Dasha llegó a casa antes de lo previsto con dulces y regalos de sus padres. Quería sorprender a su marido, pero Iván, en lugar de recibirla con cariño, la mandó al supermercado. Las consecuencias fueron inesperadas.

Clara llegó a casa antes de lo previsto, cargada de bolsas que sus padres le habían preparado con ilusión. Quería dar una sorpresa a su marido, pero Miguel, en vez de recibirla con cariño, la mandó al supermercado. Las consecuencias fueron toda una sorpresa.

La bolsa pesaba tanto que sentí un pinchazo en el hombro y no pude evitar soltar una exclamación. Últimamente la espalda me estaba dando la guerra, ya era mi compañera constante desde hacía dos meses. Dejé las bolsas cuidadosamente en el bordillo roto junto a la parada del autobús.

Solté un largo suspiro. El bebé dentro de mí dio una patada, incómodo. El sexto mes ya no era ninguna broma, especialmente si decides volver de casa de tus padres tres días antes, queriendo sorprender a tu pareja. Los últimos cien kilómetros de viaje, no dejaba de contar postes por la ventanilla, deseando llegar cuanto antes.

¿Estará Miguel haciendo la siesta ahora? Seguro que ni imagina que ya estoy aquí, a apenas diez minutos andando de casa. El trayecto hasta el portal se me hacía eterno. Las bolsas, llenas de tarros de mermelada casera, chorizo, manzanas del pueblo pesaban como si llevase piedras.

Apenas avancé cincuenta metros cuando supe que no iba a conseguir llegar cargando con todo aquello. La espalda ya me gritaba por el esfuerzo.

Saqué el móvil y marqué su número.

¿Miguel, cariño? susurré cuando, por fin, contestó.

¿Clara? ¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo?

No, todo bien. Ya he llegado. Estoy en la parada, justo delante de casa. ¿Puedes bajar a ayudarme? Las bolsas pesan muchísimo, mi madre no ha tenido piedad…

Hubo un silencio raro. Miré la pantalla por si la llamada se había cortado.

¿Estás en la parada? ¿Ahora mismo? ¡Pero si dijiste que llegarías el jueves!

Quería darte una sorpresa fruncí el ceño. ¿No te alegras? Estoy agotadísima. Baja ya, por favor.

Espera, espera exclamó de repente ¡No subas! Es decir, sí, pero Clara, escucha, en casa no hay nada. Anoche terminé todo. Mira, baja al Día que hay en la esquina y compra un poco de carne, buena ternera. Hoy he pedido el día libre para preparar un almuerzo de verdad y celebrarlo.

¿Carne? me quedé atónita, ¿En serio? Estoy embarazada, de seis meses, con dos bolsas gigantes y quieres que vaya al súper por carne.

Me duele la espalda, Miguel. Hay patatas y huevos en casa. Solo quiero que me acompañes, quiero ducharme y dormir.

Clara, de verdad, quiero que todo esté perfecto. El supermercado está a dos minutos. Compra ternera, y coge unas patatas nuevas porque las que quedan están para tirar. Hay gente por la calle, pide ayuda o ve poco a poco Es por nosotros. Yo mientras dejo todo listo.

Miré mis manos enrojecidas, sentí un nudo de amargura.

¿Estás bien de la cabeza? la voz me temblaba. ¿Me mandas de compras, embarazada, con estas bolsas, solo porque quieres preparar carne?

¿No puedes salir tú a buscarme?

¡Ya he empezado a organizar todo! Si bajo ahora se descontrola. Clara, venga, por favor. Ocho cientos gramos de ternera, nada más. Y una malla pequeña de patatas. ¡Te espero, no tardes!

Colgó. Me quedé mirando el móvil apagado, sin entender nada. Me dieron ganas de llorar ahí mismo, bajo ese frío farol de la acera. En lugar de abrazos, me esperaba la sección de carnicería. A lo mejor está preparando algo increíble, pensé. Respiré hondo, me armé de valor y me fui hacia el supermercado.

En el supermercado empujé el carro entre pasillos vacíos, sintiendo la mirada compasiva de la cajera soñolienta.

La ternera era un bloque y la malla de patatas pesadísima. Para cuando salí de allí ya no sentía las manos; los dedos rígidos como ganchos.

El móvil volvió a sonar.

¿Lo tienes ya? Miguel sonaba sorprendentemente animado.

Sí contesté entre dientes. Ya estoy en el portal. Abre.

¡Para! No subas aún. Espera en el banco de la entrada, solo diez minutos.

¿De verdad? grité sin importarme los pocos vecinos que pasaban. Miguel, llevo las piernas hinchadas de tanto estar de pie.

¡El sorpresa todavía no está listo! Si subes ahora, estropeas todo. Siéntate y respira, cinco minutos, te lo juro. Cuelgo, que si no, no me da tiempo.

Me dejé caer en el banco de madera. Las bolsas sonaron fuerte al dejarse caer. Me daban ganas de lanzar el paquete de carne al balcón de nuestro tercer piso.

Diez minutos. Después veinte. Me hervía la sangre. Imaginaba que al subir vería ¿Qué, exactamente? ¿Flores? ¿Desayuno romántico? ¿Un violinista? Nada valía estar esperando así después de tantas horas de viaje y con mi estado.

A los treinta y cinco minutos sonó el portón. Salió Miguel, despeinado, camiseta al revés, gotas de sudor en la frente.

¡Ya estás aquí! intentó sonreír, cogiendo las bolsas. Estás muy seria Venga, entra, parece que va a llover.

¿Por qué hueles tanto a lejía? le pregunté mientras subíamos, apoyándome en la barandilla.

¡Ya verás! subió al ascensor casi dando saltitos.

Abrió la puerta de casa como si fuese el teatro y esperó aplausos. Entré y me golpeó el olor a lejía y a un ambientador de mar barato.

Pasé por el salón, la cocina, el baño. Todo relucía. Que si las sillas despejadas, la alfombra aspirada, el polvo de las estanterías, los objetos de decoración colocados en fila.

¿Y bien? sonreía orgulloso. ¿Qué te parece?

Clara me quedé mirándolo, sin reconocerle.

¿Esto es todo? pregunté, casi sin voz.

¿Cómo que todo? ¡Estuve tres horas limpiando! El baño, la cocina, fregué por debajo del sofá, lavé toda la vajilla, el váter todo como nuevo. Quería que al llegar lo vieras todo perfecto, que no tuvieras que mover ni un dedo. Si no te pedía lo otro, no hubiera acabado.

Sentí un nudo grueso subirme por el pecho.

¿Me haces cargar bolsas, ir a comprar carne, no bajas a buscarme porque estabas fregando el suelo?

¡Pues sí! dijo levantando las manos. ¡Solo quería hacerlo bien! Siempre dices que no hago nada en casa y quería demostrarte lo contrario. Has llegado pronto y no me ha dado tiempo. Todo ha sido para que al volver encontraras la casa impecable, ¿y ahora te enfadas?

No pude más. Grité:

¡Me da igual la limpieza! Estoy cansada, Miguel, embarazada, ¡con dolor de espalda! Solo quería que me ayudaras, no verte con la fregona en la mano.

Miguel enrojeció, tiró el trapo al fregadero.

¡Siempre lo mismo! gritó de vuelta. Desde la cinco llevo aquí limpiando, y en vez de agradecerlo, saltas. No has visto casa tan limpia ni el día de nuestra boda.

¿Y de qué sirve así? jadeé entre sollozos. Me has hecho esperar fuera media hora, pasar frío, cargar peso, ir a hacer la compra casi arrastrándome. Esto no es una sorpresa, es una tortura.

¿Tortura? fue y vino por la cocina, agitando las manos. Otras mujeres estarían felices. Pero tú solo piensas en ti, Clara. Mi barriga, mi espalda ¡Yo también estoy cansado! No he dormido en toda la noche, esperando sorprenderte.

Me tapé la cara, sollozando.

No entiendes nada, Miguel. Has puesto el suelo por encima de mi salud y la del bebé.

¡No es eso! vociferó. ¡Llegaste antes de tiempo! Si hubieses venido el jueves como dijiste, todo sería ideal. Pero no, tú te presentas antes para arruinarme la sorpresa y hacerme a mí el malo. Eres una desagradecida, Clara.

Fue a la habitación dando un portazo.

El bebé volvió a golpearme desde dentro. Me dejé caer en una silla, mirando el paquete de carne en la mesa. Me encontraba fatal, con náuseas y el estómago hecho un ovillo.

Diez minutos después, Miguel asomó la cabeza por la puerta.

¿Entonces, hago la carne? gruñó. ¿O prefieres no cenar, por llevarme la contraria?

No quiero cenar. Déjame sola, quiero dormir.

¡Pues allá tú! y volvió a dar un portazo.

Fui tambaleando al baño, me miré en el espejo: demacrada, ojeras, el pelo hecho un desastre.

De camino en el autobús había imaginado a Miguel abrazándome, un qué alegría que estés en casa. Ya veo De aquel recibimiento, nada. Y, cuando salí del baño, volvió la discusión por una tontería.

Me marché con lo puesto, sin siquiera cambiarme, de vuelta a casa de mis padres.

Luego todos me intentaron convencer de no separarme: mi suegra, mi cuñada, hasta familiares lejanos. Miguel llamaba, pedía perdón, prometía haberlo entendido. Pero yo ya lo sabía: un hombre así no lo quería. Me acabaría divorciando. ¿Para qué estar con alguien que pone antes la limpieza del piso que el bienestar de su propio hijo?

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Elena Gante
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