El corte que valía una casa

El aire de Phoenix en julio quemaba hasta las sombras. A las tres de la tarde, doña Ofelia Reyes entró al estudio Luminosa, en un strip mall sobre la Thomas Road, entre una lavandería y un puesto de tacos. La puerta de vidrio sonó con una campanita; desde adentro, el aire acondicionado le pegó en la cara. Las paredes estaban forradas de fotos de mujeres con ondas perfectas. Olía a acetona y a café caro.

Ofelia cargaba una bolsa de lona con tres costuras reventadas. Sacó una página arrancada de People en Español. Mostraba a una actriz de telenovela con un bob desvanecido, color ceniza.

—Buenas. Quisiera un corte como este, por favor.

Del otro lado del mostrador, Yuliana, la recepcionista de pestañas postizas, les echó una ojeada a sus compañeras. Levantó una ceja y se rió bajito.

—¿Ese corte? —preguntó Yuliana—. Mire, señora, ese estilo es para muchachas. Y usted… bueno, con ese pelo tan ralo, dos tijeretazos y no queda nada.

Otra, Génesis, dejó de secar a su clienta.

—Además, un corte así con reflejos sale en unos ciento ochenta dólares. ¿Le alcanza con la pensión?

Ofelia se colgó la bolsa del brazo.

—El dinero no es problema —dijo.

—¿Cuántos años tiene, abuela? —siguió Yuliana—. ¿No será tarde para ponerse coqueta?

A Ofelia se le subieron los colores.

—Mi esposo murió hace quince años…

—¡Ah, con razón! —se soltó Génesis—. ¿Y con ese peinado piensa conseguir marido?

La risa de las cuatro se estrelló contra los espejos. Ofelia no habló más. Dejó la página sobre el mostrador y empujó la puerta. Salió al calor como quien escapa.

Cruzó la calle y pasó junto a un puesto de elotes donde el maíz hervía en una olla de lámina. El vapor dulce se le pegó a la ropa. Caminó dos cuadras y dobló por una calle sin sombra. Ahí encontró un local chiquito: «Tijeras de Plata». Dos sillas, un espejo con una grieta en la esquina, un ventilador de piso. En una repisa, junto a un frasco de manzanilla, había una bolsita de gomitas a medio comer. Olía a pelo limpio y a secadora caliente.

—¿La atiendo? —preguntó una mujer de cara tranquila, las manos manchadas de tinte.

—Sí, hijita. Un corte, por favor.

Ofelia habló despacio, esperando otra carcajada. Pero la mujer le acercó la silla y le ofreció un vaso de agua de horchata.

—¿Qué se quiere hacer?

Ofelia sacó la página arrugada.

—Es un corte de jovencita. Tal vez no se pueda.

La mujer estudió la foto con los ojos entrecerrados.

—Claro que se puede. A usted le va a quedar bien. Le propongo matizarle las canas con un tono cenizo o taparlas con un castaño oscuro, usted elige. Y no se asuste: sale por unos cuarenta.

—Hoy cumplo setenta —dijo Ofelia—. Quería hacerme un regalo.

—¡Feliz cumpleaños! —La mujer le tocó el hombro—. De la belleza me encargo yo.

Se llamaba Yadira. Mientras le cepillaba el pelo, fue contando que había llegado de Zacatecas tres años atrás. Rentaba un cuarto por novecientos cincuenta dólares al mes. Su hijo Andrés iba a pre-k en la mañana y por la tarde lo cuidaba una vecina. El papá del niño trabajaba en un rastro de Nebraska y un día le mandó un mensaje: ya no iba a volver. Había vendido la casa y tenía otra familia. «Así de fácil», dijo Yadira, y siguió mezclando tintes sin levantar la cara.

Ofelia hizo un ruidito con la garganta y no preguntó más.

Tres horas después, salió a la calle con la nuca fresca. En el reflejo de la vitrina se vio distinta: el bob le despejaba la frente, las canas ahora tenían un brillo plateado. Le dio dos billetes de veinte y uno de veinte más por la propina. «Quédate con el cambio», dijo.

—¿Maestra Ofelia? ¿Es usted?

La voz sonó a sus espaldas, frente al puesto de aguas frescas. Ofelia se giró, con el vaso de jamaica chorreando. Era Verónica Morales, con un vestido de lino y gafas de sol puestas en el pelo. Había sido su alumna en la prepa, veinte años atrás.

—¡Vero, hija! —Ofelia la abrazó fuerte. Verónica olía a vainilla y a cuero nuevo.

—¿Qué hace por aquí? —preguntó Verónica.

—Nada, me arreglé en un salón chiquito, Tijeras de Plata. La muchacha es una santa.

—No me hable de otro salón —rió Verónica—. El mío está aquí a la vuelta. Acompáñeme, necesito recoger un depósito y le invito una cena. Hace siglos que no platicamos.

Ofelia iba a decir que no, pero Verónica ya la llevaba del brazo. Doblaron la esquina. Caminaron media cuadra. Recién entonces Ofelia vio el toldo: Luminosa Studio.

Se plantó.

—¿Qué pasó?

—Nada. Mejor me voy, Vero. No quiero arruinarme la noche.

—Ay, maestra. ¿Qué le hicieron? Cuénteme.

Ofelia soltó el aire y contó lo del corte, las burlas, la página de revista. Mientras hablaba, señaló una por una a las muchachas a través de la vitrina. Yuliana, Génesis, Brianna, Vanessa. Al ver a la dueña, las chicas dejaron las secadoras y los cepillos. Se alisaron la ropa con las palmas. El rojo les subía por el cuello.

—Espéreme en mi oficina —dijo Verónica.

La puerta se cerró. Desde adentro se oía la voz de Verónica, plana, sin gritos:

—Están despedidas. Las cuatro. Mañana no quiero verlas ni en la banqueta. Aquí se paga a veinte la hora más propinas, y ninguna se lo ha ganado. Recogan sus brochas y se van.

Nadie se rió. Yuliana quiso hablar. Verónica levantó una palma.

—No me expliques. Ya no hay nada que explicar.

Esa noche, Verónica llamó a tres compañeros de la prepa. Consiguió una mesa para doce en un restaurante de la Mill Avenue. Brindaron con limonada y vino tinto hasta pasadas las once. Ofelia se arregló un mechón detrás de la oreja y bailó con un exalumno que ya tenía canas en las patillas.

A la mañana siguiente, Verónica le ofreció a Yadira el puesto que había quedado vacío. Le pagaría veintidós la hora y no tendría que trabajar hasta las nueve. Yadira llegó antes de abrir, sin una sola duda. Al caer la tarde, volvió Ofelia al salón. Yadira estaba en el lugar que antes ocupaba Yuliana, enrollando una toalla.

—¿Sabe qué, hija? —Ofelia puso una carpeta manila sobre el mostrador—. Yo nunca tuve hijos. No tengo a quién dejarle mi casa. Vivo sola en la avenida Encanto, tres cuartos. Está pagada. El valor catastral es doscientos cuarenta mil.

Yadira se quedó con la toalla en una mano, sin entender.

—Mire la carpeta. Ahí está la escritura. También la forma para que la casa quede a su nombre y al del niño cuando yo falte. Y esta es la llave. Tiene un colibrí de latón en el llavero.

Puso la llave al lado del documento. Yadira la tomó con los dedos rígidos y se tapó la boca con la toalla. Los ojos se le llenaron de agua, pero no dijo nada.

—No va a pagar renta. Me cuida, me acompaña y, cuando yo me vaya, la casa es suya y de Andrés. Siempre quise una hija como usted.

Yadira abrazó a Ofelia por los hombros y escondió la cara en su cuello. La carpeta quedó entre las dos.

Cuando Ofelia salió, el aire de Phoenix ya no quemaba igual. En la banqueta, Yuliana cargaba una caja de cartón. Brochas, tenazas, productos a medio usar. A través del vidrio se veía a Yadira colgando su bata, guardando la llave con el colibrí en el bolsillo del delantal.

Ofelia caminó hacia la parada. No volteó. Las tijeras de Yuliana asomaban por la rendija de la caja y brillaban bajo el toldo.

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