— Estaba haciendo tortitas en casa cuando de repente entró un hombre desconocido — cuenta ahora a todos doña Evdokia Victoria.

Pues estaba yo en casa preparando unas tortitas cuando, de repente, se me cuela en la cocina un hombre que no había visto en mi vida le cuenta a todo el mundo ahora Eulalia Fernández.

En aquel momento, no le hacía ninguna gracia, claro. Imaginad la escena: sola, en casa, convencida de que no puede haber nadie más en el piso, y, de repente, ¡zas!, aparece un tipo delante de tus narices. Tal cual me pasó, palabra.

Con mi exmarido Fernando me separé hace ya cinco años. Tengo casi sesenta. Vamos, que ni se me pasaba por la cabeza lo de iniciar una nueva relación. Mis hijos viven lejos.

Vivía tranquila. Con los vecinos, genial, como una piña. Por eso, aunque no es lo más prudente, tenía esa manía tan española de a veces dejar la puerta sin el cerrojo echado por si a la vecina Ángeles se le ocurría venir corriendo a pedirme perejil o a cotillear. Ese día, eso sí, Ángeles no iba a venir. Pero Eulalia, tan en las nubes como siempre, había bajado a tirar la basura. Entre lavarse las manos y ponerle de comer a Minerva, su gata, se le fue el santo al cielo y no echó la llave. Total, que tampoco tenía miedo: era de día, el bloque lleno de gente. No era como ir sola por el monte de noche, vamos.

Se me antojó preparar tortitas, y justo cuando iba a poner otra en el plato me encuentro al desconocido plantado en mi propia cocina. ¡Como si hubiera salido del humo de la sartén!

En ese instante vi pasar toda mi vida por delante de los ojos empezando por el parvulario , eso lo juro. Pensé: Hasta aquí hemos llegado, ya podía haber comprado yo un televisor más pequeño, un portátil barato y dejarme el sueldo en otra cosa que los euros que tengo en el bolso del recibidor ya no los vuelvo a ver. Decidí que si aquel hombre quería llevarse algo, que lo cogiera, pero que me dejara en paz, que aún quería achuchar a mis nietos. Hasta le susurré (el drama, vamos): Llévese lo que quiera, pero a mí no me haga nada, que tengo nietos y mucho que contar aún. No se preocupe, que yo de esto no diré ni mu.

Y entonces el hombre empieza a disculparse a carreras, explicándome algo que yo ni oía la cabeza me zumbaba como una charanga en la Feria de Abril. Me dice que mejor apague el fuego de la cocina. Y yo, en piloto automático, le hago caso. Me siento. Él también. Y entonces, con toda la normalidad del mundo, me cuenta su versión: que iba por la calle tan tranquilo, sin meterse con nadie, cuando un grupo de juerguistas empezó a pedirle dinero. Que decidió no buscarse líos y salir pitando. Que justo entonces vio cómo alguien salía del portal de mi edificio, y del tirón para dentro, con la peña persiguiéndole. Tiempo para pedir ayuda, ni en sueños. Tocó a varias puertas, pero nadie respondía, así que probó suerte con los picaportes. El mío, claro, abierto. Como no. Me pidió asomarnos a la ventana y, efectivamente, allí estaban los maleantes, discutiendo o planeando alguna travesura, hasta que, por fin, se largaron. Eso contaba luego Eulalia a sus amigas.

El hombre se presentó como Antonio Salazar. Y, ya pasado el susto, Eulalia se fijó: alto, algo torpón, pero con ojazos de buena persona. Si le ponemos un abrigo largo, parece Papá Noel en fiestas.

Perdone, ¿no me regalaría una tortita? Hace mil años que no como una, desde que mi mujer faltó pidió Antonio con cara de niño hambriento.

Ya hasta se había quitado los zapatos y se quedó en chaqueta.

¡Y tú le diste de comer! ¡Anda que no tienes valor! le decía luego, asombrada, la vecina Ángeles Yo lo habría echado a escobazos.

Pero Eulalia, de pronto, se vino arriba. Solo le pidió que se lavara las manos, faltaría más. El hombre, ni corto ni perezoso, se fue al baño. Luego se pusieron a charlar durante mucho rato delante de unas tazas de café. Él le contó que era viudo, sin hijos, viviendo solo desde hacía años.

Después, Antonio se despidió muy educadamente y se marchó.

Eulalia, de pronto, se sintió como protagonista de todas las series españolas que ponían en La 1, tan intrigante, tan llena de historia. Lo contó todo a las amigas, llamó a la familia, y de repente sintió un vacío. ¿Y si? ¿Debería haberlo invitado otra vez, esta vez a probar los bollos? Los de setas y los dulces le salen de escándalo.

Pero bueno, lo hecho, hecho está. Al día siguiente, no obstante, se animó a amasar unas empanadas. Y en ese momento, timbrazo. Un toque tímido. Eulalia asomó al ojo de la puerta, pensando que sería Ángeles, y cuando lo comprobó casi sale corriendo a pintarse los labios. Se quitó la bata vieja, se puso en un plis el conjunto de punto de los domingos y se perfumó con la colonia que solo usa en Navidad. Abrió la puerta.

Allí estaba Antonio, con un ramo de flores en la mano.

Yo esto he venido para disculparme por el susto de ayer. Y para darle esto, por las molestias tartamudeó él.

¿Y marcharte? ¡Pero si acabo de sacar las empanadas del horno! Entre usted, hombre, que están para mojar pan le soltó Eulalia sonriente.

Si ya lo noté en la escalera ¡olía esto a confitería! Alguno tiene suerte de tener una señora así en casa suspiró el bueno de Antonio.

Que no soy señora de nadie, ¡métase ya y siéntese! le animó Eulalia.

Y desde entonces, viven juntos. Antonio es el rey del huerto comunitario. Los hijos de Eulalia, encantados, y los nietos ya le llaman abuelo Toñín. Juega y se desvive por ellos como si fueran de sangre.

Después de media vida solo, Antonio ha rehecho su existencia en una familia nueva. De extraño, ha pasado a ser uno más.

Las amigas de Eulalia, muertas de envidia.

¡Ya hay que tener suerte para encontrar un hombre decente a estas alturas! ¡Y que encima llame él mismo a la puerta, vamos! exclaman a carcajadas.

Eulalia asiente, finge modestia ¡pero desde entonces echa siempre el cerrojo al salir!

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Elena Gante
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