Cuando nos sentamos a la mesa durante la cena, anuncié con tranquilidad que me iba a casar. Mamá se echó a llorar de alegría, con los ojos brillándole de una calidez que no veía desde hacía mucho tiempo. Enseguida empezó a hablar de qué había que preparar y de cómo organizarlo todo mejor. Papá, en cambio, no dijo ni una palabra: simplemente dejó el tenedor sobre la mesa, se levantó de la silla y salió de casa a la calle en silencio. El resto de aquella noche no volvió a entrar en la habitación.

Recuerdo muy bien la tienda de nuestro pueblo, un ultramarinos al que todos llamábamos el establecimiento. Los niños nos acercábamos a comprar caramelos o pastas. Yo, en cambio, pocas veces tenía dinero para golosinas; mi madre me daba dos perras gordas a escondidas de mi padre.

Antes de entrar, una amiga se asomaba al escaparate para comprobar si mi padre estaba dentro. Si lo veía sentado junto al mostrador, me daba la vuelta y volvía a casa, porque sabía que mi presencia le ponía de mal humor. Pero si en su lugar estaba el tío Ramiro —Ramiro Gutiérrez, nuestro vecino—, todo cambiaba. Me veía llegar desde la puerta, sonreía con sinceridad y le decía a Trinidad, la dependienta, que me diera la tableta de chocolate más grande del estante. Después repetía que él pagaba y sacaba un monedero gastado.

Una vez Trinidad le preguntó por qué compraba tan seguido golosinas para la hija de Remedios, mientras que a los demás chicos solo les pesaba cien gramos de caramelos. El tío Ramiro se encogió de hombros y contestó que sentía pena por una criatura que recibía tan pocos caprichos. Trinidad no respondió; lo que de verdad le importaba era la recaudación de fin de día.

En nuestra casa nunca hubo paz. Mi padre me despreció abiertamente desde que tengo memoria. Le bastaba cualquier cosa: los zapatos mal puestos, un plato mal fregado o mi propia manera de mirarlo. Cuando empezaba a gritar, mi madre se ponía delante de mí y le pedía que se calmara, que no tocara a la niña. Entonces él se enfadaba todavía más y decía que ella había metido en aquella casa no se sabía qué, y que encima se atrevía a llevarle la contraria. Yo no entendía muchas de esas palabras, pero sufría por ella.

La belleza de mi madre, Remedios Izquierdo, solo seguía viva en unas cuantas fotografías. Las guardaba en una caja de madera, en el fondo de un armario. En esas fotos sonreía, tenía una cara fresca y alegre. A su edad, muchas mujeres del pueblo estaban todavía espléndidas; ella, en cambio, se había marchitado muy pronto. El matrimonio la había consumido.

Esteban Castejón encontraba motivo de queja aunque todo estuviera impecable. Los vecinos no entendían qué más podía desear aquel hombre: tenía una finca grande, una casa sólida y el corral en orden. Yo sacaba sobresalientes en todo, me portaba bien y, sin ninguna dificultad, entré en la universidad de Valladolid. Mi madre nunca le contradecía; cumplía sus órdenes en silencio para no provocar otra pelea.

Cuando por fin me fui a estudiar, sentí un alivio enorme. Pero en la ciudad no dejaba de pensar en mi madre, que se quedaba sola con él. Durante las pocas llamadas o cuando iba los fines de semana, le preguntaba por qué nos trataba así. Le decía sin rodeos que no sentía de mi padre ni una gota de amor, y que me parecía que a ella tampoco. Mi madre bajaba la vista, cambiaba de conversación y me aseguraba que él tenía un carácter difícil, que había que tener paciencia y que con los años cambiaría. Me pedía que no pensara en cosas malas y que me dedicara a estudiar.

Al terminar la carrera, decidí no volver al pueblo. Encontré trabajo como economista en una gran empresa de la ciudad y me dieron una habitación en una residencia de trabajadores. Era un sitio pequeño pero mío, donde nadie podía decirme lo que tenía que hacer. Allí conocí a Joaquín Serrano, que también trabajaba en la misma empresa. Coincidíamos a menudo; luego empezamos a comer juntos y a pasear por la ciudad después de la jornada.

Cuando, al cabo de un año, Joaquín me pidió que me casara con él, me sentí enormemente feliz. Ya me imaginaba la boda, un bonito vestido blanco, el baile y a mi madre emocionada. Quería creer que aquella noticia, al fin, ablandaría a mi padre.

El siguiente fin de semana fui al pueblo. Durante la cena, les anuncié con calma que me casaba. Mi madre se echó a llorar de alegría; los ojos le brillaron con una ternura que hacía muchísimo que no les veía. Mi padre, en cambio, no dijo una sola palabra. Dejó los cubiertos, se levantó de la mesa y salió a la calle. No volvió a la casa en toda la noche. Más tarde, a solas con mi madre en la cocina, ella me confesó con un suspiro que Esteban se negaba a pagar la boda y que no pensaba participar en nada.

Cuando se lo conté a Joaquín, me abrazó con fuerza y me dijo que no necesitábamos el dinero de nadie, que lo organizaríamos todo nosotros. Me daba mucha pena y mucha vergüenza pensar en sus padres, en lo que podrían opinar de mi familia. Al final decidimos celebrar una comida sencilla en el comedor de la empresa, solo con los amigos más cercanos y con la familia de Joaquín. Mi padre no apareció. A los invitados que preguntaban, mi madre les decía que se había puesto enfermo de repente y que no había podido resistir el viaje.

Antes del banquete, en una salita, mi madre me ayudaba a ajustar el velo. Le temblaban las manos y se le llenaban los ojos de lágrimas. Me miraba con una pena tan honda que yo no sabía dónde mirar. Me susurró que tenía un pecado muy grande contra mí y que me pedía perdón por todo. Entonces pensé que era por la ausencia de mi padre y por lo humilde de la celebración. La abracé, le pedí que no se preocupara y le dije que la ausencia de Esteban era cosa de su conciencia, que Joaquín y yo seríamos felices de todas formas. Mi madre asintió, pero se quedó pálida y triste toda la velada.

Después de la boda, mi madre empezó a venirse abajo. Perdió mucho peso, se movía despacio y se quejaba de un cansancio que no se le pasaba. Varias veces vino a verme a la ciudad; se sentaba en mi cocina, empezaba una conversación importante y se callaba a mitad de frase, sin atreverse a decir lo que de verdad le ocupaba el corazón. Ya no le dio tiempo.

En el entierro, Esteban no movió un músculo de la cara. Ni una lágrima, ni una palabra con los vecinos. A mí me dolía muchísimo ver ese hielo. Cuando, después de enterrarla, volvimos a la casa vacía para recoger mis cosas, me esperó en el umbral. Me miró con aquellos ojos duros y me espetó que ya no había madre que me esperara en aquella casa y que allí no tenía nada que hacer. Aquellas palabras cerraron para siempre nuestra historia.

Pasaron los años. Joaquín y yo formamos una familia sólida; tuvimos dos hijos. No hace mucho estrenamos un piso y la vida transcurría en calma. Pero yo nunca dejé de ir al pueblo a visitar la tumba de mi madre, a llevarle flores y a quedarme un rato a su lado. Al pasar por la casa vieja veía a Esteban en el corral, pero nunca me detenía. Aquella casa se me había vuelto completamente extraña. Pensaba a menudo que cualquier otro hombre se habría sentido orgulloso de su hija, habría querido a sus nietos y los habría esperado en la puerta; él, no.

El otoño pasado volví al cementerio. El día era frío y el cielo estaba gris. Desde lejos vi a un hombre de pie junto a la lápida de mi madre, haciendo algo. Al principio creí que era Esteban y el corazón se me encogió. Pero, al acercarme, reconocí al tío Ramiro. Llevaba una chaqueta vieja y arrancaba con cuidado las flores secas que la helada había estropeado.

—Buenos días, tío Ramiro —dije, deteniéndome en la entrada—. No esperaba encontrarlo aquí. ¿Ha venido a arreglar la sepultura?

Se enderezó despacio, se llevó las manos a la cintura y soltó un suspiro. Tenía la cara surcada de arrugas y los ojos muy cansados.

—Hola, pitusa —respondió con voz ronca, usando el apodo de mi infancia—. Ya ves, he querido dejar esto en orden, porque la flor seca afea mucho. Hay que arreglarlo antes de que la tierra se congele del todo.

—Menuda pitusa soy ya —sonreí, queriendo mantener una conversación ligera—. Mi hija mayor se casa pronto; estamos preparando la boda. El tiempo pasa volando.

—Vuela —asintió, y se frotó la espalda—. Y esta espalda me mata cuando cambia el tiempo. Mira esas nubes; esta noche caerá nieve.

Carraspeó un par de veces, miró al suelo y después volvió a mirarme. De pronto su rostro se puso serio, como si hubiera tomado una decisión. Se secó las manos en los pantalones y se acercó a mí.

—Verás, Jimena —empezó, y al oírme llamar por mi nombre sentí un escalofrío—. Hace mucho tiempo le di a una persona mi palabra de que no abriría la boca. La he cumplido durante años. Pero ahora que tu madre ya no está, y que a mí me queda poco, no puedo seguir cargando con este peso. Quiero contarte la verdad. Tienes todo el derecho a saber por qué Esteban fue así contigo y con tu madre. Esteban no era tu padre.

Al principio no entendí lo que decía. Las palabras llegaban, pero no encontraban sitio dentro de mí. Me quedé mirándolo, sintiendo un frío raro que me subía por dentro. El tío Ramiro siguió hablando con voz apagada, sin dramatismo, como quien cuenta una historia vieja.

Me contó que él y mi madre se habían querido muchísimo cuando eran jóvenes. Remedios vivía en el barrio alto, donde solo construían las familias más ricas. Sus padres eran muy orgullosos, despreciaban a los campesinos pobres y soñaban para su hija con un novio importante. Mi madre les tenía tanto miedo que mantuvo en secreto su noviazgo con Ramiro; ni su mejor amiga llegó a saberlo. Por eso, cuando ella trabajaba en el ayuntamiento y rechazaba a todos los mozos del pueblo, todo el mundo creía que esperaba a un señorito de la capital.

La verdad se supo cuando mi madre se dio cuenta de que iba a tener un hijo. Se lo confesó a sus padres y se armó un escándalo de mil demonios. La abuela, desesperada, estaba dispuesta a cualquier cosa antes que permitir la boda con el pobre Ramiro. Buscó a un hombre que se casara deprisa con Remedios y reconociera a la criatura como suya. El abuelo apoyó a la abuela: darían dinero, darían la casa, lo que hiciera falta, pero Ramiro no cruzaría jamás el umbral de su puerta.

El elegido fue Esteban. Era bastante mayor que mi madre, de carácter hosco, pero muy práctico y amigo del dinero. Cuando le ofrecieron una buena cantidad y una casa nueva a cambio de su silencio y del matrimonio, aceptó enseguida. Eso sí, puso una condición: no viviría bajo el mismo techo que los suegros. Por eso mis abuelos tuvieron que dejar la casa que acababan de estrenar y mudarse a un caserón viejo en el otro extremo del pueblo.

Para el pueblo, aquella boda fue un verdadero escándalo. Nadie entendía por qué una muchacha tan guapa se casaba con un hombre tan seco y bruto, del que no se sacaba una palabra. Ramiro recordó que el día de la boda llovió desde primera hora de la mañana y que fue el peor día de su vida. Desde el principio, Esteban mostró su manera de ser: no quería a Remedios. Cuando nací yo, su rencor creció todavía más. Mi madre tampoco se perdonó nunca su debilidad; no quería a su marido y se culpaba por no haber luchado por su verdadero amor. No quiso tener más hijos con él, porque tenía miedo de que salieran a su mal carácter.

Con el tiempo, Ramiro también tuvo que formar su propia familia. Se casó con una mujer viuda que tenía un hijo, crió a aquel chico como si fuera suyo y después nacieron otros hijos. Hizo lo posible por llevar una vida normal, pero cada vez que me veía en la calle o en la tienda sentía un dolor sordo. Sabía que su hija crecía en una casa sin cariño y que no podía cambiarlo. Lo único que podía hacer era comprarme en secreto una tableta de chocolate, para que yo notara, de alguna manera, que alguien se preocupaba por mí. Los padres de Remedios le habían avisado de que, si intentaba acercarse a mí o contaba la verdad, lo dejarían sin casa.

—Esa es la historia, Jimena —terminó Ramiro con un suspiro—. Ahora ya sabes cómo fue todo.

Me quedé sin aliento. Todo lo que creía saber sobre mi infancia se había roto en pedazos. Por fin entendía por qué Esteban me había mirado con tanto desprecio, por qué mi madre temblaba delante de él y por qué me pidió perdón antes de mi boda.

—No juzgues a tu madre con demasiada dureza —dijo en voz baja, ajustándose la boina—. Lo pasó muy mal.

Se dio la vuelta despacio y se fue por el sendero. En la salida, se detuvo un momento, levantó la cabeza hacia el cielo oscuro donde ya empezaban a caer algunos copos, murmuró algo, se persignó ante el viejo portón y echó a andar hacia el pueblo. Me quedé sola, entre los chopos y la lápida de mi madre.

Allí, bajo la nieve, comprendí que el amor no siempre elige el camino fácil. A veces se calla, a veces se esconde en un gesto pequeño, en un trozo de chocolate comprado a escondidas. Y que perdonar no es olvidar: es dejar de cargar con un dolor que nunca fue culpa de uno. Aquella tarde supe que mi madre me quiso como pudo, que Ramiro fue valiente a su manera y que la verdad, aunque duela, también libera.

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Elena Gante
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Cuando nos sentamos a la mesa durante la cena, anuncié con tranquilidad que me iba a casar. Mamá se echó a llorar de alegría, con los ojos brillándole de una calidez que no veía desde hacía mucho tiempo. Enseguida empezó a hablar de qué había que preparar y de cómo organizarlo todo mejor. Papá, en cambio, no dijo ni una palabra: simplemente dejó el tenedor sobre la mesa, se levantó de la silla y salió de casa a la calle en silencio. El resto de aquella noche no volvió a entrar en la habitación.
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