Llevó Lucía a su novio al pueblo y él le puso una condición…

Hoy ha sido un día largo y, mientras me tumbo en la cama de la habitación antigua de mis abuelos en este pueblecito de la provincia de Valladolid, no dejo de darle vueltas a lo que ha pasado. Esta vez mi madre, Lucía, ha traído al pueblo a su novio. Desde la ventana, vi el autobús asomar por la carretera de tierra, levantando polvo en pleno mediodía. Solté la pelota y corrí a la parada con todas mis fuerzas; la camisa de cuadros se abrió con el aire y el flequillo rubio volaba. Solo podía pensar: ¡Mamá, mamá ha llegado!

Pero mi madre no bajó sola; a su lado venía un hombre robusto, vestido con un traje gris claro, que no paraba de agitar un maletín negro como si quisiera que todos supiéramos que era alguien importante. Nada más acercarse, fue Lucía la que primero me abrazó y besó la cabeza. Hola, hijo. El hombre, a quien mi madre presentó como Don Ramón, me saludó sacudiéndome el pelo con tanta fuerza que estuve a punto de caerme.

En casa, la abuela Carmen nos esperaba con una mesa repleta de comida queso manchego, pan recién hecho, chorizo, tortilla de patatas, y la mirada orgullosa. ¡Así se come en el pueblo!, decía Don Ramón señalando las fuentes. En Madrid, todo con cartillas y la dichosa crisis, pero aquí aún se vive de la tierra, con productos de casa. El abuelo Ignacio, callado y delgado como siempre, asentía: Mientras podamos, mantenemos lo nuestro.

Don Ramón presumía de conseguir de vez en cuando algún capricho de la cooperativa, por contactos, y decía que así cuidaba de mi madre, llevándole delicias de la capital. Mientras ellos hablaban, yo observaba a aquel hombre e imaginaba que, quizá, este señor tan distinto a los padres de mis amigos podría llegar a ser como un papá para mí. Pensé cuánto me gustaría ir al zoo con un padre, o jugar al fútbol en el parque como hacían Pablo y Jorge con los suyos.

Haciéndome el valiente, fui a enseñarle a Don Ramón el avioncito de madera que el abuelo Ignacio me había fabricado a mano, con hélices que giraban de verdad. ¡Mira qué avión tengo! Don Ramón lo cogió y le dio tal golpe al rotor que este salió volando por el suelo. Vaya, menudo juguete más endeble, dijo, devolviéndomelo sin más.

Bah, no te preocupes, lo arreglamos luego, murmuró el abuelo. Mamá trató de cambiar de tema y elogió a Don Ramón diciendo que era jefe de taller en una fábrica de Toledo. Se hinchó aún más, disfrutando de la atención de mi madre.

Lucía, a sus treinta años, era costurera en la fábrica y nunca antes había tenido oportunidad de casarse; se le notaba la ilusión, y se esmeraba ofreciendo la mejor comida a Don Ramón, orgullosa de su novio con puesto y mundo recorrido. Él salió al porche, respiró hondo y exclamó: ¡Pero qué maravilla, esto es vida! ¡Y qué aire!

Entonces mi madre y Don Ramón empezaron a hablar de planes. Que al día siguiente volveríamos a Madrid, y que comprarían mi uniforme para el colegio. Pero Lucía, ¿por qué llevarte al niño al colegio de la capital, si aquí también hay escuela? le preguntó Don Ramón. Al principio mamá puso excusas, pero él insistió en que, por un año, podía quedarme en el pueblo: aquí crecía rodeado de buen aire, leche fresca y abuelos que me cuidarían, mientras ellos preparaban su casa en la ciudad, con muebles nuevos y todo en orden.

Vi cómo la abuela Carmen preocupada miraba al abuelo Ignacio, que torció el bigote siempre hacía eso cuando no estaba de acuerdo y masculló: Eso no es propuesta, eso es un requisito. Aquella noche apenas pude dormir, dándole vueltas a la idea de no volver a Madrid este curso, de quedarme en el pueblo lejos de mis amigos y de mi madre.

Al día siguiente, cuando llegó el momento de la despedida, mamá me explicó las razones para dejarme en el pueblo, diciendo que era por mi bien. Yo asentí, pero el corazón me pesaba en el pecho. Mientras ella y Don Ramón tomaban el bus de vuelta, me escondí en el cobertizo negro de carbón, asomando sólo un poco para ver como partían. Lloré, apretando entre mis manos el avión roto, una tristeza silenciosa que ni los abuelos podían consolar. Pese a los abrazos de la abuela que prometía comprarme el uniforme y todo lo demás, yo solo pensaba en mis compañeros de clase de Madrid, en mis juegos del parque y el regreso al bullicio otoñal de la ciudad.

Pasaron los días y la pena se fue calmando. Me sumergí en los juegos veraniegos del pueblo y hasta olvidaba a veces mi tristeza. Pero dos semanas después cuando ya nadie la esperaba Lucía apareció una tarde por la verja. Mamá, ¡si decías que vendrías en un mes! Ella, cansada pero sonriente, se sentó y dijo: He cambiado de idea, vengo a llevarme a mi hijo. Resulta que Don Ramón había resulto no ser como parecía; que se entretenía con Simona la contable, llevándole a ella las mismas compras que antes llevaba a mi madre. Y sobre la mesa le había puesto a mamá esa condición: que me quedara en el pueblo, como si yo fuera el equipaje.

Ya no quiero repartir el cariño de mi hijo, mamá. No quiero condiciones, dijo Lucía a la abuela Carmen, que la miraba con tristeza pero con alivio a la vez. Nos bastamos los dos, como siempre. Yo a mi trabajo, él a su cole y, los dos juntos, a vivir sin depender de nadie.

Me abrazó tan fuerte que pensé que volvería a romperse mi avioncito. En unos días empiezas el cole, ¡y este curso vas al círculo de lectura y a fútbol, como querías! Me apresuré a meter de todo en mi mochila, para que la bolsa de mamá pesara menos. ¡Déjalo, que se va a romper la cremallera, pequeño! Pero yo insistía: ¡Soy fuerte, mamá!

Los abuelos nos despidieron en la parada. Cuando el autobús arrancó, saludé por la ventanilla, agitando el avión de madera que el abuelo había arreglado para mí. Y mientras nos alejábamos, sentí una alegría tan simple y tan grande la alegría de volver con mi madre, a casa de verdad, que ni el verano ni la tristeza pudieron con ella.

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Elena Gante
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Llevó Lucía a su novio al pueblo y él le puso una condición…
¡Tú no me quieres!