Con la llegada de la primavera, mis padres decidieron poner en venta esa pequeña finca familiar. Ya eran mayores y la salud, que nunca había sido robusta, les impedía atender el huerto como antaño. Mi hermana mayor, Carmen, tenía sus propios hijos a quienes cuidar, su trabajo era absorbente y le faltaba el tiempo para ayudarlos. Tras muchas reflexiones, finalmente tomaron la decisión.
Carmen se sintió aliviada: ya no tendría que escuchar reproches continuos. Era complicado encontrar un hueco para colaborar en la huerta, sobre todo porque necesitaba desplazarse hasta las afueras de Madrid. Varias veces Carmen había sugerido vender. Quizá, con lo ganado, podrían adquirir una parcela más cercana a casa. No quería pasar todos los fines de semana quitando malas hierbas y regando. Prefería un rincón donde leer tranquilamente o hacer un merendero con sus hijos. Para mí, aquel terreno representaba el lugar donde preparábamos conservas caseras.
Los fines de semana pasaban volando para Carmen y su esposo, Francisco. Apenas quedaba tiempo para tareas domésticas. Por culpa de su profesión, a Francisco podían llamarle a trabajar incluso en días de descanso. Carmen tenía clarísimo que la finca daba más molestias que alegrías. Si después de pasar el sábado y domingo allí hacía falta unos días de reposo, algo no iba bien.
Carmen celebró la decisión y el terreno se vendió. Durante unos años vivieron tranquilos. Sin embargo, el deseo de un lugar para desconectar comenzó a rondarle la cabeza. Soñaba con una pequeña parcela donde los niños y ella pudieran disfrutar al aire libre. Francisco le propuso buscar ese terreno.
El trabajo se estabilizó. Los fines de semana podían escaparse juntos al campo, aprovechar el aire puro. Sería bueno también para los hijos. Decidieron que no habría grandes huertos: sólo unos árboles y arbustos frutales, suficientes para dar vitaminas a los niños. Informaron a los padres de que ese sitio sería solo para descansar, nada de plantar ni plantar bancales. La idea gustó a todos. Solo quedaba elegir el sitio adecuado.
Revisaron varias opciones y al final hallaron lo que buscaban: una pequeña casa cómoda, lista para habitar y con las plantas que deseaban. El vendedor era un abuelo, Don Antonio. Había enviudado, y ya no podía cuidar él mismo el huerto. Así que decidió venderlo.
Se cerró el trato enseguida. Carmen estaba feliz, su sueño se había cumplido. La casa, sencilla pero fuerte, no requería renovaciones aún. Decidieron mejorarla durante el verano. Y así lo hicieron.
Disfrutaron una semana de tranquilidad. Pero pronto Don Antonio, el antiguo dueño, empezó a visitarlos. Les avisaba de que iba a recoger algunas cosas. Nadie protestó. Sin embargo, comenzó a quejarse. Al principio por unos arbustos, que según él se habían desechado. Estaban secos. Luego por los lirios, que ya no necesitaban.
Don Antonio insistía en que no se había acordado cambiar nada. Según él, los arbustos los había plantado hace años con su mujer, y el madroño era indispensable. Al descubrir que donde antes estaban las fresas ahora había piedras decorativas, lanzó más reproches.
Recorrió la finca y encontró motivos para lamentarse en cada rincón. Finalmente, Francisco no aguantó más y habló claro. Habían pagado los euros por ese pedazo de tierra; según el contrato firmado, era de su propiedad. Ahora les correspondía decidir qué poner y dónde.
La venta no incluía derecho de uso para el anterior dueño. De saberlo, jamás habrían firmado el acuerdo. Don Antonio se marchó. Pero al día siguiente regresó llevando consigo un arbusto, dispuesto a plantarlo en el sitio de los rosales.
Francisco, extrañado, le preguntó qué pretendía. Entonces el abuelo ofreció devolverles el dinero y quedarse él con el terreno. Rechazaron la oferta, pero aun así plantó el arbusto. Poco después, apareció la vecina, Doña Teresa. Se sorprendió al ver al antiguo propietario y escuchó sus lamentos sobre los nuevos dueños. Teresa defendió a Carmen y Francisco, afirmando que tenían derecho a decidir sobre la parcela. Sin embargo, transmitir esa idea al abuelo era una tarea complicada.
Con el tiempo, Doña Teresa comentó que Don Antonio se había enemistado con toda la calle. Desde la muerte de su esposa, su carácter era especialmente peculiar. Nadie esperaba una convivencia tranquila: seguía viniendo constantemente. Teresa quiso advertirles y se ofreció a ir al ayuntamiento para explicar la situación al abuelo.
Mientras conversaban, Don Antonio aprovechó para plantar un arbusto y marcharse con disimulo. Regresaba para buscar pertenencias, hacía alguna labor y se iba de nuevo.
Por la mañana, Francisco fue a trabajar. Era empleado de una empresa de obras públicas. Compartió la historia y sus compañeros le explicaron que el terreno se entregaba con dote. Sin embargo, no dudaron en ayudar: empezaron a levantar una valla. El abuelo desapareció durante unos días. Cuando regresó, comprobó que ya no podía acceder a la finca a voluntad.
Se quejó, protestó, intentó entrar, y terminó yendo al ayuntamiento. Allí ya sabían de su costumbre de dificultar la vida a los nuevos propietarios. No sé lo que le dijeron, pero desde entonces solo volvió una vez, a recoger sus últimas cosas.







