Yo no trabajo en el refugio. Voy dos tardes por semana, desde marzo, porque mi hija me dijo: "Papá, si no puedes adoptar, por lo menos ayuda". Mi hija tiene veintisiete años y habla de los perros como si fueran sobrinos. Así que ahí estaba, con el delantal azul de voluntario mal atado y una bolsa de premios que se me olvidó en el carro.
Ese día, Gisela, la encargada del área de perros —una mujer flaca, con el pelo recogido en una trenza que le cuelga por la espalda como una cuerda— me llamó desde la bodega.
—¡Óscar! ¿Tú tienes el teléfono del tipo de la camioneta? El que trajo las camas la semana pasada.
—¿El de la Frontier negra?
—Ese. Necesitamos mantequilla de maní. La de la etiqueta azul, la Skippy. Sin xilitol. Y Pup-Peroni, de los que parecen salchichas. Y galletas Milk-Bone grandes.
Yo estaba de espaldas, rellenando un tazón de agua para una perra pitbull que acababa de parir. No entendía por qué tanta prisa por cosas de supermercado.
—¿Y eso? —le pregunté, sin voltear.
Gisela se acercó y me pasó el celular. En la pantalla estaba el Facebook del refugio.
—Mira cuántos días lleva Klaus aquí.
Doscientos cincuenta y tres.
Klaus. El pastor alemán color crema del canil doce. Ese perro no ladra. Se sienta al fondo, con las orejas paradas, y te observa como si estuviera esperando un camión que no llega. Cuando entré por primera vez a su jaula, se me subió al pecho y me quitó la gorra. Yo me reí tanto que me dolió la espalda. Después me senté con él en el piso de cemento y se quedó dormido con la cabeza en mi pierna. Le dije que el domingo siguiente volvía. Volví. Y la otra semana. Y la otra.
—Necesitamos enriquecimiento —dijo Gisela, guiándose por un papel con apuntes—. Kongs, mantequilla de maní para rellenarlos, premios blandos para los que no mastican bien. Las cosas se acabaron desde la campaña de junio. Y ahora vino una camada de cachorros de Palmdale, no tenemos ni una bolsa de galletas.
El lunes siguiente, Gisela puso una caja de cartón en la entrada con un letrero escrito a mano: *Donaciones para Bishop Pups*. Abajo, con letra más chica: *Skippy sin xilitol, Pup-Peroni, Milk-Bone, queso en aerosol*. La caja amaneció vacía el martes. El miércoles, una señora dejó un tarro de mantequilla de maní casi lleno. "Lo teníamos en la alacena desde Navidad", me dijo, y yo se lo agradecí con la mano en el pecho.
El jueves por la tarde llegó una muchacha con dos bolsas de Target. Venía con un niño de unos seis años que cargaba una bolsa de premios contra el pecho como si fuera un gato. La muchacha se detuvo frente al cartel, leyó la lista, sacó el teléfono y le tomó una foto.
—¿Él es Klaus? —preguntó el niño, señalando la jaula doce.
—No —dijo la muchacha, que se llamaba Claribel—. Klaus es el del fondo, el canil con el letrero amarillo.
—¿Y ése?
—Ése es Duke. Lleva una semana.
El niño se agachó y metió los dedos por los barrotes. Duke le lamió la mano. La muchacha me preguntó si podía sacar a Klaus al patio de ejercicio. Le dije que sí, que había que firmar una hoja en recepción. Se fue con el niño de la mano. Lo vi bajarse en cuclillas para hablarle a Klaus por debajo de la puerta del canil. El perro se acercó despacio, le olfateó los zapatos y movió la cola con tanta fuerza que golpeaba la pared.
El viernes no fui a trabajar. Era 14 de julio, mi esposa y yo teníamos una parrillada en la casa de mi cuñado, en National City. Mientras todos veían el partido, yo saqué el teléfono y abrí la página del refugio. Gisela había subido un video de Klaus haciendo un truco: rodar sobre la espalda. Debajo, alguien escribió: *¿Cuánto más va a esperar ese perro?*
Yo me quedé viendo el video tres veces.
El sábado llegué al refugio a las nueve y media. Todavía no abrían. Había una fila de cuatro personas en la banqueta, cada una con una bolsa. Una señora traía una hielera con patitas de pollo congeladas. Un muchacho flaco, con una playera de los Padres, traía tres cajas de Amazon sin abrir. La caja de donaciones, la de cartón con el letrero, ya no estaba. En su lugar había un tambo de basura de plástico, de esos azules, con la misma hoja pegada con cinta adhesiva, y estaba lleno hasta la mitad.
Gisela abrió la puerta y se quedó parada con las llaves en la mano.
—Ay, Dios mío —dijo, y sacó el teléfono para tomarle foto al tambo.
—¿A qué hora empezó a llegar la gente? —le pregunté.
—Desde las ocho. Pero la caja de Amazon de aquel muchacho la trajo el repartidor ayer. Dice que son ochenta y seis dólares en premios. Mírale la etiqueta.
La etiqueta decía: *Atn: Klaus, Bishop Shelter*. Como si el perro firmara paquetes.
Yo me quedé ordenando las donaciones. Acomodé tres tarros de mantequilla de maní en la mesa de la bodega, dos de Skippy y uno de la marca de Costco. Gisela los revisaba uno por uno, leía los ingredientes con el dedo debajo de cada renglón. Cuando encontró un tarro con xilitol, lo apartó.
—Éste no se le da a nadie —dijo—. Se lo devolvemos a la señora que lo trajo. Que lo use para sus galletas.
A las once llegó Claribel. Otra vez con el niño. El niño traía un billete de diez dólares arrugado en la mano.
—Junté para los premios de Duke —dijo, sin que nadie le preguntara—. Mi papá me dio cinco por lavar el carro y mi abuela me dio cinco.
Gisela le explicó que no podía recibir dinero en efectivo, que necesitaban donaciones por tarjeta o por la página de internet. El niño se puso rojo y se guardó el billete en la bolsa del pantalón. Claribel le apretó la cabeza contra su costado.
—Tranquilo —le dijo—. Ese billete lo metemos a la alcancía y con lo del domingo compramos salchichas.
—De las que parecen salchichas —dijo el niño, con la voz seria.
—De esas.
Al rato, Claribel sacó a Klaus al patio. El perro daba vueltas en círculos, saltaba, se tiraba al suelo y se quedaba panza arriba, con las patas dobladas y la lengua de lado. El niño se sentó en el pasto seco y le rascó la panza. Klaus lo miró desde abajo, con los ojos entrecerrados. Yo me quedé del otro lado de la malla, barriendo la acera.
Fue cuando Gisela salió con su teléfono y me lo mostró. En la pantalla estaba un mensaje de una tal Mariana Fuentes. El mensaje decía que su esposo iba a pasar el lunes por Klaus, que querían llevárselo a casa, que tenían dos hectáreas en Ramona y otro pastor alemán, una hembra de nueve años.
—¿Y? —le dije.
—Vienen a las diez. Diles que no se te olvide el talón del recibo de adopción.
Ese lunes yo tenía turno con el dentista, así que no fui. El martes, cuando llegué, el canil doce estaba vacío. El letrero amarillo seguía colgado del barrote. La manguera enrollada en la esquina. La pelota de tenis partida a la mitad, la que Klaus nunca soltaba, estaba junto al bebedero.
Me paré en la puerta de la bodega. Gisela estaba en la computadora, acomodando cajas.
—¿Se lo llevaron? —pregunté.
—Se lo llevaron.
—¿Cómo supiste que era buena gente?
Gisela empujó un tarro de mantequilla de maní para hacer espacio y me pasó una hoja impresa: un correo electrónico, con fotos. Un patio con árboles. Dos perros acostados en el piso de tierra. La hembra, color negro, con el hocico gris, y Klaus echado junto a ella, con la misma panza de siempre, la lengua afuera.
—Mira la foto —dijo Gisela—. Eso es lo que me importa.
Me quedé un rato ahí, con la hoja en la mano. Luego fui al canil doce, junté la pelota rota y el letrero amarillo, y los puse en una caja de donaciones vacía que encontré en la bodega. Le puse cinta adhesiva y escribí con un marcador: *Klaus, 253 días. Adoptado.*
Cuando salí del refugio, un muchacho con uniforme de FedEx estaba bajando una caja del camión. La dejó en la banqueta, al lado de la puerta. La etiqueta decía: *Atn: Klaus, Bishop Shelter*. Me agaché, la levanté y la metí adentro. Gisela la abriría mañana. Ya no importaba quién la había mandado.






