¡A Sashka le horrorizaban los días en que potenciales padres adoptivos venían al centro de acogida! Porque, en los siete años que llevaba viviendo allí, jamás la habían elegido.

Clara nunca soportó los días en que llegaban posibles adoptantes al orfanato de Salamanca. En los siete años que llevaba allí, nadie la había escogido jamás.

Cuando era pequeña, los esperaba con ilusión. Se quedaba embobada observando a las señoras elegantes y a los caballeros impecables, como si fueran magos que algún día la llevarían a su propio castillo. Imaginaba que una nueva madre la arroparía con un beso de buenas noches, mientras un nuevo padre la subiría a hombros riendo. Se veía ya con una habitación solo para ella, donde no tendría que cruzarse más con Nico, ese niño molesto que no desperdiciaba ocasión para tirarle de las trenzas y llamarla Pinzón.

Clara no tenía ni idea de lo que significaba esa palabra, pero le sonaba humillante. Nico, obstinado, insistía una y otra vez:

¡Pinzón! ¡Pinzón!

Ella tenía cinco años cuando entró en aquel orfanato, después de que un accidente de tráfico le quitara a sus padres. Durante meses no logró entender por qué mamá y papá no regresaban, ni por qué la habían dejado allí. Años después comprendió que ya no volverían jamás. Poco a poco, su recuerdo se desvaneció: las voces, los aromas, el calor del hogar en el que habían sido familia.

Con el tiempo, Clara deseaba con todas sus fuerzas ser elegida. Pero el milagro nunca llegaba, y poco a poco comprendió que probablemente nadie la escogería. No era una niña bonita. Siempre se iban con las niñas de lazos perfectos y sonrisas de anuncio.

Nico seguía fastidiándola, aunque ahora, por fin, Clara sabía que el pinzón era solo un pajarillo. Un día más, llegó el momento de las visitas de los adoptantes. A todas las niñas las vistieron de gala, les adornaron el pelo con lazos. Pero Clara, en un arrebato, se cortó el pelo a lo chico. No quería seguir esperando a que alguien la eligiera. Decidió que, a partir de entonces, sería ella quien tomaría sus propias decisiones.

Al ver su corte de pelo desigual, las cuidadoras se llevaron las manos a la cabeza y Nico, como siempre, le lanzó por la espalda su apodo:

¡Pinzón!

Clara ya tenía doce. Nico era tres años mayor. Ese día, una vez más, nadie la eligió; su aspecto desafiante y su mirada intensa asustaban a los posibles padres.

Tres años después, Nico dejó el orfanato. Saludó a todos y, al final, se acercó a Clara.

¿Entonces, nos despedimos, Pinzón?

Adiós, adiós respondió ella, indiferente.

Ten paciencia. Te queda poco, ¡solo tres años más y te llevo conmigo! le dijo Nico con seguridad.

¡Y una leche! ¿Quién te ha dicho que te voy a elegir? ¡Eres un tonto! le replicó Clara, cortante.

Nico la miró profundamente antes de marcharse, sin girarse una sola vez.

Clara salió después por la puerta del orfanato, dejando atrás una etapa de su vida. Respiró hondo el aire frío de la libertad y la adultez. Había dejado atrás a la niña invisible: ahora era una mujer de melena larga, grandes ojos verdes y un porte distinto, seguro. Camino hacia el piso de sus padres en la Calle Mayor cuando una voz familiar la detuvo:

Hola, Pinzón.

Al girarse, vio a Nico ante ella.

¿Qué haces aquí? preguntó, casi molesta.

Te prometí que vendría a buscarte. Así que aquí estoy respondió él, acercándose.

Te dije que ahora soy yo quien elige Clara le sostuvo la mirada. Nico había crecido, se había ensanchado de hombros, su voz era más grave.

Elígeme, Clara le pidió él con una dulzura inesperada.

Lo pensaré contestó ella, y subió hacia su portal.

Nico la siguió hasta el portal, esperó a que entrara y después se marchó. Desde ese día, cada noche aparecía bajo su ventana. Se sentaba en el banco frente al edificio y se quedaba allí hasta que se apagaba la última luz de su hogar.

Pasó el verano, dio paso al otoño lluvioso, luego llegó el invierno. Pero Nico seguía allí, día tras día.

Una noche, Clara bajó y se sentó a su lado.

¿No te cansas? ¿No tienes frío?

No importa. Aguanto. Solo quiero que me elijas, por favor susurró él, con la mirada llena de ternura.

Clara dio un brinco y subió rápidamente a casa, mientras observaba a través de la cortina cómo él seguía mirando sus ventanas.

Llegó el 31 de diciembre. Clara corría a casa después del trabajo. Faltaba preparar la cena, ponerse el vestido nuevo ¡La Nochevieja estaba a punto de comenzar! Pero aquel día, Nico no estaba en el banco. El corazón de Clara dio un vuelco ¿Le habría pasado algo?

Tras una hora, habiendo terminado los preparativos y copa de cava en mano, ella se acercó de nuevo a la ventana. Nada. La inquietud empezó a atenazarle el estómago ¿Y si le había ocurrido algo? ¿Dónde buscarlo? ¡Ni si quiera sabía su dirección o teléfono!

¡Qué tonta soy! ¡Qué estúpida! se recriminó a sí misma en voz alta.

En ese mismo instante algo brilló bajo su ventana.

Ya empiezan los fuegos pensó Clara, dirigiéndose al cristal para ver el espectáculo.

Sobre la nieve, ardían enormes letras rojas:

¡ELÍGEME, CLARA!

Nico, sentado en el banco, la saludaba con la mano, con esa sonrisa de siempre, esa que desde niña, en el fondo, esperaba que fuera solo para ella.

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Elena Gante
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¡A Sashka le horrorizaban los días en que potenciales padres adoptivos venían al centro de acogida! Porque, en los siete años que llevaba viviendo allí, jamás la habían elegido.
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