Los domingos, Valeria aparcaba el Jeep Compass en la callecita junto al lago Woodlawn y sacaba la silla de ruedas del maletero. Ese día el calor de julio apretaba como una tapa de olla. Se oía una cumbia lejana desde la capilla de San Juan y el hielo raspado del carrito de raspas sonaba a monedas. Valeria arrastraba los pies, con el uniforme de enfermera pegado a la espalda.
Marcos ya estaba sentado en la silla, con la pierna izquierda puesta de esa manera que ella conocía tan bien, la correa alrededor de la pantorrilla. Lo empujó por el sendero, pasando entre familias que asaban brisket bajo los árboles y niños que les tiraban tortillas a los patos. Él no hablaba. Últimamente no hablaba.
Bianca apareció junto a los baños, con el teléfono en una mano y un Gatorade azul en la otra. Llevaba el uniforme de auxiliar del hospital, arrugado del turno de doce horas.
—Valeria, te he estado llamando desde las nueve —dijo.
Valeria soltó las empuñaduras de la silla.
—¿Pasó algo con tu mamá?
—No, no es eso. —Bianca dio un paso hacia ella y bajó la voz—. Valeria, tu novio puede caminar. Lo vi ayer en el H-E-B de Nogalitos, de la mano con una mujer.
Las manos de Valeria apretaron la goma de las empuñaduras.
Marcos giró el cuello.
—¿Qué estás diciendo? —Su voz salió fina, como si le faltara aire.
Valeria le echó un vistazo a Bianca.
—No hagas chistes con eso, por favor.
—No es chiste. —Bianca levantó el teléfono—. Pensé que era él, pero como camina tan normal, dudé. Lo seguí hasta la fila de las tortillas. Es él, Valeria. Grabé un video. Doce segundos.
Valeria le quitó el teléfono. En la pantalla, un hombre con guayabera azul caminaba con paso firme, una canasta en la mano derecha y la otra mano en la cintura de una mujer de pelo negro largo. El hombre se reía de algo. Valeria lo observó dos veces. Tres veces. Reconoció la guayabera. La había comprado ella en La Pulga de West Avenue por su cumpleaños, dieciocho dólares. Y reconoció el reloj en la muñeca: el Citizen que todavía estaba pagando en doce mensualidades.
Le devolvió el teléfono a Bianca con cuidado, como si fuera una muestra de laboratorio.
—Puedo explicar —dijo Marcos.
Valeria se quedó un momento con la vista en el agua del lago. Un bote de pedales pasó despacio. Dos gaviotas peleaban por una bolsa de frituras volcada en el muelle.
—¿Explicar qué? —dijo ella, y su voz no tembló, lo cual le sorprendió—. ¿Que la enfermedad que me contaste era inventada? ¿Que llevas dos años sentado en esta silla para que yo pague la renta de mil doscientos, la comida, el seguro del Jeep que está a mi nombre?
Marcos movió la boca, pero no le salió sonido.
Valeria se dio la vuelta y echó a andar hacia el estacionamiento. No corría. Caminaba con el paso de quien va a buscar un documento importante.
—¡Valeria! —gritó él.
Ella no se volteó.
Oyó las ruedas de la silla sobre el asfalto, muy rápido, y luego el golpe de unos tenis cayendo al suelo. Se detuvo. Se volteó.
Marcos estaba de pie. Sostenía la silla con una mano como si fuera un atril.
Valeria caminó hacia él, pero no le sostuvo la vista. Le quitó la silla de las manos, la plegó y la cargó hacia el Jeep.
—Esto también es mío —dijo—. La compré con mi tarjeta de crédito en la tienda de suministros médicos de Fredericksburg Road. Quinientos ochenta y nueve dólares. La voy a devolver o la vendo.
Condujo de vuelta al apartamento por Commerce Street. El aire acondicionado del Jeep enfriaba poco. La aguja del tablero subía más de lo normal, igual que desde hacía semanas. Valeria lo notó y pensó que el compresor también estaba muriéndose, y que el seguro lo cubría, pero el copago era de trescientos. Otro número.
En el apartamento, no encendió la luz del pasillo. Fue derecha a la cocina, tomó el teléfono fijo y marcó al banco. La música de espera era la misma de siempre, una versión de mariachi con trompetas mal grabadas.
Al fin, una mujer con acento de Monterrey.
—Llamo para cerrar una cuenta conjunta —dijo Valeria.
—¿Motivo?
—Mi firma ya no va a estar disponible para esa cuenta.
La mujer le pidió los últimos cuatro del social, la fecha de nacimiento, la palabra clave. Valeria las dijo sin papeles, las sabía de memoria. La mujer le leyó el balance: catorce mil setecientos dólares exactos. Valeria pidió que los transfirieran a una cuenta nueva, solo a su nombre.
—¿Quiere mantener el nombre de la cuenta?
—No. Valeria Torres, un solo titular.
La mujer le dio un número de confirmación de dieciséis dígitos. Valeria lo anotó en un Post-it amarillo y lo pegó en la puerta del refrigerador, junto a una foto de los dos en el Álamo.
Después llamó a la administradora del complejo. Le dijo que no renovaría el contrato, que se mudaba el treinta y uno, y que quería que cambiaran la cerradura ese mismo día. La administradora dijo que tenía que pagar ochenta y cinco dólares en efectivo. Valeria bajó a la oficina, pagó con dos billetes de cincuenta, tomó el recibo y lo puso en su cartera.
Llamó al seguro del Jeep.
—Quiero cancelar la póliza —dijo—, efectivo hoy.
—¿El motivo?
—El carro ya no lo necesita un usuario que no existe.
La representante hizo una pausa.
—Déjeme verificar… seguro de responsabilidad civil, pago mensual de ciento ochenta y tres con doce. Cancelado a partir de hoy a las cuatro y media. Recibirá confirmación por correo en tres días hábiles.
Valeria colgó.
Fue al cuarto y sacó dos bolsas negras de basura del rollo debajo del fregadero. Metió la ropa de Marcos: las camisas, los jeans, los tenis, la loción, el cargador del teléfono, la foto de los dos en el River Walk, el frasco de pastillas que ella misma surtía en la Farmacia Guadalajara. Cerró las bolsas con nudo doble y las dejó junto a la puerta, al lado de la silla plegada.
En la cocina, preparó café de olla con canela y piloncillo, aunque no era de tomar café tan tarde. Lo hizo porque su abuela lo hacía los días en que se tomaban decisiones. Bebió media taza de pie, junto a la ventana. El perro del vecino, un chihuahua, ladró al carrito de los helados que pasó tocando su campanita. El hielo de la refrigeradora seguía haciendo aquel sonido seco que hacía desde marzo, y ella seguía sin llamar al mantenimiento.
A las seis y cuarenta, la llave rasgó la cerradura del pasillo. Luego otra vez. Luego el pomo giró, se atascó.
—Valeria, abre. Podemos hablar, esto no es lo que tú crees.
Ella estaba sentada en el sofá, con la taza en una mano y el control de la tele en la otra. Bajó el volumen de la telenovela. El teléfono vibró sobre la mesa de centro. El nombre de Marcos en la pantalla. Lo puso boca abajo.
Se acercó a la puerta y se asomó por la mirilla. Marcos estaba parado —parado— en el pasillo, con el teléfono en la mano. Acababa de recibir algo. Ella lo sabía porque acababa de reenviarle el video de Bianca, sin ningún mensaje. Solo el video. Doce segundos.
Él lo reprodujo. En la pantalla del pasillo, se vio a sí mismo caminando de la mano con la otra mujer en el H-E-B. Su rostro se desencajó. Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared. Las bolsas negras estaban a su lado, volcadas. Una camisa suya, la de los domingos, asomaba por la pata de la silla plegada.
Marcos tocó el timbre. Luego golpeó la puerta con los puños. Valeria no se movió de la mirilla. Lo vio levantar el teléfono, marcar, escuchar el buzón. Lo vio escribir un mensaje. Luego lo vio soltar el teléfono y quedarse con la frente apoyada en las rodillas.
Valeria se apartó. Fue a la cocina, despegó el Post-it amarillo que había escrito y lo volvió a pegar, esta vez al ras del marco de la ventana, donde la luz de la calle lo iluminara por la mañana. Después fue al cuarto, recogió un calcetín blanco de Marcos que había quedado a los pies de la cama, regresó y lo empujó por debajo de la puerta, hacia el pasillo.
Apagó la luz de la sala. En la oscuridad, el chihuahua ladró una vez más al camión de la basura que pasaba.






