Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse. Cada cosa tiene su momento.

Almudena tiene una tradición curiosa que data de su infancia. Cada año, la noche antes de Nochevieja, la joven acude a una adivina. Como vive en Madrid, encontrar una nueva adivina no le supone ninguna dificultad.

Almudena está soltera. Por mucho que intente relacionarse con algún caballero noble, siempre termina en vano; todos los jóvenes elegantes ya están comprometidos.

¡Este año conocerás a tu destino! proclama la adivina de ojos azules, mirando su cristal reluciente.
¿Dónde? ¿En qué lugar lo veré? pregunta Almudena, impaciente. Cada año me repiten lo mismo y sigo sin hallar mi suerte.
Me han recomendado como la adivina más poderosa. Exijo que me digas el sitio exacto; si no lo haces, te haré una mala publicidad amenaza la joven.

La adivina entrecierra los ojos, percibiendo la locura que la rodea y sabiendo que no puede dejarla marchar sin una respuesta. Sabe que si no le dice la verdad, Almudena pasará la tarde entera ocupando la fila de los que quieren conocer su futuro.

¡En un tren! dice, con los ojos cerrados. Lo veo claramente: un alto rubio, muy guapo, como sacado de un cuento de hadas

Almudena sonríe, emocionada.
¿En qué tren y a qué hora? insiste.
Antes de Nochevieja. Ve a la estación y el corazón te indicará qué ruta tomar.

Agradecida, Almudena sale de la curiosa consulta, sube a un taxi y se dirige a la estación de Atocha. Al llegar al mostrador, el entusiasmo que llevaba dentro comienza a menguar. No entiende el horario y mira desconcertada el tablón de salidas.

¡Vamos! la interrumpe la voz irritada del cajero.
Valencia el 30 de diciembre, coche cama balbucea Almudena.

Ya se imagina en un cómodo compartimiento, tomando té, cuando de pronto se abre la puerta y entra él, su futuro marido.

Al volver a casa, Almudena empaqueta apresuradamente lo esencial, pues su tren parte al anochecer. No piensa en las consecuencias de viajar a una ciudad desconocida en Nochevieja; sólo desea que la profecía se cumpla lo antes posible.

Se siente inútil y sola, sobre todo en estas fechas festivas. Todas las familias se reúnen alrededor de la mesa, intercambian regalos, salvo ella.

Horas después, Almudena está sentada en su compartimiento con una taza de té, tal como lo había imaginado. Sólo falta que el príncipe aparezca.

¡Buenos días! saluda una anciana, depositando una enorme maleta en el compartimiento. ¿Hay otro asiento?

Aquí dice Almudena, señalando la repisa opuesta, con los ojos desorbitados. ¿Seguro que está en el coche correcto?

Claro, querida, no me equivoco responde la anciana, acomodándose en el asiento libre.

Disculpe, permítame pasar balbucea Almudena, dándose cuenta de que está cometiendo una gran tontería. ¡Déjeme salir! ¡He cambiado de idea!

Espere, voy a guardar mi equipaje contesta la anciana, sin comprender la confusión.

Bueno el tren ya parte suspira Almudena, resignada. ¿Y ahora qué?

¿Por qué de pronto quiso bajarse? ¿Ha olvidado algo? pregunta la mujer.

Almudena ignora la pregunta y se vuelve hacia la ventana. Sabe que la anciana no tiene culpa; ella misma ha provocado su propio aprieto.

Mientras tanto, Sofía Rodríguez saca de su bolsa unos pastelillos caseros y los ofrece a su compañera de vía.

Iba a visitar a mi hija, explica a Almudena. Ahora vuelvo a casa; mi hijo y su prometida llegarán. Celebramos Nochevieja juntos.

Qué suerte Yo pasaré Nochevieja aquí, en la estación comenta Almudena, melancólica.

Almudena decide confesarle a Sofía toda la historia.

¡Qué tonta! ¿Por qué corre tras estos charlatanes? le dice la anciana. Tu destino llegará, pero no hay que apresurarse. Cada cosa a su tiempo.

Al día siguiente, Almudena baja del tren en una ciudad que nunca ha visto antes. Ayuda amablemente a Sofía a bajar del vagón y se queda sin saber qué hacer.

¡Gracias, Almudena! ¡Feliz Año Nuevo! exclama Sofía.
¡Igualmente! responde Almudena, con una sonrisa triste.

La anciana observa a la joven sin saber cómo animarla; entiende que pasar Nochevieja en una estación no es el mejor comienzo de año.

Almudena, ¿por qué no vienes a mi casa? propone de pronto Sofía. Decoraremos el árbol, pondremos la mesa festiva

¿Usted? No me resulta cómodo titubea Almudena.

¿Y sentarse en la estación le parece cómodo? sonríe la anciana. Vamos, no hay discusión.

Almudena acepta la invitación. Sofía tiene razón; fuera, una nevada cubre la calle y no tiene sentido deambular por la estación.

Sergio y Lucía ya están en casa comenta la anciana, mientras el viento aúlla.

Sergio, al ver por la ventana la llegada de su madre en taxi, se dirige al ascensor y ayuda a cargar la pesada maleta que lleva.

Sergio, cariño, vengo con una invitada. Esta es Almudena, la hija de una vieja amiga dice Sofía guiñándole un ojo.

¡Qué alegría! exclama Sergio. Pasa, Almudena.

Almudena observa al alto y apuesto rubio que había imaginado en el tren y se sonroja. El destino, parece, le juega otra broma.

¿Y dónde está Lucía? pregunta la madre.

Mamá, Lucía no está y nunca volverá. No quiero hablar de eso. ¿De acuerdo? responde Sergio, frunciendo el ceño.

De acuerdo murmura la mujer, desconcertada.

Al atardecer, todos se sientan a la mesa y despiden el año viejo.

Almudena, ¿te quedas mucho tiempo? dice Sergio, sirviéndole una ensalada.

No, mañana por la mañana me voy responde ella, con una leve tristeza.

No quiere marcharse todavía de aquella casa acogedora; siente que conoce a Sofía y a Sergio desde siempre.

¿Por qué tanta prisa? protestó la anciana. Quédate un rato más.

En serio, Almudena, quédate. Tenemos una pista de hielo estupenda y mañana por la noche podemos salir. No te vayas ahora insiste Sergio.

Me convencen sonríe Almudena. Me quedaré con gusto.

Así, el Año Nuevo lo celebran cuatro personas: Sofía Rodríguez, Sergio, Almudena y el pequeño Arturo.

¿Crees tú en los milagros de Nochevieja?

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Encontrarás tu destino. No hay que apresurarse. Cada cosa tiene su momento.
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