Algo raro y totalmente fuera de lo común sucedió durante el bautizo de este niño. Nadie en la iglesia había contemplado jamás a un bebé retorciéndose, llorando y berreando con tanto ímpetu.
De repente, el nerviosismo se apoderó de todos al escuchar los alaridos que lanzaba el niño mientras el sacerdote lo sumergía en la pila bautismal. Por un instante, muchos pensaron que el cura lo estaba metiendo en agua hirviendo. La mamá del pequeño, doña Carmen Rodríguez, sentía que el corazón se le partía cada vez que oyó el llanto agudo de su hijo. Observó en silencio durante unos minutos, pero cuando ya no pudo aguantar más, se acercó al padre del niño y le susurró:
Perdone, ¿cuándo acaba esto?
En quince minutillos más, Carmen.
¿No hay manera de acelerar el asunto? Es que no soporto ver a mi niño chillando.
Sabe de sobra que si detenemos el sacramento, todo sería en vano. El niño debe ser bautizado correctamente.
Mire cómo sufre…
Sí, desde luego. Pero le aseguro que la culpa no la tiene el bautismo, sino otra cosa…
¿Otra cosa? ¿Qué quiere decir?
¿Usted y su marido se casaron por la iglesia, doña Carmen?
Pues la verdad es que no.
El niño tiene apenas un mes, así que me atrevería a decir que lo concibieron en plena Cuaresma. Y, si no me equivoco, ¿antes no se planteó alguna interrupción voluntaria del embarazo?
Carmen bajó la cabeza, ruborizada.
¿Ha hecho algo para redimirse? ¿Se ha confesado?
La madre, con la boca bien cerrada, no contestó.
Pues ahí está el quid de la cuestión. Han roto la ley de Dios y, por desgracia, no sólo usted, sino también su hijo, cargan con esta responsabilidad. Si de verdad quiere aliviar el sufrimiento del pequeño, tendrá que arrepentirse y tratar de ser mejor persona.
Carmen no pudo evitar que las lágrimas le corriesen por las mejillas. Se apartó a un rincón junto a su familia y, como por arte de magia, el niño dejó de llorar. El sacerdote, don Juan Martínez, siguió adelante con el bautizo.
Por un instante, casi parecía que los pecados de los padres se habían alejado del pequeño, pues se calmó por completo y la ceremonia continuó sin más aspavientos cosas de la vida y el misterio divino, como dicen las abuelas en la plaza.






