— Si tienes pensado irte tres meses a casa de tu madre, ¿quizá será mejor que nos divorciemos? Porque estoy harta de que pases la mayor parte…

— He decidido que el sábado me voy a casa de mi madre. Para unos tres meses, seguramente.

Las palabras caen sobre la mesa, entre el plato de patatas fritas y la ensalada. Caen con naturalidad, como migas de pan. Javier Montero las ha soltado sin dejar de comer, con la cabeza gacha, ensartando en el tenedor un trozo de pollo dorado. Para él es un asunto cerrado, que no admite discusión. Solo un hecho que anuncia durante la cena. Ni siquiera levanta la vista, convencido de que, como siempre, escuchará el cansado «bien» o, en el peor de los casos, un par de suspiros de ritual.

Pero no hay respuesta. Solo el sonido de su propia masticación, de pronto estruendoso. Levanta la cabeza. Jimena no se mueve. El tenedor sigue en la mesa, junto al plato al que ya no ha vuelto a tocar. No lo mira a él. Tiene la mirada perdida en la pared, pero es evidente que no ve ni el papel pintado descolorido ni el reloj de la cocina. Mira un vacío que acaba de abrirse en mitad de la cocina. Su cara está completamente tranquila, casi sin vida, y eso asusta a Javier más que cualquier rabieta.

— ¿No vas a decir nada? — pregunta con un tono de fastidio que ya se le nota en la voz. Ese silencio es un desafío. — Hay que arreglar la valla, cambiar el tejado del porche. Ella sola no puede.

Lo dice con seguridad, enumerando esas tareas de hombre que, en su opinión, no admiten comparación con la vida urbana. Es su armadura, su baza inapelable, la que ya ha puesto sobre la mesa tres veces en los dos años que llevan casados. Tres meses entonces; dos y medio el año pasado; ahora otros tres. En total, casi un año de vida separados. Un año entregado a la valla y al tejado.

Jimena gira la cabeza muy despacio. Lo mira con una atención larga, como si lo viera por primera vez, como a un desconocido que se ha sentado a su mesa. En sus ojos no hay rencor ni rabia. Solo una curiosidad fría, distante.

— Javier — dice en voz baja, pero en el aire detenido suena clara y contundente—. El grifo de la cocina lleva un mes goteando. ¿Te acuerdas? Te lo he dicho tres veces. Gotea. Plof, plof. Sobre todo de noche se oye muy bien.

Él parpadea, desconcertado. ¿El grifo? ¿Qué tiene que ver el grifo?

— Pues yo llamaría a un fontanero, ya que el marido no tiene tiempo — masculla, notando que su seguridad empieza a agrietarse.

— No necesito un fontanero, Javier. Necesito un marido. Aquí. En esta casa. Me casé para tener marido, no para apuntarme al club de las esposas de los marineros, esperando meses a que sus capitanes vuelvan de travesía. Solo que tu travesía siempre va en la misma dirección.

Él empieza a echar humo. La conversación no sigue el guion. Ella se atreve a llevarle la contraria, a comparar su sagrada obligación de hijo con un puto grifo que gotea.

— No lo entiendes. ¡Es mi madre! ¿Quién la va a ayudar si no? ¡No tiene a nadie más! Es una mujer, no puede estar arreglando un tejado ella sola.

Es su último argumento, el definitivo. De hierro. Inexpugnable. Siempre ha funcionado.

Jimena esboza una sonrisa torcida, pero la sonrisa no le llega a los ojos.

— Tienes razón. A la madre hay que ayudarla. Es sagrado.

Javier suelta el aire, aliviado. Por fin. Lo ha entendido. Ahora suspirará y empezará a guardarle los calcetines en la bolsa. Pero Jimena continúa, y su voz se vuelve más firme y más fría, como un bloque de hielo.

— Entonces hagamos una cosa. Termina de cenar, recoge tus cosas y te vas con ella. La ayudas con la valla, con el tejado, con el huerto, con todo lo que haga falta. Y te quedas allí. Porque si prefieres ser hijo antes que marido, no pienso ponértelo difícil. Puedes considerarte un hombre libre. Te mando la dirección del juzgado por mensaje. Pides el divorcio cuando termines la valla.

Por un momento, Javier cree haber oído mal, que es una broma de mal gusto, una salida de tono por una jaqueca. Intenta soltar una risa, pero el sonido se le queda atascado en la garganta, convertido en un espasmo ronco y burbujeante. Deja el tenedor en la mesa. Se le ha quitado el apetito; en la boca le queda un regusto metálico y desagradable.

— Jimena, ¿qué dices? ¿Divorcio? ¿Te has vuelto loca? ¿Por ir a ayudar a mi madre?

Intenta meter en la voz un tono de suficiencia, como quien habla con un niño caprichoso. Pero la serenidad de Jimena, su postura inmóvil y su mirada directa, sin parpadear, van derribando su castillo de naipes. Ella no está actuando. No está faroleando.

— Estoy en mi sano juicio, Javier. Quizá por primera vez en dos años. No es porque te vayas. Es porque te quedas. Mentalmente, físicamente, da igual. Tú no estás aquí. No estás conmigo. Tu vida está allí, en la casa de tu madre, con su valla y su tejado. Aquí solo pasas las noches entre viaje y viaje, entre tus heroicidades de hijo.

Él se levanta de un salto. La cocina, pequeña, se llena de pronto de su indignación. Empieza a pasear de la nevera a la ventana, moviendo los brazos como si quisiera espantar las palabras de Jimena, como si fueran moscas.

— ¿Pero tú qué dices? ¿Qué otra vida? ¡Estoy currando en dos sitios para que podamos vivir bien, para pagar el piso! No me voy de copas con los colegas, ni a un balneario. Me voy a trabajar. A ayudar a la única persona que me ha criado. ¡Y tú, aquí, calentita y cómoda, me echas en cara lo que hago! Tú no sabes lo que es el deber.

La ha soltado toda: el cansancio, el trabajo, lo sagrado que es su deber. Es su escudo, su arma probada, la que siempre ha conseguido que Jimena se callara y se sintiera culpable. Pero hoy no ha hecho efecto.

Jimena no se ha movido. Sigue sentada a la mesa, y su quietud dice más que todos sus paseos.

— Lo entiendo todo, Javier. Entiendo que tu madre es tu madre. No te pido que elijas. Tú ya elegiste hace tiempo; solo que no te atrevías a reconocerlo. Y yo estoy cansada de fingir que no lo veo. Cansada de estar siempre en segundo lugar, después de la uralita y las tablas de la valla.

— ¿Qué estás diciendo, Jimena? ¿Quieres dejar…

— Si te vas a quedar tres meses con tu madre, es mejor que nos divorciemos. Porque estoy harta de que pases más tiempo con ella que en esta casa.

La cara se le descompone. Se detiene y se queda mirándola, y en su mirada ya no hay solo enfado, sino un asombro sincero, casi de niño. De verdad no lo entiende. En su mapa del mundo, él es el héroe, el caballero que se desvive entre el deber y su hogar. Y ella, desagradecida, no lo valora. Comprende que sus argumentos no funcionan. Está en un callejón sin salida, y en ese callejón, como siempre, solo hay una salida, una llamada que lo salve.

Da media vuelta, coge el móvil de la repisa y, dándole la espalda, marca un número. No levanta la voz, pero en el silencio tenso de la cocina cada palabra se oye como si gritara por un megáfono.

— Mamá, hola. Sí, todo bien… Casi. Verás… Jimena me ha armado un escándalo. Sí, por el viaje. ¿Te lo puedes creer? Dice que si me voy, nos divorciamos… No, no bromeo, lo dice completamente en serio… Dice que te elijo a ti, que no la quiero a ella… No sé qué le ha pasado. Por nada, de repente. Sí… Sí, claro. Yo también lo creo. Vale, mamá. Te espero.

Cuelga y deja el móvil sobre la mesa con aire de quien mueve una pieza de ajedrez y anuncia jaque mate. Vuelve a mirar a Jimena. Ya no hay desconcierto en su cara. Ahora hay una seguridad prestada, fría. Ya no está solo en la batalla. Ha llamado a los refuerzos. A la artillería pesada.

No tardan mucho. Veinte minutos, media hora a lo sumo. Ese tiempo no se llena con un silencio incómodo. Javier, recuperado el aliento, se sirve un café, pone la cafetera en el fuego con un golpe seco y se sienta en su sitio, con toda la intención de demostrar que la vida sigue y que los caprichos femeninos son solo un obstáculo molesto. Ya no mira a Jimena. Mira el móvil, donde consulta no se sabe qué planos, como si estuviera calculando ya la obra del tejado de su madre. Está en su elemento, en el mundo de las tareas de hombre y de los problemas claros, al que las mezquindades de ella no tienen acceso.

Jimena no se ha movido. No ha tocado la cena fría, ni se ha levantado a recoger la mesa. Sigue sentada, recta como un huso, convertida en una parte muda del mobiliario. Su calma ya no es pasiva. Se ha vuelto activa, ofensiva. Es la calma de quien ha tomado una decisión y observa la agitación de quien todavía intenta cambiar lo inevitable.

El timbre suena, corto y autoritario. No pregunta; afirma. Javier se levanta como si le hubieran dado una orden y va a abrir. En el umbral está Doña Pilar. No tiene aspecto de viejecita indefensa que necesita ayuda. Alta, señorial, con los labios apretados y una mirada escrutadora, entra en el piso no como una invitada, sino como una inspectora. Se quita el abrigo de paño, lo cuelga en una percha y, sin dignarse a mirar a Jimena, pasa directamente a la cocina. Su bolso, grande y de piel, con aspecto de maletín de médico, aterriza sobre un taburete con un ruido sordo. Territorio marcado.

— A ver, cuéntame, hijo, qué ha pasado aquí. Estaba en casa de Elena, y pensaba que mañana nos íbamos juntos al pueblo, y ahora me entero de esto…

Habla solo con Javier, como si Jimena fuera invisible.

Javier, con el refuerzo esperado, empieza a contar su versión. Él es la víctima; Jimena, la egoísta que no entiende las cosas sencillas. Habla del deber, de la ayuda, de que la madre es lo primero.

Doña Pilar escucha, asintiendo despacio. Luego se gira hacia Jimena. Su mirada es fría, como la de un cirujano antes de operar.

— Siempre le he dicho a Javier que la familia se construye sobre el respeto, Jimena. Respeto a los padres, a las obligaciones. A un hombre se le ve en cómo cuida de los suyos. Y la mujer debe ser su apoyo, no una piedra colgada al cuello.

Jimena calla. Mira a los dos: al hijo, buscando en los ojos de su madre la aprobación que le falta; a la madre, dispuesta a defender a su cría contra el mundo entero, incluso contra la propia mujer de su hijo. Son una sola pieza, un monolito del que ella, Jimena, es un fragmento sobrante.

— Mamá, ya se lo he explicado —tercia Javier, sintiéndose cada vez más justificado—. Que no es un capricho, que es una necesidad. El grifo puede esperar, pero un tejado agujereado, no. Pero ella no escucha.

— Eso pasa cuando una piensa solo en sí misma —suspira Doña Pilar con fingida compasión, otra vez mirando a Jimena—. Cuando la propia comodidad lo es todo. Tu marido no se va de vacaciones; se va a trabajar para el bienestar de la familia, también para el tuyo. Y tú le pones la zancadilla.

La presión aumenta. Hablan por turnos, se complementan, tejen un cerco de reproches. No gritan. Hablan con tranquilidad, con esa condena moral en la voz que es mucho peor que cualquier grito. Quieren aplastarla, hacerla sentir pequeña, culpable, equivocada. Y en ese momento Jimena alza la vista. No mira a su suegra. Mira directamente a Javier, a su marido, que está de pie junto a otra mujer y que con ella, al unísono, está destruyendo su matrimonio.

— Ya lo he dicho: si te vas, nos divorciamos. ¿Qué es lo que no entendéis?

Lo dice sin pregunta, sin amenaza. Como quien constata un hecho. Un diagnóstico definitivo que no admite discusión.

La cara de Doña Pilar se petrifica. Los labios se le afinan en una línea malvada.

— Ah, conque ultimátums. Le pones condiciones a mi hijo.

— ¿La oyes, mamá? —exclama Javier con una sonrisa amarga—. Así me paga todo lo que hago por ella. Solo quiere quitarme de en medio a mí y a mis obligaciones contigo.

— ¿Así que lo has decidido? —Javier da un paso hacia ella, con la cara encendida de rabia—. ¿Crees que me asustas con eso del divorcio?

Doña Pilar lo apoya, da un paso al frente y se pone a su lado, hombro con hombro. El frente único casi se puede tocar.

— Tu padre y yo hemos pasado cuarenta años juntos, de todo ha habido. Pero que una mujer le diga a su marido si puede ir o no a ver a su madre, eso no lo hemos vivido. No va a casa de unos desconocidos, va a su casa, de la que tú lo sacaste.

Esperan una respuesta. Discusión, disculpas, llantos. Están preparados para un asedio largo, para una noche de sermones y acusaciones al final de la cual la pobre Jimena, como siempre, se rendirá y le preparará la maleta. Están seguros de su fuerza, de su razón, de la solidez de su alianza de madre e hijo.

Pero Jimena no responde. No entra al trapo. En lugar de eso, se levanta despacio, sin un solo movimiento de más. No hay furia ni desesperación en su cara. Solo una concentración vacía, quemada. Rodea a los dos, que siguen en mitad de la cocina, y sale al pasillo.

— ¿Ves, mamá? Se escapa —susurra Javier, triunfal—. No tiene nada que decir.

Doña Pilar resopla con desprecio, convencida de que la contrincante se ha retirado al dormitorio a llorar y a compadecerse.

Un minuto después, Jimena vuelve. En las manos trae la gran bolsa de viaje de Javier. No la que usa para las raras escapadas de trabajo, sino la vieja, gastada, la de siempre, con la que ha hecho todos sus viajes a casa de su madre. La deja en el suelo, en medio de la cocina, y abre la cremallera. Un sonido seco y metálico se impone en la habitación y los deja callados.

Jimena sale otra vez y regresa con una pila de ropa. No ha revuelto el armario ni vaciado cajones. Ha cogido justo lo que estaba en la estantería de aparte, la que ella misma, con esmero, le tenía preparada para «las cosas de la madre». Mete en la bolsa los pantalones de trabajo viejos, con las rodillas descoloridas, el jersey de lana gruesa que solo se ponía allí, un par de camisetas lavadas y sin color. Lo hace con método, sin prisa, como una enfermera que prepara los instrumentos antes de una operación. Los movimientos son precisos, medidos.

— ¿Qué haces? —la voz de Javier tiembla, y ha perdido toda la seguridad.

Jimena no contesta. Va a la entrada y vuelve con sus botas de campo, pesadas, todavía con restos de barro seco del año pasado. Las tira encima del jersey sin ninguna ceremonia. Cada gesto es un golpe que duele más que cualquier palabra. No está tirando sus cosas. Lo está equipando para el viaje. Para el viaje del que, para ella, no volverá.

— ¡Deja esa farsa! —grita Doña Pilar, ya con el control perdido—. ¡Jimena, te estoy diciendo que pares!

Pero Jimena parece sorda. Cierra la cremallera de la bolsa. Luego se acerca al colgador de llaves de la entrada. Allí hay dos llaveros: el de ella y el de él. Coge el de él. El tintineo metálico suena en el silencio como una sentencia. Javier mira sus llaves en la mano de ella, y por fin empieza a entender. Esto no era un farol. No era una representación. Era una ejecución.

Se arrodilla junto a la bolsa, abre el bolsillo lateral, saca de allí el juego de llaves de repuesto de la casa y cierra la cremallera. Todo. El último detalle.

Cargando con la bolsa pesada, sin doblarse, llega hasta la puerta de entrada. Abre la cerradura, abre la puerta y deja la bolsa en el rellano. Luego se da la vuelta. No mira a su marido, sino a los dos, de pie juntos, desconcertados, sin rastro de su arrogancia, golpeados por esa frialdad metódica. Su mirada está en calma.

— Bueno, ya estás listo —dice con una voz plana, sin emoción—. Puedes irte. Tu madre te espera.

Y cierra la puerta. No la tira, no echa todos los cerrojos. Solo la cierra, apartándolos de su vida. El clic de la cerradura es quedó, casi cotidiano. Pero para Javier y para Doña Pilar, que se quedan en el rellano a oscuras, junto a la bolsa de viaje huérfana, suena más fuerte que cualquier explosión. Han ganado. Él es libre de irse con su madre. Solo que ya no tiene casa…

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Elena Gante
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— Si tienes pensado irte tres meses a casa de tu madre, ¿quizá será mejor que nos divorciemos? Porque estoy harta de que pases la mayor parte…
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