar claro que conocía el secreto. La llamaba cada día, pero ya no para discutir ni reprocharle nada. Le preguntaba cómo había dormido, cómo se encontraba, si no se cansaba demasiado, qué había hecho durante el día. Le enviaba recuerdos a Sofía. También hablaba con la propia Sofía, interesándose por la evolución de su madre, porque Mercedes jamás se quejaba de nada y siempre respondía con un “estoy estupendamente”.
Y las noticias de Sofía, poco a poco, fueron alentadoras.
—Puedes estar tranquilo, Javier. Tu madre está respondiendo muy bien. Nos quedan unas últimas fases del tratamiento y después haremos una revisión más completa. Todo apunta a que va hacia una remisión sólida.
Pero ¿cómo iba a dejar de preocuparse si su madre había estado tan enferma? Javier empezó a visitarla varias veces por semana. El tono de sus visitas era completamente distinto y aquello acabó delatándolo. Mercedes comprendió que su hijo ya sabía la verdad. Cuando vio que ocultarlo era absurdo, él mismo se lo confesó.
—Entiendo que no quisieras preocuparme —le dijo—, pero yo ya estaba preocupado. Solo que por cosas equivocadas. Y ahora me siento fatal. Habría podido ayudarte en algo, al menos acompañarte. No tendrías que haberlo llevado sola.
—Quizá tengas razón. Muchas personas les cuentan estas cosas enseguida a sus hijos, y hasta los médicos lo recomiendan. Pero ayudar, ayudar… poco podías hacer si no eres médico. Y al principio ni yo misma sabía si iba a salir de esta. No soportaba imaginar tu cara mirándome y pensando cuánto tiempo me quedaba. Todos nos vamos a morir algún día, claro, pero mientras una persona está más o menos sana, ni se piensa en ello. Cuando ya hay un diagnóstico… eso cambia. No, hijo, yo sigo creyendo que hice bien.
—No sé. Ya no sé qué pensar. Pero al menos ahora sé lo que ha hecho Sofía por ti. Qué suerte que existan personas así. Sin ella quizá todo habría sido distinto.
—Sí. Le debo muchísimo a Sofía. Y a Rosario. Sin esa ayuda me habría resultado todo mucho más duro.
—Si tú y Rosario erais tan amigas, ¿por qué casi nunca venía? ¿Os veíais poco?
—Poco en persona, mucho en todo lo demás. En la juventud fuimos inseparables. Una vez incluso le salvé la vida —dijo Mercedes riéndose al recordar.
—¿Cómo que le salvaste la vida? Eso no me lo habías contado nunca.
—Porque se me había olvidado. O porque no le di importancia. Éramos muy jóvenes, tendríamos dieciocho años. Íbamos caminando de un pueblo a otro porque se había cancelado el tren de cercanías y no queríamos esperar al siguiente. Hacía un calor tremendo y pasamos junto a un río. A mí me gustaba nadar, y me metí sin pensar mucho. Rosario, por no quedarse atrás, hizo lo mismo. Pero ella nadaba fatal. Al principio se defendía, pero se metió demasiado adentro y la corriente la arrastró. No gritaba, por vergüenza, pero yo la vi. Fui hasta ella y la saqué casi ahogada. Había tragado mucha agua. Ella se llevó un susto espantoso. Decía que había visto pasar la vida delante de sus ojos. Qué vida iba a ver, con dieciocho años… Pero desde entonces siempre dijo que le había salvado la vida.
—Vaya historia… O sea que esto ha sido una especie de deuda antigua.
—Algo así. Luego la vida nos separó. Terminamos de estudiar, ella se casó, se fue a otra ciudad. Yo también me casé, naciste tú, y ella tuvo a Sofía. Nos veíamos poco, pero no dejamos de escribirnos jamás. Tengo cajas llenas de cartas suyas. Y gracias a esas cartas supe que su hija había estudiado Medicina, que se había especializado en oncología. Cuando yo tuve el diagnóstico, enseguida pensé que no me vendría mal tener una opinión de confianza. Porque yo llevaba ya tiempo yendo de médico en médico, pero desde que empecé a notar algo hasta que me dieron un nombre para la enfermedad pasó casi un año. Y la enfermedad no espera. A lo mejor no habría sido tan serio si hubieran actuado antes. Así que llamé a Rosario, le conté todo y fue ella quien me dijo que Sofía ya trabajaba en Madrid. A partir de ahí, todo fue más rápido. Sofía se implicó muchísimo, movió pruebas, habló con otros especialistas… De otro modo, no sé quién se habría volcado tanto en una mujer jubilada como yo.
—No digas eso. ¿Cómo que no le importas a nadie? —dijo Javier con angustia.
—No empieces a imaginar desgracias. Ahora tú tienes tu vida. Tienes a Valeria. Y no te creas que yo la odio o le deseo nada malo. No es una persona de mi gusto, eso sí. Pero quien vive con ella eres tú, no yo. Así que espero que al menos estéis bien. Por cierto, ¿no se te hace tarde? Seguro que te está esperando.
Aquello entristeció a Javier, porque en realidad las cosas con Valeria iban de mal en peor. Ella parecía aceptar la enfermedad de Mercedes de manera superficial, pero sin verdadera compasión. Los reproches continuaban.
—¿Otra vez has estado allí? —solía recibirlo nada más entrar—. ¿Todavía no te cansas?
—¿Cansarme de qué? ¿De visitar a mi madre enferma? Lo que sí me cansa es escuchar siempre lo mismo.
—A mí me cansa pasarme la vida sola. Hace tiempo te dije que me sentía en segundo plano, pero ahora ya ni eso: siento que no existo. Estabas destrozado porque tu madre había estado enferma y tú no te habías dado cuenta. Muy bien. Pero ahora no te das cuenta de cómo estoy yo. Si me pusiera mala, tampoco lo notarías. Solo que yo no tengo ninguna Sofía que venga a cuidarme. Y tú tampoco estarías.
—No quiero dejarte, Valeria. Pero ya no entiendo qué quieres exactamente.
—Quiero saber qué quieres tú. Porque todo lo que tú quieres va en dirección contraria a lo que yo necesito. Ya ni hablo del piso. Claro, ahora con tu madre enferma ya no se puede tocar nada. Perfecto. Yo debería comprenderlo y estar feliz. Vale, lo comprendo. ¿Y después qué? Tus relaciones me dan miedo.
—Lo que a mí me da miedo es esto que tenemos nosotros, que ya no se parece a nada. Te lo he dicho mil veces: ven conmigo a ver a mi madre. Acompáñame. Nunca has querido.
—¿Y para qué? ¿Para sentarme a su lado, cogerle la mano, besarla, cuidarla, darle de comer? Pues te lo digo claramente: eso no lo voy a hacer. Yo no soy así. A mí no me manipula nadie como ella te manipula a ti. Y tú ni te enteras. No ves que quiere destrozarte la vida, separarte de mí.
—Ya basta —estalló Javier al fin—. Mi madre jamás ha dicho una mala palabra sobre ti, a diferencia de ti. Tú has insultado a todo el mundo: a ella, a mí y hasta a Sofía, la mujer que prácticamente le ha salvado la vida. Y a ti eso, en el fondo, hasta te molestó. A veces creo que incluso te habría venido bien que a mi madre le pasara algo. Lo digo en serio. Porque así todo te resultaría más cómodo. Pues lo siento, a mí no me da igual. Y si aquí alguien intenta separarme de alguien, eres tú. Tú intentas separarme de la persona más importante de mi vida: mi madre. ¿Qué quieres? ¿Que la abandone para sentarme a mirarte a ti?
No quiso escuchar la respuesta airada de Valeria. Cogió las llaves y se marchó. Estuvo horas caminando por la ciudad sin rumbo, sin contestar llamadas. Al final, casi sin pensarlo, fue a casa de su madre.
Su llegada resultó providencial. Mercedes y Sofía estaban radiantes. Acababan de recibir una noticia que lo cambió todo.
—Queríamos decírtelo mañana con calma —dijo Mercedes, con lágrimas de alegría—. Pensábamos invitarte a cenar a ti y a Valeria para celebrarlo. Me han dicho que estoy limpia. Las últimas pruebas han salido bien. De momento no hay signos de enfermedad activa.
Javier sintió que el pecho se le abría de alivio. La abrazó, felicitó a Sofía, prometió que irían al día siguiente a celebrarlo. No comentó ni una palabra de la pelea con Valeria. Pensó que quizá una cena así podría suavizar las cosas.
Sin embargo, al volver al piso de alquiler se encontró con una escena nada festiva. En la entrada lo esperaba su maleta.
—¿Y esto qué significa? —preguntó.
—No significa, es —dijo Valeria con voz helada—. Se acabó. Recoge lo que te falta y vete con tu querida mamita y con tu maravillosa Sofía. Bésalas, adóralas, reza delante de ellas, haz lo que quieras. A mí déjame en paz. Estoy harta. También soy una persona y también tengo derecho a ser feliz. No pienso ponerme gravemente enferma para que tú me prestes atención.
Tal vez esperaba una discusión, una súplica, una promesa. Pero Javier, en lugar de eso, soltó un largo suspiro.
—Puede que tengas razón. No te voy a decir que me alegre de acabar así, pero tampoco voy a fingir una tragedia que ya venía de lejos. Te deseo lo mejor, Valeria. De verdad. Mereces a alguien que encaje contigo.
Recogió sus cosas y se marchó para siempre. Aquella noche no fue a casa de su madre. No quería estropearle la alegría del día siguiente contándole la ruptura. Se quedó en un hotel y, a la noche siguiente, tal como había prometido, acudió a la cena.
Mercedes y Sofía daban los últimos retoques a la mesa cuando él llamó al timbre.
—¿Vienes solo? ¿Y Valeria? —preguntó Mercedes al abrir.
—Valeria ya no vendrá más —respondió Javier con serenidad—. Nos hemos separado, mamá. Pero no ha sido por ti. Simplemente, ella no era una persona para nosotros. Tú lo viste antes que yo. Yo, como siempre, tardé un poco más en entenderlo. Pero mejor tarde que nunca. Y ahora, por favor, celebremos lo importante.
Esta historia demuestra hasta qué punto los celos, la sospecha y los intereses materiales pueden deformar la mirada de una persona. Javier estaba tan obsesionado con agradar a una novia caprichosa y tan centrado en resolver el asunto del piso, que fue incapaz de ver lo esencial: su madre estaba luchando en silencio contra una enfermedad grave, y la mujer a la que él miraba con desconfianza no había llegado a su vida para sacar provecho, sino para salvarla.
Valeria, pendiente sobre todo de sí misma, de su comodidad, de la vivienda y de su posición en la relación, fue incapaz de mostrar compasión incluso cuando conoció la verdad. Sofía, en cambio, sin reclamar agradecimiento ni reconocimiento, hizo algo verdaderamente grande: ayudó a curar a la mujer que, muchos años atrás, había salvado la vida de su propia madre. Nadie la obligó. No lo hizo por interés. Lo hizo por gratitud, por humanidad y por decencia.
La historia recuerda que el valor de una persona no se mide por la ropa que lleva, por si le gusta el teatro o las compras, por si encaja en el ideal de una suegra o en la estética de una novia moderna. El verdadero valor se descubre en los actos, sobre todo en aquellos que se realizan en silencio, sin aplausos y sin esperar recompensa.
Javier perdió una felicidad aparente con Valeria, pero ganó algo mucho más importante: la comprensión de que una familia no se sostiene sobre cálculos materiales, sino sobre apoyo mutuo, lealtad, honestidad y capacidad de estar presente cuando llegan los días más difíciles. Y también aprendió a respetar profundamente a una mujer que, siendo casi una desconocida para él, resultó ser más noble que muchas personas cercanas.
Quizá para Javier comenzaba entonces una vida nueva, más limpia, sin engaños egoístas ni exigencias disfrazadas de amor. Y quién sabe si, con el tiempo, Sofía dejaría de ser únicamente la médica que salvó a su madre para convertirse en algo más. La vida tiene maneras extrañas de devolver las deudas antiguas. Pero solo las devuelve de verdad a quienes saben saldarlas con generosidad.





