Aeródromo alternativo

Aeródromo alternativo

¿Me escuchas? su voz suena baja, casi culpable. Casi. Marta, te digo, ¿me escuchas o no?

Le oigo. Siempre le he oído. Incluso cuando callaba, incluso cuando pasaba semanas sin llamar, yo seguía percibiendo una huella de su presencia flotando por el aire de mi piso. Como si dejara algo intangible tras de sí: el aroma de su café, la marca de su taza en la repisa, la silla torcida junto a la mesa de la cocina.

Te escucho, Javier.

Entonces, ¿por qué no hablas?

Estoy pensando.

Javier suspira. Ese suspiro me lo sé de memoria. Largo, con un silbido, como si el aire tuviese que atravesar algún nudo que le aprieta por dentro. Siempre ha suspirado así cuando quería que le compadecieran, pero no encontraba manera de pedirlo.

No tengo a dónde ir dice. ¿Lo entiendes? Ahora sí que no tengo a dónde ir.

Estoy de pie frente a la ventana y miro la calle. Es marzo. Quedan montones de nieve sucia pegada a los bordillos, palomas mojadas en la cornisa de enfrente, una mujer con carrito de bebé que no logra esquivar el charco. Un marzo corriente en Madrid. Ni frío ni calor, sólo humedad y rutina. Y dentro de mí algo gira despacio, como una hoja al pasar la página, como el resorte de una cerradura.

Sube le digo.

Y ya está. Tres sílabas. Y vuelta a empezar.

Javier tiene cincuenta y tres. Yo, cincuenta y uno. Nos conocemos desde aquellos años en los que él todavía creía que las camisas de cuadros eran modernas y yo lucía una trenza gruesa orgullosa de mi discreción. Nos presentamos por amigos en común, en alguna cocina de Vallekas, entre tintorros baratos y debates sobre novelas que nadie terminaba. Javier era bullicioso, reía como si su pecho fuese gigantesco, gesticulaba tanto que una vez tiró un plato al suelo de pura efusividad. Yo recogí los trozos, preguntándome cómo sería vivir colmada por esa presencia, por ese entusiasmo.

Yo era diferente. Calmada, de esas que no llaman la atención de primeras, pero a las que luego se recuerda siempre. O al menos eso quería creer.

No se enamoró de mí entonces. Se enamoró de Marian. Era tan inevitable y predecible como una tormenta después de un verano sofocante. Marian era como un farolillo festivo: hablaba deprisa, reía más alto aún que él, sabía entrar en una sala de manera que todos la miraban. Junto a ella yo me sentía un retrato al agua, al lado de su óleo resplandeciente. Ni mejor ni peor. Sólo otra cosa.

Se liaron, claro. Y así de rápido empezaron los dramas. Yo estuve cerca, viendo el flujo y el vaivén durante años. Rompían, volvían, otra vez rompían. Marian montaba espectáculos, Javier daba portazos, siempre regresando y volviendo a irse. Un columpio que nunca paraba.

Y entre esas idas y venidas, estaba yo.

La primera vez que vino fue tras una ruptura seria con Marian. Tendría unos treinta y cinco años, yo dos menos. Llamó tarde, voz ronca, preguntando: ¿puedo pasarme? Le dije, claro. Infusioné manzanilla y puse algo de cena. Habló hasta las dos. Yo simplemente escuché. Se me daba bien escuchar.

Durmió en mi sofá. Por la mañana, café, gracias y se marchó. A las dos semanas volvió con Marian.

No me ofendí. Recogí la manta, lavé, doblé, guardé. Y seguí con mi vida.

Así se repitió: una, dos, quizás diez veces. Perdí la cuenta. Venía después de las peleas, a veces para una tarde, a veces días. Compartíamos infusiones, charla, hasta que recobraba el resuello y volvía a Marian.

Nunca lo llamé amor. Me daba miedo nombrarlo. Pero cada vez que oía la puerta, notaba un latigazo dulce en el pecho que se apaciguaba en cuanto entraba. Era mío, sí, aunque sólo por un rato.

A veces me veía como una torre de control. Los aviones aterrizan, repostan y se van; la torre permanece.

Esta vez llega a finales de marzo, cargando una bolsa de deporte azul, grande y vieja, con letras blancas desgastadas. En cuanto veo la bolsa, entiendo todo. No será cosa de un par de días.

¿Vienes para mucho? pregunto, mientras cuelga la chaqueta en el recibidor.

No lo sé responde, siempre sincero conmigo. Igual una semana. Ya veremos.

Bien. Pongo el hervidor.

Preparo la tetera con tomillo. Se sienta en su sitio, junto a la ventana de la cocina, de espaldas a la nevera. Le sirvo la taza y siento otra vez eso: ni alegría ni tristeza, sólo un calorcillo sereno bañado en melancolía.

¿Tan mal va? pregunto.

Peor imposible dice, arropando la taza entre sus manos frías. Ella dice que está harta. Que así no se puede vivir. Que nos hacemos daño.

¿Y tú qué le has dicho?

Nada. Cogí la bolsa y me fui.

Fuera, el agua resbala del alerón de la ventana, monótona como un metrónomo.

Marta me mira por fin a los ojos, ¿no te alegras?

Sí y era verdad. Dolorosa, suave, pero verdad.

Los primeros días son extraños, no incómodos, sólo distintos. Yo me he habituado a mi soledad. Me levanto temprano, hago café, leo media hora, luego trabajo. Vuelvo a las seis, cocino, llamo a mi amiga Pilar o veo una serie. Me acuesto a las once.

Javier desbarajusta ese ritmo sin mala fe: él se levanta más tarde, habla por las mañanas cuando estoy a otra cosa, deja ropa fuera de sitio, pone la tele a mil, ocupa el baño más de lo debido.

Pero también hay momentos buenos. Por la noche cenamos juntos y es agradable, simplemente cálido, de familia. Cuenta anécdotas, yo río. Hago lasaña siguiendo una receta vieja y él repite plato y dice que no ha probado nada mejor en años. Vemos pelis antiguas y debatimos los finales. Los domingos vamos al Rastro y él lleva la bolsa de la compra. Es tan natural que me emociona.

Pasa la semana. Y otra. Y un mes.

Una noche me despierto y, tumbada, escucho su respiración al otro lado de la pared. Me pregunto: ¿y si esto es de verdad? ¿Y si esto es lo que tenía que pasar? Ya no somos jóvenes. Sabemos lo que es la soledad. Sabemos todo del otro, ya no hay sorpresas. Quizá eso sea la felicidad: tranquila y recia como una casa vieja todavía en pie.

Se lo cuento a Pilar en un café, mientras se toma su latte. Me escucha y al final pregunta:

¿Eres feliz ahora, en este preciso momento?

Pienso la respuesta, pero de verdad.

Sí contesto, por fin. Sí, ahora sí.

Pues vive ahora, sólo eso.

Intento hacerlo, de verdad.

Pasamos cuatro meses juntos. Abril, mayo, junio y julio. Los recuerdo casi día por día: la lila en flor que él me trajo, una pequeña pelea por una tontería y su tienes razón al romper el silencio, un sábado entero en casa entre lecturas y bricolaje en el balcón. En ese compartir silencioso había una cercanía tan honda que me daba miedo romperla.

Empiezo a pensar en plural: nosotros iremos, nosotros tenemos que. Surge solo. Javier también cambia. Menos enfadado, menos Marian en sus palabras. A veces me mira distinto, con un calor que no es lástima ni gratitud, algo tercero que por fin reconozco: puede que sea amor.

Es él quien pide una copia de las llaves. Sin dudarlo, mando hacerlas, se las dejo en la mesa. Un simple estampado frío que calienta por dentro.

Eso fue a principios de julio.

A mediados llaman al fijo. Estoy en la cocina, Javier en el salón con el portátil. Su móvil suena como siempre, cortante. No hago caso. De repente, el silencio denso. Algo cambia, aunque aún no lo sé.

Salgo. Javier está de pie, móvil bajo, mirada perdida.

¿Javi? le llamo.

Me mira. Y sé todo, sin pensarlo.

Marian dice. Tiene problemas, serios. Está sola. Me necesita.

Así, tan fácil. Basta el nombre: Marian.

Entiendo respondo.

Marta

Ve.

Espera, quiero explicarte.

No hace falta. Ve.

Me mira un instante más. Va al recibidor, toma la bolsa azul, que lleva semanas allí, esperando este momento.

Te llamaré dice.

Vale.

Cierra la puerta, el clic del resbalón. Me quedo. Ahora la casa está llena de una falta que pesa más que cualquier cosa.

Los tres primeros días ni lloro. Eso me resulta raro: me había preparado para el llanto y no llega. Sólo queda un hueco, como el rectángulo claro que deja un mueble tras años en el mismo sitio.

En el trabajo resisto bien. De cuentas va la cosa y eso ayuda: los números no preguntan cómo te va, sólo quieren cuadrar.

Al cuarto día hago lasaña, por inercia. La misma receta, ingredientes, bandeja. Como sola. Está rica, más dolorosamente rica que nunca. Y entonces lloro, larga y feamente, como una niña. Cuando acabo, me lavo la cara, termino el té y me meto en la cama.

Al día siguiente Pilar aparece en casa sin avisar. Baja, me llama desde el portal: Abre, que estoy aquí. Subo, entra con una bolsa de la compra, pan y algo más. Me abraza en la cocina y no lloro, ya gasté el cupo en la lasaña.

Cuéntame, anda me pide.

Tú lo sabes todo.

Cuéntalo en voz alta.

Y lo cuento: el verano, la llamada, la bolsa azul, el te llamaré. No ha llamado. Ya han pasado más de siete días.

¿Le vas a esperar? pregunta Pilar.

No.

¿Seguro?

No. Estoy cansada de esperar. He esperado media vida: a que llame, a que vuelva, a que elija. Pero nunca me escogió, sólo regresaba cuando no tenía más refugio. ¿Sabes cómo se llama eso?

¿Cómo?

Ser su aeródromo alternativo. Siempre ahí, lista, pista encendida, luces acogedoras. Y él, volando de un sitio a otro, sabiendo que si todo falla, aquí puede aterrizar.

Pilar me observa.

¿Eso lo sabes desde hace tiempo?

Claro. Pero ahora lo entiendo.

Saber y entender no es lo mismo. Puedes saberlo años y no cambiar. Entenderlo es cuando ya no puedes seguir igual.

Agosto pasa entre aturdimiento, no oscuro, sino silencioso. Trabajo, casa, paseo por Madrid Río. Veo el agua, los farolillos, parejas y solitarios. Pienso mil cosas.

Un día me miro en un escaparate al pasar: mujer con gabardina clara, pelo recogido. Ni joven ni vieja. Cansada, pero en pie. Me pregunto: ¿Qué quieres tú? No Javier, ni Marian, ni nadie. ¿Tú? No encuentro la respuesta, pero hacerse la pregunta ya es mucho.

En septiembre muevo los muebles. Comienzo por el sofá: quita luz, empequeñece la sala. Lo cambio de sitio, después la estantería, al final todo nuevo. Ahora la sala respira. Me pregunto: ¿por qué no antes? Quizá porque temía cambiar algo por si él regresaba a decirme: ¿Qué has hecho aquí?

Ahora ya no hay miedo.

Compro cortinas nuevas, lino color crema con flores pequeñas. Las anteriores, azul oscuro, pesadas, robaban luz. Las nuevas dejan pasar el sol y la habitación amanece dorada. Había vivido cincuenta y un años sin darme cuenta de ese matiz dorado.

En octubre me apunto a italiano. Algo que siempre quise y fui posponiendo. En el grupo, gente de edades variadas; el profesor es joven y bromista, nos hace cantar Torna a Surriento en público. Canté con ganas, ni aunque jamás haya pisado Sorrento.

Pilar se sorprende:

¿Italiano? ¿Para qué?

Quiero irme a Barcelona respondo.

Marta, en Barcelona hablan español.

Me río.

Lo sé. Pero empiezo por italiano. Son parecidos.

Me gusta hacer cosas inesperadas. Sólo para mí. Así es como, de casualidad, aparece Barcelona en mis planes, después de ver fotos sencillas de la ciudad en internet: una plaza al alba, el mercado, un abuelo leyendo en un banco, un gato pelirrojo en la ventana. Click. Allí quiero ir, no de visita, sino a vivir un rato, respirar ese aire de mar y naranja.

Saco una libreta y apunto: Barcelona. Primavera. Cuelgo el papel en la nevera.

Noviembre llega con frío y días cortos. Me abono a la piscina municipal. Nadar antes del trabajo media hora es el mejor arranque de día que recuerdo. En agua la mente sólo quiere avanzar.

A veces pienso en Javier. Me pregunto si sigue con Marian, si están bien. No le deseo mal, de verdad que no. Es como mirar una foto vieja: reconoces a las personas, recuerdas el momento, pero se siente distante.

En diciembre, Pilar me invita a Nochevieja con unos amigos. Casi rechazo, pero acabo yendo. Me río, brindo, y cuando abro los brazos a medianoche noto una ligereza nueva: como si por fin soltara algo pesado que llevaba tiempo sujetando sin saber.

Enero, febrero. Sigo con la piscina, el italiano, leo libros pospuestos años. Reorganizo los trasteros, saco lo inservible. Encuentro una manta vieja, la primera que usó Javier. La lavo y la dejo para donar. Que abrigue a quien de verdad la necesite.

Marzo regresa. Ha pasado un año desde la última vez que llamó a mi puerta con la bolsa azul. Miro la calle desde la ventana: nieve sucia y palomas. Todo igual, menos yo.

El sábado suena el móvil. Veo el nombre. Algo late por dentro ni alegría ni dolor, sólo el eco de una costumbre.

Contesto.

Marta dice, soy yo.

Lo veo.

¿Cómo estás?

Bien. ¿Y tú?

Regular. ¿Podemos vernos?

Pienso dos segundos.

Sí. ¿Dónde?

¿En tu casa?

No respondo con calma. Mejor bajo al portal en veinte minutos.

Pausa. Creo que no lo esperaba.

Vale… en el portal.

Cuelgo, termino el café, me visto. Me miro al espejo: mujer de abrigo gris claro, tranquila, lista.

Él ya espera. Más mayor, menos cuidado. Quizá ahora lo veo con otros ojos. Camisa abierta, delgado, expresión mezcla de esperanza y apuro.

Hola dice.

Hola.

Caminamos juntos, despacio.

Marta arranca, tengo que decirte algo importante.

Dilo.

Este año he estado fatal. Con Marian no ha ido bien. Ella se ha ido, ni siquiera yo. Y también el trabajo… los socios, todo mal. Me he quedado solo, sin nada.

Le escucho.

He pensado mucho en ti prosigue. Fui idiota, no valoré lo auténtico. Tú eres la persona más real en mi vida.

Javier digo.

No, déjame acabar. Quiero volver a intentarlo, sin historias, sólo tú y yo. Te juro que he cambiado. Dame una oportunidad.

Pasamos junto a un castaño; brotes nuevos, pronto será verde.

Me detengo. Él igual.

Estás guapa suelta. Más guapa que antes. ¿Cómo es posible?

Sonrío.

Pasa.

Marta. Me coge la mano. Dime algo, lo que sea.

Miro su mano, conocida, la que quise tener tanto tiempo. Suelto despacio.

Javier, quiero que me entiendas. No te ofendas, sólo eso.

Te oigo.

Dices que has cambiado y te creo. Un año enseña mucho. Pero la cuestión no eres tú, soy yo.

¿Qué te pasa a ti?

Yo también he cambiado. Tú has perdido cosas y quieres recuperar. Yo he encontrado algo y no quiero soltarlo.

Su mirada se crispa.

¿El qué?

A mí. Por simple que suene: a mí misma.

Marta…

Espera, déjame decirlo. No estoy enfadada, ni quiero vengarme. Nos conocemos demasiados años, sería ridículo. Pero tienes que comprender una cosa. Todo este tiempo, lo que hubo entre nosotros… yo era tu aeródromo alternativo.

Quiere responder, pero sigo.

Venías cuando estabas mal, te reponías y te ibas. Yo te esperaba y te recibía contenta, pero luego tú regresabas siempre a donde la vida era más fulgurante, más intensa. Marian era el gran aeropuerto iluminado. Yo, la pista discreta al margen. Fiable, sí, jamás protagonista.

No es verdad masculla.

Claro que sí. Y lo sabes. Pero esto es lo que ha cambiado: ese aeródromo está cerrado. Lo cerré yo. No es contra ti, ni para hacerte daño, ni por hacerme la fuerte. Es que ya no quiero ser el plan B de nadie, ni siquiera de un buen hombre. Y tú eres buena persona, Javier. De verdad.

Se calla un rato largo.

¿Entonces qué? pregunta al fin.

Ahora tengo planes. Me voy a Barcelona en primavera. Sigo con italiano, aunque allí se hable español. Voy a la piscina cada día. Vivo en mi piso con nuevas cortinas y muebles movidos de sitio. Leo lo que quiero. Esta vida es modesta, pero mía. Y para alguien que viene sólo cuando le falla todo, ya no hay hueco.

¿Y si he venido no por eso, sino porque quiero estar contigo?

Le sostengo la mirada. Hay honestidad, quizás verdad.

Puede que sea así. Pero no tengo cómo saberlo. Porque aquella Marta la que creía, esperaba y hacía sitio ya no está. La que queda vive de otro modo.

Intenta acercarse.

Dame una oportunidad, aunque sea mínima.

No susurro, sin drama ni dureza, sólo no. No por crueldad ni por darte lección, sino porque sé cómo acaba esto. Lo sé demasiado bien.

Estamos junto al portal. Mismo sitio, año distinto.

¿Ni un té? protesta.

No.

¿Por qué?

Porque el té con tomillo era otro capítulo. Y aquí ya no se empieza nada.

Baja la cabeza.

¿Eres feliz? pregunta, sin reprocho, sólo curioso.

Lo pienso, como aquel día con Pilar. De verdad.

Sí. Ahora sí.

Me alegro. Me alegro mucho, Marta.

No llames, por favor. De verdad, mejor que cada uno siga su vida.

Asiente. Despacio, aceptando algo muy difícil.

¿Barcelona, eh?

Barcelona.

Preciosa ciudad.

Lo sé. Aunque todavía no la conozco.

Da la vuelta, se aleja por la acera. No mira atrás. Yo lo veo marchar: el hombre que he querido más de treinta años, al que he amado más que a mí misma y que ahora suelto sin pena, sólo con calma.

Como se abre la mano y al fin dejas que vuele un pájaro.

Regreso a casa. Subo al tercero. Abro mi puerta con mi llave. Me recibe el aroma de café y lino, la banda de sol sobre el sofá movido.

En la cocina, pongo el hervidor. No hay tomillo, sólo menta. Una nueva costumbre, sólo mía.

Arranco el papel de la nevera: Barcelona. Primavera. Escribo debajo: Abril.

Abril está a la vuelta.

El aeródromo alternativo está cerrado. La torre de control apaga sus focos. Ahora, por fin, yo soy quien sube al avión.

***

Pero esto no fue inmediato. Antes de llegar a este portal y a esta conversación, pasó todo un año. Un año de cambios que no llegaron de golpe ni por una sola decisión.

Cuando Javier se fue aquella tarde de julio, no supe qué sentía de verdad. De cabeza sí, pero en el fondo todavía no creía del todo que la historia cambiara, otra vez, y me quedara yo, la de siempre.

Los primeros días hacía lo de siempre. Me levantaba, trabajaba, cenaba para una, cosa extraña tras cuatro meses cocinando para dos. Corría a tirar sobrantes, guardaba su taza grande, azul, con una esquina rota. Se la dejó olvidada. ¿O la dejó queriendo? No sé.

La metí en el armario, no la tiré. Aún no sabía qué hacer con ella. Que se quedara ahí.

A los cinco días llamó mi madre. Vive en Córdoba, hablamos todos los domingos, pero esta vez llama un miércoles.

¿Estás bien, Marta?

Sí, mami.

Tu voz no suena bien.

Es el trabajo, estoy cansada.

Pausa.

¿Javier se ha ido?

Sonrío: radar de madre.

¿Cómo lo sabes?

Te conozco.

Esto pues sí, se fue.

¿Quieres venir aquí unos días?

No, mamá. Ahora mismo necesito quedarme en casa.

Bueno, cuando quieras llamas, ¿vale? Nada de aislarte.

Te llamo, te lo prometo.

No llamé porque lo realmente malo no llegó. Había vacío, hastío, esa soledad especial que pesa cuando has elegido quedarte sola, y aun así cuesta. Pero nada de desesperación o deseo de rogarle que volviera.

Quizá porque siempre supe que esto pasaría. Marian nunca sería solo un capítulo; más bien todo su viaje, su órbita. Yo sólo no quería verlo.

A finales de julio fui a la peluquería. Después de diez años con la misma estilista, Lourdes, tranquila y hábil, me ve distinta pero no pregunta mucho.

¿Qué hacemos hoy?

Más corto. Mucho más.

¿Cuánto?

Hasta el hombro. Y otro color, más claro.

Salí del salón ligeramente diferente. No radicalmente, sólo más ligera. Como si, junto a los centímetros de pelo, quitara algo ya innecesario.

En la calle, mi vecina, la señora Teresa, setenta y muchos años, siempre directa:

¡Menuda transformación! ¡Tienes otra cara!

Me he cortado el pelo, Tere.

¡Te queda estupendo! Ni diez años has rejuvenecido.

No será para tanto.

Cuando una mujer cambia el pelo, es que hay cambios. Buenas o malas, pero noticias.

Un poco de todo.

Perfecto. Lo peor es quedarse igual.

Sabia, la señora Teresa.

Agosto asfixiante. Cojo vacaciones, dos semanas completas, primera vez en años. Me quedo en Madrid, paseo, descubro rincones nuevos en mi propio barrio, Malasaña tiene de todo. Entro por primera vez en el pequeño jardín botánico de Atocha. No entiendo cómo nunca había ido. Es precioso, huele a tierra y a flores que no distingo. Me siento a leer en un banco, a veces simplemente a mirar el sol dentro de las hojas.

Eso es vivir: mirar y estar. No es aburrimiento, ni vacío. Es vivir.

Una mañana, en el jardín, me pide una mujer sentarse a mi lado. Digo que sí, saca un libro, lee. Estar en silencio cerca es suficiente.

Luego se presenta: Lucía, profesora de historia jubilada, vive sola, hijos lejos. Habla liviana, sin reproche, sólo existe. Tomo nota.

A veces volvemos a coincidir. No hay amistad, pero es agradable saber que hay alguien con quien compartir silencio.

En septiembre, Madrid huele a hojas y manzanas. Siempre me ha gustado ese mes. De repente, sensación de empezar algo nuevo, aunque no empiece nada.

Justo entonces cambio muebles. Sin pensarlo. Vuelvo a casa, veo el salón, lo cambio todo. Mejor así, mejor. La sala respira realmente.

Luego, en la ventana, pienso en Javier. Ya sin pena ni esperanza, sólo preguntándome si estará bien. Quizá deseo que le vaya bien de verdad, no por nobleza, sino por ahorrar energía en rencores.

En octubre empiezo italiano y hago amistad con Paloma. Habla alto, se ríe por todo, sin filtros. Un día de tapas, me pregunta:

¿Italiano por qué?

Quiero irme a Barcelona.

Se ríe.

¡Pero allí hablan catalán y español!

Pero italiano es más bonito. Y se parecen.

Me gusta esa lógica.

Nos reímos mucho. Cuenta que se separó y que ahora, simplemente, se ha encontrado. Lo entiendo.

Vamos al cine, tomamos café. Paloma es ese tipo de personas con las que estar resulta sencillo. Me alegra este encuentro.

Noviembre, diciembre, enero. Piscina y libros, ya lo conté. En enero, un diario antiguo de adolescencia: leo y me sorprendo de lo mucho que no he cambiado y, a la vez, de lo que he dejado atrás. Al final escribo: Todo está bien. Has salido adelante.

En febrero, esta primavera adelantada, paseo mucho más. Descubro una librería pequeña cerca del Retiro. El librero, mayor, duerme en una esquina. Compro tres libros: una guía de Barcelona con fotos, un ensayo de arte y una novela de portada hermosa.

El guía de Barcelona lo leo en una semana: plazas, mercados, gatos pelirrojos al sol, piedras doradas. Reservo billetes, apartamento sencillo en Gracia, abril. Y siento una alegría limpia que no recordaba.

Esta será MI viaje. Por primera vez no voy porque toca, ni con alguien, ni por nadie. Sólo porque yo quiero.

Pilar, al saberlo, me abraza.

Eso es dice. Por fin.

¿No te vienes?

Esta vez no, Marta. Es tu viaje.

Sabia Pilar.

A primeros de marzo llamo a mi madre, le cuento lo de Barcelona.

¿Tú sola? ¿Tan lejos? ¿Y si pasa algo?

Mamá, tengo cincuenta y un años

Te las arreglarás. Pero mándame fotos.

Lo prometo.

Hubo un tiempo en que mi vida miraba hacia fuera, esperando un permiso para avanzar. Ahora lo entiendo: el permiso te lo das tú.

Las relaciones después de los cincuenta no van de encontrar a alguien a tiempo, sino de encontrarse uno mismo para empezar a elegir. Amar a otros sin vivir tu vida propia no es posible.

Durante años viví pendiente de cuando él: cuando venga, cuando se quede Pero la vida pasaba. Nadie da permiso: hay que tomarlo.

Eso me lo enseñó este año, despacio.

No puedes cambiar a otro, solo decidir qué aceptas y qué cierras. Yo eché el cerrojo. Cuando Javier volvió en marzo, fue sólo el último paso de algo decidido mucho antes.

Y cuando Javier vino aquel sábado, yo estaba revisando el armario. Vi su nombre, contesté sin nervios.

La escena del portal acaba así: le deseo suerte de corazón, que encuentre lo suyo. Con cincuenta y tres años, aún puede.

Subo a casa andando. Respiro serena. El sol entra por las cortinas cremosas, el sofá sigue en su sitio.

Envío un mensaje a Pilar: Ha venido. Todo bien.

Responde rápido: Lo sabía. Estoy orgullosa.

A Paloma: ¿Cine mañana?

Paloma, inmediata: ¡De una! ¿Dónde y a qué hora?

Sonrío, me preparo un té de menta. Releo la guía de Barcelona. Abril está a unas semanas.

El aeródromo alternativo está cerrado. Las luces ya no giran esperando vuelos extraviados.

Ahora, el vuelo que sale en abril es mío. Y, por primera vez, la única pasajera soy yo.

Me llamo Marta. Tengo cincuenta y un años. Y lo que me espera allí es sólo mío.

***

El agua hierve. Sirvo la menta en una taza nueva, blanca, de diciembre. Nada especial. Me acerco a la ventana: marzo otra vez, menos nieve, más sol, palomas adormiladas. Una mujer con carrito ríe al teléfono.

Me quedo allí, disfrutando del té.

Esta es la sencilla historia de lo que ocurre después del amor. De cómo se puede amar mal y aun así tener una vida después, en la que ocurren cosas buenas.

¿Cómo se supera una ruptura? Mi receta: cambia los muebles, compra cortinas claras, apúntate a italiano, nada, entra en librerías desconocidas, permítete no esperar.

No esperar es lo más difícil y lo más sencillo. Vivir en presente.

¿Perdonar u olvidar? No son lo mismo. Perdonar, porque el rencor pesa demasiado y quiero viajar ligera. Recordar, pero no cargar con ello.

Acabo el té, lavo la taza, voy al salón y enciendo el portátil. En la pantalla, la confirmación del vuelo: abril, destino Barcelona.

Sonrío. Faltan pocas semanas. Allí me espera el sol diferente, calles de cítricos, gatos pelirrojos en las ventanas. Nada hay que pensar.

La familia, ahora, empieza por mí misma. Sin eso, nada afuera se sostiene. Hasta que no aprendes a vivir sin permiso, esperas toda la vida.

Por fin he dejado de esperar.

El móvil vibra: Paloma confirma cine y hora. Contesto: Perfecto, a la entrada.

Me miro en el espejo: ropa cómoda, pelo suelto, una calma nueva en la mirada. Sin ostentación. Solo firmeza.

Hoy toca cine con Paloma. Mañana clase de italiano. Pasado, piscina. En abril, Barcelona.

La vida sigue. Mi vida sigue. No la de nadie más.

El aeródromo está cerrado.

Y, lejos, sobre los tejados, entre las nubes claras de marzo, ya casi abril, vuela mi avión.

Voy volando.

Esa noche, después del cine y el café filosófico con Paloma, al llegar y colgar el abrigo, recuerdo la taza azul con el filo roto. Ahí sigue. La saco, la miro. Una taza corriente, nada más.

La coloco junto a la nueva. Ya no es simbolismo. Sólo una taza.

Leo un rato en la cama, la novela de ese minúsculo librero. Y pienso: así es como cambia la gente. No de golpe, sino página a página, día tras día, hasta que un día te das cuenta: soy otra.

Apago la luz. Afuera cae una lluvia tranquila de marzo. Escucho ese sonido y siento calma adentro. No es vacío ni soledad: es estabilidad. Todo en su sitio.

Mañana, italiano. Cantaré fuerte, como pide el profe.

Pasado, piscina.

En abril, Barcelona.

Y ahora, esta lluvia.

Cierro los ojos. Y, justo antes de dormir, imagino muy claro: el patio tranquilo, el sol de abril, un gato pelirrojo en el balcón. Y yo, con café, mirando al gato. El gato, a mí. Y ambas, satisfechas.

El aeródromo alternativo está cerrado.

La pista de despegue, abierta.

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Elena Gante
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Aeródromo alternativo
Libre. Punto.