El gato, que ya casi se resignaba a morir solocongelado, derrotado por el hambre, el abandono y la desesperanza, sintió de repente a su lado algo diminuto y cálido
Lo echaron. Así, sin más. Después de diez años formando parte de una familia.
El motivo fue el consejo de un médico: al parecer, el recién nacido podría tener alergia al pelo de animal. Ese ambiguo podría ser fue la sentencia que selló el destino del gato.
Como era de esperar, nadie quiso hacerse cargo de un gato ya adulto, con una década a cuestas. El hombre, sin pensarlo demasiado y sin el menor remordimiento, lo sacó y lo dejó en la calle. Ni siquiera en la suya, sino en el patio vecino. Entre charcos y escarcha, en pleno temporal de frío. Sabía perfectamente que el gato no encontraría el camino de vuelta y que, con el frío que anunciaban en la radio, difícilmente sobreviviría a la siguiente noche.
Un cálculo frío. Una lógica despiadada.
Si el destino no hubiera querido intervenir, todo habría acabado allí. Pero algo cambió el curso de la historia. El gato, ya entregado a la derrota, notó de pronto a su lado un ser diminuto, caliente.
Haciendo un esfuerzo, se movió un poco. Giró la cabeza y se quedó paralizado.
Frente a él, dos bolitas minúsculas se acurrucaban, mirándolo con ojos abiertos de par en par, llenos de esperanza y confianza.
No puede ser pensó con rabia resignada. Ni morir en paz me dejan. ¿Por qué este castigo?
Eran gatitos. Ellos también habían sido abandonados. Dos crías, a la misma intemperie helada. El motivo importaba poco. El hecho era que, si él se rendía, ellos tampoco sobrevivirían. Se congelarían, amontonados contra su cuerpo inerte.
Comenzó entonces a mover las patas entumecidas por el frío. Los recogió bajo su cuerpo, los pegó a él y empezó a lamerlos. Los gatitos se encogían entre sus brazos, temblando, pero confiando en él como si fuera algo más que una madre, como si fuera su salvación.
Vaya lío suspiró para sus adentros.
El hambre le retorcía el estómago. Imaginaba cómo sería para los pequeños. Se levantó, cojeando, y fue hacia unos contenedores buscando el rastro de alguna comida.
Rebuscando como pudo, encontró un par de trozos de albóndiga congelada y unas vísceras de pollo. Llevó todo ante los pequeños, y dejó que comieran hasta saciarse antes de acabar los restos él mismo. Cuando acabaron, los gatitos, satisfechos, se acurrucaron bajo su vientre y se durmieron ronroneando.
El sueño le envolvió de repente.
Lo despertó una voz de niña:
¡Mamá! ¡Papá! ¡Mirad, una gata con gatitos!
A punto estuvo de sonreír con sorna. Claro, gata…
Pero la niña no era de las que pasan de largo.
A los diez minutos regresó. En una mano, una bolsa de comida diseñada para gatos; en la otra, una manta vieja pero bien caliente. Los tres dejaron de retozar sobre el asfalto helado y descansaron, por fin, sobre el suave mantel.
Una hora después, la niña volvió con su padre. Él traía una caseta hecha a mano con tablones viejos. En la puerta, un cartel escrito con rotulador rojo: NO MOLESTAR. NO ECHAR. LES DAMOS DE COMER. PISO 3B.
El resto de la tarde, los vecinos fueron acercando latas de comida, restos del almuerzo, potitos de bebé. La ternura y el cariño recorrieron toda la escalera.
A la mañana siguiente, la niña y su padre volvieron a ver a la mamá gata y sus crías. Después de comer, los pequeños ni siquiera llegaron a arrimarse al viejo gato antes de dormirse de puro exhaustos.
Al caer la tarde, cuando la familia regresó, los gatitos corrieron a por mimos de la niña.
El gato, desde su refugio, apenas bostezó. Ni pensó en acercarse. Le habían fallado antes. ¿Para qué volver a confiar?
Mamá dijo la niña, no has dado de comer a la mamá de los gatitos. Ella también debe tener hambre
Déjalo, hija respondió la madre. Ya es mayor, sabrá buscarse la vida.
¿Qué mamá ni qué mamá? preguntó el padre. Si eso es un gato, no una gata.
¿Cómo? frunció el ceño la mujer. Pero si cuida a los cachorros, los limpia, los protege ¡Eso sólo lo hace una gata!
Fíjate bien se rió el hombre. De madre no tiene nada, ni rastro de cría.
La mujer se acercó y, agachándose, acarició el vientre del animal. Él reaccionó molesto, clavando en ella una mirada de reproche.
¡Dios mío! susurró. Es verdad, es gato
Vaya, ahora lo entiende, ironizó él en silencio.
O sea, ¿tú solo, en este infierno de hielo, los has cuidado? ¿Los has alimentado, abrigado?
El gato ni se movió. ¿Qué le importaba lo que dijeran? Sólo quería dejar bien a los pequeños y desaparecer luego, sin testigos y sin dramas.
Pero el destino tenía otros planes.
La mujer no se fue. Se echó a llorar.
Mamá susurró la niña, apretando a los gatitos, mírale. Es doméstico, seguro que lo han abandonado hace poco
Sí asintió el padre, para alguien era un estorbo. Y, en vez de dejarse morir, ha sido madre para ellos. Ha aplazado lo inevitable por dos desconocidos.
¿Me queréis hacer llorar o qué? dijo la madre, sollozando.
Sólo cuento los hechos contestó el hombre en calma.
La mujer, entonces, levantó al gato y lo apretó contra su pecho.
Él se tensó, dispuesto a saltar pero, sin saber cómo, maulló y ronroneó. Ni él mismo se explicó por qué.
Creyó que, tras alimentarle y curarle, volvería a la calle. Pero
Acabó en la bañera, a remojo con champú. Se quejaba, pero la niña y la madre lo mimaban y calmaban.
Después recibió una toalla tibia. Un sofá mullido. Comida caliente. Y los gatitos, como siempre, bajo su vientre hasta caer rendidos.
Un auténtico héroe susurró la mujer, acariciándole el lomo. No todo el mundo haría esto.
Qué zalamera, pensó el gato mientras bostezaba. Bueno, igual mañana araño a alguien.
Pero, en vez de gruñir, volvió a ronronear. La niña se echó a reír.
En fin quizá no arañe. Puede que de verdad sean buena gente.
Apretó a los cachorros y los limpió con cariño. La mujer lloraba de nuevo.
Qué cosas tienen estas mujeres Primero te lavan, luego se echan a llorar. Será la conciencia, pensó divertido.
Dormía profundamente, rodeando a los pequeños. Sin saber que tenía razón: fue la madre quien había prohibido traer a casa a la familia felina de la calle; por eso el padre y la hija improvisaron la caseta.
Ahora, los tresel viejo gato y los gatitosdormían hechos un ovillo de pelo suave.
Y la familia, en silencio, contemplaba al veterano felino, que demostró tener más humanidad que muchos.
Al menos no los hemos dejado tirados murmuró la niña.
Y el padre y la madre, simplemente, asintieron.
Tal vez, ese fue el mejor gesto que hicieron en mucho tiempo.







