¡Hola, tía! Te cuento lo que ha pasado con Márcio Sánchez, ese tío que siempre está con una sonrisa de oreja a oreja. Llegó a casa después de aparcar el coche en la calle de la Gran Vía y, al entrar al edificio, se encontró con la típica rutina castellana: los zapatos en la entrada, el aroma a guiso de carne y patatas que se cuela desde la cocina, la casa impecable y un jarrón con flores frescas en la mesa. Todo muy de hogar, nada de sorpresas.
Lo único que no le gustó fue que su mujer, Marisa, estaba allí, como siempre, preguntándose qué demonios iba a hacer una mujer de su edad todo el día. ¿Hornear tartas y tejer calcetines? pensó, aunque claro, ese último detalle lo exageró. Porque, ¿quién se empeña en contar los calcetines, verdad?
Marisa, con su habitual sonrisa, le lanza:
¿Cansado? He preparado unas empanadillas de acelga y manzana, como te gustan
Y se quedó en silencio bajo la mirada de Márcio. Llevaba puesto su pijama de casa, el pelo recogido bajo un pañuelo, como siempre cuando se pone a cocinar. Todo el día ha trabajado de camarera, tiene los ojos ligeramente delineados y los labios brillantes. Esa manicura de siempre le parece ahora un poco vulgar, como si estuviera intentando pintar su vejez con colores de fiesta.
Y sin pensárselo mucho le suelta:
¡La cosmética a tu edad es un disparate! No te queda bien.
Marisa se queda con la boca abierta, pero tampoco se abalanza a poner la mesa. Mejor así. Las empanadillas bajo un paño, el té recién hecho, que él mismo se encargue.
Después de una ducha y la cena, la calidez volvió a entrar en su casa, como los recuerdos de un día cualquiera. Márcio, en su bata de felpa favorita, se acomodó en la silla que siempre lo esperaba y fingió estar leyendo. Como dijo su nueva colaboradora:
Es un hombre muy atractivo y, además, interesante.
Él tiene 56 años y dirige el departamento jurídico de una gran empresa en Madrid. En su equipo hay un recién licenciado, tres mujeres con más de cuarenta años y una empleada que acaba de irse de baja por maternidad. En su lugar ha entrado Asunción, la nueva asistente.
Ese mismo día, Márcio estaba de viaje de negocios y vio a Asunción por primera vez. La invitó a su despacho para presentarse. Al entrar, el aire se llenó de un perfume ligero y una frescura juvenil. Su rostro ovalado estaba enmarcado por rizos dorados, sus ojos azules brillaban con seguridad, los labios jugosos y una peca en la mejilla. Parecía de 30 años, aunque él sospechaba que podría ser más joven. Era madre soltera de un niño de ocho años. No sabía por qué, pero pensó: ¡Qué bien!.
Mientras charlaba con ella, se dio cuenta de que tenía un jefe bastante mayor, y Asunción, con una pestaña larga, le respondió de una forma que le puso los pelos de punta. La esposa, que había dejado de resentirse, apareció con su taza de té de manzanilla cada noche. Márcio frunció el ceño: ¡Siempre inoportuna!.
Aun así, se tomó el té con cierto placer. De pronto se preguntó qué hacía ahora una mujer tan joven y guapa como Asunción, y le dio una puntita de celos que hacía mucho no sentía.
***
Después de la oficina, Asunción se fue al supermercado. Compró queso, una barra de pan, y yogur para la cena. Volvió a casa sin sonrisa, más como una máquina que como una persona. Abrazó a su hijo Víctor, que corría a su encuentro.
El padre de Víctor, que pasaba el rato en la terraza donde tiene su taller, estaba arreglando cosas mientras la madre se dedicaba a la cena. Al desempacar, Asunción comentó que le dolía la cabeza y que no la molestaran. En realidad, estaba melancólica.
Asunción llevaba varios años separada del padre de Víctor, y sentía que nunca lograría ser la mujer principal de la casa. Todos los que ella consideraba dignos estaban felizmente casados y buscaban relaciones ligeras.
Al final, ella y Márcio trabajaron juntos, parecían locamente enamorados durante dos años intensos. Él incluso le alquiló un piso (más por comodidad que por amor), pero cuando empezó a oler a comida frita, le soltó que debían separarse y que ella debía irse de la empresa. Así mismo, ella volvió a vivir con sus padres y su hijo. Su madre la consolaba como sólo una madre puede, y su padre insistía en que el niño debía crecer con su madre.
Marisa, la esposa de Márcio, había notado que él atravesaba una crisis de la mediana edad. Tenía todo, pero le faltaba algo esencial. No quería pensar que ella pudiera ser lo más importante para él, así que trató de suavizar la situación, preparando sus platos favoritos, siempre impecable, sin entrar en discusiones profundas, aunque a ella le faltaba ese contacto.
Intentó animar al nieto y al huerto, pero Márcio seguía aburrido y con el ceño fruncido.
Seguramente, porque los dos querían un cambio, el romance entre Márcio y Asunción estalló de golpe. Apenas dos semanas después de su llegada a la empresa, él la invitó a almorzar y la llevó a casa en su coche.
Al tocarla, ella le devolvió la mirada con un rubor.
No quiero separarme. ¿Vamos a mi fin de semana? dijo Márcio entre carraspera. Asunción asintió y el coche arrancó como un cohete.
Los viernes, él salía del trabajo una hora antes, pero a las nueve de la noche la esposa le mandaba un mensaje: Mañana hablamos. Márcio ni siquiera se imaginaba cuán acertada iba a ser esa conversación. Marisa sabía que tras 32 años de matrimonio ya no se puede arder con la misma intensidad.
Pero él era tan cercano que perderlo era como perder una parte de sí mismo. Aunque se quejara, gruñera y, a veces, actuara como un viejo gruñón, seguía en su silla favorita, cenando y respirando a su lado.
Marisa, buscando palabras que detuvieran la ruina de su vida, no durmió hasta el amanecer. De la desesperación sacó el álbum de bodas donde aparecen jóvenes y radiantes. ¡Qué bella era! Todos soñaban con ella. El marido debía recordarla. Pensó que, tal vez, él la vería de nuevo y comprendería que no todo se puede desechar.
Sin embargo, él volvió solo el domingo y ella comprendió que todo había acabado. Frente a ella estaba otro Márcio, lleno de adrenalina, sin incomodidad ni vergüenza. A diferencia de su esposa, que temía al cambio, él lo ansiaba y lo aceptó sin titubeos, con una voz que no toleraba rechazos.
Desde ese momento, Marisa se sintió libre. Mañana presentará el divorcio. Su hijo y su familia se mudarán con ella, porque la casa de dos habitaciones que había heredado de su padre le corresponde legalmente. Cambiará a un piso de tres habitaciones con su madre, sin que eso empeore la vida de la joven familia; él se quedará con el coche y la casa de campo, que seguirá usando para descansar.
Marisa se dio cuenta de que se veía triste y poco atractiva, pero no pudo contener las lágrimas. Le costaba hablar, las palabras se le enredaban. Le suplicó que se detuviera, que recordara su salud, al menos la suya Eso le enfureció. Se acercó y le susurró, casi gritando:
¡No me arrastres a tu vejez!
No tiene mucho sentido decir que Asunción se enamoró de Márcio y aceptó su propuesta la primera noche en la casa de campo. El hecho de que él fuera casado le resultaba atractiva, y la respuesta del amante que la había rechazado la caldeó el corazón.
Cansada de vivir en un piso donde el padre la vigilaba con su mirada severa, quería estabilidad, y Márcio le ofrecía eso. No era la peor opción, según ella.
A sus sesenta años, Márcio ya no parecía un abuelo, sino un hombre corpulento y juvenil, jefe de departamento, inteligente, simpático y, en la cama, atento, no egoísta. No había problemas de dinero ni de robos. Solo quedaban dudas sobre la diferencia de edad.
Con el tiempo, a Asunción le empezó a pesar la desilusión. Se sentía todavía una jovencita y quería emociones, conciertos, ir a parques acuáticos, tomar el sol en la playa con un bikini atrevido y pasar tardes con sus amigas. Su juventud le permitía combinar todo eso con la vida familiar, e incluso el hijo que ahora vivía con ella no le impedía llevar una vida activa.
Márcio, por su parte, era un abogado experimentado, resolvía mil asuntos al día, pero en casa se mostraba cansado, buscaba silencio y respeto a sus costumbres. No se oponía al sexo, pero se iba a la cama a las nueve casi siempre. Además, su estómago ya no aguantaba frituras, embutidos ni comida industrial; su exesposa siempre le hacía falta con sus platos al vapor. Asunción cocinaba para su hijo sin saber por qué le dolía el costado al comer carne de cerdo.
Ni siquiera llevaba un registro de sus pastillas, pensando que un hombre adulto podía gestionarlas solo. Así, gran parte de su vida transcurría sin él. Se dedicaba a su hijo, a sus amigas y a sus intereses, mientras la edad de Márcio le empujaba a apresurarse a vivir.
Ya no trabajaban juntos; la dirección consideró poco ético y Asunción pasó a una notaría. Se alegró de no pasar todo el día bajo la mirada de un hombre que le recordaba a su padre.
El respeto era lo que Asunción sentía por Márcio. ¿Podría eso ser suficiente para ser felices? Se acercaba su sexagésimo cumpleaños y ella quería una gran celebración, pero él reservó una mesa en un pequeño restaurante al que ya había ido mil veces. Parecía aburrido, pero eso era normal a su edad. Asunción no se preocupó.
Los compañeros de trabajo de Márcio, esas parejas con las que antes compartía cenas con Marisa, resultaron incómodas de invitar. La familia estaba lejos y él no encontraba apoyo en su nuevo matrimonio.
Su hijo ya no estaba. Se había alejado. Pero, ¿acaso un padre no tiene derecho a decidir su vida? Al casarse, pensó que gestionar sería diferente.
El primer año con Asunción fue como una luna de miel. Le gustaba salir con ella, reírse, animarla a gastar (sin derrochar), ir al gimnasio y a conciertos ruidosos. Con el tiempo, le dio a Asunción y a su hijo la titularidad del piso. Más adelante, le cedió su parte de la casa de campo a su exesposa, que la vendió para comprar otra vivienda y así su hijo encontró un piso de dos habitaciones, mientras Marisa se mudó a un estudio. A Márcio ya no le interesaba cómo vivían.
Y llegó el día de su sexagésimo aniversario. Un montón de gente le deseó salud, felicidad y amor, pero él ya no sentía esa chispa. Cada año, la insatisfacción se hacía más conocida.
Amaba a su joven esposa, aunque no podía seguir su ritmo. No lograba dominarla, ella seguía sonriendo a su manera. No se permitía nada extra; él lo sentía, pero le irritaba.
¡Ay! Si pudiera volver a darle a su esposa la dulzura de la antigua Marisa, que le sirviera té de manzanilla, le cubriera con una manta cuando se quedara dormida Márcio disfrutaría paseando con ella por el Retiro, susurrándole en la cocina, pero Asunción ya no aguantaba sus largas charlas y empezaba a aburrirse en la cama. Él se ponía nervioso y eso lo fastidiaba.
Márcio lamentaba haber precipitado el divorcio. Los hombres sabios convierten a sus amantes en fiestas, y a ella en esposas.
Asunción, con su temperamento, se mantendría como una niña de diez años, juguetona y enérgica, aunque pasaran los cuarenta. Esa brecha solo se ampliaría. Si tuviera suerte, terminaría su vida en un momento; si no, seguirá dándole vueltas al asunto.
En medio de esa reflexión, vio a Asunción entre la gente que bailaba, hermosa, con los ojos brillantes. La felicidad le sonreía al verla a su lado.
Salió del restaurante pensando en respirar aire fresco, pero se cruzó con sus colegas invitados. Sin saber qué hacía con esa irritación creciente, tomó un taxi que estaba en la acera y le pidió que acelerara. Más tarde decidiría a dónde ir.
Quería ir a un sitio donde solo importara él, donde lo esperaran y donde el tiempo se valorara sin que tuviera que mostrarse vulnerable o, peor aún, viejo.
Llamó a su hijo y, casi suplicándole, pidió la nueva dirección de su exesposa. El chico, aunque algo molesto, le explicó que la madre ya no estaba sola; no necesitaba a ningún hombre, sólo a un amigo.
Mamá dijo que estudió con él, el apellido suena gracioso ¿Bulkovich? dijo el hijo.
Bulkovich corrigió Márcio, sintiendo un cosquilleo de celos. Sí, estaba enamorado de ella antes; era popular, guapa, audaz.
Se había casado con ese Bulkovich, pero él la rechazó. Eso fue hace años, pero todavía le parecía más real que su vida actual con Asunción.
Su hijo preguntó:
¿Para qué quieres eso, papá?
Márcio se estremeció al oír su voz y admitió, casi sin saber cómo:
No lo sé, chiquillo.
El chico le dio la dirección. El conductor, a petición, se detuvo. Márcio salió, sin ganas de hablar con Marisa delante de testigos. Miró la hora: casi las nueve. Ella era como un búho que aun cantaba como ruiseñor para él.
Presionó el timbre del intercomunicador, pero la respuesta no fue la de su exesposa, sino una voz masculina y algo ronca.
María está ocupada dijo.
¿Qué le pasa? ¿Está bien? preguntó Márcio, preocupado.
Soy yo, el señor Bulkovich replicó.
El hombre le corrigió con arrogancia que él ya no era su derecho, que él era el exmarido, que no tenía permiso para molestar a María. No quiso explicar que su amiga estaba bañándose.
¿El viejo amor no se oxida? insistió Márcio con sarcasmo celoso.
No, se vuelve plateado respondió Bulkovich.
La puerta nunca se abrió
Bueno, tía, esa es la historia completa. ¡Cuéntame qué te parece! Un abrazo fuerte.







