Lo único que se remueve en mi memoria cuando pienso en mi padre son los gritos, los reproches, las broncas. Vivíamos en la penumbra de la pobreza, mientras mi madre trabajaba sin descanso hasta bien entrada la noche para traer a casa el pan. Mi padre, en cambio, parecía buscar excusas para comenzar otra disputa. Un día, como detrás de una cortina de niebla, fuimos al mercado de la Plaza Mayor en Madrid a comprar hortalizas. El vendedor, con ese humor castizo, bromeó con mi madre y todos reímos en voz baja. Mi padre la miró con una frialdad de piedra, sin pronunciar palabra.
En casa, el eco de su voz retumbó por todo el edificio, tanto que los vecinos escucharon sus berridos subidos a la luna. Después vino el silencio y el golpe seco, cuando golpeó a mi madre. Más adelante, otro episodio se mezcló con el humo de los recuerdos: un compañero de trabajo de mi padre, tomando café en la barra de un bar, comentó entre risas que yo no tenía ningún parecido con mi padre, más bien que era igual que mi madre, que de él no heredé ni las cejas. Apenas tenía doce años entonces. Fue justo en esos días cuando mi padre nos abandonó, diciendo que mi madre me había consentido demasiado.
Nos quedamos con tan poco dinero que ni para comer teníamos algunas semanas. Él nunca pagó la pensión alimenticia y mi madre, cansada de peleas, no quiso llevarlo ante el juzgado. Así, sola, tuvo que apañárselas y buscar otro trabajo en una cafetería. Mientras yo estudiaba en el instituto, hice todo lo posible por entrar a la Universidad Complutense. Finalmente, conseguí un empleo sobre el que nunca podré recordar si fue real o imaginado.
En un giro que parece sacado de un sueño, me casé y logré ayudar a mi madre, devolviéndole parte de lo que había perdido. Y justo hace poco, como si fuera una carta caída del cielo, recibí un mensaje. Era de mi padre. Decía que quería retomar el contacto conmigo. Me siento como flotando sin rumbo; algunos conocidos me aconsejan que lo vea y que charle con él, pero la verdad es que no me nace hacerlo. El momento en que nos dejó sigue vivo en mí, como una vieja fotografía borrosa. Ahora mi padre es un extraño, una figura sin rostro entre la multitud. No le he contado a mi madre sobre ese mensaje, y sigo sin saber qué hacer mientras la vida sigue su curso, como el agua de un río que nunca regresa.







