¿Otra vez te has puesto ese jersey? La voz de Inés Arcaya sonaba como si no hablase de ropa, sino de algo que acabara de sacar de debajo del sofá. Vera, hija, por favor. Hoy vienen los Belmonte. ¿Entiendes lo que significa eso?
Vera estaba de pie junto a los fogones, removiendo el caldo con la cuchara, un ritmo pausado, como si nada, aunque por dentro sentía cómo se tensaba algo, una vez más. No era la primera, y ya sabía que tampoco sería la última.
Lo entiendo, Inés Arcaya respondió sin girarse.
No, no lo entiendes. Los Belmonte son socios de don Genaro. Gente muy seria. Y tú pareces La pausa fue breve pero sentida. Como si te fueras a las patatas al pueblo.
Vera dejó la cuchara sobre el soporte y se giró. Su suegra, en la puerta de la cocina, lucía una bata de seda con una taza de café y esa mirada suya como de decepción contenida, una expresión que Vera ya conocía demasiado bien. No era odio. Algo mezclado con lástima; como si en cada ocasión Inés Arcaya renovara su convicción de que su hijo se había equivocado contigo.
Me cambiaré antes de la cena contestó Vera, serena.
Eso espero Inés Arcaya se dio la vuelta y desapareció, sin añadir nada.
Vera retomó la cuchara. El caldo burbujeaba flojito, olía a laurel y zanahoria. Al otro lado de la ventana del chalet, el césped perfectamente recortado y regado por aspersores automáticos. Vera pensó en que esa noche debía terminar un recurso de apelación urgente para un cliente de Santander. Los plazos eran los plazos.
Nadie en esa casa sabía lo de la apelación.
Nadie sabía nada del cliente de Santander.
En realidad, nadie allí sabía nada de ella.
Su nombre era Vera Malfer, de casada González. Veinticinco años. Nacida en un pueblo pequeño cerca del Duero, cuatro horas de Madrid. Su padre, profesor de física jubilado; su madre, contable del ambulatorio. Piso de una habitación, huerto en la parcela familiar, el gato Tadeo y la certeza de sus padres de que su hija era lista y, por tanto, debía estudiar.
Vera estudió. Sacó sobresalientes, primero en el instituto, luego la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid. Después se especializó en Derecho Financiero, realizó prácticas en un gran bufete y, poco a poco, consiguió clientes propios. Primero uno, luego diez, después perdió la cuenta.
A los veinticuatro años ya ganaba lo suficiente para ayudar a sus padres y ahorrar. Todo era teletrabajo; sin oficina ni placa en la puerta, solo portátil, teléfono, cabeza fría y discreción absoluta.
A Julián González lo conoció casi por casualidad, en el cumpleaños de una amiga. Él era cuatro años mayor, guapo de ese que da cosa mirar, y sencillo, sin pizca de esos aires de Madrid que tanto le repelían a Vera. Hablaba de senderismo, de bicicletas, de cosas cotidianas. Por entonces Vera no sabía quién era él realmente. Lo supo después, cuando ya no podía fingir que no importaba.
Los González eran “Tecnoparque González”, un grupo de complejos industriales en Salamanca, Valladolid y Toledo, la empresa de logística “Gonzatrans” y unos cuantos negocios más. Al frente, don Genaro González; manos grandes, mirada de pesar. Inés Arcaya, su mujer, se encargaba de las relaciones públicas y la imagen de la familia, para mantener unos estándares muy concretos.
Vera no encajaba en esos estándares.
Julián le pidió matrimonio nueve meses después, a finales de marzo, cuando el Duero aún helaba las noches. Ella dijo “sí” porque de verdad le quería; le gustaba su naturalidad y la forma en que escuchaba en silencio a su lado. Pensó: podré con la familia, como siempre he podido con todo.
La boda, para los González, fue pequeña: ciento veinte personas. Los padres de Vera acudieron con sus mejores galas y caras un poco perdidas. La madre se mantuvo firme, el padre apenas bebió y sonriendo educadamente toda la noche. Inés Arcaya les saludó una vez y después nunca se volvió a acercar.
Tras la boda, Vera se instaló en el chalet familiar, en la Avenida del Encinar. Julián lo explicó fácil: hasta que tuvieran su casa, era más lógico estar allí amplio, cómodo y con servicio. Vera aceptó. Entonces aún pensaba que sería temporal.
Pasaron ocho meses. De su casa propia ni noticias.
El chalet era enorme, con columnas en la entrada y escaleras tan anchas que a Vera le parecían de teatro. Salón, comedor, el despacho de don Genaro abajo; dormitorios arriba. Vera y Julián tenían su ala, pero en esos lugares una nunca deja de sentirse como invitada. Sobre todo cuando tu suegra te clava esa mirada desde su bata y el café.
Los González tenían dos hijos más: el mayor, Fernando, que trabajaba en la empresa familiar, vivía aparte y solo venía los domingos; y Marta, la pequeña, veintidós años, universitaria y de residencia en la casa, con una mirada hacia Vera muy parecida a la de su madre, solo que menos diplomática.
Se viste así a propósito escuchó un día a Marta en la mesa mientras Vera servía los postres. Para hacerse la humilde. Todo muy de pueblo, una estrategia.
Vera, de pie en el pasillo con la bandeja, lo oyó perfectamente.
Entró al comedor, dejó la bandeja, se sentó. Julián no levantó la vista de su sopa.
Así eran las cosas. Día tras día. Comentarios sobre su ropa, sobre sus modales, qué distinta manera de coger el tenedor… Una vez, Inés Arcaya le dijo a unos invitados, como con ternura: “Julián siempre ha sido bueno. Por eso se fijó en una muchacha sencilla, de provincias”. Sin maldad; peor todavía.
Julián callaba.
Vera pensó que quizá no lo oía. Luego supo que sí, pero no encontraba palabras o no quería encontrarlas.
Julián era bueno, de verdad. Pero su bondad era como horizontal, repartida igual a todos, sin proteger jamás a nadie. Cuando Vera intentó hablarle del asunto familiar, la escuchó, asintió y dijo: “Mi madre es así, no lo hace con mala intención. Tú no la conoces aún”. Y era verdad, pero no quitaba el escozor de la astilla cada vez.
Vera lo entendía, pero dolía igual.
Su trabajo lo mantenía muy en secreto, no por miedo, sino por sentido común: si se enteraban de sus ingresos como abogada, empezarían los interrogatorios. Eso cambiaría la relación: prefería que la vieran como esa chica calladita de pueblo. Tenía clientes de toda España, casos de lo más variado: fiscales, arbitrajes, recursos… Siempre recomiendan y repiten. No necesitaba más visibilidad.
El dinero lo movía a una cuenta que tenía desde antes de casarse, a su nombre en un banco pequeño de Segovia. Julián sabía que tenía una cuenta nunca lo ocultó, pero no cuánto ni de dónde.
Fue en noviembre, pasados ocho meses en ese chalet, cuando todo saltó por los aires.
Ocurrió en jueves, temprano. Aún no había abierto el portátil y ya sonaban voces abajo que no eran las de todos los días. Bajó al pasillo. Inés Arcaya estaba en camisón, manos al pecho, ojos abiertos.
¿Qué pasa? preguntó Vera.
Su suegra no contestó, ni pareció oírla.
En el vestíbulo, dos hombres de paisano hablaban con don Genaro. El hombre leía un papel, muy despacio, como si las palabras juntos no tuvieran sentido.
Julián apareció, cruzando el pasillo, bajando de dos en dos las escaleras. Lo oyó preguntar algo en voz baja. Don Genaro respondió breve y seco. Entonces aquellos hombres dijeron es la hora y don Genaro comenzó a vestirse allí mismo, sin subir.
Vera bajó también. Se acercó a uno de los funcionarios y tomó el papel directamente, sin pedir permiso, como quien tiene derecho a ello. Él ni supo cómo reaccionar; cuando reaccionó, ella ya había leído la primera hoja: auto de detención. Delito de estafa grave y fraude fiscal, con sello del Juzgado de Salamanca.
Devuélvamelo dijo uno y se lo quitó.
Vera asintió y retrocedió.
A don Genaro se lo llevaron a las siete cuarenta. A las diez ya se sabía que las cuentas de Gonzatrans estaban bloqueadas por orden judicial. Al mediodía, Fernando el hijo mayor llamaba a gritos: provocación, trampa, alguien debía encontrar un abogado.
Hace falta un abogado repitió Inés Arcaya, mirando al infinito como si las paredes fueran a darle la respuesta.
Vera estaba sentada junto a la ventana, viendo llorar a Marta en el sofá. Julián estaba en el centro de la sala, teléfono en mano, repasando los contactos sin saber a quién marcar.
No os hace falta solo un abogado dijo Vera.
Todos la miraron. Incluso Marta levantó la cabeza.
¿Cómo dices? preguntó Inés Arcaya.
Necesitáis a alguien que entienda no solo de penal, sino de derecho financiero. Son dos mundos diferentes; uno de penal no entiende empresas, un fiscalista no maneja investigación penal. Hace falta un perfil mixto.
Ya… dijo Julián. Lo encontraremos.
O puedo encargarme yo añadió Vera.
Se hizo un silencio largo.
¿Tú? soltó Marta secándose las lágrimas. Pero si eres ama de casa.
Vera la miró calmada.
Soy abogada. Especializada en derecho financiero y societario. Llevo tres años trabajando por mi cuenta. Y en mis clientes hay casos parecidos a este.
El silencio se volvió matemático. Julián la miró como quien tiene una pregunta y no sabe cómo ponerla en palabras.
¿Por qué nunca… empezó.
¿Lo conté? Vera se encogió de hombros. Nadie lo preguntó.
No era toda la verdad. Pero no era el momento de ir más allá.
Inés Arcaya dejó la taza en la mesa con un golpe seco; el asunto estaba decidido.
De acuerdo dijo escuetamente. ¿Qué necesitas?
Vera se puso de pie.
Acceso total a la documentación contable de los últimos tres años. Todos los contratos, los extractos de todas las cuentas, declaraciones fiscales. Y hablar hoy mismo con la contable de la empresa.
Inés Arcaya titubeó: no desconfianza, sino costumbre de tenerlo todo atado.
Eso es documentación delicada…
Por eso mismo la pido asintió Vera.
Julián la apoyó.
Mamá. Déjale lo que pida.
Inés miró a su hijo, luego a Vera, como quien descubre de golpe algo nuevo y aún no sabe si le gusta.
De acuerdo repitió.
La contable de Gonzatrans, Rosario Santamaría, mujer de unos cincuenta y mirada agotada, llegó sobre las dos. Se sentó con Vera en el despacho de don Genaro y pasaron allí cuatro horas, entre carpetas, justificantes y ordenadores. Nadie interrumpió. Era raro hasta el día anterior ni le hacían caso para decidir el menú.
Rosario era desconfiada de inicio, pero Vera la llevó al terreno profesional y hubo complicidad. Entre profesionales, se huelen.
Mira, aquí Rosario señaló los movimientos de julio y agosto. Muy raros estos traspasos. Don Genaro dijo operaciones internas entre filiales. Yo lo metí como siempre.
¿Quién firma esos traspasos?
Él. Bueno… Rosario dudó. Parece su firma. Nunca la comprobé. ¿Para qué se va a comprobar la del jefe?
¿Para qué? reflexionó Vera. Pero ahora hay que ver si realmente lo era.
Por la tarde, Vera ya tenía algo claro: las transferencias de esos meses iban hacia una empresa pantalla, TECNOVALÍA SL, creada solo unos meses antes, cuyo administrador era un tal Víctor Segovia. Nunca había aparecido antes, pero la estructura la conocía Vera de otros casos. Todo olía a desvío con empresa fantasma.
La pregunta era: ¿quién?
Por la noche, en una cena tensa y silenciosa, Vera expuso su teoría.
Es probable que don Genaro no firmara personalmente todos los papeles. O lo hizo sin saber qué era. Haría falta una pericial de firmas y averiguar el vínculo de TECNOVALÍA.
¿Cómo se demuestra eso? preguntó Fernando, tenso, sentado donde siempre lo hacía su padre.
Por los historiales bancarios, movimientos entre cuentas y correos internos. Hay que averiguar quién tenía acceso a la firma electrónica del director.
¿A la firma digital? Fernando frunció el ceño.
Eso. Y quién entró físicamente en su despacho el día clave.
Eso es Miguel, nuestro informático dijo Julián.
Hablad con él mañana.
Esa noche, Julián la miraba con unos ojos distintos, callado, como si de repente se diera cuenta de que no la conocía.
Inés Arcaya apenas habló. Solo, cuando Vera fue a por agua, murmuró a Marta:
Es lista, la chica.
No sonó a halago. Más bien a un cambio silencioso de percepción.
Las dos siguientes semanas, Vera se dedicó en cuerpo y alma, como siempre. Llamadas por la mañana, papeles por la tarde, análisis por la noche. Se puso en contacto con un par de colegas: Román Díez, especialista en temas fiscales en Bilbao, y Cecilia Pérez, abogada de lo mercantil. Explicó a ambos de qué iba el asunto, solo lo esencial. Los dos aceptaron ayudar.
¿En serio? le dijo Cecilia. ¿Los González? ¿El grupo de Salamanca?
Sí.
¿Y tú ahí metida?
Aquí, viviendo. Luego te lo cuento.
El informático, Miguel, le pasó los registros de acceso y las firmas electrónicas. Vera lo revisó con Román en videollamada: los días clave, don Genaro estaba fuera de la oficina. Alguien usó el ordenador y la clave desde dentro. ¿Quién?
Las tarjetas de acceso indicaban que solo había entrado la señora de la limpieza por la mañana, y a media mañana, José Luis Quesada, el subdirector financiero. Quince minutos después se tramitaron las autorizaciones digitales.
Quesada dijo Vera.
Miguel asintió, como convencido de repente.
Está desde hace cinco años. El jefe lo aprecia mucho.
Lo entiendo respondió Vera.
A partir de ahí tocaba moverse con cautela. Nada de señalar a nadie sin pruebas. Redactaron un requerimiento a la Agencia Tributaria, y Cecilia solicitó a la defensa de don Genaro una pericial de firmas electrónicas.
La pericial tardó una semana. Resultado: varias firmas dudosas.
Eso ayuda dijo Cecilia. Pero falta el nexo. Transacciones a Segovia… ¿Y Quesada?
Román investigó: Segovia resultaba ser sobrino de Quesada. Además, vía registros telefónicos legales, había llamadas frecuentes entre ambos antes de los desvíos.
Tenemos ya el círculo observó Cecilia.
Hace falta todavía el dinero aclaró Vera. Si parte de esos fondos terminó en Quesada, tenemos la prueba.
Segovia ingresó sumas fuertes a Quesada, aunque a su cuenta particular, según indicios del juzgado. Esperaron resolución judicial para obtener los nombres.
Cuatro días más tarde, llegó. Efectivamente, parte del dinero de la operación acabó en la cuenta personal de Quesada, mediante transferencias de Segovia.
El puzzle cuadraba. Quesada montó todo, Segovia fue empresa fantasma y canalizó el dinero de vuelta. Don Genaro no firmó (al menos, no sabiendo), y Vera armó un informe de veintitres páginas con pruebas y conclusiones, que pasó a Cecilia para la defensa.
El abogado jefe del caso, don Joaquín Costas, la llamó:
Esto es de un nivel altísimo, Vera. No me esperaba algo así.
Gracias respondió Vera.
¿Trabajas sola?
Bueno, tengo ayuda de Román y Cecilia.
Perfecto. Presentamos esto el lunes.
El lunes, el juzgado tramitó la solicitud de cambiar la medida cautelar de don Genaro y de imputar a Quesada. El miércoles llamaron a Quesada a declarar. El viernes fue detenido.
Dos semanas después, levantaron el arresto domiciliario a don Genaro. Parte de las cuentas se desbloquearon. Asunto aún abierto, pero el peligro mayor había pasado.
Esa noche, los González cenaron juntos. Don Genaro presidía la mesa, con menos kilos pero igual de erguido. Inés Arcaya descorchó un buen Ribera del Duero. Fernando brindó breve: “por la familia”. Marta ni habló.
Don Genaro miró a Vera.
Has logrado lo imposible.
Solo lo justo corrigió Vera. Solo requiere saber cómo.
Don Genaro respiró hondo.
No sabía que fueras… buscó la palabra.
Abogada le sopló Vera.
Eso.
Inés Arcaya, por primera vez, la miró con un respeto silencioso. No cariño, pero sí reconocimiento.
Te estamos en deuda admitió la suegra.
Vera asintió y probó el vino. Era bueno.
Pero esa noche, en la cama, Vera no pensaba en lo ocurrido, sino en lo que seguía ahí, sin haber cambiado de verdad. Ahora la valoraban como recurso, pero seguía faltando el respeto sencillo de todos esos meses.
Se acordó de su madre, que decía: “Vera, saber hacerlo todo está bien, pero también tienes derecho a que alguien lo haga por ti a veces”.
Quizá su madre hablaba de otra cosa. Pero ahora sonaba diferente.
Al día siguiente, tras la marcha de don Genaro y Fernando al juzgado y Julián al trabajo, Inés Arcaya entró en el despacho de Vera. Primera vez en ocho meses.
¿Molesto? preguntó.
No respondió Vera.
La suegra se sentó en el sillón donde había estado Julián días antes y observó la habitación: los códigos civiles, los papeles, los subrayadores. Para Inés, todo era nuevo, incluso incomprensible.
Aquí trabajabas siempre dijo. Más constatación que pregunta.
Sí.
Y yo pensaba que era un vestidor.
No sabía usted la verdad.
Pausa tensa, pero auténtica.
Vera empezó la suegra. Quiero que sepas que lo que has hecho…
Inés interrumpió Vera, tranquila, ¿puedo decirle algo?
La mujer asintió con recelo.
Me alegro de haber podido ayudar. No porque me debáis nada, sino porque la injusticia me repugna. Pero esto no cambia lo de antes.
¿El qué?
Las cosas que dijo de mí delante de los invitados. Lo de la “pueblerina”. Lo que Marta soltó en la mesa mientras usted estaba presente. No son nimiedades, Inés. Han sido ocho meses.
Inés Arcaya aguantó la mirada. Y por eso, Vera, en el fondo, la respetaba.
Ahora entiendo lo que quieres decir dijo la suegra, casi en susurro.
Vale.
No imaginaba que doliera tanto. Solo pensaba en qué convenía para mi hijo. En la reputación. Así he sido siempre.
Lo sé dijo Vera. Por eso nunca conté nada de mi trabajo. Quise ver cómo trataría usted a alguien de quien no sabe nada. Ahora sí lo sé.
Inés se levantó y, tras una pausa en la puerta, dijo:
Vas a marcharte, ¿verdad?
Lo estoy pensando.
Se fue. Vera miró por la ventana. El césped, perfecto, recién regado, bajo un cielo gris claro.
Llevaba días pensándolo. Por las noches y entre llamadas, doblando las camisas de Julián (nadie se lo exigía, pero era de esas rutinas que arraigan solas). No se trataba del dinero o de adónde iría. Eso lo sabía: trabajo no faltaría y sitio encontraría. El dilema era otro.
Amaba a Julián. De verdad. Pero entendía que el amor no basta para vivir con alguien que ocho meses prefiere callar antes que pronunciarse. No era mala persona solo alguien para quien la familia siempre está por delante de la pareja. Y ni siquiera ahora eso había cambiado.
Recordó lo que decía su primer profesor de derecho mercantil: “El contrato más difícil no es el que no entiendes, sino el que sabes que una parte nunca va a cumplir”. Vera pensó que eso también aplica al matrimonio: esos pactos callados donde una parte asume y la otra calla y carga con todo.
El viernes por la tarde tuvo lugar la conversación con Julián. No fue ni buscado: simplemente ocurrió. Él entró al despacho de Vera, por primera vez.
Mi madre dice que te planteas irte dijo desde la puerta.
Vera dejó el bolígrafo.
Lo estoy pensando, sí.
Julián cerró la puerta y se quedó ahí, de pie.
¿Por mí? preguntó.
Por nosotros. Es distinto.
¿Puedes explicarlo?
Vera se lo pensó. Entonces salió, por primera vez, aquello que realmente sentía:
Julián, ¿te acuerdas de cuando tu madre dijo delante de los Belmonte eso de que te habías fijado en una muchacha sencilla, de pueblo? ¿Respondíste algo?
No admitió bajito.
¿Y cuando Marta insinuó que yo vestía así por cálculo de pueblerina? ¿Hiciste algo?
No.
¿Y cuando ni siquiera me llamaban para los temas de la familia, aunque estuviera en la sala?
Tragó saliva.
Me di cuenta, sí.
Entonces, ¿para qué seguir hablándolo?
Él fue hasta el alféizar, mirando al jardín iluminado de las farolas tenues.
Me daba miedo herirles confesó.
Lo sé.
Mi madre siempre…
Julián, no estoy enfadada. Solo he entendido algo importante. Si tienes que elegir toda la vida entre no molestarles a ellos y defenderme a mí, escogerás a ellos. No es culpa; así eres.
Puedo cambiar susurró.
Quizá, pero no quiero esperar a ver si eso pasa. No tengo la edad ni el ánimo.
Él la miró.
¿Dónde te irás?
Alquilo un piso. Sigo con mi trabajo. Como hacía antes.
¿Sola?
Sola.
En su expresión había algo que Vera ya no necesitaba identificar. Tal vez pena. Tal vez otra cosa.
¿Nos divorciamos?
Presentaré los papeles en un mes. No hay prisa.
Asintió. Dijo, muy bajito:
Te quiero.
Vera sostuvo su mirada unos segundos.
Lo sé.
El sábado por la mañana, Vera hizo dos maletas: lo suyo, su portátil, algunos libros, la taza de lunares que trajo del pueblo. Lo demás, cosas de esa vida, no se las llevaba.
Bajó al vestíbulo. Inés Arcaya allí la esperaba. Nadie más apareció.
¿Estás segura? preguntó la suegra.
Sí.
Inés asintió, despacio.
No te diré que te valorábamos bien. Tienes razón: no supimos. Yo… buscó palabras que no se le suelen pronunciar, yo daba por sentado cierto orden, cierto sitio para cada quién.
Lo entiendo.
Tú no encajabas en mis ideas.
Lo sé.
Pero has sido mejor de lo que yo jamás imaginé.
El silencio que siguió era largo, sin incomodidad. Como cuando ambos saben que algo real se ha dicho y hay que asimilarlo.
Inés dijo Vera al final, no me marcho por enfado. Me voy porque quiero vivir donde no sea necesario rescatarme para que me vean. No es cosa suya. Es que ahora lo sé de mí.
La suegra la miró largo rato.
Suerte, Vera.
Igualmente.
Vera salió con las maletas. El taxi esperaba en la puerta. El aire de esa mañana de otoño era frío y olía a hojas mojadas, a tierra; igualito que en su pueblo.
Metió el equipaje en el coche y miró una última vez la casa. Sol, piedra, el césped siempre regado, las verjas, todo pulcro y ajeno.
Se sentó en la parte de atrás.
¿Dónde vamos? preguntó el conductor.
A la Calle de la Estrella, número siete decidió. Un piso nuevo que llevaba días preparando: pequeño, cuarto piso, ventanas al patio, escalera vieja de madera.
El taxi arrancó.
Por la ventanilla, la Avenida del Encinar quedó atrás. Pasó la verja, las calles con cipreses altos, luego la nacional recta y gris.
El móvil vibró. Mensaje de Román: “Caso González: investigan oficialmente a Quesada. Enhorabuena”. Vera ni contestó.
Enhorabuena. Qué palabra más sencilla, pensó.
Miró el cristal, sin ansiedad, sin júbilo. Solo pensando en la casa que esperaba: paredes desnudas, sin cortinas, ni platos. Iba a necesitar una taza nueva. Había otra de barro verde que le gustaba, pero ya la compraría en estos días.
Era curioso, se decía: a veces lo que de verdad marca que tomaste la decisión correcta es que, acabado el terremoto, uno piensa en cosas tan caseras como las tazas, las cortinas, el escritorio donde trabajar.
Ya tenía dos casos nuevos: el cliente de León quería asesoría fiscal urgente, Román mandaba enlaces, Cecilia proponía montar algo juntas. La vida seguía.
El taxista encendió la radio, bajito. Cantaba una mujer, un tema triste y lento.
El móvil vibró de nuevo. Julián.
Vera dudó. Cogió.
¿Ya estás lejos? preguntó él.
Por la nacional.
Quería decirte… silencio breve, tenías razón en todo. Ya sé que llego tarde.
Sí, tarde replicó Vera, sin rencor.
¿No vuelves?
Fuera, la carretera se abría, recta, los árboles lanzando hojas amarillas.
No, Julián.
Vale susurró. Cuídate mucho.
Tú también.
Colgó y dejó el móvil a un lado. El coche avanzaba, callado, la radio de fondo, árboles alejándose.
Vera pensó que también en su pueblo debía estar oliendo a tierra y hojas. Tenía que llamar a su madre. Decirle que todo va bien, que ya encontró piso, que el trabajo sigue.
Y su madre, claro, preguntaría por Julián. Siempre pregunta por Julián.
¿Y qué le diría esta vez?






