A los sesenta años descubrió que toda su vida había sabido hacer aquello que siempre creyó ajeno

Durante más de cuarenta años dibujé. En los márgenes de los cuadernos, en el reverso de las facturas, en servilletas del comedor. Y lo escondía.

Y a los sesenta y un años puse mi firma en mi primer cuadro.

Pero de eso, después. Primero, el cuaderno.

Lo encontré en marzo. Estaba ordenando el altillo, saqué una caja de cartón con la palabra «Escuela» escrita a mano y me senté directamente en el suelo del pasillo. La caja olía a papel viejo y un poco a polvo. Dentro estaban mi diploma de bachillerato, un certificado de una olimpiada de matemáticas y una pila de cuadernos.

Álgebra, noveno grado, mil novecientos ochenta.

Abrí la tapa verde. En la primera página había ecuaciones, columnas de números trazadas con una letra pareja. Y en el margen, un árbol. Delgado, con el tronco curvado, tres ramas hacia arriba y una hacia un lado, como si quisiera alcanzar la línea de la página vecina. Pasé la hoja. En la siguiente página había un rostro. De mujer, en tres cuartos, con una trenza pesada caída sobre el hombro. Recordé a quién estaba dibujando. A Clara Domínguez, la profesora de dibujo. Llevaba una trenza hasta la cintura y me decía: «Tienes una línea viva, Valdés. No aprietes la mano».

La apreté. Durante cuarenta y seis años.

El cuaderno descansaba sobre mis rodillas mientras yo iba pasando las hojas. Manos. Unas manos doblando un barquito de papel. Un gato en el alféizar. Un anciano con gorra. Una farola y un charco debajo. Los dibujaba en las clases de álgebra en vez de resolver ejercicios. Y por eso sacaba malas notas.

Mi madre dijo entonces: «Las malas notas son una vergüenza». De los dibujos no dijo nada.

Cerré el cuaderno y lo devolví a la caja. Luego lo saqué otra vez. Luego volví a guardarlo. Después me lo llevé a la cocina.

Me llamo Mercedes. Tengo sesenta y un años. Trabajé treinta y cinco años como contadora principal en una fábrica de componentes eléctricos en Zaragoza. Tengo una hija, Laura, de treinta y seis años. Un nieto, Mateo, de nueve. Un exmarido, Julián, del que me divorcié hace ocho años. Un piso en un bloque de ladrillo de cinco plantas, con techos bajos y ventanas que dan al patio interior. En el balcón hay un caballete plegable que compré hace tres años, cuando me jubilé. Y una caja de lápices acuarelables que escondo en el cajón de la cómoda cuando viene Laura.

Yo dibujé siempre. No fue una decisión. Simplemente la mano se me iba sola hacia un bolígrafo y empezaba a trazar. Mientras revisaba balances, en una esquina de una hoja aparecía una cara. Mientras esperaba el autobús, en el borde de un periódico nacía un árbol. Mientras hablaba por teléfono, una servilleta se cubría de líneas. Me daba cuenta después. Lo arrugaba y lo tiraba. O lo escondía en el cajón de abajo del escritorio. Dependía de si había alguien cerca.

Julián vio mis dibujos en mil novecientos noventa, un mes después de la boda. Yo había olvidado un bloc en la cocina. Lo hojeó. Y dijo: «Mercedes, deja esas tonterías. Tienes veinticinco años, no eres una colegiala para hacer garabatos en los márgenes».

No me ofendí. Estuve de acuerdo. Porque decía lo mismo que yo pensaba. ¿Qué clase de artista iba a ser yo? Había estudiado Economía. Yo sabía llevar cuentas, no dibujar. La gente que dibuja aprende para eso. En escuelas de arte, en academias, en facultades. Tienen diplomas. Yo tenía un cuaderno de álgebra lleno de garabatos en los márgenes.

Pero las manos no obedecían. Los dibujos seguían apareciendo. En el reverso de los recibos. En formularios. En los márgenes de revistas. Yo los escondía en una caja en el altillo. La caja fue creciendo.

Laura la encontró a los catorce años. Miró dentro, hojeó un poco y dijo: «Mamá, qué infantil». Yo me reí y cambié de tema. Pero por dentro algo hizo clic. Dos personas —mi marido y mi hija— habían dicho lo mismo. Entonces era verdad. Infantil. Un capricho. Garabatos.

Escondí la caja más al fondo.

Julián y yo nos divorciamos en dos mil dieciocho. Se fue con una mujer de su oficina. Sin escándalo, sin gritos. Recogió sus cosas, me dejó el piso y dijo: «No me guardes rencor, Mercedes». No se lo guardé. Me había acostumbrado a él, pero no sabía si lo había amado alguna vez. Después de veintiocho años, seguía sin tenerlo claro.

Cuando se llevaba las cajas, yo estaba de pie en el pasillo y no pensaba en él. Pensaba en que ya nadie entraría por la noche en la cocina para decir «tonterías». Y saqué la caja de los dibujos.


Pasé los tres primeros años de la jubilación en silencio. Le preparaba tortitas a Mateo los sábados, iba al centro de salud, leía libros. Y dibujaba. Ya no en márgenes. En hojas sueltas. Con lápices acuarelables, con grafito, con tinta. Abría el caballete en el balcón por la mañana y por la tarde lo plegaba. Como si recogiera después de mí misma.

No enseñaba los dibujos a nadie. Los guardaba en una carpeta. La carpeta estaba en el armario, detrás de una pila de toallas.

En marzo de dos mil veintiséis llamó Mateo.

—Abuela, ¡vamos a una exposición! —su voz sonaba tan fuerte que aparté el teléfono del oído—. ¡A la galería del paseo del Ebro! Hay cuadros y tengo que escribir una reseña para el cole.

Acepté. La galería «La Barca» estaba en una antigua casa señorial, con techos altos y ventanas enormes. Había pasado delante de ella cientos de veces y nunca había entrado.

Fuimos un sábado. Mateo me llevaba de la mano y tiraba de mí de un cuadro a otro. La exposición se llamaba «Gráfica en pequeño formato». Treinta obras: lápiz, tinta, carboncillo. Retratos, paisajes, abstracción.

Me detuve ante la cuarta obra. Un retrato de mujer. La línea de la mandíbula se iba hacia un lado, la nariz estaba hecha de un solo trazo y faltaba el segundo ojo. Yo miraba y pensaba: yo lo habría hecho de otra manera. Yo habría cerrado el contorno. Yo no habría dejado la línea a medias.

Pasé a la quinta. Un árbol. El tronco recto, las ramas del mismo grosor, como antenas. Yo las habría curvado. Habría hecho una rama más gruesa, otra más fina, una tercera rota.

Recorrí la sala discutiendo en silencio con cada dibujo. Era una sensación extraña. Como si alguien hubiera abierto una puerta frente a la que yo llevaba medio siglo parada.

—Abuela —dijo Mateo. Me tiró de la manga—. Tú lo haces mejor.

Lo miré.

—¿Qué?

—Tú lo haces mejor —repitió—. He visto tus dibujos. En la carpeta, detrás de las toallas.

Quise decir: «No es lo mismo». Pero no lo dije. Porque sí era lo mismo. Era exactamente lo mismo. Lápiz, papel, línea. Y yo sabía que él tenía razón. El cuarto cuadro de la pared, yo lo habría dibujado con más precisión. Y lo sabía.

Salimos a la calle. Mateo agitaba su cuaderno y me contaba lo que iba a escribir en la reseña. Yo caminaba a su lado en silencio. En mi cabeza giraba una sola idea: el cuarto cuadro. El retrato con la línea de la mandíbula sin terminar. Yo la habría terminado. Y habría estado bien. Lo sabía no porque lo hubiera leído en algún sitio. Lo sabía porque llevaba cuarenta y seis años dibujando. Todos los días. Cinco minutos, diez, media hora. En márgenes, en trozos de papel, en servilletas. La mano recordaba miles de líneas, y cada una de ellas había sido una decisión: así y no de otra manera.

Mateo escribió su reseña y sacó la máxima nota. Y yo pasé tres días seguidos sacando la carpeta, extendiendo los dibujos sobre la mesa de la cocina y mirándolos. Los dejaba junto a la taza, como antes dejaba los informes contables. Comparaba. Buscaba errores, una costumbre de la que es imposible desprenderse. Errores había. En alguna parte la línea se vencía, en otra una proporción se deslizaba. Pero el árbol del tercer dibujo estaba vivo. Mateo en el quinto era de verdad. Y yo veía la diferencia entre mis trabajos y lo que colgaba de aquella galería. Luego guardaba la carpeta. Luego volvía a sacarla.

Al cuarto día llamé a Laura.

—Laura, quiero enseñar unas cosas en una galería.

Silencio. Largo.

—Mamá —dijo con el tono con que se le explica a un niño por qué no debe tocar la cocina encendida—. ¿En qué galería?

—En «La Barca». En el paseo. Mateo y yo fuimos a una exposición y…

—Mamá —me interrumpió Laura—. Por favor. No lo hagas. Va a ser incómodo.

Yo sabía que iba a decir eso. Lo supe antes incluso de marcar su número. Laura es directora financiera de una cadena de farmacias. Cree en los números, en los títulos y en los resultados previsibles. Es mi hija. Y dice lo mismo que decía su padre. No porque sea mala. Sino porque no conoce otra forma de ver las cosas.

—Está bien —respondí—. Olvídalo.

Pero no lo olvidé.

Una semana después de aquella exposición, un sábado, reuní doce dibujos. Los metí en una carpeta de cartón grueso con cintas. Me vestí. Salí de casa. Caminé hasta el paseo. Me detuve ante la puerta de la galería.

Estuve allí siete minutos. Contando. Porque una contadora lo cuenta todo. Pasaron cuatro personas. Dos palomas se posaron en la barandilla. El sol salió y volvió a esconderse. Sujetaba la carpeta con las dos manos, apretándola contra el vientre, igual que había apretado a Laura cuando era pequeña, en las colas del ambulatorio.

Y entré.


Dentro olía a madera y a algo agrio, tal vez barniz, tal vez pintura. Detrás del mostrador había una mujer joven, de pelo corto.

—Buenos días —dije. Mi voz sonaba como si estuviera pidiendo disculpas. Siempre hablo así: bajo la entonación al final, como si me disculpara por haber abierto la boca—. Quería enseñar unos dibujos. Mis dibujos.

La mujer levantó la vista. Miró la carpeta. Me miró a mí. Vi perfectamente lo que estaba pensando: otra jubilada con gatitos. Yo habría pensado lo mismo.

—Espere un minuto —dijo—. Voy a llamar al comisario.

Se fue. Yo me quedé de pie. La carpeta en las manos se volvió pesada. Eran doce hojas, no más. Pero me dolían los brazos. O quizá no eran los brazos. Quizá era algo por dentro, algo pesado y antiguo, como una piedra en el fondo de un río.

Salió al cabo de tres minutos. Alto, cerca de los cincuenta, con una chaqueta de lino color arena mojada y las mangas remangadas. Tenía los ojos gris claro, casi transparentes; desde lejos daba la impresión de que las pupilas flotaban en el vacío. Me tendió la mano.

—Andrés Velasco —dijo—. Comisario.

—Mercedes Valdés —respondí—. Tengo dibujos.

Asintió. No sonrió ni frunció el ceño. Solo asintió y me condujo hasta una mesa junto a la ventana. Era una mesa grande de madera, con manchas de café. Puse la carpeta sobre ella. Desaté las cintas. Las manos no me temblaban. Eso me sorprendió.

Andrés abrió la carpeta. La primera hoja era un apunte del patio. Mi patio, visto desde el balcón. El tejado de un garaje, antenas, tres álamos y una mujer tendiendo ropa. Miró. Pasó la hoja. La segunda eran unas manos. Mis manos sobre un teclado, aunque las había dibujado como si estuvieran tocando el piano. La tercera era Mateo. Su perfil, la nariz con migas de galleta, las pestañas bajas, la boca entreabierta. Estaba dormido cuando lo dibujé.

Andrés fue pasando las hojas en silencio. Yo estaba a su lado sin respirar. Llegó a la séptima. Se detuvo.

La séptima hoja mostraba unas manos doblando un barquito de papel. La había vuelto a dibujar a partir de aquel apunte del cuaderno de álgebra. El boceto que hice a los quince años durante una clase. Solo que ahora estaba en una hoja grande, a lápiz, con todos los detalles. Los dedos, el pliegue del papel, la sombra sobre la palma.

Él dejó la hoja sobre la mesa. Se quitó las gafas. Se inclinó más cerca. Y se quedó así.

No sé cuánto tiempo pasó. Yo contaba, pero perdí la cuenta. La chica del mostrador nos miró y luego apartó la vista. El sol se movió de una ventana a otra. Oí pasar un coche abajo.

Andrés se irguió.

—¿Son sus manos? —preguntó.

—No —contesté—. Son las de alguien. No recuerdo de quién. Las dibujé a los quince años, en clase de álgebra.

Me miró. Luego volvió a mirar el dibujo.

—La línea respira —dijo en voz baja—. ¿Lo sabe?

No lo sabía. No entendía qué significaba. Pero cuando dijo esas palabras recordé a Clara Domínguez. «Tienes una línea viva, Valdés». Mil novecientos ochenta. Y ahora dos mil veintiséis. Dos personas distintas. Dos épocas distintas. La misma palabra para la misma línea.

—Esto tiene fuerza —dijo Andrés—. ¿Cuántos más tiene así?

—Muchos —respondí—. Una caja en el altillo. Y una carpeta. Y otra carpeta más.

Cerró mi carpeta. Ató las cintas. Dejó delante de mí su tarjeta.

—Necesito veinte obras —dijo—. Gráfica. Lápiz, tinta, lo que sea. Si las tiene, tráigamelas. Si no, dibújelas. Quiero hacer su exposición.

Tomé la tarjeta. Salí de la galería. Caminé hasta un banco del paseo junto al río. Me senté. Dejé la carpeta sobre las rodillas. Y me quedé así veinte minutos, mirando el agua.

Tenía sesenta y un años. Treinta y cinco años de balances y asientos contables. Veintiocho años de matrimonio en el que dibujar era una tontería. Tres años de jubilación escondiéndome en el balcón con un caballete. Y ahora un hombre al que acababa de conocer me decía: «Esto tiene fuerza».

Saqué el teléfono. Los dedos buscaron el número de Laura.

No llamé. Guardé el teléfono. Me levanté. Volví a casa.

En casa abrí el caballete en el balcón. Y aquella noche no lo plegué. Por primera vez en tres años se quedó abierto.


Durante las cuatro semanas siguientes dibujé. Todos los días. Me levantaba a las seis, preparaba té, salía al balcón y trabajaba hasta el mediodía. Después comía, descansaba una hora y volvía a trabajar hasta que oscurecía.

Andrés me llamó tres días después de mi visita. Me pidió permiso para pasar por casa a ver trabajos antiguos. Dije que sí y esa tarde me puse a fregar el suelo, aunque estaba limpio.

Llegó con un cuaderno de notas. Yo bajé del altillo la caja aquella, la de cartón, con la palabra «Escuela». Y otra caja más grande, sin inscripción, donde había guardado dibujos desde los noventa hasta dos mil dieciocho.

Andrés se sentó a la mesa de la cocina y fue revisando hojas. Páginas de cuaderno, papeles rotos, reversos de facturas. Dibujos hechos sobre hojas de contabilidad. Dibujos en los márgenes de periódicos. Dibujos sobre formularios administrativos: pequeños, precisos, veloces.

—Mercedes —dijo sin levantar la vista—. ¿Se da cuenta de que aquí tiene treinta años de gráfica?

—Son garabatos —respondí. No por modestia. Lo creía de verdad.

—No —levantó la cabeza—. Esto es dibujo lineal. Seguro, con carácter. ¿Nunca estudió?

—Nunca.

Calló un momento. Después sacó de la caja el cuaderno de álgebra. Lo abrió en la página de las manos que doblaban el barquito.

—Esto —dijo, señalando con el dedo la sombra sobre el pliegue del papel—. A los quince años usted dibujó esta sombra como enseñan en tercero de Bellas Artes. ¿De dónde lo sacó?

—Solo miré cómo caía la sombra —dije—. Y la dibujé.

Volvió a dejar el cuaderno en la caja. Anotó algo en su libreta.

—Quiero incluir también las obras tempranas —dijo—. Juntas. El cuaderno escolar y el dibujo actual. El mismo motivo: las manos con el barquito. Cuarenta y seis años de diferencia. Una misma línea. Va a ser muy poderoso.

Asentí. Tenía miedo y me sentía bien. Como cuando una se lanza al agua en junio: frío y, al mismo tiempo, imposible detenerse.

Cuando se fue, me quedé sentada en la cocina. Sobre la mesa estaban las marcas de sus dedos en el vaso de agua que le había servido. Fuera anochecía. Pensaba en que, durante treinta y cinco años en la fábrica, nadie había mirado mis informes con la atención con que Andrés había mirado mis dibujos. Los balances se revisan. Los dibujos se ven. Entre «revisar» y «ver» cabe toda una vida.

Seguí dibujando. Cada noche extendía una hoja sobre la mesita del balcón, encendía la lámpara y trabajaba. La mancha del dedo medio de la mano derecha, que antes había sido azul de tinta —de la pluma con la que rellené formularios durante treinta y cinco años—, se volvió gris de grafito. Lo noté por casualidad al lavarme las manos y me eché a reír.

Dos semanas después llamó Laura.

—Mamá —su voz sonaba cautelosa—. Mateo me ha dicho que dibujas diez horas al día. ¿Es verdad?

—No diez. Seis.

—Mamá, eres jubilada, no estudiante. Tienes que cuidar la vista. La espalda. La tensión.

No discutí. Le pregunté qué tal en el trabajo. Laura me habló del cierre trimestral, de una auditoría, de un contable nuevo que confundía partidas y previsiones. Yo la escuchaba y pensaba: «Yo fui así. Durante treinta y cinco años fui así. Y dibujaba a escondidas para que nadie lo viera».

Un mes más tarde llevé a Andrés veintidós obras. Doce de la carpeta y diez nuevas. Las extendió sobre la mesa de la galería y estuvo caminando alrededor durante cuarenta minutos. Luego llamó a alguien.

—Irene —dijo por teléfono—. Ven. Hay algo que tienes que ver.

Irene era la dueña de la galería. Bajita, con un vestido oscuro y pendientes pesados. Llegó, miró los dibujos, me miró a mí.

—¿Dónde estudió? —preguntó.

—En ninguna parte —respondió Andrés por mí—. Y precisamente ahí está la cuestión.

Fijaron la exposición para julio. «Línea», propuso Andrés como título. Acepté. Una sola palabra. Sin explicaciones.

Quedaban dos meses. Andrés venía una vez por semana, elegía obras, anotaba cosas en su libreta. Un día me preguntó:

—Mercedes, cuando dibuja, ¿en qué piensa?

Me desconcertó. Nadie me lo había preguntado antes.

—En nada. Miro y dibujo. La mano me lleva y yo voy detrás.

Él asintió. Lo escribió.

—Esa es la respuesta —dijo—. Usted no ilustra una idea. Usted observa. Por eso la línea es honesta.

No entendí del todo lo que quería decir. Pero me gustó la palabra «honesta». Treinta y cinco años de contabilidad también tienen que ver con la honestidad. Los números no mienten. Y, al parecer, la línea tampoco.

Llamé a Laura.

—Voy a tener una exposición en la galería «La Barca». En julio.

Silencio. Luego:

—Mamá… —y oí en su voz algo nuevo. No irritación. No condescendencia. Desconcierto—. ¿Hablas en serio?

—Ven a verla —dije—. Si quieres.

Vino tres días después. Entró en la galería, donde ya colgaban en la pared los marcos con mis trabajos; Andrés estaba montando la exposición. Laura se detuvo ante el primer dibujo. Luego ante el segundo. Frente al tercero se quedó más tiempo. Era el retrato de Mateo dormido, el mismo, con las migas en la nariz. Ella se quedó allí y vi cómo sus hombros, siempre rectos y tensos, se aflojaban.

—Mamá —dijo. Y tenía otra voz. Baja—. Mamá, perdóname. Yo no sabía que esto era… esto.

No le pregunté qué significaba «esto». Lo entendí. Lo había visto. Ya no eran los garabatos de su madre en un margen de cuaderno. Eran dibujos. Enmarcados, colgados en una galería, bajo una luz de museo. Y eran reales.

—Te dije lo mismo que papá —dijo Laura—. «Qué infantil». Me acuerdo.

—No fue culpa tuya —le respondí—. Yo también me lo creía.

Me abrazó. Fuerte, como cuando era pequeña y se me aferraba al cuello después de una pesadilla. Yo estaba de pie en una sala medio vacía, entre mis propios dibujos, abrazando a mi hija de treinta y seis años.

Andrés salió de su despacho, nos vio, y volvió a entrar sin hacer ruido.


La exposición se inauguró el quince de julio.

Vinieron cuarenta y dos personas. Las conté, por supuesto. Cuarenta y dos no serán muchas para alguien, pero para mí eran cuarenta y dos rostros desconocidos mirando mis dibujos. No balances. No informes trimestrales. Las líneas que yo había trazado sentada en un balcón de un bloque cualquiera.

Mateo vino con Laura. Llevaba una camisa blanca que su madre lo había obligado a ponerse y unas zapatillas deportivas que él había logrado defender. Recorrió la sala explicándole en susurros sonoros a cualquiera que se le acercaba: «¡Lo ha dibujado mi abuela! ¡Ese gato es el de la vecina del tercero! ¡Y ese soy yo dormido!». Una mujer se detuvo, lo escuchó y preguntó: «¿Y tu abuela está aquí?». Mateo me señaló. La mujer vino hacia mí, me miró a la cara y dijo: «El retrato del niño es lo mejor que he visto este año. Gracias». Y se fue. Yo me quedé con un vaso de plástico de zumo en la mano sin saber qué responder. Durante treinta y cinco años de trabajo me dieron las gracias por informes, por balances, por cuentas sin errores. Nunca por algo que yo hubiera dibujado.

Vendieron tres dibujos la primera noche. Tres colecciones particulares. Andrés se me acercó cuando cerraron y me dijo las cantidades. Le pedí que me las repitiera. Lo hizo. Lo que pagaban por un solo dibujo equivalía a dos meses de mi pensión.

—El dibujo de las manos con el barquito —dijo—. Hay dos personas interesadas. Yo le recomendaría no venderlo. Todavía no.

Asentí. Las manos con el barquito. Mil novecientos ochenta y dos mil veintiséis, juntas, en un mismo marco. El cuaderno escolar y la hoja grande. Una misma línea, como decía Andrés. Cuarenta y seis años entre una y otra.

A la mañana siguiente estaba sentada en el balcón. El caballete seguía abierto —ya me había acostumbrado a no plegarlo por la noche—. Sobre él, una hoja nueva. Y al lado, en la mesa, uno de los dibujos de la serie. Terminado. Enmarcado. Sin firma.

En mi vida había firmado un dibujo. Durante cuarenta y seis años, ni una sola firma. Porque una firma es una declaración. Quiere decir: yo hice esto. Es mío. Yo soy la autora. Y yo no me había considerado autora nunca. Me había considerado una contadora que se entretiene con un lápiz.

Tomé el estilógrafo. Fino, cargado de tinta negra, el que me había regalado Andrés en la inauguración. «Para la firma», me dijo entonces. Yo creí que era una insinuación. Me equivoqué. Era un permiso. No de él. Mío.

La mancha del dedo medio de la mano derecha ahora era gris de grafito. No azul, como durante treinta y cinco años rellenando formularios. La mano era la misma. El dedo era el mismo. La mancha era distinta. Y lo que esa mano hacía también era distinto.

Julián decía: «Tonterías». Laura decía: «Qué infantil». Yo me decía: «Quién te crees que eres».

Tal vez aquello había sido siempre mi verdadero trabajo de adulta. Solo que pasé cuarenta y seis años pidiendo permiso a gente que no podía dármelo. Porque ellos mismos no entendían de qué se trataba.

Me incliné sobre el dibujo. Apoyé el estilógrafo en el papel. Y escribí abajo, en la esquina derecha: «M. Valdés».

Punto. No una pregunta. No puntos suspensivos. Punto.

Cerré el capuchón. Dejé el estilógrafo sobre la mesa. Miré la firma.

Las letras estaban derechas. Firmes. Como las cifras en mis balances, solo que no eran cifras. Era un nombre. El mío.

El sol salió de detrás de una nube. El balcón se llenó de una luz tibia. Sobre la barandilla había una paloma, la misma u otra, no lo sabía. El cuaderno de álgebra descansaba en la estantería detrás del cristal; Andrés me había pedido que lo guardara para la siguiente exposición.

Me levanté. Entré en la sala. Puse a hervir agua. Saqué una taza. Una mañana normal. Una cocina normal. Una mujer normal de sesenta y un años.

Solo que ahora, con firma.

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Lisa Weta
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A los sesenta años descubrió que toda su vida había sabido hacer aquello que siempre creyó ajeno
The Boy Who Read What No One Else Could See