— ¡Le besarás los pies a mi madre! ¿Entendida? Ella ahora es tu ama, tu señora y tu diosa personal. ¡Y si te pones testaruda, te… en la pelea…

— Sonsoles, hazme un café fuerte, pero fuerte de verdad, que me espabile.

La voz de Javier llegó del dormitorio, ronca por el sueño, y se extendió por la pequeña cocina como una miel caliente y tranquila. Sonsoles Castejón sonrió. Aquella primera semana de casados era como un anuncio de televisión: despertarse sin prisa, desayunos largos, besos de despedida en la puerta. Echó a la cafetera dos cucharaditas más de café molido de lo normal. Todo para él. Aquel mundo que olía a café y a su perfume era ya un mundo de los dos. Pasó la mano por la encimera nueva, y tuvo un cosquilleo de felicidad casi infantil. Ya había planeado el sábado: estirarse en la cama con el portátil y una serie tonta, cocinar después algo complicado y con mucha salsa, y por la noche abrir la botella de vino que les regalaron en la boda. Estar solos, sin más plan que mirarse y no hacer nada. Eso era todo.

Javier Mancebo salió del dormitorio, ya vestido con vaqueros y camiseta. La abrazó por detrás, hundió la nariz en su coronilla y olió a gel de ducha y a esa seguridad que tiene la gente que nunca ha dudado de su sitio en el mundo.

— Anda, vístete —le dijo, y le besó en la sien—. Vamos a casa de mi madre, que ha dado por mover los muebles. Ella sola no puede, y yo no pienso dejarla tirada.

Las palabras cayeron en la mañana como piedras en un aljibe: rompieron el silencio y dejaron ondas raras en la superficie. Sonsoles se giró despacio, dentro del abrazo, y le miró. La misma cara de siempre, el lunar junto a la boca, los ojos que le habían parecido los más amables del mundo. Pero había en su tono una rotundidad de trámite, como si todo estuviera ya decidido y ella solo tuviera que obedecer.

— Javi, ¿y si no vamos hoy? —pidió con dulzura, para que no sonara a negativa, sino a propuesta—. Me ha caído la semana encima. Me apetecía quedarme en casa contigo, descansar. ¿Mañana, o el finde que viene?

Él se quedó quieto. Sus manos en la cintura dejaron de ser una caricia y se convirtieron en un peso. La sonrisa se le borró como si se la hubieran secado con un trapo. En su cara no apareció enfado, ni decepción: apareció un vacío sin color. El novio que la trataba de igual a igual, que la acompañaba al cine y le regalaba flores, se había esfumado. Delante estaba otro hombre, con una mirada fría de quien nunca ha tenido que pedir permiso.

Javier se apartó con una calma rara, dio un paso atrás, y luego otro, como si la estuviera evaluando. De pronto se pegó otra vez a ella; su mano le sujetó la barbilla sin apretar demasiado, pero con la autoridad suficiente para que Sonsoles entendiera que aquello no era una pregunta. Le alzó la cara.

— ¿Cómo has dicho?

No era un grito. Era un siseo que venía del fondo del pecho. Sonsoles no dijo nada; la sorpresa la había dejado muda. Entonces, con la mirada clavada en ella, sin parpadear, él soltó la frase que iba a partir en dos su historia:

— A mi madre le besarás los pies. ¿Te ha quedado claro? Ella ahora es tu dueña, tu señora y tu diosa particular. Y si te me pones tonta, te mando al hospital y allí te quedas una temporada.

Le soltó la barbilla. En la piel se habían quedado marcados los dedos, como si fuera cera. Él sonrió, con una sonrisa victoriosa que en ella causó el efecto contrario: no miedo, sino esa lucidez de hielo que a veces llega con las catástrofes. Miedo había tenido un segundo antes. Ahora era un cálculo. La partida había cambiado las reglas, y él todavía no lo sabía.

Sonsoles respiró hondo. Fue a la cocina, cogió la cafetera con el café que iba a ser el desayuno de una familia feliz y lo vació entero por el fregadero. Ni una gota fuera. Luego dijo, con una voz que no tembló:

— De acuerdo. Me arreglo en un momento.

Javier se quedó descolocado. Esperaba llantos, gritos, un «¿pero qué dices?» que le diera la oportunidad de aplastarla un poco más. Aquella calma le escocía. Sonsoles entró en el dormitorio, abrió el armario y pasó de largo el jersey cómodo y las zapatillas de casa. Se puso una blusa azul oscuro y unos pantalones de vestir. No era ropa para mudar muebles: era una armadura. En el espejo vio a una mujer que se había quedado sola dentro de su propia boda, y le pareció bien. Después, sin mirar la foto del día de la boda que había sobre la cómoda, salió al recibidor, con el bolso colgado al hombro.

— ¿Ya? ¿Tan rápida? —dijo Javier, apoyado en el marco de la puerta, intentando recuperar su tono de hombre duro.

— Sí. ¿Vamos?

La respuesta sonó como la de una recepcionista de línea aérea: sin emoción, sin nada. Javier condujo hasta casa de su madre en un silencio espeso, con los nudillos blancos en el volante. Era una guerra sin ruido, y mucho más seria que un grito. Sonsoles no se asomó a la ventanilla. Iba repasando las jugadas: imposible ganar aquella partida si se ponía a llorar. Para salir viva de ese juego, prefería estudiarlo como se estudia a un insecto. Ya no era su esposa; era una entomóloga, y el insecto era él.

La puerta la abrió doña Remedios Mancebo, una señora pequeña, tiesa, con un recogido que parecía construido con cemento y unos labios demasiado rojos para su edad. Su casa olía a ambientador de pino, a mueble recién abrillantado y a alcanfor. No era un hogar; era una vitrina. Cada figurita de porcelana estaba en su sitio, cada revista alineada, como si esperara una inspección.

— ¡Sonsoles, cielo! ¡Ay, cómo me alegro de veros! —su voz era dulce como el fondant, pero los ojos no acompañaban: miraban como dos alfileres, midiendo, clasificando, archivando.

Javier entró como patrón en su finca, tiró la chaqueta en el sofá y ya estaba en su papel: el hijo bueno.

— Mamá, el capitán ha venido.

La mudanza era un simulacro. El objetivo era un aparador antiguo, enorme, con un cristal que no se limpiaba desde el año de Mari Castaña. Doña Remedios quería moverlo de una pared a otra, solo para que lo movieran. Al principio parecía una ayuda; pronto se vio que era un desfile de poder.

— Hijo, por un lado; Sonsoles, la niña, por el otro, que es joven y tiene fuerza —ordenó con una sonrisa.

Levantaron el aparador, lo arrastraron por el pasillo entre quejas y esquinas, y cuando ya estaba en la pared elegida, doña Remedios lo miró con la cabeza ladeada, como una pintora ante su cuadro.

— No… No me convence. Mejor otra vez a la otra pared, pero un poco más a la izquierda.

Javier soltó una risita. Mira que eres artista, mamá. Sonsoles no pestañeó. Aguantó, empujó, retorció, colocó. Repitieron la operación cuatro veces. La madre disfrutaba como en una novela; el hijo, mirando a su mujer, esperaba verla pedir piedad. No la vio.

— Sonsoles, anda, hija, pasa la bayeta por debajo del mueble, que ha quedado una pelusilla —dijo doña Remedios, ya sin disimulo, entregándole un trapo húmedo.

Sonsoles cogió el trapo, se arrodilló y, sin ninguna expresión, pasó la bayeta por el suelo, sintiendo en las rodillas el frío y en el pecho algo que se iba poniendo más duro que el hormigón.

— Óyeme, niña —la voz de doña Remedios se afiló cuando Sonsoles se levantó—. ¿Ves esas dos tablas del parqué, ahí? Se levantan. Me da una rabia. Hay una caja de herramientas en el cuartito de la entrada. Coge un martillo y remátalas, ahora mismo.

La orden había sido la última pieza. Ya estaba todo: no era una mudanza, no era una limpieza; era una investidura de esclava. Sonsoles miró a su suegra, asintió una vez y preguntó:

— ¿Dónde está el cuartito?

— Al fondo del pasillo, a la izquierda —dijo Javier desde la esquina, con la voz bien repartida entre la gana de verla humillada y la seguridad de que aquello iba a ser divertido.

Sonsoles fue al cuartito. Encontró la caja roja entre latas de pintura y carpetas de facturas. Revolvió: unos alicates, una cinta métrica, tornillos. Y, en el fondo, un martillo de toda la vida, con el mango de madera gastado y la cabeza de hierro. Lo agarró. Le pesó en la mano como algo verdadero en medio de un mundo de mentiras. Volvió al comedor.

Javier la miró con una sonrisa creciente. Doña Remedios se colocó en posición de juez, con los brazos cruzados. Pero Sonsoles no se agachó. Caminó despacio, con los talones marcando el parqué, hasta la pared del fondo: la pared en la que doña Remedios había colgado su colección de reliquias. El gran altar familiar: un título de secretariado, una placa de «trabajadora ejemplar», un diploma enmarcado y tres fotografías con el alcalde, el concejal y el cura del barrio. Todo enmarcado en madera oscura, ordenado como un iconostasio. La vida, el honor y la divinidad de doña Remedios. El verdadero mueble que había que apañar.

— ¿Qué tienes que hacer? —preguntó Javier, notando que algo se le estaba yendo de las manos.

Sonsoles levantó el martillo. No fue un gesto loco: fue lento, cuidadoso, casi elegante. Y lo bajó.

El primer golpe reventó el diploma. El cristal se hizo añicos y el papel se rasgó en dos. El segundo rompió la placa. El tercero tumbó las fotos, con sus marcos saltando. No eran golpes furiosos, eran quirúrgicos, uno encima de otro, contra cada prueba del trono de la reina madre. La habitación se llenó de cristal, madera y puro horror. Javier se quedó clavado, boquiabierto, como si su mujer hubiera sido un rayo. Doña Remedios soltó un grito:

— ¡¿Te has vuelto loca?! ¡Eso es de mi vida! ¡Eso es mi carrera!

No había locura. Había una sensatez heladora. Cuando la última reliquia cayó al suelo, Sonsoles soltó el martillo, que golpeó el parqué con un sonido seco, y se quedó de pie, despeinada pero impecable, con los trocitos de cristal brillando a sus pies como una pista de hielo.

Miró a Javier y luego a su madre. No había terminado la pelea; la había dado por terminada. No besó pies, no remachó tablas. Había cogido el martillo, le había dado la vuelta al guion y había desmontado el altar donde su suegra guardaba el humo de su propio incienso. La vida de casada de Sonsoles acababa de empezar; tal vez fuera un infierno, pero esa mañana, con aquella demolición en miniatura, se lo había enseñado al enemigo: no estaba dispuesta a morir de rodillas.

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Elena Gante
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