Diario de Lucía M. | 55 años | Madrid Mallorca Madrid
Nunca pensé que a los 55 años me vería enamorada de un hombre quince años menor. Hoy, mirando hacia atrás, sé que nadie está a salvo de las sorpresas que da la vida. Fue un giro inesperado, una apuesta hacia un nuevo comienzo, hasta que un solo instante lo echó todo por tierra.
Me paro frente a mi maleta abierta, en la que trato de encajar no solo ropa, sino más bien los pedazos de una vida en la que, de repente, ya no me reconozco. Sostengo en la mano una taza grisácea y astillada que lleva escrito Para siempre y por siempre. La dejo a un lado con un suspiro. Mi salón, el que ha sido testigo de tantas discusiones y reconciliaciones, de café de los domingos y eternos debates sobre tortilla con o sin cebolla, hoy se siente ajeno, sin vida.
Recorro con la mano el respaldo del sofá. Hasta nunca, café de domingo, y adiós a las peleas por la pizza, murmuro. Tengo la cabeza invadida de recuerdos: risas y pequeñas traiciones, tristezas amables y silencios difíciles. En el dormitorio, la cama parece ocupar más espacio que nunca. La mitad donde dormía otro cuerpo vacía, recriminándome, como si tuviera derecho. No me mires así, susurro. No ha sido solo culpa mía.
Empaquetar se convierte en un ejercicio para encontrar cosas que verdaderamente me importan. Mi portátil se queda mirándome desde el escritorio, fiel como un perro viejo. Al menos tú sigues aquí, le digo con ternura. Dentro guardo mi novela a medio terminar, mi prueba de que aún no me he perdido del todo.
Y entonces, mensaje de Asunción. Retiro creativo. Isla. Nuevo comienzo. Vino. Qué arte el suyo, siempre transformando dramas en invitaciones tentadoras. Río sola en el piso vacío: Por supuesto, vino.
Sin pensarlo demasiado decidí aceptar. Necesitaba coraje, y tal vez era justo eso lo que me faltaba. Saqué el billete a Palma sin mirar ni los horarios. Mi otra voz interior exclamaba: ¿y si no encajas? ¿Y si no me aceptan? ¿Y si me caigo al mar y me comen tiburones? Respiro profundo y, sonriendo para mí, me zampo el último empujón al cerrar la maleta: Pues venga, a la aventura.
No lo llamaría huida. Prefiero decir que iba hacia algo nuevo.
Mallorca me recibe con su atmósfera cálida, olor a mar, y el viento haciendo música entre las hojas de las palmeras. Dejo que la brisa salada me hinche los pulmones mientras cierro los ojos y me prometo: aquí empiezo de cero.
Pero la calma se desvanece pronto. Al llegar al retiro, el silencio de la isla queda aplastado por risas, música y una alegría ruidosa. Jóvenes veinteañeros y treintañeros tirados por tumbonas de colores, bebiendo cócteles con más adornos que alcohol. Pues sí, convento no es, me sale en voz baja.
En la piscina, los gritos asustan hasta a las gaviotas. Grandes momentos de inspiración, Asunción, pienso resignada. Cuando busco refugio en alguna sombra, me encuentro con Asun, su sombrero torcido y margarita en mano. ¡Lucía!, grita, como si no hubiéramos hablado ayer mismo. Me arrastra con entusiasmo.
Venga ya, aquí ocurre la magia, ¡créeme! Te va a encantar, me dice con esa seguridad tan suya. Alzo las cejas. Yo esperaba no sé, algo un poco más tranquilo. Pero ella insiste, se agarra de mi brazo y me lleva con decisión por entre la algarabía. Me siento como una madre agotada en una fiesta de colegio, esquivando chanclas.
Paramos frente a un hombre que nunca había visto, pero que podría haber posado para la portada de una novela romántica. Piel tostada por el sol, sonrisa pícara y camisa blanca de lino. Lucía, este es Hugo, anuncia Asun. Encantada, dice, con voz suave como una ola tranquila.
Encantada, le devuelvo, rezando para que mi nerviosismo no se note. Asun brilla de satisfacción, como si hubiera orquestado un milagro. Hugo también es escritor, y cuando le hablé de tu libro, se moría por conocerte. Roja como un tomate, murmuro: Bueno, está aún sin terminar.
No importa, responde Hugo. Que lleves dos años con ella ya dice mucho. Me encantaría saber más.
Os dejo, que voy a por más margaritas, se excusa Asun, lanzándome una mirada socarrona.
La odié un poco por su atrevimiento. Pero, pocos minutos más tarde, ya sea por el viento o por la sonrisa de Hugo, acepté dar un paseo con él. Dame un momento, le pido, sorprendida de mi atrevimiento. En la habitación me visto con el mejor vestido veraniego que encontré. ¿Por qué no? Si me arrastran, al menos iré guapa.
Al regresar, Hugo me espera. ¿Lista?
Asiento, intentando parecer tranquila. Condúceme.
Me muestra los pequeños secretos de la isla: playas escondidas con columpios, senderos que acaban en acantilados solo conocidos por lugareños. Tienes un don, le digo riendo. ¿De qué? pregunta, sentándose en la arena. De hacerte olvidar que, en realidad, sientes que no encajas aquí.
Su sonrisa se ensancha. Igual no estás tan fuera de sitio como crees.
Charlamos y río más que en los últimos meses juntos. Compartimos historias, le hablo de literatura y viajes. Cuando me dice en broma que colgaría mi autógrafo en la pared, siento dentro de mí un calor olvidado.
Pero bajo las risas me acompaña una inquietud. Algo en él es demasiado perfecto.
Por la mañana salto de la cama rebosante de ideas para la novela. Hoy sí que sí, susurro, abro mi portátil y el corazón se me cae al suelo. La carpeta donde guardaba mi novela dos años de trabajo no está. Rebusco frenética en todos los rincones digitales. Nada.
Me repito: No entres en pánico, Lucía. Seguro que está en alguna copia de seguridad. Miento: no hay otra. Corro hasta la habitación de Asun. Por el pasillo oigo voces bajas, me acerco. La puerta casi cerrada me deja ver a Hugo, y a Asun inclinada hacia él.
Solo hay que presentárselo a la editorial adecuada, dice Hugo.
La sangre se me hiela.
A través de la rendija oigo a Asun, con esa voz suya de miel envenenada: Su manuscrito es una joya. Le haremos creer que colaboramos, y se lo quedará mi nombre. Jamás sabrá lo que pasó.
El cabreo me sube a la garganta, entremezclado con una traición aún más dolorosa. Hugo, quien había logrado que recuperara la risa y confianza.
Huyo antes de que puedan verme y empiezo a meter mis cosas en la maleta, temblando. Debía ser mi oportunidad, mi nuevo comienzo.
Las lágrimas asoman, pero decido no darlas el gusto. Eso es para quienes aún tienen fe en las segundas oportunidades.
Dejo atrás la isla con un sol que parece más cruel, solo porque me recuerda lo que podría haber sido. No miro detrás.
Pasan meses. Mi novela, la mía, ve la luz en una librería de Madrid. Estoy rodeada de gente, en la presentación. Siento orgullo, claro, pero también un nudo: el camino fue áspero y no, las heridas aún no cierran.
Al terminar las firmas, ya cansada, veo una nota doblada en la mesa:
Me debes un autógrafo. Estoy en la cafetería de la esquina, si te apetece venir.
La letra inconfundible de Hugo.
El corazón me da un vuelco. Me debato entre tirar la nota y hacer como si nada. En vez de eso, respiro hondo, cojo el abrigo y salgo.
Allí está, esperándome. Menudo valor el tuyo, dejarme esta nota, le digo sentándome frente a él. O valor, o desesperación, responde con media sonrisa. No sabía si vendrías. Ni yo, admito.
Lucía, todo lo que pasó en Mallorca Necesito explicar. Asun me convenció de que era por tu bien, que no tenías seguridad para mostrar tu novela y que necesitabas un empujón. Cuando entendí que tramaba quedarse con tu obra, robé el USB y te lo envié.
Guardé silencio, sorprendida.
Cuando me di cuenta del juego de Asun, te elegí a ti, añadió.
La rabia y la decepción se van disipando poco a poco. Lo que escuché aquel día era real, pero la elección final también.
Mi libro vio la luz bajo mi nombre, a mi manera, y los tejemanejes de Asun y Hugo quedaron atrás en la isla.
¿Y ahora?, le pregunto.
Desapareció, rompió todos los lazos conmigo. No pudo soportar las consecuencias de sus mentiras, responde él, sincero.
Tomaste la decisión correcta, Hugo, interrumpo.
¿Eso significa que tengo una segunda oportunidad contigo?
Una cita. Solo una, le advierto levantando el dedo, sonriendo.
Su sonrisa es amplia y aliviada. Trato hecho.
Salimos de la cafetería y me sorprendo sonriendo. Aquella cita dio paso a otra y luego a muchas más. Poco a poco me vuelvo a enamorar, pero ya no sola.
Mi viaje tuvo altibajos, sí, pero en algún momento entre la traición y el café volví a creer. Y, al final, me encontré de verdad.





