Oleg se casó con Nadia para darle celos a su amada. Quería demostrarle que no sufría porque ella le había dejado.

Mira, te voy a contar la historia de cómo Pablo acabó casándose con Carmen, todo por despecho después de que su gran amor le dejara. Quería convencer a todos, y sobre todo a sí mismo, de que no le importaba nada que Lucía le hubiera dejado tirado.

Pablo y Lucía llevaban saliendo casi dos años. Él estaba completamente colado, de esos que harían cualquier cosa, capaz de mover el cielo y la tierra si ella se lo pedía. Creía que iban directos al altar. Eso sí, no le hacía mucha gracia escucharla decir tan a menudo aquello de:

¿Para qué vamos a casarnos ahora? Me queda una carrera por terminar, y tú en la empresa no levantas cabeza. Ni coche medio decente, ni casa propia. Vale que Elena es mi mejor amiga, pero no quiero cruzármela cada mañana en la cocina. Si por lo menos no hubieras vendido la casa de tus padres, podríamos vivir allí

A Pablo le escocían esos comentarios, pero tampoco podía decir que Lucía no tuviera razón. Vivía con su hermana en el piso que heredaron, y apenas empezaba a llevar las riendas del negocio familiar. ¿Quién le iba a decir que le iban a tocar tantas responsabilidades antes de acabar la universidad? Bastante hacía con intentar reflotar la tienda y terminar la carrera al mismo tiempo.

La casa la vendieron de mutuo acuerdo con Elena, su hermana. Era una cuestión de supervivencia para mantener la empresa a flote. Durante el medio año que estuvieron esperando recibir la herencia, las deudas no paraban de crecer y ambos estaban estudiando: Pablo a punto de acabar, Elena en tercero. La venta del piso sirvió para pagar lo que debían, invertir en nuevo stock para la tienda y aún sobró un colchón para imprevistos.

Lucía, eso sí, quería vivir el presente, nada de soñar con un futuro que tal vez no llegaría. Claro, fácil decirlo cuando tienes la vida resuelta en casa de los padres. Pero cuando te toca de repente ser el mayor, el que cuida y saca adelante a tu hermana, te cambia la perspectiva. Era cuestión de tiempo que las cosas mejoraran: buen coche, casa propia, jardín. Todo eso llegaría.

Parecía que todo iba rodado. Él iba a reunirse con Lucía delante de los Cines Ideal, ya habían quedado por teléfono para ver esa peli nueva. Lo curioso es que fue Lucía quien insistió en que no la recogiera en casa. Él se extrañó, sabía que a ella nunca le había gustado ir en bus. Estaba esperándola subido a la acera, mirando hacia los autobuses, y de repente la vio llegar en un cochazo.

Lo siento, Pablo. No podemos seguir juntos. Me caso con otro le dijo poniéndole un libro en las manos y subiendo al coche sin mirar atrás.

Pablo se quedó allí quieto, intentando digerir lo que acababa de ocurrir. ¿Qué había pasado en esos tres días que él había estado fuera?

Cuando volvió a casa, Elena lo leyó todo en su cara:

¿Ya te has enterado? preguntó.

Él asintió en silencio.

Se ha echado un Prado nuevo y se casa el día veinticinco. Hasta me llamó para preguntarme si quería ser su testigo. Menuda caradura. Estuvo tonteando con el otro a espaldas tuyas dijo, y se echó a llorar por la rabia.

Tranquila la abrazó Pablo, acariciándole el pelo como cuando era niña. Que le vaya bien nosotros pronto estaremos mejor.

Se encerró en su habitación casi un día entero. Elena le dejaba notitas bajo la puerta:

Anda, sal al menos a comer. He hecho unas tortitas riquísimas.

Por la tarde, Pablo salió con los ojos encendidos:

Vístete, le dijo a su hermana.

¿Qué se te ha ocurrido? preguntó ella, recelosa.

Voy a casarme con la primera que diga que sí le soltó él.

No puedes hacer locuras, Pablo. No solo te juegas tu vida intentaba hacerle entrar en razón Elena.

Pero no había forma.

Si no me acompañas, voy solo le espetó.

Fueron al parque, que un sábado por la tarde estaba lleno de gente. La primera chica a la que preguntó puso cara rara. La segunda se alejó de él como si fuera un desequilibrado. Pero la tercera, que le miró bien a los ojos, aceptó.

¿Y tú cómo te llamas, guapa?

Carmen respondió ella.

Habrá que celebrar el compromiso y se llevó a Carmen y a Elena a una cafetería.

En la mesa nadie decía una palabra, y Pablo no paraba de pensar en que, si Lucía se casaba el día veinticinco, él también lo haría ese día, costara lo que costara.

Supongo que tendrás alguna razón de peso para pedirle matrimonio a una desconocida dijo Carmen, rompiendo el silencio. Si te arrepientes, de verdad, no me molesto y aquí termina todo.

Ya está hecho. Palabra dada, mañana entregamos los papeles y después a presentarme a tus padres respondió Pablo, guiñando un ojo. Por cierto, tuteémonos, ¿no?

Durante el mes previo a la boda, se veían a diario, hablaban, se iban conociendo. Carmen, muy directa, le preguntó un día:

¿Vas a explicarme algún día a qué viene esto?

Todos tenemos algún secreto, respondió evasivo Pablo.

Mientras no nos amarguen la vida

¿Y tú por qué aceptaste?

Me imaginé como una princesa de cuento, de esas que el rey casa con el primero que pasa, y al final terminan “felices y comiendo perdices”. Pensé: a ver si el cuento era cierto.

En realidad, Carmen tampoco tenía el corazón para fiestas. Había tenido su historia de amor con final trágico y unas cuantas decepciones, y aunque no buscaba príncipes azules, sí sabía que necesitaba a alguien con dos dedos de frente y carácter para tomar decisiones. En Pablo vio seguridad y determinación. Si llega a estar con colegas en lugar de con su hermana, ni se habría parado.

Y tú, ¿qué princesa serías? le preguntó Pablo. ¿Blanca Nieves, Caperucita o La Bella Durmiente?

Bésame y lo descubrirás, le soltó ella, vacilándole.

Pero nada de besos ni nada por estilo; todo muy sobrio.

Pablo se encargó personalmente de todo lo de la boda. Carmen solo tenía que ir eligiendo entre las opciones que él le proponía. Hasta el vestido fue él mismo a elegirlo, no delegó en nadie.

Vas a estar preciosa le repetía.

Y mira por dónde, el día de la boda, allí en el registro civil, se cruzaron con Lucía y su flamante novio. Pablo puso su mejor sonrisa y le plantó dos besos en la mejilla a su ex:

Enhorabuena, Lucía. Que seas feliz con tu tarjeta de crédito con patas.

No montes un numerito, le contestó ella, molesta.

Lucía no pudo evitar echarle un vistazo a Carmen: alta, guapísima, elegante, y con un porte de reina. Ella, al lado, se veía pequeña y vulgar. No sintió felicidad, solo una punzada de celos y la amarga sensación de que había cometido un error.

De vuelta con Carmen, Pablo le dijo:

Todo está bien.

Aún estás a tiempo de echarte atrás le susurró ella.

Ya no. Ahora jugamos la partida hasta el final.

Pero fue durante la ceremonia, al mirar a los ojos a su ya esposa, cuando Pablo comprendió la gran locura que acababa de: cometer.

Te haré feliz, Carmen le prometió, y en ese momento creyó cada palabra.

Así pasaron a la vida de casados. Elena y Carmen congeniaron a la perfección; se complementaban y daban equilibrio al hogar. Elena, siempre tan emocional, aprendió a controlarse, y Carmen, con su carácter práctico, organizaba la casa y, sin que nadie lo notara, tomaba las riendas de todo.

Carmen era una hacha con los números y la gestión. Pronto puso en orden las cuentas, y a los seis meses ya habían abierto un segundo local. Más adelante incluso montaron equipos de reformas: su negocio ya no era solo vender materiales de construcción, sino también ofrecer reformas integrales y los beneficios se dispararon.

Era la encarnación de Carmen la Sabia: le daba una vuelta a todo y conseguía que Pablo creyera que las ideas eran suyas. Parecía que todo iba viento en popa, pero a Pablo le faltaba esa chispa, ese “algo” que sentía con Lucía. Todo era estable, previsible, tranquilo. “Rutina”, pensaba, “me está atrapando como un pantano. No la amo. Y punto”.

Gracias a Carmen, el negocio subió de nivel y empezaron a construir chalés enteros, incluidos el suyo propio. Cuanto mejor les iba, más pensaba Pablo en la dichosa Lucía: “Si pudiera verte ahora en mi cochazo. Y la casa, ni te cuento: ¡es un palacio!”. Se preguntaba una y otra vez: “¿Y si?”

Carmen notaba que su marido andaba raro. Ella se esforzaba por ganarse su amor, pero ya se sabe, al corazón no se le puede ordenar. “No todas las historias terminan como los cuentos”, pensaba ella con desánimo, aunque tampoco perdía del todo la esperanza, que para eso se llamaba Carmen.

Elena también se dio cuenta de que Pablo andaba distraído.

Vas a perder mucho más de lo que puedas imaginar le advirtió una tarde, pillándolo buceando en el perfil de Lucía en las redes.

¡Déjame en paz! saltó Pablo.

Elena lo miró serio, con un cabreo de esos de hermana mayor:

Eres tonto. Carmen te quiere de verdad, y tú sigues jugando a ver si suena la flauta.

Pablo se indignaba: “Encima que esta cría me va a dar lecciones…”. Pero era verdad: no podía sacarse a Lucía de la cabeza. Así que un día, ni corto ni perezoso, le escribió. Lucía le contó que su matrimonio se fue al garete, que su marido la echó de casa sin nada, que no terminó ni la carrera, y que curraba de lo que podía, pagando alquiler en Madrid.

Pablo estuvo días dudando: “¿Voy o no voy?” Y encima Carmen se marchó a pasar una semana al pueblo con la abuela enferma. Tentación servida. Al final, decidió ir a Madrid para verse con Lucía.

Iba tan motivado que casi se salta los límites de velocidad por la carretera. Hasta se imaginaba lo que iba a decirle, cómo la llevaría a cenar, todo.

Pero la realidad fue brutal.

Mira qué guapo estás, Pablo se abalanzó Lucía nada más verlo.

A él le llegó un olor ácido, un cuerpo que no se había duchado, y quiso apartarla enseguida:

Nos está mirando la gente

¿Y qué más da? se rio ella, pasadísima.

Minifalda, un maquillaje barato, perfume sospechoso no quedaba nada de la Lucía que él recordaba. Carmen, en comparación, le parecía ahora insuperable. “Pero si siempre ha sido así ¿cómo no lo vi antes?” pensaba mientras la miraba beber cerveza tras cerveza.

Dame dinero y te lo compenso dijo Lucía, pasándose la lengua por los labios.

Pablo solo pensaba en largarse de ahí.

Perdona, tengo que irme se levantó.

¿Quedamos luego, no?

Lo dudo mucho le dijo a un camarero, dejando un billete de 50 euros en la bandeja. Que la señorita pida lo que quiera con esto.

El camarero supo de qué iba la cosa.

Volvió a casa como alma que lleva el diablo.

Menudo idiota soy pensaba, cabreado. ¡Tenía razón Elena! ¿Pero he hecho bien? ¿O era justo lo que necesitaba hacer?

De repente le vino a la cabeza: “Jamás he llamado a Carmen cariño, ni siquiera me he dado cuenta de que desde que me casé, no tengo nadie más cercano que ella”.

Frenó en seco. Se quedó sentad en el coche, recordando todos esos años junto a Carmen, la imagen de su esposa, sus ojos azul claro, cómo le sonríe, cómo le acaricia el pelo con esos dedos perfectos.

“Le prometí hacerla feliz”, reconoció. Miró el GPS, arrancó y, sin pensarlo, cogió el desvío hacia el pueblo, conduciendo por aquellos caminos rurales hasta llegar a la casa de la abuela.

Aparcó y cuando vio salir a Carmen, no aguantó más.

Una semana es demasiado. No puedo pasar sin ti ni dos días le confesó cuando salió a su encuentro.

¡Quién te entiende! decía Carmen, con lágrimas y sonrisa a la vez.

Carmen, mi vida susurró él, y los dos se fundieron en un abrazo mientras la felicidad les rodeaba por completo.

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Elena Gante
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Oleg se casó con Nadia para darle celos a su amada. Quería demostrarle que no sufría porque ella le había dejado.
El abuelo ya no está