Diario de Francisca García
Hoy, una vez más, me sorprendo reflexionando sobre la rutina de los fines de semana y las visitas de mis hijos. Tengo dos hijos ya mayores, María y Álvaro. Para mí siguen siendo mis pequeños, pero son adultos con sus propias familias. Álvaro tiene dos niños, y María de momento solo uno. Viven en Madrid, así que vienen a menudo a pasar unos días a mi casa en Segovia. Pero cada año estas visitas me resultan más agotadoras.
Ya de entrada, mis hijos llegan como si mi casa fuese una casa rural con todos los servicios incluidos. Siempre he sido muy hospitalaria: preparo los dormitorios, hago la compra, cocino diferentes platos típicosel cocido, tortillas, asadostal como me enseñó mi madre. En esta familia siempre se ha recibido a los invitados con la mesa llena y la casa impecable. Recuerdo que cuando yo visitaba a mi madre, nunca me permitía sentarme y dejarle todo el trabajo; mi hermana y yo la ayudábamos a limpiar, lavábamos los platos, cuidábamos a los niños, incluso comprábamos ingredientes para que no tuviera que cargar con todo. La abuela nunca nos exigió nada, pero nosotras sabíamos lo difícil que era para ella.
Sin embargo, ahora veo que mis hijos y sus parejascon ellos no tengo nada que reprochar, son invitados y al fin y al cabo somos extrañosno han aprendido a colaborar. Vienen, disfrutan, comen, ven la televisión, me dejan los nietos y se van por ahí a pasear o visitar amigos. Yo, mientras tanto, lavo los platos, preparo la comida y la cena, paso la mopa, cuido de los pequeños… La casa se llena de ruido y vida, pero también de trabajo.
Con cada visita, noto que se me hace más cuesta arriba. Me duele la espalda y ya no tengo la energía de antes para pasarme horas ante los fogones. Sin embargo, no consigo quitarme el impulso de cumplir: recibir a los míos como corresponde es sagrado en mi casa. El fin de semana me ilusiona, pero luego me paso la semana entera recuperándome de la paliza.
Sé que necesito ayuda, pero se me hace difícil pedirla. Me da vergüenza: temo que piensen que no estoy contenta con ellos, y en realidad disfruto mucho de su compañía. Lo cierto es que lo llevo todo a cuestas y estoy agotada. Hay cosas que ya ni puedo hacer sola. Pero pedir ayuda… uf, qué difícil. Siempre pensamos que podemos con todo, así nos educaron nuestros padres: a no molestar, a sacar las cosas adelante por nosotros mismos. Y por eso sufro en silencio y no encuentro la forma de librarme de esta carga.
Me pregunto, ¿por qué mis hijos no se dan cuenta? ¿Por qué no me ofrecen una mano, por iniciativa propia? Ya no tengo veinte años ni tengo la fuerza de dos corazones. Al final nadie se ofende ni se da por aludido, pero yo me siento herida. Me duele y no sé cómo resolverlo… No sé si será cuestión de hablarlo o simplemente resignarme y seguir adelante como siempre.







