Un perro permaneció atado a una cadena durante siete años. Cuando se la quitaron, todos quedaron atónitos.

A Esteban Lozano lo encontraron muerto por la mañana, y el perro llevaba aullando desde la tarde anterior. Sonsoles oyó los aullidos al otro lado de dos vallas, pero no salió. Trueno aullaba muchas veces, y hacía años que había dejado de levantarse por eso. El aullido era grave, largo, sin descanso; a medianoche formaba parte de la noche, como el viento o el rumor del agua en las tuberías.

El guardia civil llegó hacia el mediodía, precintó la casa y se marchó. Hizo el atestado sobre el capó, fumó un cigarro y miró al perro de reojo, pero no se acercó. Le dijo a Sonsoles por encima de la valla que el cuerpo ya estaba en la capital de la provincia y que hacía falta localizar a la familia. Después cerró la puerta del coche y se perdió por el camino de tierra, dejando dos rodadas profundas en el barro. El perro se quedó. Seguía atado a su cadena, con el hocico alzado al cielo, y el sonido salía de él igual de uniforme y grave, como de un tubo que se olvidaron de cerrar. No era ladrido ni quejido. Era un aullido que a uno le va mordiendo por dentro si lo escucha demasiado tiempo.

Sonsoles se quedó en su portal, mirando el patio de enfrente. El barro brillaba en las rodadas después de la lluvia de la noche, y la tierra despedía un olor espeso y húmedo, como de bancal recién cavado.

La valla estaba torcida y tres listones habían caído entre las ortigas, pero la portilla se cerraba con un alambre, y el alambre estaba retorcido con esmero, cuatro vueltas. El viejo no arreglaba la cerca, pero ataba la puerta cada noche. Sonsoles lo sabía porque lo veía desde la ventana de la cocina salir al anochecer y girar el alambre con los dedos secos. Cruzó la carretera, deshizo las vueltas y entró. Olía a tierra mojada, a perro y a algo agrio: el agua detenida del barril junto al cobertizo.

Trueno dejó de aullar y volvió la cabeza. Rojizo, con el lomo negro, grande, como un pastor alemán cruzado con un perro de pueblo. Tenía el hocico canoso y los ojos amarillos, apagados, como los de esos perros viejos que han visto más de la cuenta.

La cadena iba del poste al collar. Gruesa, de eslabones grandes, de cinco metros. Sonsoles la conocía desde hacía siete años. Cada verano veía a Trueno andar en arco y trazar una zanja en la tierra.

La zanja se había hecho honda, hasta el tobillo, y tenía agua de lluvia dentro. En invierno la cadena amanecía escarchada y los eslabones chocaban entre sí cuando soplaba el viento. Pero aquella mañana Sonsoles descubrió lo que no había visto antes: en el lado donde la cadena tiraba con más fuerza, los eslabones estaban gastados y relucían. El hierro, pulido como el pomo de una puerta que se toca todos los días. El perro había tirado siempre hacia el mismo sitio. No corría en círculos, no se revolvía. Tiraba hacia un lado.

Junto al poste había un plato hondo de aluminio, abollado, con restos de garbanzos. Se habían secado; los granos estaban pegados al borde y la grasa formaba una película por encima. Al lado, otro plato con agua y una hoja flotando.

Esteban le había dado de comer aquella mañana, o la noche antes. Sonsoles miró el plato y se ajustó el pañuelo, porque las manos necesitaban hacer algo. Durante siete años había dicho a los vecinos que el viejo maltrataba al perro. Se lo decía a Pilar, la de la tienda; se lo contaba a Visitación, la cartera; se lo repetía a su hija por teléfono. Cadena, caseta, plato de comida y ni un paseo. Un animal vivo atado a un poste. Y cada vez que lo decía sentía una seguridad que calienta más que una chimenea y no pide pruebas. Lo evidente era: perro atado, dueño callado, luego el dueño era culpable.

Visitación, la cartera, llegó al cabo de una hora, con pan y leche, porque estaba acostumbrada a llevárselos a Esteban y ya no sabía a quién dárselos. Dijo que lo había visto el sábado, que cobró la pensión y compró dos kilos de garbanzos. Para él y para el perro. Sonsoles preguntó si Esteban tenía familia.

Visitación se lo pensó, con el bolso apretado contra el costado, y se acordó de la hija. Amparo. Vive en Valdecañas, al otro lado de la nacional, a doce kilómetros. Llevaba mucho tiempo sin venir. Luego añadió en voz baja:

– La hija ofreció llevarse al perro. El viejo no quiso. En el correo debe de tener su teléfono apuntado.

Sonsoles no dijo nada. Le pareció un tacaño: si no podía cuidar del animal, no soltaba ni al perro. Se acercó al poste.

El mosquetón estaba oxidado y los dedos resbalaban en el metal mojado. Sonsoles lo frotó, le dio vueltas, apretó con el pulgar. La herrumbre se coló bajo las uñas y las manos le olieron a hierro, a frío. Trueno estaba quieto. No se quejaba, no tiraba. Esperaba, como si supiera que aquello iba a ocurrir entonces, como si hubiera aguantado siete años por un solo chasquido.

El mosquetón cedió. El collar se soltó del cuello y debajo quedó una franja de pelo aplastado, clara, casi blanca, como la marca de un anillo. El perro se sacudió de la cabeza a la cola. Después miró a Sonsoles. Estuvo un segundo parado. Y salió disparado.

No fue hacia ella, ni hacia el plato de comida, ni hacia la casa. Fue hacia la valla. Se coló entre los listones, alcanzó la carretera y echó a correr. Sonsoles vio su lomo rojizo desaparecer tras los arbustos.

Fue a la oficina de correos a buscar a Visitación, para conseguir el teléfono de la hija del difunto.

El perro, entretanto, ya había cruzado la nacional. En el recodo donde los coches frenan antes del puente sobre la cuneta, esperó, cruzó y tomó el camino de tierra que llevaba a Valdecañas.

Valdecañas empezaba con tres álamos y una parada de autobús sin marquesina. Trueno giró en la segunda calle, pasó por delante de la fuente, junto al jardín de dalias, y se paró ante una casa de tejado verde.

El porche tenía dos escalones bajos, con las tablas ennegrecidas por la humedad. La puerta estaba forrada de hule, y en una esquina el hule se había despegado y colgaba como un triángulo. Trueno se sentó ante la puerta y se puso a lloriquear. La cola golpeaba la madera, y aquel golpeteo fue el único sonido alegre de todo el día.

La puerta se abrió. En el umbral apareció una mujer delgada, con el pelo oscuro recogido en un moño y las manos manchadas de harina. De dentro salía olor a masa y a bizcocho; un aire caliente llegó al porche y se mezcló con el olor a tierra mojada. La mujer miró al perro. Luego se agachó, le cogió la cara entre las manos, y la harina quedó marcada en el pelo rojizo como manchas blancas. Trueno le hundió el hocico en la muñeca y cerró los ojos.

Sonsoles llamó justo en aquel momento. Dijo que Esteban había muerto, que el perro se había soltado de la cadena y había salido corriendo.

– Está aquí. Me llamo Amparo.

Sonsoles solo acertó a decir: «¡Doce kilómetros por la nacional!»

Y Amparo contó.

Trueno era un cachorro cuando Amparo vivía todavía con su padre. Lo había traído de un pueblo vecino, con un mes, rojizo y con una oreja levantada. Lo crió, le daba de comer con un cuentagotas y durmió con él en el suelo la primera semana, porque lloraba y no podía dormir solo. Luego Amparo se casó y se fue a Valdecañas. El perro se quedó con Esteban.

Trueno escapaba para verla. Atravesaba el campo, la carretera, doce kilómetros. Llegaba al caer la tarde, se echaba junto al porche y esperaba. Amparo le daba de cenar, lo acariciaba y lo dejaba dormir dentro. Por la mañana, Trueno volvía. Otra vez doce kilómetros.

Lo atropellaron la primera vez a los seis meses. Le golpeó la aleta de un coche y lo arrastró por la grava. Esteban lo encontró en el arcén y lo llevó a casa cargado, cuatro kilómetros. Amparo llegó en un coche prestado y lo llevaron juntos al veterinario de la capital. La cicatriz le quedó en el costado izquierdo, larga, de las costillas hasta la pata.

Trueno se curó y al mes volvió a escaparse. Lo atropellaron por segunda vez. El mismo tramo, la misma curva. Fractura de cadera y tres meses sin moverse. Esteban le cambiaba la manta dos veces al día y lo sacaba al patio en brazos para que viera el cielo.

Después de aquello, Esteban compró la cadena. Amparo le pidió que le dejara llevarse al perro. Esteban no quiso. Dijo una sola cosa:

– Volverá. Siempre vuelve. La carretera no la aguanta una tercera vez.

Amparo se enfadó, y estuvo seis meses sin venir. Luego volvió, pero cada vez menos. Hasta que dejó de ir.

Siete años Trueno estuvo atado. Esteban le cocía garbanzos por la mañana y por la noche, a veces lentejas, con recortes de carne que Pilar, la de la tienda, le vendía a mitad de precio. Le revisaba el collar, engrasaba el mosquetón para que no se oxidara. Se sentaba en el tocón y no hablaba. Trueno le ponía la cabeza en la rodilla, y los dos se quedaban así hasta que anochecía: dos viejos, uno en el tocón y el otro atado. Sonsoles lo vio desde la ventana de su cocina todas las tardes.

Trueno se quedó con Amparo. Estaba donde había querido estar durante siete años.

Sonsoles volvió a asomarse al patio de Esteban. La cadena seguía en el barro, enrollada en círculo. La levantó. Los eslabones pesaban, estaban fríos, y uno de los lados brillaba, pulido y liso.

La colgó del clavo del poste. Cerró la portilla con el alambre, cuatro vueltas, como hacía Esteban. Se quedó un rato mirando el patio vacío, la zanja que el perro había trazado en arco, el tocón junto al poste. Luego cruzó la carretera hacia su casa y cerró la puerta.

El plato lo lavó y lo dejó en su porche. Por si Trueno volvía.

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Elena Gante
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Un perro permaneció atado a una cadena durante siete años. Cuando se la quitaron, todos quedaron atónitos.
הכלה שלא הייתה אמורה להשתייך לשום מקום